sábado, 25 de agosto de 2012

Avanza.

- Vamos. Un poco más... ya queda poco. Aguanta, por favor... aguanta...
- No puedo... de verdad... no puedo...
- Vamos, confía en mí... joder, venga. Tú puedes, un poco más...

Las explosiones lejanas, las columnas de humo negro, la tierra quemada y gris, los disparos aislados y las costras de sangre seca decoraban una inmensa pradera muerta y petrificada que poco antes había sido un campo de batalla.

Un hombre y una mujer se arrastran entre los muertos. Entre los casquillos de bala. Entre los trozos de metralla. Entre los fusiles rotos, los cadáveres descompuestos. Entre la muerte y la miseria, se arrastran.

- No puedo más...
- Aguanta. Por favor, aguanta...

Ella está ciega. Sus ojos están intactos, pero la sangre de las heridas de su cuerpo ha cubierto su rostro, y la sangre seca y la hinchazón de sus párpados, de tanto llorar, no la dejan ver. La sangre coagulada enturbia su mirada y no la permite ver por dónde camina. Pero él está a su lado.

- Vamos, da un paso más. Tú puedes, tú puedes... venga...

Lentamente se arrastran hacia un charco. Un charco de agua sucia y llena de mierda, situado a los pies de un muro. Y tras ese muro, un enorme lago de agua cristalina, clara, limpia, perfecta.

Se arrastran juntos, con sus últimas fuerzas. Ella no ve por dónde va. Él la guía, tirando de ella, hacia ese charco de agua, con el que limpiarse la sangre de la cara y poder ver lo que hay a su alrededor. Así podrán escalar juntos el muro y bucear en el agua perfecta.

Pero el dolor es intenso.

- Vamos... un poco más... ya casi estamos...
- Estoy cansada... no puedo más...
- Confía en mí... venga... un poco más...

El charco está mucho más cerca de lo que parece. Pero ese tramo a ellos les parece eterno. Solo es cuestión de paciencia.

Paciencia.
Fuerzas.
Perseverancia.
Ganas.
Sacrificio.
Amor.

Y esas palabras se van dibujando lentamente sobre la tierra gris y muerta. Se van dibujando en el reguero de sangre que él deja tras de sí, mientras se arrastra y tira de ella.
Mientras se arrastra sin piernas.

sábado, 18 de agosto de 2012

Luz.

Entro en la habitación. Hace tiempo que no entro. He tenido que romper a golpes las tablas de madera con las que tapié la sala, y aún así, apenas he podido entrar por un pequeño hueco a la altura del suelo. Me siento como un sucio perro entrando en casa tras la tormenta.

Doy un par de pasos a ciegas. No hay absolutamente nada de luz, pero puedo notar la atmósfera del lugar en el fondo de mis fosas nasales. Aún huele a sudor, a lágrimas, a sangre, a sexo. Enciendo un mechero y dejo que la llama inunde poco a poco la sala con su color anaranjado. Y observo el suelo detenidamente. Con un pie, esparzo la ruina a mi alrededor.

Jeringuillas rotas y vacías.
Cucharillas quemadas.
Pastillas sucias y casi pulverizadas.
Pequeñas bolsas transparentes sin contenido alguno.
Colillas, decenas de colillas.
Un cuchillo con la punta ensangrentada.
Comida rápida, tirada por doquier.
Un revólver, con marcas de pintalabios en el cañón.
Una guitarra destrozada y apartada en una esquina.
Papeles, papeles por todas partes. Notas, cartas, mensajes, dibujos, poemas, canciones, declaraciones, despedidas.

Intento recordar. Ya he estado aquí antes, pero las cosas no eran así. Levanto la mirada y contemplo la habitación.

El humo ha manchado las paredes tanto, que las fotografías que yacían en ellas están casi ocultas bajo una capa de color negro. Como si hubiese habido un incendio. Un enorme y devastador incendio.

El suelo está cubierto de toda esa basura, de montículos de pintura desconchada de la pared y del techo, lleno de polvo y soledad.

Los muebles, roídos por el abandono, siguen siendo el soporte de múltiples marcos de fotos, de cristales rotos y rostros deformados y sucios.

Doy un par de pasos más, y observo la pared donde solía haber una ventana. No te confundas: no distingo la ventana. Es solo que puedo ver la cama, y recuerdo como la luz del sol entraba lentamente por ella para despertarme por las mañanas. Junto a ella.

Sí, ahí solía haber una ventana. Vuelvo sobre mis pasos y recojo el hacha con el que he abierto la puerta. Tendré que hacerlo a ciegas. Guardo el mechero, palpó la pared con la mano, y levanto el arma.

Uno.

Dos.

Tres.

¿Tres?

¿Qué pasa? El hacha está inmovilizada. Alguien la sujeta por detrás. Intento buscar el mechero, pero escucho el "click" del martillo del revólver, y el frío cañón apretándose contra mi coronilla. Noto la respiración de mi asaltante, acariciando mi nuca. Debí imaginarlo.

Me giro lentamente. No tengo nada que perder. Enciendo el mechero, lo dejo sobre la mesa, y a la luz del fuego veo su rostro. Veo sus ojos temblorosos. Y ante mí, veo el cañón de revólver, manchado de pintalabios. Recuerdo cuando fue eso. Miro también el cuchillo ensangrentado del suelo, y miro mi pecho. La cicatriz con su nombre sigue presente. Ya hace mucho tiempo. Pero no importa, en esta habitación no pasa el tiempo. Solo las oportunidades.

Abro la boca y muerdo el cañón del revólver. Puedo saborear su pintalabios. Intento concentrar mi cerebro lo suficiente para que mi mirada diga un claro "Hazlo". Pero ella no mueve ni un músculo. Es incapaz de hacerlo. Vuelvo a sujetar el hacha, la levantó con fuerza y la mantengo así, por encima de ella y de mi. Ambos dispuestos a hacer un mínimo movimiento para matar al otro.

Su pistola en mi boca, apuntando directamente al fondo de mi garganta. Mi hacha sobre su cabeza, preparada para caer sobre ella.
Pasan los minutos.
Pero ninguno se atreve a dar el primer movimiento.

Entonces las miradas se cruzan intensamente y se recuerda todo.
Y todo vuelve a su lugar.

Y alrededor de ambos, las jeringuillas giran como en un torbellino. Y las colillas, y las cucharillas, las pastillas, las bolsas, y el cuchillo, la basura. Todo gira sin tocarnos. Y lentamente comienza a desaparecer.

Otra mirada, y los músculos flaquean. Las armas caen al suelo.

La primera lágrima comienza a brillar en los dos rostros.

La segunda cae al suelo y limpia la ruina de polvo, ceniza y escoria que lo cubre.

La tercera se seca con el contacto de los rostros, ya cercanos. Desarmados. Calientes. Juntos.

La cuarta cae sobre la almohada que ella muerde al gritar de placer, manchando la blanca sábana de pintalabios. El mismo que yacía en el cañón.

La quinta limpia las paredes, y las fotografías vuelven a brillar con una luz muy tenue.

La sexta cae sobre mi pecho y borra la cicatriz con su nombre. Ahora puedo respirar.

La séptima es la señal de avanzar sin mirar atrás.

Cojo el hacha y lo clavo contra la ventana sin pensar. Un rayo de luz entra y se clava directamente en el suelo.

Lo sé, parece una estupidez. Pero ahora hay luz.
Hay luz en el recuerdo.

sábado, 4 de agosto de 2012

Francotirador.

"Maquillaje blanco, ojos muy negros, iris rojos. Pelo largo, negro y revuelto. Va maquillado como un payaso. Su ropa es extraña: tonos dorados y rojos... me recuerda a la indumentaria de George Harrison en la contraportada del Sgt. Pepper's Lonely Heart Club Band de los Beatles. Algo así.


El tipo va por la calle con dos pistolas semiautomáticas Beretta 92, una en cada mano, una sonrisa de desequilibrio mental y las carcajadas más dignas de un psicópata. La gente grita y corre despavorida. Los coches apenas pasan debido al atasco. Sirenas de policía, llantos, carcajadas.


¿Qué hacer? Comienzo a caminar hacia atrás. Vamos, este tío está como una puta cabra. No es buena idea encararse a él. Estamos todos frente a él. Mis amigos, mis amigas. Ella. No puedo permitirme el lujo de que me vean morir acribillado solo por hacerme el héroe.


Aunque pensándolo mejor, ¿qué más da? No tengo nada que perder a estas alturas. Quizá lo último bueno que pueda hacer simplemente es salvarle la vida a ellos. A ella.


Me dispongo a encarar al tipo. No tengo un plan muy brillante, pero estar desarmado contra un payaso psicópata que camina por la calle con una semiautomática en cada mano no te da mucho tiempo para pensar. Así que decido correr de frente, cubriéndome con lo que pueda, y lanzarle una patada con los dos pies al pecho. Y no, no me preguntes qué haré luego. Tengo la misma idea que tú: ninguna.


Comienzo a correr. Mis amigos quedan detrás. Escucho sus voces llamándome. Escucho la voz de ella. Da igual. Corro. El tipo empieza a reír y a disparar sin control: a veces al aire, a veces en mi dirección. Me lanzo debajo de una mesa de terraza cubriéndome la cabeza, sigo corriendo y me cubro con un banco.

Vamos.

Ya queda poco, joder.


Me quedan unos pocos metros para llegar a ese loco, y aún no estoy herido.
Vamos, vamos, vamos.


Justo cuando tengo al tío a menos de dos metros para saltar y embestirle como nunca, escucho un disparo más fuerte y lejano que los otros, y un dolor punzante en el antebrazo izquierdo.

Caigo de rodillas y miro a mi objetivo.



Su sonrisa de psicópata no se ha borrado, pero tiene un disparo en la garganta. La bala le ha penetrado por la nuca, provocando un agujero de 7,62 mm de diámetro. Los mismos 7,62 mm que han perforado mi brazo al pasar de parte a parte. Los mismos 7,62 mm metálicos que yacen en el suelo de la acera, ensangrentados e incrustados en la baldosa.


Grito de dolor y me sujeto el antebrazo. El dolor es punzante, el ardor es inaguantable. El puto payaso loco de las pistolas cae al suelo de bruces, aún con esa puta sonrisa en su cara. Y entonces comprendo el verdadero peligro.


En el balcón de enfrente puedo ver a alguien. No tengo la más mínima idea de quien es, solo puedo ver su indumentaria de negro y la cabeza rapada en forma de cresta21q, mientras apunta con un fusil de francotirador SVD, un Dragunov.


Ahora sí que la hemos jodido.


Otro disparo acierta en un vaso de la mesa de al lado, como una advertencia. El tío quiere divertirse. Comienzo a correr y a gritar a mis amigos. Que huyan, que no se queden quietos. No la encuentro, no veo a ella.


Corro a toda velocidad hacia otro lado de la calle, aguantando el dolor del brazo. Salto un muro de piedra y paso al otro lado, rodando por un césped hasta detrás de un árbol, y me quedo allí, tumbado en el suelo, quieto. Escucho un disparo y un grito de mujer. Ese cabrón ha dado a alguien, ¿podría ser ella? No. No es ella. No ha sido ella.


Me quedo en mi sitio, quieto, sin moverme. Ese cabrón está apostado en un sitio perfecto para tenernos a todos controlados.


Escucho pasos cercanos.
Voces.


La veo a ella, y veo a dos de mis amigos. Este hueco es muy reducido para escondernos más de dos sin que el francotirador nos vea. Así que la dejo pasar a ella pero freno a los otros dos.


"Eh, tío, no nos jodas, déjanos pasar" me dicen.
"No entramos todos, buscaos otro sitio" les digo.
"Serás hijo de puta, déjamos cubrirnos aquí" me dicen.
No les digo nada. Le doy un puñetazo a uno de ellos y miro al otro intensamente, para que interprete de forma sutil que quiero que se larguen. No pienso arriesgar la vida de ella por la de nadie.


Ella se cubre tumbándose sobre el césped. Está asustada, pero me evita la mirada. Me tumbo a su lado. Le digo que no pasará nada. Que todo va a ir bien. Se escucha un disparo. Alguien más ha caído. Tenemos que movernos de aquí.


La sujeto de la muñeca e intento correr, pero ella se resiste. Dice que no va a ir conmigo a ninguna parte. Le digo que no se trata de lo que quiera o no, se trata de huir de allí. Se queda callada, no dice nada. Ella nunca dice nada. Así que me arriesgo. La sujeto de la muñeca y corro tirando de ella, mientras se agarra a mi antebrazo.


Cruzamos parques, calles, aparcamientos. Nos alejamos de allí lo más rápido posible. De pronto me doy cuenta de que ella está agarrada a mi antebrazo, y no me duele. ¿Dónde está el disparo de antes?


Seguimos corriendo. Llegamos a una plaza, están todos los demás, mis amigos. Y entonces sucede.


Un disparo.
Ardor en el pecho.
Ese hijo de puta estaba cerca.


Siento como si me hubiese volado el corazón de parte a parte. Me caigo al suelo y siento los rayos de sol abrasándome la vista. Deben de ser las 15:00 de la tarde. Apenas veo nada con tanta luz.


Mis amigos se acercan en círculo. La miro a ella. No parece asustada, ni apenada. Mientras todos prestan atención a cómo me muero, ella charla con ellos de otras cosas. De su vida. De sí misma.


El francotirador está entre ellos. Ha bajado y está en el círculo, como si en todo momento hubiese sido colega nuestro.


Tiene gracia.


El francotirador soy yo".