martes, 19 de febrero de 2013

Use your illusion.

Red subió las escaleras lentamente. Se pasó la mano por la cabeza, peinándose hacia atrás y sonriendo vagamente. Podía escuchar los clamores del público detrás de los bastidores, la introducción al gran concierto, los gritos. Casi podía notar el calor de la gente a través de las paredes de madera del auditorio.

Se colocó tras la gran cortina negra y respiró con fuerza. Llevaba siglos esperando ese momento. Agarró con fuerza la púa y pasó la mano por el mástil de la guitarra como si tratase de calmar una bestia rabiosa.

Cerró los ojos.

Y corrió.

Atravesando la cortina como una exhalación, se dejó caer de rodillas y se deslizó por el escenario con la espalda completamente arqueada, casi rozando el suelo con los omoplatos. Su grito emergió de la garganta como un dragón enfurecido y retumbó en todas direcciones, rasgueando al tiempo las cuerdas de la guitarra brutalmente en un infernal Mi menor. El acorde tronó en su cabeza, y en las de todos los asistentes. El ritmo de la batería retumbaba en su cráneo, las notas fluían por sus venas. Olía a espíritu adolescente, a juventud, a vida por todas partes. Olía a música.

El rock caía de rodillas frente a la actuación, como cae el vasallo ante su majestuoso rey.
Lo había conseguido, estaba en lo más alto.

El calor del público.
Los desgarradores gritos de emoción.
El olor a vida.
La locura.
La música.
Los acordes.
La violencia.
El placer.
La juventud.
La vida.
El rock.
El conserje.

- Eh, gilipollas. Bájate del puto escenario ya, está suficientemente limpio. Nos tocan los baños, muévete.

Red abrió los ojos y observó en silencio el auditorio vacío, mientras la palabra "baños" rebotaba en las paredes del solitario edificio.

Se puso en pie y se colocó bien el uniforme de limpieza.
Se bajó del escenario y cargó la escoba a la espalda, mientras caminaba en dirección a los servicios.

Cuando abrió la puerta de madera, el olor a mierda inundó el auditorio.

sábado, 9 de febrero de 2013

"Puede, pero no".

No eres ninguna de las gotas que cae del cielo para despertar mi cara por la mañana. Créeme.

No eres el velo de luz y entendimiento que se levanta para dejarme ver la verdad, no eres el desengaño. No eres lo cierto.

Tampoco eres el clavo con el que asegurar mi vida. Supongo que eres más parecida al diamante, indiferente y fría detrás de ese cristal, como si ningún hombre estuviese realmente hecho para tenerte en sus manos. Y sin embargo, siguen matándose.

No te conozco, no sé quién eres, no me interesa lo que pareces. Solo sé que estás. Existes. Y eso en mi mundo basta.

Podría seguir así cientos y cientos de líneas sin cansarme, dejando que las metáforas y las palabras volasen por mi mente y aterrizasen entre mis dedos, para escurrirse como se escurre la lluvia en la noches de verano en las que los idiotas salimos a caminar entre las sombras, a fundirnos con nuestras penas.

Puede que sepas lo que es el dolor. Puede que sepas tan bien como yo lo que se sufre al amar y no ser amado. Puede que sepas lo que supone la pérdida. Puede que sepas cómo es el mundo.

Pero créeme, hay algo que yo sé, y tú no. Yo sé lo que es querer tenerte y no poder.

No sabría explicarte lo que es echar de menos algo que nunca has tenido, pero sé que los pensamientos no dejan de fluir por mi cabeza como las moscas sobre la carne podrida. Sé que nada se va si no haces que se vaya, sé que la estupidez humana no conoce límites y sé que los hombres caen cientos de veces sobre la misma piedra, y que son capaces de romperse los dientes mordiéndola si tienen hambre. Una y otra vez.

Y tú estás ahí. Hablándome de otros mundos, hablándome de idiomas que no conozco y que no quiero conocer. Hablándome de tus aventuras en tierras sin nombre a las que nunca sabría llegar por mucho que me indicasen el camino, porque nadie aprende lo que no quiere aprender.

Supongo que los humanos hacemos las cosas más difíciles de lo que son. Pero aunque no quiera serlo, soy humano. Yo no puedo apartar mis armaduras así como así.

Yo no puedo bajar las armas.
No puedo sentir más del cero coma cinco, nunca llegaré a los cuatro medios.

Cuando aterrizas por error en una guerra, el primer balazo duele. El segundo enseña. El tercero nunca llega.

Y yo no podría soportar otro balazo. No significa que tú puedas dispararme, no me malinterpretes. Ni siquiera sé si vas armada en esta reyerta.

Solo sé que los soldados que antes llevaban ese mismo uniforma fueron crueles conmigo. No soportaría más torturas.

Puede que me pierda el mundo. Puede que me arrepienta de no haber conocido ese sendero por el que caminas. Puede que huya como un cobarde, puede que no sea más que un dibujo más en el cuaderno de un dios loco y borracho que traza monstruos sobre el papel.

Pero sé lo que es el dolor, es más de lo que el maestro me enseñó. Demasiado como para una sola lección.

La catarsis nunca llegará porque mi intermedio es más largo que ninguno de los que nunca habrás conocido. Dibújame en tus obras e imagina mi espacio, porque nunca llegarás a conocerlo del todo. Puede que solo huya, puede que sea un loco. Pero no he perdido la cabeza.

Eres una rosa entre las trincheras.

Eres la vida en un campo de muertos que se alzan cada noche para señalarme con sus delgados dedos.

Pero no pienso abrir la puerta para saber si estás ahí. No quiero saberlo, no quiero arriesgarme.

No quiero que seas tú la felicidad que me aplasta.

jueves, 7 de febrero de 2013

Soledad.

Y así, tras mil aventuras y momentos en los que desearían que el mundo se parase si estaban juntos, tuvieron que matarse el uno al otro. Pero, tendido en el charco de sangre, jadeando y sin fuerzas, quedó uno.