jueves, 12 de noviembre de 2015

Siempre he odiado los espejos. Prefiero la ficción.

La ficción es inherente al ser humano. Desde los tiempos antiguos, las personas se han reunido en torno al fuego para contar innumerables sucesos, ciertos o no, para que estos traspasen las barreras del tiempo y la muerte. Así han pervivido tradiciones, identidades, cultos, civilizaciones, culturas, artes, vidas.

La ficción despierta las partes más ocultas del alma humana. Aquellas historias realmente valiosas son las que se sumergen en nuestro pecho, y podemos sentir el frío invadiendo nuestro interior. En esas historias, el terror aparece más allá de la pura invención, ese miedo entra en el mundo real por unos instantes y nos hace sentir ese pánico innombrable. En esas historias, el valor de sus protagonistas nos hace levantarnos del suelo y sentir el fuego en nosotros. En esas historias, el amor parece tan real como el mundo real.

Las grandes historias son aquellas que nos cuentan cosas de nosotros mismos, me dijeron una vez. Siempre he valorado esas ficciones en las que he podido identificarme con alguno de los personajes. Aquí dentro hace mucho frío. Aquí dentro, no hay nada ni nadie más que tú mismo. Y la vida en soledad es un vacío eterno.

A veces esas historias te horrorizan porque dicen quién has sido hasta el día de hoy. Y duele.



De entre todas las historias que me contaron alrededor del fuego, hubo una que llamó especialmente mi atención. Todos aquellos cuentos nocturnos tenían personajes a los que podía valorar por una razón u otra, pero la razón principal era la de ponerme en su lugar, la de empatizar, sentirme dentro de la historia, verme dentro de la ficción. Esas historias me decían cosas sobre mí mismo que no quería escuchar, y que al mismo tiempo necesitaba ver.

Pero de entre todas ellas, solo una me cautivó especialmente. Una historia que me contó tantas cosas de mi mismo que sentí pánico al escucharla. Una historia que sabía tantas cosas de mi que me horrorizaba y me fascinaba al mismo tiempo.

No se trataba de que esa historia me mostrase mi yo, las cosas que me habían sucedido. Se trataba de aquella ficción me susurraba al oído aquellas cosas que nunca me había dicho, aquellas cosas que podría conseguir dentro de mi. Aquello que enterré en lo más profundo de mi ser.

Siempre me abracé a la desgracia. A la soledad de los lobos. Al eterno vacío frío de saber que arrastras la muerte contigo, la perdición de quien está a tu lado. Siempre sonreí al cielo del invierno.

Si arrastras la muerte contigo, ¿le darás la espalda y seguirás caminando? ¿Te abandonarás a la soledad para no causar más desgracia?

¿O te darás la vuelta y acabarás con tus demonios?

Es terrible cuando encuentras un pergamino inacabado. El interminable vacío y esa sensación de caída constante, ni un suelo contra el que estrellarse. Es terrible encontrarse con un pergamino inacabado que te recuerda que tu propia vida sigue siendo un pergamino inacabado. Y no hay cosa más terrorífica para el ser humano que lo desconocido.

Cuando encontré el pergamino, no me vi reflejado en ninguna parte. Pero vi demasiados pedazos de mi salpicando el papel, como un terrible puzzle creado por algún dios enfermo.

Me di cuenta de que nunca he sabido quién soy. Siempre he conocido pequeños retazos, pequeños trozos de mi mente. Pequeños cuentos aquí y allá, problemas, vivencias, accidentes, incidentes, desgracias, alegrías, tragedias, muerte. Pero nunca he sabido quién soy. ¿Cómo saber quien eres, si sigues vivo?

Hay personas que nos enseñan cosas sobre nosotros mismos. Hay personas que nos enseñan a forjar cosas en nosotros mismos. Hay personas que nos demuestran lo miserables que somos. Hay personas que nos hacen ver el fracaso que cargamos en nuestra espalda.

Siempre he sido muy consciente de todo lo que soy. Siempre he sido muy consciente del daño, de la soledad, del frío, del olvido. Siempre he sido muy consciente de lo que he sido, de lo que soy.

Nunca me he parado a pensar en lo que quiero ser.

La primera vez que conocí al Espadachín Negro, comprendí lo lejos que estaba de ser lo que quería ser.


La primera vez que conocí al Espadachín Negro, comprendí la clase de persona que quería ser a partir de aquel día.