jueves, 13 de junio de 2013

"Excrucio".


Me enamoré de sus ojos. De esas piedras infernales, de esas esmeraldas tóxicas que iluminaban aquel cochambroso local. Entre toda la puta basura, entre los papeles de periódico rotos y quemados que volaban en todas direcciones, entre los cojines desgastados y sucios que se amontonaban contra la pared, entre las guitarras eléctricas que dormitaban sobre los sofás, entre los fantasmas de los pentagramas de mi mente. Entre todas esas cosas, podía verla. Ver sus ojos.

Todos los sueños que alguna vez habían nacido de las cuerdas de mi primera guitarra parecían nacer entre su pelo y volar hacia mis oídos, susurrándome viejas canciones. Su piel era más pálida que mi alma por aquel entonces. Era más pura que mi deteriorada mente.

Pero se fue. Cuenta la leyenda que se marchó a la tierra donde nadie llora. Que se esfumó entre los árboles y se ocultó en la más oscura caverna, allí donde los demonios hacen noche y gritan y bailan hasta la madrugada. Allí donde el fuego lo consume todo para renacer de nuevo, allí donde los humanos sufren y agonizan en un mar de mentiras e ilusiones falsas solo para olvidar. Para dejarse a un lado. Para sobrevivir a la magia de la muerte. A la muerte de la magia.

Nunca he tenido buena orientación. La busqué entre los bosques. La busqué por todas partes, que me muera si no fue así. La busqué sin cesar. Pero no encontré rastro alguno de ella. No encontré rastro de lo que yo necesitaba, aún cuando ni siquiera lo comprendía ni me daba cuenta de ello. Y lo entendí. La quería.

Solía sentarme en un bar que acababan de abrir recientemente en mi cerebro. Era un local asqueroso, de esos bares sucios con un ventilador viejo que gira lentamente en el techo. De esos sitios en los que el camarero aplasta una cucharacha con la mano, entre vaso y vaso que limpiar. De esos sitios a los que el alma va a morir, lentamente, mientras recuerda por qué vivía.
Jugaba con el presente, el pasado y el futuro a las cartas. Un juego sencillo, a la vez que peligroso. Como todo lo divertido.



Dices un número. Comienzas a sacar ese número de cartas de la baraja. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Cuando llegues a ese número, conservas la carta sacada. Así cada uno de los participantes. Si sacas la carta más baja del resto de participantes, pagas. Y, ¿dónde está lo peligroso? Que tú eliges qué apostar. Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder. Así que apostaba mi vida.
Y siempre, sacaba el as de picas. Siempre ganaba. Pero, ¿por cuánto tiempo?

Y un día, sin saber por qué, giré la cabeza hacia la puerta y allí estaba ella. Más oscura, más salvaje, más indómita. El ruido de sus botas inundó la sala a ritmo de Heavy Metal. El verde de sus ojos volvío a iluminar la sala y el brillo era tan fuerte que los vasos del bar se resquebrajaron. Y lo entendí. Venía a buscarme.

Pero aún quedaban muchas rondas. Muchas copas. Mi cerebro estaba inundado de caos y alcohol. Ella me tendió la mano. Y yo, saqué otra carta.

Supongo que por eso destrozó el bar. Supongo que por eso exterminó hasta el último vaso de aquel sitio, escupió al camarero, y se marchó llorando. Supongo que por eso volví a quedarme solo, sentado, con el as de picas en la mano.

Y todo se quedó en silencio.

Solo en ese momento salí a buscarla. Solo en ese momento comprendí que ella era la carta. Solo en ese momento la rodeé entre mis brazos llenos de marcas y cicatrices, y sujeté su cabeza contra mi pecho.

Ardemos demasiado. Somos llamas demasiado fuertes y peligrosas como para estar tan cerca el uno del otro. Uno de los dos tiene que apagarse siempre para que el otro brille con más fuerza. Siempre es la misma historia, siempre somos demasiado peligrosos el uno para el otro.




Cómo vivir odiando a quien quieres.
Cómo vivir queriendo a quien odias.
Cómo amar una vida que mata.
Cómo matar una vida que amas.




Me enamoré de sus ojos.  De esas piedras infernales, de esas esmeraldas tóxicas que iluminaban aquel cochambroso local.

Esos ojos ya no están. Pero siguen mirándome fijamente desde el techo, clavados en mi mente, tatuando la perdición en mi piel y haciéndome sangrar por las noches.

Y cuando me giro, para no verlos y no entender en lo que nos hemos convertido el uno al otro, cierro los ojos con fuerza y me aferro a lo único que me queda. Esa carta arrugada en mi puño.
Ese as de picas.




"Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior"

martes, 11 de junio de 2013

"Porque no tengo".

Existo sin futuro. No lo necesito.

El pasado pesa, se abraza con fuerza a mi cuello y sonríe al asfixiarme.
Jadea, babea, saca sus negros dientes frente a mi para advertirme con malicia de que va a morderme, a destrozar mi cara.
Gritar no sirve de nada. Nunca hay ayuda.
Cuando saco fuerzas de flaqueza, consigo zafarme de ese monstruo al límite de mis posibilidades.
Le doy patadas, puñetazos y cabezazos hasta aturdirlo. Y corro a esconderme.

Suelo esconderme tras las estanterías de libros. Allí aguardo, escondido y en silencio, a que pase tan cerca que pueda escuchar con claridad sus siniestros pasos, sus mil voces que murmuran al respirar. Puedo ver las huellas de sangre manchando el parqué de mi mente.

Cuando consigo alejarme de él, trato de olvidar lo sucedido. Bailo, grito, canto, escupo, vomito, río, beso, bebo, cierro los ojos. Me fundo en la noche. Me fundo en el olvido. Pero siempre, tarde o temprano, lo veo allí, al otro lado del bar. Erguido, sonriente, con su pálida cara llena de nombres tatuados. Acechándome.

Existo sin futuro. No lo necesito.

Alguien como yo no necesita un calendario en el que ir prediciendo sus próximas desgracias. Sin sorpresa, todo esto no sería divertido.

Vivo sentado en el extremo de una cuerda de guitarra eléctrica. Cuando vibra, hace un ruido atroz, infernal. El sonido de la libertad tratando de escapar del mundo. Mi ruido molesta, mi ruido provoca miradas de odio entre los asistentes al trueno. La cuerda vibra, una y mil veces. Incansable.
Es imposible callar su sonido, todos se giran para maldecir la cuerda sobre la que me encuentro sentado. Pero este es mi ruido, este es mi himno. Esta es mi forma de vivir mi vida.
Cuando no se tiene nada, no se puede perder nada. Correr al filo de la navaja es lo único que dibuja la esencia de la existencia humana. Lo demás, son sombras en la pared. Humo dentro de un vaso. No es nada.

Cuando mi cuerda se rompe, salgo disparado. Ensangrentado, maltrecho y moribundo. La cuerda me lanza lejos. Lejos de la guitarra, de la gente, del mundo. Suelo arrastrarme a una celda oscura y nauseabunda para cerrar mis heridas. Me apoyo en la pared, para calmar el dolor de mis cicatrices incurables. Pero antes de que me de tiempo a mirar la luz que asoma por la ventana, que se apaga lenta y tortuosamente, lo noto.
Noto el frío y viscoso abrazo del pasado en torno a mi cuello.

Existo sin futuro.
Porque no tengo.

sábado, 8 de junio de 2013

"Scum Jack".

No sé de qué te sorprendes. Ni que fuese algo nuevo.

Ahora mismo piensas lo de siempre, ¿no? Que ojalá la Mala Suerte sea una mujer que está especialmente buena, porque ya ha demostrado estar enamorada de ti. Más enamorada de lo que ningún ser terrenal pueda igualar.

Vamos, no es para tanto. ¿Quién demuestra nada? ¿Quién da un duro por ti?
Intereses.
Eres el perro más humano del mundo, encerrado en un circo y esclavizado a los aplausos del público. A ellos les gusta que muerdas, que ladres, que les hagas reír. Aunque ninguno pretenda quitarte la correa, el espectáculo que das es para unos lamentable, para otros su diversión diaria. Pero es tu rol, es tu historia. Nadie sale del circo al que fue vendido. Y "the show must go on".

No es ninguna condena, ninguna maldición ni obra del karma de otra vida. Simplemente esto es todo lo que tienes y tendrás. La nada. Un gran puñado de nada.

Pero está bien, no importa. Eso es todo.

Te parten la cara, te levantas, buscas una guerra en la que sangrar, te ríes, te envenenas, corres, gritas, cantas, mueres día tras día para levantarte de la tumba. Sigues adelante, aunque la pared nunca vaya a caerse. Qué más da.


Eres pura escoria, un "scumfuck" de principio a fin. Eres un humano. ¿Esperabas algo mejor? Hollywood ha hecho mucho daño a esta sociedad, casi tanto como las personas. No importa. Nada bueno se queda contigo, nunca. Todo el mundo te caga encima, pero no importa. Siempre habrá otra botella, otro puño, otra calle a oscuras, otra carta.

El as de picas es la carta más alta de la baraja.
Pero recuerda que los muertos de Vietnam, solían tenerla en la boca.