martes, 28 de febrero de 2012

Para mí.

No sé quien eres. No sé si vas a entender lo que estoy escribiendo. Pero lo cierto es que no me importa lo más mínimo. Puedes pensar de mí lo que quieras, puedes tener la opinión que quieras sobre mí. Puedes creer que soy pesimista, soñador, idealista, subjetivo, crítico, realista, oscuro, un cabrón, un payaso, un crío falto de afecto, un radical, un prepotente, un fracasado, un atormentado, un gilipollas, o un kamikaze. Me importa una mierda. Puedes pensar de mí lo que te plazca, puedes perder el tiempo pelándotela o imaginando qué clase de persona se esconde tras estos escritos de su blog. Imaginando quién es Jack. Yo no perderé mi tiempo intentando imaginar quién eres tú. Porque no me importa.

Puede que te preguntes "por qué" escribo. Espero que hayas terminado de comer, porque te explicaré el por qué de la mejor manera que se me ocurre. Cuando alguien va al baño, puede estar preocupado de que no se le oiga mucho para no faltar a la educación de nadie. Pero necesitas ir al baño y, por mucho apuro que te de que alguien te oiga o por mucho que se te caiga la cara de vergüenza por el hecho de que alguien sepa que estás cagando, no por ello vas a dejar de ir al baño, ni vas a dejar de cagar... seamos realistas.

Ahora bien, eso no significa que cuando salga del baño, tenga que gritar a los cuatro vientos que he cagado. Y desde luego, no espero que me digas lo bien que huele. Para mí, en muchas ocasiones, escribir es cagar. O vomitar. O simplemente escupir. Llorar. Es expulsar algo que tengo dentro, algo que no necesito. Es echar fuera de mí la mierda, el veneno, las heridas, los tormentos. Como cojones quieras llamarlo.

¿Y tú? ¿Qué buscas? ¿Un genio? ¿Una musa escondida? ¿Un dios de tinta? ¿Un héroe de papel? No vas a encontrarlo. Solo soy un pringado que escribe para sentirse bien y desahogarse. Y no me importa si te gusta o no lo que escribo. A lo mejor incluso escribo algo explícitamente hecho para joderte, y para que no te guste. Porque incluso si me odias por escribir esto, habré cumplido con mi propósito. Y si el texto te gusta y me admiras, habré cumplido con mi propósito también.

"¿Y por qué?", te preguntarás. Y te diré: porque me importa mierda lo que tú pienses sobre mí. Sobre mis heridas, sobre mis tormentos o sobre mis infiernos. Me importa una mierda, habré cumplido con mi propósito porque al margen de que a ti te guste, yo me habré desahogado. Y tu opinión no vale un carajo.

No escribo para levantárosla. No escribo para deprimiros. No escribo para alegraros el día. No escribo para criticar al mundo. No escribo para vosotros. No escribo para ti. Escribo por mi bien.

Escribo para mantenerme con vida, escribo porque lo necesito. Escribo porque la única muerte es el olvido, y aunque sea con tristeza, con alegría, con odio o con asco, alguien tendrá algo con lo que recordarme. Pero si no es así, tampoco sería ningún drama. La gente va y viene. La diferencia es entre la gente que desea ser recordada, y además de eso exige ser recordada como una gran persona... y yo, que aunque me gustaría que me recordasen, no es mi meta en la vida. No es mi finalidad. No existe una finalidad. Sino un trayecto.
Escribo porque respiro. Y para mí, es la misma necesidad.

Te diré algo: los gusanos que se comerán mi cuerpo, no disfrutarán más del tuyo. Porque genios o no, los dos acabaremos en un hoyo de tierra.

Asi que dime: ¿tú quien eres?

Burbujas

He visto mi futuro en el fondo de una jarra de cerveza.

Vi cómo las burbujas de gas se despegaban una a una del fondo de la jarra, cómo se formaban y ascendían, serpenteando lentamente hacia arriba, chocándose entre sí. Algunas se fundían y se convertían en una. Otras se deshacían en el trayecto. Alguna burbuja débil y diminuta, se adhería temblorosa y desesperada a la pared de la jarra.
Pero todas, absolutamente todas, terminaban llegando a la capa blanquecina y cremosa de espuma que coronaba la jarra. Y allí morían, una tras otra, desapareciendo en esa bruma espumosa y perdiéndose en la blanquecina sustancia, haciéndome imposible su visión.

Quién sabe si esas burbujas están ahí, o se han deshecho. Quién sabe si esas burbujas son felices allí. Quién sabe siquiera si están, si están tranquilas. No puedo verlas... la espuma tapa la visión como una niebla impenetrable y opaca, y no sé qué hay más allá. Y tú tampoco.

Lo que sí es cierto, y seguro, es que tarde o temprano, alguien se bebe la jarra. O tira el contenido por el fregadero. O simplemente, la jarra se cae y se derrama. Y las burbujas dejan de existir. ¿A alguien le importa? Solo son burbujas, joder. A nadie le importan una puta mierda las burbujas, ni si van a mantenerse firmes o deshacerse. Porque todos los esfuerzos de esa burbuja por mantenerse firmes, son en vano. La cerveza desaparecerá de la jarra. Las burbujas desaparecerán de la jarra. Y nadie preguntará por ellas.

Así vi mi futuro en el fondo de una jarra de cerveza.

Vi mi futuro, y el de todos los hombres.

lunes, 27 de febrero de 2012

Cínica social

Cierto día, un hombre se encontraba sentado en el salón de su casa, viendo el telediario desde su sofá. Vio manifestaciones, banderas en llamas. Vio revueltas, crisis, guerras. Vio detenidos por pornografía infantil. Vio peleas, maltrato doméstico. El hombre cogió su Polaroid y un bloc de notas, se puso su cazadora y salió a la calle.


Llegó a un colegio, y se sentó en un banco frente al mismo. Desde el objetivo de su cámara, observó como un camello se acercaba a los críos y conversaba con ellos. Tras un diálogo entre risas y disimulos dignos del peor actor de Hollywood, intercalando miradas a la espalda y escudriñando la calle, el camello recibía un par de billetes verdes de las manos de uno de los chavales. Acto seguido, el hombre sacaba de su bolsillo una bolsa llena de hojas aplastadas y redondeadas del mismo color que los billetes y se lo ponía rápidamente en la mano al crío. El hombre de la cámara tomó un par de fotografías del momento, las sacudió y tras observarlas, las guardó en su cazadora. Después tomó su bloc de notas y escribió: "Camellos en la puerta de los colegios, siniestros guías espirituales que conducen a una perdición inequívoca, verdugos de inocencias incomprendidas, que suministran su veneno con amabilidad y simpatía, por un puñado de sucios billetes arrugados". Después se levantó, y se fue.

Un rato después el hombre llegó caminando a la esquina de un comercio, y se sentó en el bordillo. Desde allí observó detenidamente la esquina de enfrente, y observó a dos mujeres vestidas con escasa ropa. Una de ellas carecía de prenda superior alguna, y sus tetas temblaban a cada paso obsceno y exagerado que daba con sus enormes tacones. La otra llevaba una falda con apertura trasera, que dejaba ver un trasero únicamente tapado con un tanga de encaje de color negro. Un par de hombres salieron del comercio junto al que estaba sentado el hombre de la cámara y se acercaron a ellas. Tuvieron una conversación que él no pudo escuchar, y el hombre de la cámara tomó algunas instantáneas cuando uno de ellos le dio una palmada en el trasero a la puta de la falda abierta, y el otro tonteó y jugueteó con la otra, hundiendo la cara entre sus pechos descubiertos. Tras alguna risa, los cuatro se encaminaron al portal cercano y se perdieron tras la puerta de cristal. El hombre de la Polaroid guardó las fotos y escribió en su bloc de notas. "Diosas de la noche que se pierden entre el gentío, buscan un sentido a su cuerpo vendiéndolo al mejor postor, buscan ese pedazo de pan que poner en la boca de sus hijos, buscan esa comprensión que una noche de sudor y semen no puede ofrecerles". Después se levantó, y se fue.

Más tarde, el hombre de la Polaroid vio, desde un banco, como en un callejón un grupo de encapuchados daban una paliza a un negro. El hombre intentaba levantarse y las patadas le retumbaban en la boca como martillos. Un puñetazo le dio de lleno en la nariz y la sangre salió en mil direcciones, empapando su cara. Intentó levantarse de nuevo y una bota le pisó con fuerza la mano, provocando el ruido de dedos rompiéndose sobre la suela de caucho. El hombre quedó allí tendido en el suelo, ensangrentado e intentando levantarse apoyándose en la pared, y los encapuchados se perdieron en el callejón corriendo, gritando consignas nazis. El hombre de la Polaroid tomó unas cuantas instantáneas de la pelea, y tomó algunas más del hombre intentando levantarse en el callejón. Compungido y con un nudo en la garganta, cogió el bloc de notas y escribió: "Sucias sombras de lejía, que intentan limpiar la malentendida suciedad de una piel marginada, que no puede quejarse si no callar y recibir golpes, sangrar por las esquinas, sentir su moral pisoteada y su dignidad vencida, solo por ser diferente a ellos, siendo tan igual, siendo sus vidas tan reales y a la vez tan distintas".

El hombre de la Polaroid llegó a casa. Dejó el bloc de notas en la estantería. Cogió las fotografías y las colocó al lado, sobre un álbum sin estrenar, aún plastificado y con el precio en él. Se sentó en el sofá.

Y volvió a encender la tele.

martes, 14 de febrero de 2012

Agua y sangre.

- ¿Crees que lo que estás haciendo es lo correcto?

Un chico miraba de reojo a otro, en un baño. Se encontraba dentro de la bañera, con el agua teñida de rojo. Una de las manos del chico se encontraba debajo de ese agua oscurecida y manchada de ira. La otra mano reposaba sobre el borde de la blanca bañera, con una incisión de unos 5 centímetros de largo en su muñeca. El corte abría la carne en dos, en dirección al codo, mientras las gotas de sangre salían lentamente y morían contra el luminoso suelo del baño. El chico de la bañera seguía mirando, con melancolía, al otro chico, que estaba sentado en el suelo.

- Sabes que todo irá a mejor. Sabes que todo lo que haces...no es la verdadera salida.

- Sé que no hay ninguna salida, pero es lo que tengo.

- ¿Qué es lo que tienes? Nada. ¿Qué puedes conseguir? Paz.

- Sabes que es muy difícil hacerme entrar en razón, Pedro...

- Siempre ha sido igual de difícil y no por ello has dejado de hacerme caso. Venga, termina con esto ya.

El chico de la bañera miró a los ojos al chico del suelo, intensamente. Escudriñando sus pensamientos, buscando algo a lo que agarrarse. El chico del suelo se incorporó y se sentó en el borde de la bañera.

- ¿Estás seguro de que este es el camino?

- ¿Qué más puedo hacer?

- Solo tienes dos opciones: vivir en este pozo de lamentos que es la existencia, o liberarte y tener paz de una vez por todas.

- Ya intento tener paz, busco la paz interior a todas horas, joder, pero parece que nunca llega...

- Lo que está claro es que "tus medios" para conseguir la paz, no sirven de nada.

El chico del suelo observó el agua. Tan translúcida, tan rojiza, tan turbia. ¿Cómo podía haber llegado todo a este punto? Era triste, era muy triste. Introdujo la mano en el agua, y la sacó lentamente, impregnada de sangre.

- ¿Lo ves? Déjalo ya. Ríndete.

- No es tan fácil.

- ¡Sí, que lo es, joder!

- ¡No, joder no lo es!

El chico del suelo se incorporó, acelerado y enfurecido. Dio un par de vueltas por el baño y golpeó la pared con el puño. El chico de la bañera se encendió, poco a poco fue enfureciendo.

- Tú no lo entiendes...

- ¡¡No hay nada que entender, joder!! ¡¿Es que no ves más salidas?! ¡¿De qué tienes miedo?! ¡¡¿DE QUÉ?!!

- ¡¡DE MORIR!! ¡¡Y DE VIVIR!!

El chico del suelo mantuvo la mirada del chico de la bañera. Se acercó lentamente a él.

- ¿Estás seguro de esto?

- Completamente.

El chico del suelo bajó la mirada. Después se quitó la camiseta. Luego el pantalón. Por último se quitó los zapatos y los dejó cuidadosamente junto a la bañera. El chico de la bañera sonrió lentamente, con una mezcla de compasión y satisfacción.

- Supongo que tienes razón. Hay más salidas. No tengo que tener miedo - dijo el chico que había estado sentado en el suelo, y ahora se introducía en la bañera con su amigo.

- Ya te lo he dicho - dijo el chico de la bañera -. Siempre ha sido igual de difícil convencerte, y no por ello has dejado de hacerme caso, Pedro.

Pedro cogió la cuchilla del borde de la bañera, y lentamente, separó la carne de su muñeca en dos, dejando que el agua se manchase con su sangre.

- Sabes que todo irá a mejor. Sabes que todo lo que haces... no es la verdadera salida - repitió el chico de la bañera.

Lo que eres.

Alzar la vista al cielo y descubrir esas siluetas blancas y rojas,
que descienden hacia al suelo a toda velocidad.
Ángeles ensangrentados que ya no suplican clemencia,
que caen vertiginosamente hacia su muerte,
hacia la realidad.

Virginidad de la conciencia.
Dulce mentira que mantiene vivo al hombre,
que destripa los segundos y separa los filamentos de la culpabilidad que mancha cada nombre,
que oculta cada escombro entre las ruinas,
que mantiene frío cada cubo de hielo frente a la lumbre.

Vivir persiguiendo la nada.
Bucear en el vacío de un todo que no significa nada,
que no quiere decir nada,
que cree que lo tiene todo y en realidad no tiene nada.

Solo la espada, solo el puñal que abre heridas y agoniza entre llamaradas,
entre hogueras, entre gritos de guerra y carnada para peces ciegos
que buscan un lugar en el que esconderse del alma.

Respirar cada bocanada.
Sentir cada impacto que el dolor nos transmite,
cada segundo de sufrimiento que el mundo permite que experimentemos sin presentar queja,
sin rasgar a gritos el alba, sin poder decir nada.

Calla.
Observa.
Anda.
Húndete en la sombra y recupera cada año de vida muerta,
cada mes de existencia tuerta,
cada día de experiencia coja que no te dejó llegar más lejos.
Cada minuto que te hace más viejo.
Cada segundo que te hace creer que algún día serás libre,
que algún día volarás como el vencejo.

Pero no.
Seguirás siendo una estampa,
un sello casi despegado del sobre,
una cicatriz no cerrada, una herida mal curada.
Una sonrisa muerta en un espejo sucio,
que se retuerce y se distorsiona hasta hundirse en mi mirada.

Y entonces serás lo que eres.

Nada.

domingo, 5 de febrero de 2012

Con las manos vacías.

Hoy he vuelto a bajar a mi infierno.

No tenía ni idea de lo que iba a encontrar allí, después de tanto tiempo sin visitarlo, pero me había decidido a hacer limpieza de una vez por todas. Como tantas otras veces.

He bajado las escaleras poco a poco, intentando ver a través del vaho que salía de mi boca. No había llamas, no había fuego, no había calor. Hacía frío. Mucho frío. He bajado las quebradizas escaleras muy lentamente, con miedo a que crujan repentinamente y me quede allí, solo, encerrado en la oscuridad. Odio bajar a ese sitio.

El suelo estaba lleno de polvo. Lleno de fotografías, como el sótano más triste. Apenas he podido reprimir un tremendo dolor en la garganta al observarlas. Personas que apenas recordaba, personas que ya no están. He caminado apartando fotografías polvorientas a mi paso, alejándolas con los pies. Me daba la sensación de que en cualquier momento esas fotografías iban a saltar y a morderme los pies, a comerme lentamente de abajo a arriba. Así que he procurado no tocarlas demasiado.

Cuando he llegado a una de las paredes, me ha sorprendido la cantidad de objetos que había. Un tarro de arena, grande, de un peso tremendo. Apenas podía cargar con ello. De hecho allí sigue. Ese enorme tarro de arena de playa, que pesa tanto que no puedo sacarlo fuera, para tirarlo. Soy incapaz de cargar con él yo solo. En una de las cajas había un pequeño taxi de juguete, de múltiples colores. Tras apartar el polvo a manotazos, en la matrícula podía leerse "Yo nunca voy a dejarte solo". Estaba tachado y garabateado numerosas veces, pero podía apreciarse la escritura con claridad. Tiene gracia. Pero no he querido volver a mirar dentro de la caja, no me interesa lo que hay. Ya no importa.

Entre esas cajas he encontrado una llena de cosas, que no tenían ni una mota de polvo. Un mechero Zippo negro, pintado con tippex. Ni una gota de gasolina, la mecha seca y abrasada. Ya no podía encenderse, por mucho que lo intentase. Estuve un buen rato tratando de darle fuego, pero era imposible. Si algo he aprendido es que hay cosas que se gastan, y que no podemos evitarlo. También he encontrado una caja de puas, una corbata de rayas rojas y negras, un póster de "Led Zeppelin". En fin, demasiadas cosas para dos manos. ¿De qué servía sacarlas? Una vez más, las he dejado ahí. Como todas las demás: no puedo con todas a la vez y son demasiadas para sacarlas de poco en poco porque tardaría toda la vida, así que la dejo ahí. Cubriéndose de polvo. Amontonándose y llenándose de mierda.

En uno de los rincones, en una esquina, había unos ojos azules pintados en la pared. Emborronados, como si la pared hubiese llorado. Toda esa pared estaba cubierta de alambre, con un lazo rojo atado a él. No he podido evitar sentir dolor al verlo. Y cuando me he acercado, esos ojos me han mirado. Y han empezado a llorar sangre. Sangre que se ha extendido lentamente por el suelo, hacia mis pies, intentando arrastrarme. Como un verdugo. Pena, pánico. No tengo ni idea de lo que he sentido en ese momento. Pero sea lo que sea, ha sido suficiente para hacer que me mueva del sitio y me aleje de la esquina. No quería mirar esos ojos. Ni por un instante.

Al volver al centro de mi infierno, no he podido evitar recordar cada una de las razones por las que dejé esas cosas ahí abajo. Y he sentido mucho más frío ahí dentro, un frío terrible. El vaho impregnaba la sala, estaba congelado. He intentado abrazarme a mi mismo, arroparme dentro de la cazadora. Pero no ha servido de nada. El frío me helaba los huesos. "Tranquilo", me he dicho a mi mismo, "aguanta un poco más".

He intentado buscar más cajas. "No me jodas... tiene que haber algo que pueda sacar de aquí". Pero entonces ha vuelto a aparecer ese puto bicho. Un águila, que ha cruzado la estancia a toda velocidad. Apenas he podido agacharme, me ha pasado rozando la cabeza. Y allí se ha quedado, apoyada como siempre, en el pasamanos de la escalera. Intentando evitar que salga de allí. Ya lo ha hecho otras veces, no hace más que mirarme con esos ojos melancólicos, acusatorios, que me hacen sentir culpable. Como si tuviese la culpa de que ese pobre animal esté allí encerrado, entre tanta basura.

Y entonces la sala se ha ido haciendo más pequeña. El frío aumentaba al mismo tiempo que disminuía el aire. No he podido evitarlo, he pasado de largo por delante del águila, he subido las escaleras y he cerrado la trampilla. Y he vuelto a cerrar todos los candados, las cadenas y los cerrojos.

Y sí, he vuelto a salir de mi infierno. Con las manos vacías.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Él.

Hoy me he despertado como de costumbre. Tarde. Despacio. Ha sido uno de esos días en los que te incorporas levemente, te estiras y notas como los huesos crujen en el interior de la carne. Un bostezo trepa por tu garganta y te hace abrir la boca como si fueras imbécil, al observar la luz que se filtra por las persianas. Me he incorporado, he abierto la ventana y he notado ese frío de madrugada penetrando en cada poro, deslizándose como finos hilos puntiagudos y haciendo que contraiga mis músculos, cerrando la ventana de nuevo.

He caminado arrastrando los pies hasta la puerta del baño, notando el peso del cuerpo concentrado en los párpados. Ni siquiera sé por qué coño me he levantado, solo sé que tenía que levantarme. He mirado al espejo. Y allí estaba otra vez. El tipo de siempre.

Ya os he hablado antes de él. Es un tipo delgaducho, alto. Desaliñado, de ojos verdes. Ahora tiene barba. Es el mismo de hace dos años, pero ya no es el mismo. Hay algo en su mirada que me inquieta. Su nariz aguileña, su rostro afilado, sus facciones marcadas. Pero hay algo que no es igual. No mira con los mismos ojos. Los ojos de este penetran dentro de mí.

La vieja mirada era apática. Triste. Esta mirada es desoladora. No entiendo el por qué, no quiero entenderlo. Solo sé que esos ojos penetran dentro de mí. Succionan cada centímetro cúbico de felicidad o esperanza que pueda albergar para sonreír durante el día. Ese cabrón se ha hecho fuerte. Y de pronto, veo que me sonríe.

Aparto la mirada, estoy desvariando. Me visto, cojo todo lo necesario, y me largo.

¿Qué coño ha sido eso? ¿De verdad ha sonreído? ¿Ese hijo de puta está contento? ¿De qué?

No, no era una sonrisa cualquiera. Era una costura deshilachada, era una sonrisa de medio lado con la mirada apática y el ceño ligeramente fruncido. Es una sonrisa de locura. Dejo de pensar ello mientras enciendo un cigarro por la calle. Camino a paso ligero, refugiándome del frío dentro de mi chaqueta. No distingo el humo del vaho, es estúpido. Ni siquiera sé cuando debo de parar de echar humo. Ni siquiera cuanto tengo dentro. Ni siquiera sé lo que tengo dentro. Lo que tengo dentro.

Echo una mirada de reojo al cristal de un coche aparcado. Mientras camino, mi imagen se repite entrecortada en los cristales de los coches de mi derecha. Me fijo bien. Es ese tipo. Está ahí de nuevo. Mientras camino gira el rostro y me mira. Vuelve a sonreír y da una calada larga. Después, repentinamente, levanta el brazo en marcha y se incrusta el cigarro encendido en la retina, sin hacer el más leve signo de dolor. Aparto de nuevo la mirada, es jodidamente desagradable.

¿Qué quiere? ¿Qué pretende? ¿Es real?

Llego a mi destino, me apoyo en la pared. Y al cabo de unos minutos, aparece ella. Viene a lo lejos, tan sonriente, tan feliz. Me acerco poco a poco al punto donde vamos a encontrarnos, mientras ella sigue a unos cuantos metros. La saludo. Y tras ella vuelvo a ver ese tipo, reflejado en los cristales del portal. Sonríe, babea, con los ojos desorbitados. Quiere acabar conmigo, ansía acabar conmigo. Mis miedos. Mis traumas. Mi dolor. Se esconden en la mirada de ese cabrón que me incrusta sus ojos en las pupilas. La mira a ella y después a mí. Y sonríe patológicamente.

La beso. Tardo en besarla uno o dos minutos. Y concentro todo mi calor para que ella lo note. Noto su boca esbozar una sonrisa a pesar de la presión de mis labios. Sus manos se entrelazan en torno a mi nuca.

Y de pronto, por un instante, deja de hacer frío. Ya no hay humo. No hay vaho. No hace frío. No hay calle. Ni siquiera hay ropa, estamos desnudos. No hay nada.

El instante se acaba. Vuelve la calle, vuelve la ropa, vuelve el frío. Ella me mira intensamente y me dice que me quiere. Grabo esas palabras a fuego en mi cerebro.

Vuelvo a mirar al tipo, quiero comprobar su reacción.

El cristal se ha roto.