miércoles, 23 de julio de 2014

The Road

Meter el mundo en una maleta. Parece una frase de esas que escuchas en alguna canción popera de mierda, o en el estado de Whatsapp de algún colega que se quedó anclado en las redes sociales de quinceañeras. Pero cuando realmente te propones abandonar la vida, alejarte de los fantasmas, huir de la Garra, te das cuenta de que esa frase de mierda es cierta.

Coger los momentos y aplastarlos para que entren en una maleta de 1 por 1, rota y con las ruedas casi desmontadas. Cargar con ella por las calles, atestadas de gente. Tirar de ella como si tirases de un puto ataúd y sentir que nunca llegarás al final. Pero no hay final. No hay final.

Todas estas cosas las pensaba sentado en una parada de autobús hace ya un año. Recuerdo el sabor a cerveza y el olor a humo. Recuerdo el cansancio y la camiseta rota. El calor de las puertas del infierno recién abiertas. La soledad del viajero fantasma. Recuerdo las miradas extrañadas de la gente. Recuerdo tener demasiado tiempo para pensar allí sentado, en mitad de la nada, recordando mi mierda. A veces recuerdo más de lo que me gustaría poder recordar. 



Eché la vista atrás y me dije a mi mismo "siempre se puede estar peor". Un pringado de mierda cargando con una maleta llena de nada, en un lugar que no conocía, rodeado de gente que no conocía y completamente solo. Observando la jungla de cemento y contemplando a los transeúntes como si fuesen hormigas domesticadas que pasean frente al escaparate, al son de los aplausos silenciosos y la atenta mirada de nadie. ¿Qué hostias hago aquí?", pensé. 

Cuando no recuerdas quién eres, es fácil ser alguien. Simplemente, dejas de ser, y empiezas a correr. Corres hacia ninguna parte. No importa lo que se ponga en medio. Lo apartas a manotazos, te ríes. Te caes al suelo y estrellas la cara contra el asfalto. La boca solo sabe a sangre y a sudor, la velocidad no te deja oler nada, y simplemente corres. Corres hacia ninguna parte. Corres hacia nadie, hacia nada. Corres.


Supongo que, en aquel entonces, yo no paraba de correr. Siempre había corrido sin ningún rumbo. Los demás pasaban de puntillas el charco para no mojarse, yo chapoteaba y salpicaba a los demás al pasar corriendo. Eso a la gente, créeme: no le gusta. Da igual si te sientas a explicarles lo bien que sienta saltar en los charcos, están demasiado preocupados de parecer presentables para la foto. No soy conscientes de la felicidad que transmite salpicar, correr con libertad, ser nadie. Nadie es libre, pero lo peor llega cuando te das cuenta de que nadie quiere serlo. Cuando compruebas que si intentas liberarlos, te apuñalarán en el estómago. Supongo que eso es el resumen más simple de mi vida personal. El círculo eterno de estupidez humana, de repetición de patrones. El gilipollas que no deja nunca de ser gilipollas, y trata de enseñar a respirar a un imbécil que no deja de ser imbécil y solo quiere mantener la cabeza debajo de la tierra. El gilipollas consigue que el imbécil saque la cabeza de la tierra. El imbécil ve el mundo y le gusta. El gilipollas se siente realizado. El imbécil siente que el gilipollas es el único que sabe que él solía meter la cabeza en la tierra. El imbécil apuñala hasta la muerte al gilipollas y deja su cuerpo tirado en la cuneta. El gilipollas recoge sus tripas y camina por la carretera, desangrándose, solo y sin rumbo. Y un día, el gilipollas encuentra a otro imbécil con la cabeza metida en la tierra, comenzando de nuevo el ciclo. Sí, el gilipollas soy yo, por si no os habíais dado cuenta aún. Imbéciles.


Lo que quiero decir con esto es simplemente que nunca he sido un lince para las relaciones sociales. Siempre he sabido buscarme las habichuelas, siempre he sabido arreglármelas. Daba igual lo fuerte que cayese la tormenta, siempre acababa encontrando un sitio en el que refugiarme. Daba igual lo fuerte que cayese el sol, sabía sobrevivir al verano. No importaba lo fuerte que me golpeasen, la herida cicatrizaba. Es lo que tiene correr. Es lo que tiene no ser nadie.

El problema llegó hace un año, cuando estaba sentado en esa maldita puta y jodida parada de autobús que me dio demasiado tiempo para pensar. ¿Habéis visto alguna vez la reacción de un perro mirándose en un espejo? Es fantástico darse cuenta de uno mismo. Tener conciencia de uno mismo es el primer paso del razonamiento, lo cual lleva a la capacidad de inteligencia lógica y social de los seres humanos. Supongamos que en ese preciso momento, con demasiado tiempo para pensar y un cristal en el que verme reflejado, yo dejé de ser un perro para ser Tales de Mileto. Dejé de ser un coyote para convertirme en Descartes. Dejé de ser un lobo, para convertirme en el puto Schopenhauer. Y cuando te conviertes en un ser humano, la transformación duele.


Allí había un imbécil que se creía gilipollas. Un imbécil que corría y corría, sin parar, sin mirar, sin avisar, sin parar de reír y de llorar al mismo tiempo. Que vivía demasiado rápido. Pero que corría mirando al frente. Cuando echas un vistazo al suelo, ves todo lo que estás pisando. A todos a los que estás pisando. Lo mas gracioso de ver las caras que vas pisando para avanzar y huir de un mundo que odias, es que la mayoría de caras que pisas, son las tuyas. Todas tus caras. Tú eres tu principal arquitecto y tu principal demoledor. Tu madre y tu asesino. Cuando estás demasiado vivo, tú eres tu propia muerte.




Cuando dejas de correr, te das cuenta de que te has alejado mucho. Lo suficiente como para estar lejos de absolutamente todo. Tú quieres alejarte de la gente, quieres alejarte del dolor. Quieres alejarte de todo. Quieres alejarte de todas las palizas, de los dedos afilados y de las calabazas. Quieres alejarte de las jeringuillas de sueños y las botellas de historias. Quieres alejarte de los amigos que se tiran de las azoteas porque querían escapar de la vida, de los que se comen el parabrisas para acabar desangrados en el asfalto. Quieres alejarte del pestazo a semen y a sudor de los cuerpos que ya no se quieren. Quieres alejarte de los ojos que buscan tu mirada con ansiedad, para comprobar que sigues mirando cuando se coman la siguiente (mirada, no penséis mal). Quieres alejarte de los falsos acuerdos, de los pactos tácitos de plástico y pintalabios, "no me dejes nunca, yo nunca voy a irme", "nadie va a quererte como yo lo hago". Quieres alejarte de los golpes bien encajados en la mandíbula, de los labios rotos y cubiertos de sangre seca, de las narices torcidas, los jadeos y los salivazos en la cara, de los ojos hinchados y palpitantes y las patadas en las costillas. Quieres alejarte de todo eso. Pero de lo que más te alejas es de ti mismo. Y cuando echas la vista atrás, todas esas cosas de las que te alejaste, se están comiendo lentamente  tu alma. Aquella que dejaste allí, porque pesaba demasiado como para cargar con ella.



Desde luego que no era la primera vez que me sentaba a pensar en estas cosas. No. Aquella parada de autobús no fue la primera. También me senté a pensar en todo esto cuando aquella chica que solía conocer comenzó a mirar hacia otra parte, cuando lo que parecía aprecio se convirtió en desprecio y todas esas putas mierdas que tanto ella como yo sabemos y de las que no hace falta hablar, las cicatrices quedan mejor en las historias épicas, esto es solo un cuento patético. Es una estupidez hablar de cosas que pasaron hace ya más de 12 meses, pero nunca está de más recordar quien estuvo ahí y quien no, y quién hizo qué y quién no. Incluso al diablo más cruel del mundo que haya podido violarme y maltratarme en la noche más oscura, en la más sucia y maloliente cárcel de mi mente, le agradezco que al menos, durante ese instante, no estuve solo. Supongo que eso es lo único que tengo que agradecerle: el no haberse ido cuando otro sí lo hicieron. Y no, no hablo de la Serpiente, no hay lugar para ella en este sumario. Hay ciertas personas que mi mente borró hace tiempo, y si la nombro ahora para decir que no estoy hablando de ella es básicamente porque si hay algo que no soporto, es la pretensión y la pedantería de ciertos gilipollas para creerse tan importantes como para que hablen de ellos. Como nota. Esto es una pequeña nota de suicidio de un Yo mucho más inferior y escuálido que no encontraba un lugar en el que caerse muerte, un diminuto agradecimiento a un demonio de ojos verdes que no merece mención, pero que no está de más para explicar el viaje. Cuando la bestia miró por otra ventana que no fue la mía, soledad se comió la habitación, y me refugié en otra parada de autobús.

Por circunstancias de la vida, esa vez dejé que el autobús me atropellase para no tener que pensar el rumbo. Y volví a correr en cuanto la gente me preguntó si estaba bien. Claro que estaba bien. Estaba bien jodido.

También me paré a pensar en todas estas cosas cuando experimenté lo que era el golpe del martillo del "Estás solo". Básicamente, eso se ha repetido a lo largo de toda esta mísera carretera, pero cada una de las veces que eso ha pasado, he tenido una parada de autobús en la que sentarme a pensar.

Pero solo esta vez, esta vez de la que os hablo, pensé. Y me ví, y me comprendí. 

Metí mi mundo en una maleta y me encontré con una maleta vacía. ¿Qué mundo va a tener alguien que no ha parado de correr? ¿Qué mundo va a tener alguien que no ha pisado puerto entre mares? ¿Alguien que simplemente ha corrido entre las montañas, huyendo de su propia justicia? ¿Alguien que ha preferido enfrentarse a todo lo que se le pusiese por delante, antes que pararse a hablar? Nada. Ningún mundo podía caber en aquella maleta. Cuando corres, dejas todo atrás.

Hace un año que estuve en aquella parada de autobús, planteándome tantas cosas como piedras tiene el camino. Hace un año que pensé sobre tantas cosas que he perdido la cuenta durante el trayecto. Después de pensar sobre aquello, pasó el tiempo y las estaciones se sucedieron. Dejé de correr, era más cómodo ir de un lado a otro sentado. Pero, ¿y si la clave estaba en sentarse? ¿En dejarse caer? ¿En dormir? ¿Dormir? ¿Qué diablos era eso? ¿Por qué la gente lo hacía?



Desde el momento en el que me senté, todo se oscureció y pareció más triste. Me quedé sentado mirando al horizonte, hundido, pisado, seco, vacío. Me dormí, poco a poco, hasta encogerme y quedarme allí, quieto, congelado.

Hace poco que abrí los ojos. Ya no duermo, ya no estoy cansado o triste, o seco, o jodido. Qué hostias. Me siento más despierto que nunca. Desde entonces he estado sentado en esa parada de autobús, con la mano de Val sobre la mía, e intentando hacer una lista de todas las cosas que tenemos que sacar de la maleta. Meter nuestro mundo en la maleta. Un mundo en blanco, vacío, para crear todo lo que queramos. Pero no aquí, no a este lado del río. Donde nosotros queramos. No donde nos digan, no donde aprendimos a hacerlo. Lejos. Y sobre la marcha.




Hoy seguimos sentados en esa parada de autobús, sacando cosas de esa maleta para no cargar con ningún peso. Porque vamos a empezar a correr. Y a dejar todo atrás.

Porque cuando corres para alejarte de ti mismo, nunca hay que olvidarse de llevarte contigo a alguien que te lo recuerde de vez en cuando.