domingo, 3 de enero de 2016

Oración a una Skjaldmö.

No suelo venir mucho por aquí, desde hace un tiempo. Son rachas: a veces entro sin parar a lo largo de un mes, a veces hago las maletas y desaparezco del Never durante todo un verano. No en invierno, claro. Siempre hay un invierno para mí en estas páginas.

Pienso (recuerdo). Me encuentro a mi mismo pensando a las 3:28 de la madrugada de un 3 de Enero de 2015. Pensando a mi estilo: demasiado y rápido. Pero esta vez algo se ha roto aquí dentro. 

Es curioso. Me encanta escribir, y siempre que puedo escribo. De hecho, escribo todos los días. No suelo hacer nada con ello, he llegado a limpiarme el culo con la letra de una canción cuando tenía 17 años. A veces lo he escondido en el fondo de un cajón, en las últimas páginas de un cuaderno roto y olvidado. A veces lo he escrito directamente aquí. No todo lo que sale de mi mano ha terminado grabado en la corteza de estos árboles. No todo lo que pienso termina procesado en esta base de datos de memorias enfermas. A veces, aunque no lo parezca, simplemente escribo y dejo que vuele. Que vuele lejos. Tan lejos que ni yo ni nadie vuelva a leerlo. ¿Para qué? Al menos está fuera de aquí. Fuera de mí.

Me encanta escribir. Me encanta sacar lo que hay guardado en este sótano. Sacar con correa a todas estas bestias que forman mi puzzle mental. Desmontar la armadura. Quitar los engranajes. Y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, soy incapaz de hacerlo. No tengo ni la más remota idea de explicar lo que tengo aquí dentro en este momento. Así que pido disculpas de antemano si este texto no se entiende. Haré lo posible por hacerlo comprensible.

Tengo dos manías estúpidas que suelo llevar a cabo cuando el año muere. Una es la de elegir cuidadosamente la primera canción que voy a escuchar de manera voluntaria tras las 00:00. Para el que quiera probar, no recomiendo utilizar "Blowin' in the wind": fue un desastre. "Snow" fue un año que recuerdo con bastante cariño. Nunca olvidaré "Like a rolling stone". Y Elvis es siempre una gran opción.

La segunda manía es la de ver fotos. Doy un paseo visual por las fotos de ese año. En los últimos años he sido un nómada virtual, un vagabundo social y un fugitivo de las relaciones sociales. No he dado señales de vida, me he alejado de la civilización y una de las pruebas de ello es mi inexistencia fotográfica en los últimos tiempos. Siempre he sido más de capuchas y gafas de sol, que de etiquetas y hashtags. #Misantropía. #Chúpamela. #EsteNoSoyYo.

Al no tener fotos que observar, la costumbre se deformó. El primer año no vi ninguna foto, opté por dejarlo estar. Al año siguiente vi todas las fotos, no tengo tantas como para no poder verlas todas en una noche. Craso error. En las fotografías están los momentos, los recuerdos, pero también las sensaciones, las relaciones. Mis fotografías mostraban a una persona que no era la misma que llevaba debajo de la carne en ese instante. Mostraban a una persona rodeada de gente que yo ya no reconocía, que estaban lejos de mi vida y de mi concepción del universo. Me encontré a mi mismo mirando a los ojos a esa persona que decía ser yo, preguntándome a mi mismo "¿Qué estoy haciendo?". Cuando este año me he enfrentado a esa situación, a la de llegar a casa después de pasear de noche con el ruido del mar estrellándose contra las rocas, me he encontrado a mi mismo observando una foto de Red. Durante unos minutos. Cuando he ido pasando de fotografía en fotografía, me he visto a mi mismo contemplando con una sonrisa toda su galería de fotos de los últimos años, sin descanso. Cuando me he querido dar cuenta, las había visto todas deteniéndome en todas y cada una de ellas. Y en todas y cada una de ellas he pensado exactamente lo mismo.

Es gracioso que un ser como yo escriba algo como esto. Soy artista de la sangre. Me he entregado voluntariamente a la sombra y la carne ennegrecida por la guerra, siempre he golpeado primero y preguntado después. He gritado por las noches y me he escondido por los días, y desde que tengo uso de razón, siempre he escondido bajo cientos de cadenas todo aquello que pudiese arrojar algo de luz aquí dentro. 

Tras contemplar cuidadosamente las fotos de Red, mi cerebro ha viajado en el tiempo. He revivido un sinfín de momentos en un instante. Mis pupilas se han dilatado y mi sangre se ha detenido. Mi mente, como la de Renton, se ha sumido en un viaje de heroína que ha reblandecido el suelo y endurecido el cielo. Ha convertido mi mundo en una Vía Láctea de recuerdos a través de los cuales he viajado y me he visto. Me he visto una y otra vez. Y la he visto a ella. Constante. Perfecta.

Me he visto fragmentado, dividido, diferente, distintos yo, varias realidades, numerosas variables.
La he visto sólida, indivisible, intacta, lisa y sin muescas, un espíritu, una única constante.

He visto unos ojos llenos de luz, una boca de vino y cacao en una pequeña habitación, en una pequeña cama, en un pequeño mundo.

He visto dos sombras caminando en plena noche, bajo el frío que arropa a la ciudad dormida, en busca del último beso de nicotina.

He visto dos cuerpos de carne y tinta sentados en un suelo de azulejo en un lejano hotel de ninguna parte, abrazándose para proteger sus corazones de los disparos.

He visto en la oscuridad dos sombras entrelazadas en la eternidad de Madrid, fundidos en un beso eterno de alcohol y sexo como si nunca se hubiesen conocido antes.

He visto una mano agarrada a otra mano, cuando el suelo se derrumbaba y el techo caía sobre las espaldas, cuando las palabras más afiladas del mundo desgarraban la carne y hacían estallar los oídos.

He visto besos que parecían dioses.

"Déjame entrar", me dijo una vez bajo la luz mortecina de un piso frío y solitario. "Déjame entrar". A mi. Al monstruo de los mil rostros. Al enemigo de las manos vendadas. A nadie. Ella quiso entrar en esta fortaleza negra, de muros altos y alambradas oxidadas, de puertas infinitas y habitaciones cambiantes. Aquí. Ella quiso entrar. Aquí donde todas las puertas permanecían cerradas, cubiertas de polvo y vergüenza. Cerrojos de no, y llaves de trauma. Aquí. Ella lo quiso.

Y yo, que nunca soy consciente de lo que tengo hasta que lo asesino, he sentido el estruendo en mi cabeza. La tormenta en mi estómago. El diluvio en mi garganta. Todos y cada uno de los mandamientos. El Bushido de la esperanza y todo aquello que oculté entre las hojas. He sentido todos y cada uno de los pilares que gobiernan este mundo que muere lentamente en mi interior, estremecerse.

He abierto muchas puertas con el tiempo. He cerrado otras durante las tormentas, pero lo cierto es que he logrado abrir numerosas puertas y ventanas. Nunca me planteé si estaba abriendo las puertas y ventanas incorrectas.

"Déjame entrar". Ahora lo entiendo.

Hoy se ha abierto una ventana. Pequeña, nada especial. Se ha abierto una pequeña ventana aquí dentro. Y ha entrado la luz. Creo que es la primera vez en muchos años que un rayo de luz no toca mi corazón. Y esa carne negra y sucia que late como un pedazo de madera ardiendo, ha recobrado parte de su color. Durante un instante, he sentido la brisa penetrando en los pasillos, el aire del exterior levantando el polvo y las telarañas sobre las puertas. Durante un instante, he contestado a muchas preguntas.

No sabría qué hacer si no supieses el camino que lleva a mi casa. No sabría que hacer si tuviese que vivir en un mundo en el que tú no existes. Siento desde lo más profundo de mi corazón que te hayas encontrado conmigo. De todos los seres que pueblan este mundo, tuviste la mala suerte de encontrarte con el más esquivo, cruel y extraño de todos. Siento que te hayas encontrado conmigo, y al mismo tiempo pienso en qué habré hecho en mi otra vida para tener la fortuna de encontrarme con alguien (algo) como tú. Tan perfecto. Tan puro. Tan diferente a mi.

Quédate conmigo.
Quédate hasta siempre.
Búscame en la noche.
Háblame en el invierno.

Me quedaré hasta que el sol muera.
Te buscaré en las puertas de tu infierno, de mi infierno. Del nuestro.
Te encontraré todas las noches en las que no queden luces.
Quédate conmigo, abrázame. Aquí. Adentro.
Quiero que me golpees con fuerza.
Quiero que tus heridas sean las mías.
Quiero que tus ojos me iluminen en esta noche tan oscura.
Quiero alimentarme de tu sonrisa.

El día en que ya no pueda sujetar el escudo,
no llores. No soportaría hacerte daño al final del camino.
Los cuervos de mi espalda buscarán cobijo bajo tu corazón,
hasta el fin de los días.


Te quiero.