martes, 30 de diciembre de 2014

Bad-Anon








"I'm bad, and that's good. I will never be good, and that's not bad.
There's no one I'd rather be than me".










lunes, 8 de diciembre de 2014

Paso 2.

Ascender desde la oscuridad.



martes, 11 de noviembre de 2014

lunes, 3 de noviembre de 2014

Tu sonido.

Me preguntas si te creo cuando me hablas.

Tu boca es mi biblia.

No entiendo una sola palabra de lo que dices, pero tengo fe en su sonido. No entiendo ni comprendo lo que me llamas, lo que dices de mi. Para mi todo eso es simplemente una canción que intenta alcanzar mis oídos. Pero yo estoy tan abajo... tan anclado al fondo del océano...

Tu boca es mi biblia.

No entiendo una sola palabra, no comprendo por qué estás tan segura cuando dices lo que dices. No entiendo nada. Pero me abrazo a tus palabras como si fuesen el único libro en el Infierno.

Porque te tengo, no lo estoy.
Porque amo, no lo estoy.

No rest for the wicked.

Luz. Un sólido rayo de sol que cae desde el infinito, con la furia de un dios, y aterriza con suavidad sobre la hierba. Ligero. Perfecto.

Apenas me atrevo a pasar la mano a través de esa luz. Siento como si mi sola presencia estuviese contaminando aquel lugar. Aquel valle de hierba, verde como la vida. Doy un par de pasos al frente y noto el peso en mis pies. Esas botas de hierro, cubiertas de cadenas y óxido.

Al descalzarme, siento en las plantas de los pies el húmedo tacto de lo que nunca tuve. ¿He estado ciego todo este tiempo o nunca encontré la caja de los fusibles?

Recuerdo el vapor, la madera quemada y la peste a pólvora. Recuerdo el hierro y las carcajadas. La Era de la Máquina. Recuerdo esa vida, pero no recuerdo mi muerte. ¿Qué hicieron con mi cuerpo? ¿Quien se quedó mi rostro? No hice testamento. Joder, ni siquiera hice penitencia.

¿Qué es este lugar? Un enorme valle verde, un cielo azul como la nostalgia. Un mar de nubes que se desplaza lentamente, con la brisa de la mañana. Silencio. Paz. ¿Qué es este lugar? ¿El infierno? He oído acerca de demonios que te muestran el Paraíso en los espejos, para apuñalarte mientras sonríes. 

¿Qué coño es este lugar? ¿Dónde está el alambre y la sangre? ¿Dónde está el dolor? No tengo heridas, ni cicatrices, no recuerdo el sabor de una lágrima. ¿Qué es este lugar?

Me siento sobre el pasto, y contemplo el cielo. Siento el sol, calentando mi cara, y siento la brisa, refrescando ese calor. Siento la perfección en cada uno de mis poros.

Un lobo aúlla a lo lejos, en una montaña que se recorta contra el horizonte. En ese lugar, como si de un cuadro colgado sobre el cielo se tratase, cae con fuerza la tormenta. Caen los rayos y suenan los martillos de los dioses, furiosos.

Estoy lejos de ese lugar, estoy a salvo. En esta pradera, en este lugar tan vivo. Pero no paro de escuchar ese aullido. Una y otra vez.

Me pongo las botas de nuevo y echo un último vistazo al valle. Una amarga carcajada trepa por mi garganta, y trago lo suficientemente fuerte como para evitarla. Debí haberlo imaginado, pero siempre caigo en las mismas estupideces.

Tengo que subir la Montaña.

No puedo dejarle allí.



No puedo dejarme allí.

lunes, 27 de octubre de 2014

Volverá la noche.

El mundo es un cristal roto. Un trozo transparente de algo frágil que, al mismo tiempo, te destrozará los pies si pisas sobre él repetidamente. El mundo es un cristal roto que ha rajado demasiados sacos de carne.

Soy la sombra de un ser que se hacía llamar hombre. Las historias de locura me tocan de cerca, supongo que inspiran las ganas de echar la vista atrás en el camino y contemplar todo el trayecto. Es curioso. La carretera está vacía. Apenas recuerdo nada.

En la madrugada del 23 de septiembre de 2013 solo necesité diez minutos para observarme en el espejo y comprender la naturaleza de aquel instante. Tenía algo en mis manos con lo que no sabía si podría cargar. Tenía algo frente a mi que necesitaba ser rescatado del infierno. Algo que yacía allí abajo, ardiendo lentamente, porque fui demasiado débil para correr cargando con ello. Pero, ¿cómo se sujeta uno a si mismo si tiene las manos ocupadas con cajas llenas de botellas llenas de problemas que se desbordan a todas horas? Hice cuanto pude por apretar y apachurrar aquellas cajas muy dentro de este armario. Muy dentro. Pero no debí colocar bien las botellas, porque por las noches, si me tumbo de costado durante demasiado tiempo, puedo notar los recuerdos derramarse por mi nariz, o el miedo escapándose por una oreja. En esos momentos tengo que sentarme en la cama, dejar que todo baje a su lugar, beber un vaso de agua, añadir algo de humo de fábrica a la mezcla e intentar conciliar el sueño.

Puedes considerarme un héroe de novela. Un héroe épico. Mi epopeya es un terrible viaje por la monótona muerte, la brillante mierda, el ácido invierno, la terrible respiración. Mi historia cabalga por el valle de las sombras como una mota de polvo que se ha escapado de la estantería, huyendo de la justicia de los momentos en los que no pasa nada. He llevado máscara de payaso, pero no me he reído. He llevado luz al sótano, pero no me he encontrado. He encontrado a la chica, pero no he pedido un rescate. ¿A dónde van las personas cuyas únicas acciones son errores?

Hoy me ha despertado otra mañana extraña. Esa sensación de que alguien apoya todo su peso sobre tus brazos mientras yaces boca arriba. El muerto que me persigue a todas horas ha vuelto a intentar besarme mientras dormía. No entiendo por qué. Quizá le gusta el sabor de los problemas que derramo al tumbarme de costado. Solo sé que hoy es otra mañana de otoño falso. Otra mañana de un Octubre corrupto. Y que la pistola que guardo en mi mente, está cargada. Hoy la Makarov está llena, como una puta que acaba su turno. La obra de arte de la guerra rusa yace en una estantería en mi cabeza, lista para ser descargada.

Recuerdo las mentiras. Las verdades falsas. Recuerdo los errores. Recuerdo todos los cadáveres detrás de mi, rodando colina abajo, agarrándose a mis tobillos. Recuerdo todos los cuerpos que quedaron atrás. Recuerdo el sexo sucio y el campo de batalla. Recuerdo. Pero no soy yo. Ese no soy yo, me repito. Es otro. El otro invadió tu cuerpo.

Pero los dos sabemos.

Y la Vorkuta de los sentimientos recibe su motín. Y en mitad de la noche, corro, cuchillo en mano, a través de los sentimientos presos que mueren ante mis ojos. Aparto, con manos llenas de sangre, aquello que una vez dejé encadenados en el fondo de la prisión. Ya es demasiado tarde, tengo que escapar. En la oscuridad de la madrugada, de esa madrugada que comenzó el 23 de septiembre de 2013, corro como si el mundo se acabase debajo de mis talones. Corro y corro, tropiezo y vuelvo a levantarme. Pisoteo la nieve cubierta de sangre mientras escucho el ruido de las ametralladoras y las bombas que destrozan todo a su paso. Consigo entrar en la caseta. 

Consigo ocultarme de las bombas. Todo está a oscuras. Todo está calmado.
"Nada puede hacerme daño aquí", me digo. "Lo he conseguido", me digo.

Pero ella está ahí. Makarov, mi puta. Mi pistola cargada. Está ahí, sobre la mesa, esperando.

Cuando quito el seguro y observo la pequeña pistola en mis manos, noto una separación de 3 segundos entre mi pecho y la nada. Es entonces cuando solo escucho el latido de mi corazón, allá en el infierno. Pidiéndome que vuelva a buscarlo. "No", le digo. "Lo dejé todo atrás para correr, y tú pesabas demasiado". "Vuelve", me dice. "Vuelve. Vuelve".

La puerta se abre con un fuerte clic. Una luz blanca angelical, con un extraño humo rojo que se cuela por todas las rendijas, aparta la puerta lentamente. La luz gana a la oscuridad y vuelve a colocar la pistola sobre la mesa. Me extiende una mano, salimos de la caseta y cierra la puerta con llave, dejando a Makarov sola, sobre la mesa, llorando.

La oscuridad se ha ido durante unas horas. Es de día en Vorkuta.

Pero volverá la noche. 

lunes, 25 de agosto de 2014

La espada rota.

- La venganza es más oscura que una mancha de sangre. La tristeza es como una daga que se te clava en el corazón. Los días pasan, pero solo se vuelven más dolorosos. Lo único que queda es el agudo dolor de su poder. El odio es el sitio al que va un hombre que no puede estar triste.

- ¿Vas a sermonearme?

- Tu forma de vivir no es mala... Pero veo una gran huella en tu corazón. El miedo ha dejado una marca en él.

- Tú no sabes...

- Déjalo. Descansa en este lugar. Si no tienes nada que te preocupe en el mundo, estarás a punto de pasar del todo al otro lado. Cuando llegaste con esa preciosa chica superviviente junto a ti... te echaste a perder a ti mismo. Escapaste de algo bueno, porque no puedes compartir la tristeza con la persona que amas. Escapaste para quemar tu cuerpo en tu propio odio. Abandonaste aquí a la persona que quieres, ¿y sigues pensando que tienes derecho a clamar venganza  por tus amigos? En el momento más importante, elegiste estar solo. Solo para centrarte en todas las batallas. Eres solo una espada desenvainada. Llena de cicatrices y manchas de sangre, con una herida fatal. Eres una espada rota.



sábado, 23 de agosto de 2014

Humo.

Nunca abandonarás este lugar, rezaba la puerta.

Se dijo a sí mismo que ni hablar.
Que se iría para no regresar.
Que abandonaría aquel sitio,
que tenía que olvidar ese lugar.
Aunque toda esperanza estuviese muerta.

Apretó con fuerza aquella cajita dorada y se dio la vuelta,
encarando la puerta.
Allí se erguían los demonios,
con sus cuernos violando el cielo,
con mirada violenta y llena de sangre,
de sed de sangre,
con la sombra de quienes fueron humano
y terminaron de asesinarse.

Sin detenerse más tiempo,
la sacó de allí.
Cruzó océanos de fuego,
desiertos de hielo y sangre,
bosques de cadáveres,
senderos de hierro.

Cruzó universos,
universos enteros de frío y miedo.

Cuando el peso era superior a su voluntad,
se arrancó las partes del cuerpo que no necesitaba,
cargando con su alma con aquel preciado tesoro que sostenía aún entre sus brazos.

Nadie sabe cuánto logro atravesar de lo ancha que es la Realidad.
Nadie sabe hasta dónde llegó.
Para cuando llegó al final del camino,
con la caja entre sus manos, 
prieta y caliente,
solo era un espíritu blanquecino.

Cuando al límite de sus fuerzas vio que la caja empezaba a brillar,
supo que se acercaba a su destino.
Corrió a duras penas por entre zanjas de muerte,
con el fuego calentando el subsuelo
y la Eterna Noche...
...la Eterna Noche pisándole los talones.

Corrió cuanto pudo, sin mirar atrás.
Cada vez, la caja brillaba más,
y más,
hasta ser una pequeña estrella entre sus manos.
Eso solo significaba lo cerca que estaba del final,
de su destino,
del lugar del que venía,
del lugar al que pertenecía.
Conseguiria llegar al reducto de paz que su cabeza ansiaba.
Al lugar al que pertenecía.
Y llegó.

Nunca abandonarás este lugar, rezaba la puerta.

Y el espejo le devolvía la mirada.
Allí se erguía un demonio,
con sus cuernos violando el cielo,
con mirada violenta y llena de sangre,
de sed de sangre,
con la sombra de quien fue humano
y terminó de asesinarse.

Dejó la cajita en la puerta, donde nadie pudiese hacerle nada.
Respiró profundamente el azufre.
Y abrazó el fuego del infierno una vez más.

miércoles, 23 de julio de 2014

The Road

Meter el mundo en una maleta. Parece una frase de esas que escuchas en alguna canción popera de mierda, o en el estado de Whatsapp de algún colega que se quedó anclado en las redes sociales de quinceañeras. Pero cuando realmente te propones abandonar la vida, alejarte de los fantasmas, huir de la Garra, te das cuenta de que esa frase de mierda es cierta.

Coger los momentos y aplastarlos para que entren en una maleta de 1 por 1, rota y con las ruedas casi desmontadas. Cargar con ella por las calles, atestadas de gente. Tirar de ella como si tirases de un puto ataúd y sentir que nunca llegarás al final. Pero no hay final. No hay final.

Todas estas cosas las pensaba sentado en una parada de autobús hace ya un año. Recuerdo el sabor a cerveza y el olor a humo. Recuerdo el cansancio y la camiseta rota. El calor de las puertas del infierno recién abiertas. La soledad del viajero fantasma. Recuerdo las miradas extrañadas de la gente. Recuerdo tener demasiado tiempo para pensar allí sentado, en mitad de la nada, recordando mi mierda. A veces recuerdo más de lo que me gustaría poder recordar. 



Eché la vista atrás y me dije a mi mismo "siempre se puede estar peor". Un pringado de mierda cargando con una maleta llena de nada, en un lugar que no conocía, rodeado de gente que no conocía y completamente solo. Observando la jungla de cemento y contemplando a los transeúntes como si fuesen hormigas domesticadas que pasean frente al escaparate, al son de los aplausos silenciosos y la atenta mirada de nadie. ¿Qué hostias hago aquí?", pensé. 

Cuando no recuerdas quién eres, es fácil ser alguien. Simplemente, dejas de ser, y empiezas a correr. Corres hacia ninguna parte. No importa lo que se ponga en medio. Lo apartas a manotazos, te ríes. Te caes al suelo y estrellas la cara contra el asfalto. La boca solo sabe a sangre y a sudor, la velocidad no te deja oler nada, y simplemente corres. Corres hacia ninguna parte. Corres hacia nadie, hacia nada. Corres.


Supongo que, en aquel entonces, yo no paraba de correr. Siempre había corrido sin ningún rumbo. Los demás pasaban de puntillas el charco para no mojarse, yo chapoteaba y salpicaba a los demás al pasar corriendo. Eso a la gente, créeme: no le gusta. Da igual si te sientas a explicarles lo bien que sienta saltar en los charcos, están demasiado preocupados de parecer presentables para la foto. No soy conscientes de la felicidad que transmite salpicar, correr con libertad, ser nadie. Nadie es libre, pero lo peor llega cuando te das cuenta de que nadie quiere serlo. Cuando compruebas que si intentas liberarlos, te apuñalarán en el estómago. Supongo que eso es el resumen más simple de mi vida personal. El círculo eterno de estupidez humana, de repetición de patrones. El gilipollas que no deja nunca de ser gilipollas, y trata de enseñar a respirar a un imbécil que no deja de ser imbécil y solo quiere mantener la cabeza debajo de la tierra. El gilipollas consigue que el imbécil saque la cabeza de la tierra. El imbécil ve el mundo y le gusta. El gilipollas se siente realizado. El imbécil siente que el gilipollas es el único que sabe que él solía meter la cabeza en la tierra. El imbécil apuñala hasta la muerte al gilipollas y deja su cuerpo tirado en la cuneta. El gilipollas recoge sus tripas y camina por la carretera, desangrándose, solo y sin rumbo. Y un día, el gilipollas encuentra a otro imbécil con la cabeza metida en la tierra, comenzando de nuevo el ciclo. Sí, el gilipollas soy yo, por si no os habíais dado cuenta aún. Imbéciles.


Lo que quiero decir con esto es simplemente que nunca he sido un lince para las relaciones sociales. Siempre he sabido buscarme las habichuelas, siempre he sabido arreglármelas. Daba igual lo fuerte que cayese la tormenta, siempre acababa encontrando un sitio en el que refugiarme. Daba igual lo fuerte que cayese el sol, sabía sobrevivir al verano. No importaba lo fuerte que me golpeasen, la herida cicatrizaba. Es lo que tiene correr. Es lo que tiene no ser nadie.

El problema llegó hace un año, cuando estaba sentado en esa maldita puta y jodida parada de autobús que me dio demasiado tiempo para pensar. ¿Habéis visto alguna vez la reacción de un perro mirándose en un espejo? Es fantástico darse cuenta de uno mismo. Tener conciencia de uno mismo es el primer paso del razonamiento, lo cual lleva a la capacidad de inteligencia lógica y social de los seres humanos. Supongamos que en ese preciso momento, con demasiado tiempo para pensar y un cristal en el que verme reflejado, yo dejé de ser un perro para ser Tales de Mileto. Dejé de ser un coyote para convertirme en Descartes. Dejé de ser un lobo, para convertirme en el puto Schopenhauer. Y cuando te conviertes en un ser humano, la transformación duele.


Allí había un imbécil que se creía gilipollas. Un imbécil que corría y corría, sin parar, sin mirar, sin avisar, sin parar de reír y de llorar al mismo tiempo. Que vivía demasiado rápido. Pero que corría mirando al frente. Cuando echas un vistazo al suelo, ves todo lo que estás pisando. A todos a los que estás pisando. Lo mas gracioso de ver las caras que vas pisando para avanzar y huir de un mundo que odias, es que la mayoría de caras que pisas, son las tuyas. Todas tus caras. Tú eres tu principal arquitecto y tu principal demoledor. Tu madre y tu asesino. Cuando estás demasiado vivo, tú eres tu propia muerte.




Cuando dejas de correr, te das cuenta de que te has alejado mucho. Lo suficiente como para estar lejos de absolutamente todo. Tú quieres alejarte de la gente, quieres alejarte del dolor. Quieres alejarte de todo. Quieres alejarte de todas las palizas, de los dedos afilados y de las calabazas. Quieres alejarte de las jeringuillas de sueños y las botellas de historias. Quieres alejarte de los amigos que se tiran de las azoteas porque querían escapar de la vida, de los que se comen el parabrisas para acabar desangrados en el asfalto. Quieres alejarte del pestazo a semen y a sudor de los cuerpos que ya no se quieren. Quieres alejarte de los ojos que buscan tu mirada con ansiedad, para comprobar que sigues mirando cuando se coman la siguiente (mirada, no penséis mal). Quieres alejarte de los falsos acuerdos, de los pactos tácitos de plástico y pintalabios, "no me dejes nunca, yo nunca voy a irme", "nadie va a quererte como yo lo hago". Quieres alejarte de los golpes bien encajados en la mandíbula, de los labios rotos y cubiertos de sangre seca, de las narices torcidas, los jadeos y los salivazos en la cara, de los ojos hinchados y palpitantes y las patadas en las costillas. Quieres alejarte de todo eso. Pero de lo que más te alejas es de ti mismo. Y cuando echas la vista atrás, todas esas cosas de las que te alejaste, se están comiendo lentamente  tu alma. Aquella que dejaste allí, porque pesaba demasiado como para cargar con ella.



Desde luego que no era la primera vez que me sentaba a pensar en estas cosas. No. Aquella parada de autobús no fue la primera. También me senté a pensar en todo esto cuando aquella chica que solía conocer comenzó a mirar hacia otra parte, cuando lo que parecía aprecio se convirtió en desprecio y todas esas putas mierdas que tanto ella como yo sabemos y de las que no hace falta hablar, las cicatrices quedan mejor en las historias épicas, esto es solo un cuento patético. Es una estupidez hablar de cosas que pasaron hace ya más de 12 meses, pero nunca está de más recordar quien estuvo ahí y quien no, y quién hizo qué y quién no. Incluso al diablo más cruel del mundo que haya podido violarme y maltratarme en la noche más oscura, en la más sucia y maloliente cárcel de mi mente, le agradezco que al menos, durante ese instante, no estuve solo. Supongo que eso es lo único que tengo que agradecerle: el no haberse ido cuando otro sí lo hicieron. Y no, no hablo de la Serpiente, no hay lugar para ella en este sumario. Hay ciertas personas que mi mente borró hace tiempo, y si la nombro ahora para decir que no estoy hablando de ella es básicamente porque si hay algo que no soporto, es la pretensión y la pedantería de ciertos gilipollas para creerse tan importantes como para que hablen de ellos. Como nota. Esto es una pequeña nota de suicidio de un Yo mucho más inferior y escuálido que no encontraba un lugar en el que caerse muerte, un diminuto agradecimiento a un demonio de ojos verdes que no merece mención, pero que no está de más para explicar el viaje. Cuando la bestia miró por otra ventana que no fue la mía, soledad se comió la habitación, y me refugié en otra parada de autobús.

Por circunstancias de la vida, esa vez dejé que el autobús me atropellase para no tener que pensar el rumbo. Y volví a correr en cuanto la gente me preguntó si estaba bien. Claro que estaba bien. Estaba bien jodido.

También me paré a pensar en todas estas cosas cuando experimenté lo que era el golpe del martillo del "Estás solo". Básicamente, eso se ha repetido a lo largo de toda esta mísera carretera, pero cada una de las veces que eso ha pasado, he tenido una parada de autobús en la que sentarme a pensar.

Pero solo esta vez, esta vez de la que os hablo, pensé. Y me ví, y me comprendí. 

Metí mi mundo en una maleta y me encontré con una maleta vacía. ¿Qué mundo va a tener alguien que no ha parado de correr? ¿Qué mundo va a tener alguien que no ha pisado puerto entre mares? ¿Alguien que simplemente ha corrido entre las montañas, huyendo de su propia justicia? ¿Alguien que ha preferido enfrentarse a todo lo que se le pusiese por delante, antes que pararse a hablar? Nada. Ningún mundo podía caber en aquella maleta. Cuando corres, dejas todo atrás.

Hace un año que estuve en aquella parada de autobús, planteándome tantas cosas como piedras tiene el camino. Hace un año que pensé sobre tantas cosas que he perdido la cuenta durante el trayecto. Después de pensar sobre aquello, pasó el tiempo y las estaciones se sucedieron. Dejé de correr, era más cómodo ir de un lado a otro sentado. Pero, ¿y si la clave estaba en sentarse? ¿En dejarse caer? ¿En dormir? ¿Dormir? ¿Qué diablos era eso? ¿Por qué la gente lo hacía?



Desde el momento en el que me senté, todo se oscureció y pareció más triste. Me quedé sentado mirando al horizonte, hundido, pisado, seco, vacío. Me dormí, poco a poco, hasta encogerme y quedarme allí, quieto, congelado.

Hace poco que abrí los ojos. Ya no duermo, ya no estoy cansado o triste, o seco, o jodido. Qué hostias. Me siento más despierto que nunca. Desde entonces he estado sentado en esa parada de autobús, con la mano de Val sobre la mía, e intentando hacer una lista de todas las cosas que tenemos que sacar de la maleta. Meter nuestro mundo en la maleta. Un mundo en blanco, vacío, para crear todo lo que queramos. Pero no aquí, no a este lado del río. Donde nosotros queramos. No donde nos digan, no donde aprendimos a hacerlo. Lejos. Y sobre la marcha.




Hoy seguimos sentados en esa parada de autobús, sacando cosas de esa maleta para no cargar con ningún peso. Porque vamos a empezar a correr. Y a dejar todo atrás.

Porque cuando corres para alejarte de ti mismo, nunca hay que olvidarse de llevarte contigo a alguien que te lo recuerde de vez en cuando.


sábado, 31 de mayo de 2014

Te quiero.

Me gustaría hablarte de la luz, pero nunca he sido muy amigo suyo.
Lo mío siempre han sido las sombras. Las noches largas y sólidas.
Las nubes sin formas.
La lluvia, gris, que se suicida desde las farolas, queriendo penetrar en el mundo.

Lo mío siempre ha sido la muerte y el no.
Las decisiones repentinas, lo veloz y lo sucio.
Lo que se ve y duele.
Lo que escuece.
Lo mío siempre fue la guerra.

Me gustaría hablarte de la vida, de verdad que me gustaría.
Pero sólo se hablar del dolor.

Me gustaría explicarte qué es lo que veo cuando miro dentro de esos ojos tuyos. Me gustaría que supieses lo que se siente al mirar en tus ojos. El niño asustado que hay dentro de mí levanta la cabeza y mira a través de esos dos agujeros de luz que hay en el techo de su cueva. Trepa y se asoma, a duras penas, para ver que hay al otro lado. Y ve tus ojos. Ve esos dos lagos de agua caliente que te abrazan y te prometen que todo va a ir bien. Me gustaría que pudieses ver lo que yo veo cuando miro dentro de tus ojos.

Me gustaría hablarte de la luz, pero nunca he sido muy amigo suyo. Lo mío eran las peleas, no los abrazos.

Cada vez que me tumbo en esta cama, miro al techo y siento calor. Un calor indescriptible, como si llevase años sintiendo un frío penetrante en los huesos que no me deja dormir, y de pronto alguien me acercase una antorcha. Luz y calor. Fuego.

Sé lo que es la intemperie, y sé lo que es el hambre de un alma rota. Sé el dolor de no poder tumbarte a descansar, porque las puñaladas abiertas de la espalda no te dejan dormir tranquilo. Sé lo que es que los monstruos vengan a buscarte cada noche. Ritual de sacrificio, ellos hicieron la ofrenda. Sé lo que es pasarte las madrugadas blandiendo el escudo, defendiéndote de tu reflejo.

Pero entonces llegas tú, como la luz. Llegas tú como si nunca hubieses llegado antes. Llegas como si la vida acabase de empezar.

Siento como si todos mis huesos se convirtiesen en diamante y pudiese levantar el mundo por encima de mi cabeza solo si tú estás mirando. Siento como si mi carne fuese acero que puede parar cualquier flecha. Como si mente estuviese limpia, clara y nítida, para llevar a cabo cualquier proeza.

Me gustaría hablarte de cómo me sentí pequeño. De todas esas veces que me dejé llevar por el odio. Me gustaría explicarte por qué me pasé al lado oscuro en algún momento de mi vida, pero no lo recuerdo. O no quiero recordarlo.

Me gustaría explicarte por qué siento este odio que carcome mi corazón de madera, lleno de clavos, lleno de astillas. Me gustaría explicarte por qué he hecho daño, por qué he gritado y he reído sumergido en la locura. Me gustaría explicarte por qué encarné al diablo en tantas historias, por qué llevo esta cruz en mi espalda. Créeme, me gustaría explicártelo. Pero no tengo ni idea.

No tengo ni idea de nada. Todo lo que sé ahora, es esto, aquí, siempre. Todo lo que sé ahora es este calor, esta luz de verano, este no parar de correr hacia ninguna parte, pero sin huir de nadie. Todo lo que sé ahora es este infinito y perfecto túnel de luz en el que has convertido mi vida. Una única dirección: ninguna parte. Un único destino: el círculo que nunca se rompe. La libertad de esclavizarse al otro. Tú, como única compañía.

Todo lo que sé ahora es que eres todo lo que quiero en mi vida. Que me da igual cuántas vidas empiecen, cuantos faros se iluminen, cuantas dimensiones comiencen. Me da igual el eterno retorno, que se joda Nietzsche. Te buscaré en todas las vidas que empiecen y que acaben. Me dejaré pistas en cada muerte para recordar que en una vida, en algún lugar de aquel océano, tu faro se iluminó y enfocó mi vida. Me dejaré notas que me recuerden que en otra dimensión me salvaste la vida. Te buscaré en los mil infiernos, iré a buscarte a cualquier parte.

Todo lo que sé ahora es que te quiero. Que mi vida es tuya, desde el nacimiento a la muerte. Todo lo que sé ahora es que daría mi sangre por ver tu sonrisa en el reflejo de una ventana, si todo fuese mal. No me importa el invierno más largo del mundo, si tengo tu calor para pasar la noche.

Quédate aquí, conmigo.
Y que el mundo siga girando sin nosotros.
Que tu luz no se apague.
Que todas tus noches sean mis mañanas, que todas tus mañanas sean mis noches.
Que toda tu vida sea la mía.
Que no queden rincones sin caricias.
Que no quede nada sin tocar.

Que no haya nada sin ti.

Te quiero.

martes, 13 de mayo de 2014

Hielo, fuego, sangre.

Observó el mapa tantas veces, que terminó aprendiendo el camino de memoria. La "x" grabada sobre el pergamino, como único Norte.

Aquella mujer viajó a lo largo y ancho de aquel mundo. Dos enormes lobos le pisaban los talones. Algiz, blanco como la luz de invierno. Tiwaz, negro como la soledad de la noche.Cruzaron juntos todo horizonte que se interpuso entre ellos y ninguna parte. Caminó hasta que los pies lloraron sangre, cansados y entristecidos, por querer regresar a casa. Pero ella dijo "No".

La "x" grabada sobre el pergamino, como único Norte. Su equipaje pesaba, era difícil de llevar y hacía más costoso un viaje ya de por sí complicado. Un hatillo con ropa limpia. Un macuto cargado de comida para el viaje, para ella y para los animales. Un arco y un carcaj con una sola flecha. Un bastón para apoyarse durante la caminata. Un gran mandoble a la espalda, que cargaba con esfuerzo. Un pellejo de vino para no morir de sed.

Cruzó los páramos. No fue fácil. Allí donde no hay nada, no debe haber nadie. Ni un solo rastro de vida en millas y millas, la chica y los animales lograron atravesar aquella tierra muerta sin apenas dar bocado. Sin rechistar. Con la sonrisa del viaje recién empezado, lograron cruzar el indómito infierno de nada y llegar a los ríos.

Aquel lugar era enorme. Grandes masas de agua se mecían tan despacio que parecían cristal, en el fondo del valle. Se sentó a descansar cerca del agua, mientras los lobos bebían y ella se refrescaba. Contempló las vistas. Bebió, se limpió. Lejos de todo, cerca de nada. En la más absoluta soledad del valle. Observó el río y se sorprendió dándose cuenta de que nunca te bañas dos veces en el mismo. Y a pesar de eso, lo intentó toda la noche. Y lo intentaría durante toda su vida.

Al reanudar la marcha, las colinas comenzaron a hacerse más empinadas. El terreno olvidó el verde y mostró el gris con orgullo. La chica y los animales ascendieron con dificultad por aquellas colinas. Pronto las cuestas se convirtieron en acantilados, y el camino se mudó a los senderos pedregosos donde los trozos de roca caen al vacío haciendo sinfonías con las paredes. No se amedrentó. Los lobos caminaban, uno delante del otro, sin la más mínima queja. Siempre hacia adelante. Podría haberse sentado a descansar, y regresar a casa. Podría haber olvidado toda aquella locura y volver a la paz del hogar. Pero ella dijo "No".



Cuando hizo cumbre, los vientos y el hielo habían dominado el lugar. La cima era un lugar frío e inhóspito, poblado por la muerte y la nieve. Recordó con añoranza el río en el que se había bañado, el verde, la brisa, la paz. Pero siguió adelante. Los lobos olisquearon el mundo y siguieron hacia adelante. Vislumbraron lo que habían ido buscando: una cueva de hielo, en el centro de la terrible cima de la montaña.



Se adentraron en la cavidad con precaución. Del macuto que llevaba consigo, sacó una botella y empapó el bastón en el que se apoyaba, y con mucho cuidado, prendió la madera para hacer de ello una antorcha en aquel agujero que el viento y tiempo evitaban. Descendió por unas escaleras de hielo y roca, y contempló el abismo. Un enorme agujero en la montaña, que descendía hasta lo más profundo del universo. Armada de valor, se adentró en él y comenzó a descender la escalera, siguiendo a los lobos, que en ningún momento dudaban ni se detenían en su trayectoria, caminando despacio y con solemnidad, como dos espíritus de tiempos pasados. Pero sin retroceder ni un segundo. Cuando llegaron al fondo de aquel agujero, a ella le pareció que había pasado un día entero. Pero habían llegado a su destino. El fondo de aquel agujero era una gran estancia iluminada únicamente por el bastón en llamas que ella portaba en su mano izquierda y la luz de invierno que descendía por las escaleras. Caminó lentamente por la sala circular, y allí lo encontró, al fondo de la estancia.


Sentado, con la espalda apoyada contra la pared y la cabeza caída sobre el pecho, un hombre dormitaba cubierto de escarcha. Su respiración era lenta y costosa, y el vaho que echaba por la boca era más denso que la nieve. Llevaba harapos ensangrentados. La barba que le cubría el rostro y los hombros caídos dibujaban la personificación de la derrota. Su piel estaba cubierta de nieve cubierta de sangre.

Los lobos se acercaron hacia él y comenzaron a lamerle las heridas. La chica se acercó y se arrodilló junto a él, acercando el bastón de fuego para que el calor le aliviase.

- He venido a buscarte - susurró, mientras se deshacía de todo el equipaje que llevaba, colocándolo sobre el suelo.



El hombre levantó la mirada, perdida. Las ojeras se derramaban bajo sus ojos grises como cascadas. Ella le acarició la cara y sus ojos se apenaron. Los de él lanzaron un destello verde.

- ¿A mí? - musitó.

- ¿Qué llevas puesto? - preguntó, observando el traje.

Se observó a sí mismo, y se quedó contemplando su propio aspecto. Estuvo a punto de echarse a llorar. Pero ella dijo "No".

- Un disfraz - dijo él finalmente, como si hubiera estado cavilando la respuesta durante un rato.

- No más disfraces, mi vida - susurró ella.

Lentamente, lo desnudó. Con una pequeña navaja, lo afeitó despacio y le cortó el pelo con ternura. Durante horas,  lo arregló como se arregla a los juguetes rotos. Abrió el hatillo y le puso ropa limpia. Dejó sobre el suelo el macuto que más pesaba, y al abrirlo cayeron rodando piezas de una armadura negra y antigua, sucia y desgastada.Se arrodillaron uno frente al otro. Ella colocó entre ambos el gran mandoble que había llevado a la espalda todo ese tipo. Él se quedó mirándolo todo, intentando recordar. Acercó la mano lentamente, y acarició la armadura con ternura. Después la cerró en torno a la empuñadura de la espada. Era un arma demasiado pesada. Él fue a incorporarse para levantarla. Cuando ella intentó ayudarle, él se negó. Solo se ayudó del lomo del lobo blanco, que gentilmente se había colocado a su lado para hacer de apoyo. Cuando finalmente estuvo de pie, intentó durante un largo rato levantar el arma. Con mucho esfuerzo, la ondeó y la colocó sobre sus hombros. Y un destello de luz verde volvió a cruzar sus ojos. Aunque su mirada y su expresión, siguiese denotando cansancio y tristeza.

- Es un viaje muy largo. No sobreviviremos ambos. Toma toda la comida y regresa - dijo ella, señalando a los macutos. Se arrodilló. Extrajo la única flecha que tenía en el carcaj y se la dio, junto con el arco- Ya sabes para qué es esta flecha.

Ella se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, esperando el final. Tiwaz, el Negro, se acurrucó en sus rodillas y le dio calor. El hombre se acercó a ella y se agachó, apoyando la espada en el suelo. Acarició el lomo del lobo negro. Después tomó la flecha con las manos, y la rompió.

Podría haberse ido y haber regresado a casa, solo, para que el viaje de ella tuviese sentido. Podría haber abandonado aquel lugar y haber sido libre de nuevo. Pero él dijo "No".

Recogió todo el equipaje y lo cargó a la espalda. Apoyó el mandoble sobre un hombro y le tendió la mano a la chica. Ella se incorporó y vio como él caminaba hacia las escaleras, a duras penas, acompañado de Algiz. El lobo blanco como la nieve la miró, y dos ojos verdes lanzaron un destello en la oscuridad. Tras subir dos peldaños a duras penas, con la cara consternada de dolor y cansancio, se sentó a recobrar el aliento. Y repitió la operación cada pocos peldaños, seguido de la chica y los dos lobos.

- Has venido a buscarme al fin del mundo. Nadie se queda atrás.





domingo, 11 de mayo de 2014

Tu luz. Mi sombra.

Tu luz. Mi sombra.

Tus sonrisas, fugaces, llenas de vida.
Mis miradas, profundas, llenas de muertos.

Tus días. Brillantes y cálidos. Veloces, acarician el tiempo con el dorso de la mano y hacen que el mundo suelte una lágrima de emoción. Tus días, llenos de colores, giran y giran sin parar como un niño que acaba de descubrir la gravedad, para caer sobre la hierba fresca de la tarde. Tus días están llenos de la vida que pocos irradian y muchos contemplan.

Mis noches. Largas y frías. Lentas, arañan la pared de la celda con las uñas y hacen que el mundo gire la cara. Mis noches, cubiertas de niebla, permanecen inmóviles mientras clavan la mirada en el muro, intentando ver qué hay al otro lado. Mis noches están llenos de las pesadillas que pocos sufren y de las que muchos alardean.

Tu paraíso. Melodrama musical. Entras y sales de escena con una sonrisa en la cara.
Labios rojos, brillantes, húmedos, que besan la copa de la felicidad al beber.
Sincera, amable. Ojos abiertos que reciben la brisa.
Manos tendidas. Abrazos bajo la vidriera. Bienvenida.

Mi infierno. Noir, como mi sangre. Permanezco sobre el escenario, con un patio de butacas vacío.
Ojos verdes cansados, que observan el polvo posándose sobre la nada.
Enmascarado, frío. Rostro bajo, enfrentado a la tormenta.
Dedos que señalan. Puñaladas bajo la luna. No vuelvas.

Paseas por la ribera con los colores del crepúsculo. Perdonas a las estrellas por no estar a tu altura.
Caigo por los acantilados con el negro de la sombra. Pido permiso a los lobos para volver a casa esta noche.

Tú. Viva. Amor. Brillante. Altiva.
Yo. Dormido. Muerte. Oscuro. Escondido.

Ciudad entre las nubes. Vapor. Paraíso de sol. Pájaros que vuelan hacia el horizonte. . Princesa en su torre.
Ciudad bajo el océano. Hierro. Infierno de agua. Tiburones que acechan a sus presas. Esclavo en su tumba.

Perfecta. Amable. Añoranza, abrazo entre las sábanas. Sonríes hacia todos los mundos e inundas la vida de luz, de tu luz. Das esperanza. Recibes manos. Coges de la mano al muerto y le devuelves la vida. Das sentido allá por donde pasas. El mundo se arrodilla y besa tus pies de plata. El mundo se arrodilla, y canta.

Imperfecto. Frío. Abandono, frío bajo las mantas. Observo todos los mundos y lucho con sus monstruos, con mis monstruos. Doy mi espada. Recibo saliva. Los muertos me toman entre sus manos y me piden que regrese. Nunca paro dos veces en el mismo sitio. El mundo me da la espalda y me dejan caer comida podrida sin mirar. El mundo me da la espalda, y ríe.

Tú. Undómiel.
Yo. De Rivia.

Una sinfonía de vida. Violines que suben, y bajan. Tambores, tambores en la bóveda. La orquesta del universo. Armonías que se deslizan como las olas en las costas de verano.
Una balada de muerte. Guitarra de cuerdas oxidadas que tiembla. Botas sobre la madera. El blues del ahorcado. Ritmos rotos que se congelan lentamente bajo el frío del océano.

Mi novela negra abrazó tu romance.
Tu comedia abrazó mi drama.
Mi autobiografía abrazó tu musical.
Tu vida acogió a la mía.

La princesa y el bandido.
El fuego y el hielo.
La caricia y la espada.
La lágrima y la sangre.
El día y la noche.
La sonrisa y la bomba.
El dragón y el lobo.
La verdad y la mentira.
El rojo y el negro.
Tú.
Yo.

Cuatro manos buscando,
encontraron tantos pedazos que podrían juntar dos universos paralelos.
Y en ambos estaríamos ambos.
...Y en ambos estaríamos ambos.

Los dos cazamos.
Sentimos.
Vivimos.
Dormimos.
Amamos.
Comemos.
Respiramos.
Corremos.
Huimos.
Jodemos.
Bebemos.
Salvamos.
Odiamos.
Perdemos.

Los dos ganamos.
Ahora y siempre, ganamos.
Porque te tengo y me tienes.
Por siempre.

Te quiero.

martes, 15 de abril de 2014

El Gran Esqueleto

En una costa lejana, más allá de donde alcanza la vista, se extiende una cordillera de huesos inmensos. El cadáver de un gigante yace tirado sobre la hierba, descansa sobre la arena y muere en el mar, y su esqueleto se alza ante la vista del visitante, que cegado por la intensidad del sol a campo abierto, cree ver una ciudad, en lo que en realidad ve un túmulo.

Aquella aldea de tuétano y graznidos de cuervos, aquel altar de la muerte situado en ninguna parte y de nombre incierto, atraía a las malas gentes del lugar. Bajo la promesa de tesoros y riqueza, bandidos de toda clase y condición se acercaron al esqueleto del gigante, a sacar todo cuanto fuera posible para enriquecerse. Tal fue el saqueo, que las historias se extendieron a los vecinos más lejanos. Aquellos que nunca habían visto el mar, llamaron la Costa Negra a aquel túmulo a caballo entre Poseidón y Hades. Aquellos que habitaban la ya llamada Costa de la Muerte, lo llamaron el Relado, por el estado en el que quedaron los huesos tras el saqueo. Aquellos que ya habían estado, no le pusieron ningún nombre. Se limitaron a no regresar.

El bandidaje se asentó poco a poco entre los huesos del gigante. Comercios, restaurantes, hogares, plazas. Una ciudad en toda regla, enmascarada por un paisaje céltico y una sonrisa falsa que no muchos terminaron de creer. Para la desgracia de quienes cayeron en la trampa, la Costa Negra se los tragó lentamente, hasta asfixiarlos. Pero esa es otra historia.

El Gran Esqueleto tenía su propia Corte de dirgentes. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey, dicen. Si entre las gentes del Relado ya había suficientes maleantes para saquear los palacios de 10 reyes, sus dirigentes eran capaces de saquear ellos solos una treintena de palacios, de reyes o emperadores. Tal era su codicia que al llegar al poder, no dudaron en terminar de saquear lo poco que le quedaba al lugar, para después vender el propio hueso del gigante. Organizaban una fiesta en el extremo oriental de la aldea, y mientras los transeúntes miraban hacia esa zona, sus líderes asaltaban el costillar gigante en plena noche y no dejaban nada para los cuervos. La memoria no era nada a respetar cuando se trataba de dinero. Y es que cuando no quedó nada más que comer, cuando ya se hubo saqueado todo lo que se pudo en el Relado, las gentes comenzaron a comerse las monedas. Comenzaron a masticar el cobre con el ansia de quien muere de hambre. Pero no había dinero suficiente en el mundo para calmar el hambre de aquellas gentes.

Las gentes del Relado eran peculiares. Si solo hubiesen sido bandidos, hubiese sido otro pueblo más, como los hunos o los cosacos. Pero si los comparásemos a estos, estaríamos faltando al respeto y al honor del que hacían gala estos pueblos. No, la gente del Relado no sabía de honor. En sus macabros intentos de calmar su sangrienta hambre, las gentes de aquel lugar terminaron comiéndose su honor, masticando y salivando como perros rabiosos en una perrera abandonada. Las gentes que habitaban el Gran Esqueleto se miraban los unos a los otros con desconfianza, con rencor. Todos envidiaban la casa del de al lado, todos miraban con recelo la bolsa de dinero que llevaba el vecino. El hambre y su alma negra hacía que la gente desarrollase un odio intenso hacia todo lo que estuviese fuera de sí mismo. No quedaba comida, bebida, dinero, ni honor que comer. Así que la deshumanización de la Costa Negra comenzó a extenderse poco a poco. La gente se comió los gusanos que aún poblaban el decadente esqueleto. La gente se comió sus principios, acompañándolos de corteza, para que el sabor no los hiciera sentir culpables. La gente masticó la ilusión, escupiendo grandes pedazos, pues la lusión es amarga como un limón podrido. No tuvieron ninguna duda en comerse la felicidad a bocados, como niños desnutridos, y ni siquiera pensaron en lo que estaban haciendo cuando se comieron su libertad. Pero nada de esto sació a las gentes del Relado. Nada.

Cuando uno ha vaciado su bolsa, la más llena y cercana es la del vecino. Pero si el vecino también ha vaciado su bolsa, ¿qué puedes arrebatarle? Las gentes del Relado elaboraron un plan ancestral: todo nuevo habitante traerá consigo una bolsa con ilusión,  felicidad y libertad. Jugosos bocados para un pueblo decadente y monstruoso como el del Gran Esqueleto, que no dudaban en despojar a todo niño o viajero de aquellos bienes para que nunca pudiesen marcharse. La Costa Negra se convirtió en un lugar oscuro, gris, donde el Sol dudaba de sí posar sus rayos, por si aquellas gentes decidían masticarlos. El Gran Esqueleto creció en población, y desde los cielos solo era una montaña de huesos y cuervos, donde las gentes del lugar reptaban y vivían como gusanos, comiéndose lentamente los restos y los cadáveres. Por el día, la sonrisa falsa y demacrada estaba a la orden del día: trataban de robar y comer todo lo que podían. Si el rival era fuerte, en pocos días lo desmoralizaban por completo, arrebatándole todo vestigio de humanidad y de felicidad, pues los hombres tristes son presas fáciles. Por la noche, los vicios corruptos y malsanos de aquellas gentes salían a relucir: algunos cortaban el cuello del vecino, para emborracharse con su sangre hasta caer al suelo, ebrios de crueldad; algunos se masturbaban en los cementerios, jubilosos por la desgracia ajena; otros colgaban a niños de los pulgares y los ablandaban a patadas, como el carnicero que golpea la carne en su establecimiento; otros agarraban en callejones oscuros a las mujeres feas o gordas, las metían en un carromato lleno de espejos, y se reían a su alrededor toda la noche; otros escribían falsas historias y mentiras en papeles, hacían aviones de papel, y dejaban que circulasen por el pueblo, para que alguien lo leyese y hacer caer una desgracia sobre los implicados; otros se hacían cortes en las muñecas y culpaban a su vecino, para poder comerse el buen nombre del enemigo y para alimentarse con la atención de quienes les creían. Todo formaba parte del objetivo total del Relado: comer. Alimentarse de todo. Comer del plato ajeno, comer de la cara ajena, comer del estómago ajeno.

Aquel Gran Esqueleto en podredumbre se levanta aún en la lejanía, y los pocos incautos que caen en el lugar tienen la desgracia de comprobar cuantas tragedias aquí he relatado. Aquellos que estuvieron allí el tiempo suficiente, marcharon a la primera ocasión. Aquellos que siguen volviendo, están malditos. Y aún vagan por el mundo, sin rumbo, buscando un rayo de luz, un lago limpio, una sonrisa sincera, un abrazo y un espejo sin imperfecciones, para librarse de la maldición del Relado.

domingo, 23 de marzo de 2014

El Valle.

Lo observé durante mucho tiempo. Me acerqué lentamente, con temor y con la esperanza de que estuviese muerto. La luna se escondió entre las nubes, lentamente, como si acabase de presenciar un asesinato. El valle se sumó en tinieblas. Una brisa mortecina levantó las hojas marchitas del suelo, que formaron un remolino ascendente, para volver a apagarse contra la tierra gris y yerma: no había vida en aquel lugar. Todo, gris o negro, se mecía despacio, como un cuadro al que no terminaron de darle vida, y lucha por moverse.



La gota de sangre resbaló por el filo frontal de su casco. Descendió como los suicidas descienden por la montaña, directa, sin freno. Se deslizó por el metal sucio y desnudo, y se estrelló contra la tierra, empapando de rojo cada grano. Se escuchó una respiración a través de la pieza de armadura: un denso vaho de color negro salió de ella, como si el mismísimo diablo respirase ahí dentro. El hombre, arrodillado ante la nada, se sujetaba, apoyando la cabeza y las manos, a la empuñadura de una gran espada incrustada en el suelo del valle. La hoja del arma mostraba innumerables grietas. Filo mellado, metal teñido de sangre negra y seca, empuñadura sucia. Si aquel mandoble había sido noble en el pasado, ahora no era más que un instrumento de muerte asesinado. Alrededor del hombre, yacían decenas de cadáveres. Aquel lugar parecía un campo de batalla. El desalmado había acabado en combate con todas aquellas personas. Y se había arrodillado a descansar. Maldecí su presencia, pero no pude evitar observarlo detenidamente.

El arrodillado tenía un porte sombrío, sin esperanza. Creo que aquella escena podría resumirse en eso: no había esperanza alguna en aquel lugar, en aquellas armas, en aquel hombre. A duras penas podía ver mis ojos verdes reflejados en aquella indumentaria: no había pieza de su armadura que no estuviese manchada de sangre, roja y negra. De ceniza. De tierra. La capa, coronada de pelo blanco, era una pieza de tela roida y húmeda, cuyo pelo estaba empapado y sucio hasta el punto de gotear sobre sus hombros. Aquel hombre no olía a caballero, olía a perro. A perro callejero, empapado, y sucio. Las preguntas asaltaban mi mente. ¿A quién podría haberle robado aquella armadura? ¿Quien fue el ingrato que perdió tan nobles vestimentas para acabar en manos de un sucio can humano que las maltrataba de esta manera? Y sobre todo, ¿en qué mil líos había acabado este desalmado, para que sus ropajes estuviesen tan horriblemente destrozados?


Observé que la mano derecha del hombre no la cubría guante alguno. Presentaba decenas de heridas y contusiones, y mostraba un lejano símbolo del Norte. La protección del guerrero, las runas del destino, la brújula de la guerra, la salvación. Y seguía aferrada, hasta la blancura, al pomo de la gran espada. Me acerqué hasta observarlo de cerca, como quien observa una estatua. Me fascinaba aquel vaho negro que salía bajo su casco. Posé la mano sobre la suya, y la descubrí fría. Helada. Aquella era la mano de un muerto. Era como si Hel en persona estuviese abrazada a su alma, decidida a llevarse lo que es suyo. En el momento en que toqué su mano, la negra respiración se agitó y los vientos se tornaron fuertes y fríos. Ya no estaba seguro de si estaba ante una bestia o un hombre. Volví a mirar los cadáveres que lo rodeaban. La naturaleza mortífera que desprendía aquel ser confirmaba que no habría necesitado de ninguna ayuda para acabar con todas aquellas personas.

Lo rodeé despacio, observé cada detalle a su alrededor. A juzgar por aquel tatuaje de su mano, única parte visible de carne humana, aquel ser había venido de muy lejos, y lo único que hacía era yacer de rodillas en el suelo de un valle de ceniza y muerte, respirando lentamente y sufriendo dentro de una armadura inexpugnable. ¿Quién querría ser un instrumento de muerte a costa de su propia vida? Observé detenidamente su casco, y contemplé que no disponía de ninguna correa, de ninguna sujeción. Su cuello no estaba al desnudo, la malla cubierta de sangre seca bajo la armadura tapaba la carne. Todo era una única pieza de metal, que cubría un cuerpo que en mi cabeza cobraba mil formas monstruosas. Pero durante mis divagaciones, contemplé horrorizado la sombría naturaleza del casco: cabezas de clavos asomaban a lo largo y ancho del mismo, en hileras. No eran adornos, no eran simples ornamentaciones. Aquel ser tenía el casco clavado a su cabeza. Inspeccioné su armadura y corroboré mi teoría: aquella armadura estaba clavada a su cuerpo. Metal y carne eran solo uno. Incluso aquella capa estaba atada con alambre al conjunto. No eran vestimentas robadas. No era un intento de porte, de elegancia, no era la imitación barata de un caballero. Era un instrumento de tortura anclado a un hombre. O a una bestia. ¿Qué o quien podría haberle hecho? ¿O qué mal terrible había llevado a cabo aquel ser para recibir tamaño castigo?


Sin duda, su aspecto era terrorífico. No había color en su indumentaria, y no había color alguno en aquel valle. Solo la sangre roja que goteaba por su indumentaria y mis ojos verdes, temblorosos, reflejados en la armadura, aportaban notas de color a aquel infierno sobre la tierra. Volví a dirigir mi mirada a los cadáveres del suelo. No cabía duda de que fuese lo que fuese lo que había hecho para recibir aquel trato, aquel ser lo merecía. La pregunta era: ¿por qué? Y así pasé días y noches junto aquel hombre-estatua, intentando averiguar el misterio que lo rodeaba. Ninguna palabra salió de su boca. Solo aquella respiración lenta, pesada, que dejaba tras de sí un halo negro y frío. Una de las veces acerqué mi mano a aquella bocanada, para no volver a hacerlo: el frío era insoportable. Intenté mirar dentro del casco innumerables veces, buscando unos ojos en aquelal inmensidad. Solo encontré vacío. Aquella armadura parecía una inmensa e inexpugnable fortaleza, y sea lo que fuese lo que había dentro, solo era dolor y soledad. 

Una noche desperté, con las sacudidas de lo que parecía un terremoto. Los ruidos y los gruñidos que retumbaban en el valle me hicieron darme cuenta de que no estaba en el lugar adecuado. Recogí mis cosas y me dispuse a correr a lo alto del valle.

Las tropas que llegaban de la lejanía eran humanas. Altos paladines de armaduras relucientes, martillos y espadas impecables y rocines blancos. Aquellos sí que eran caballeros. Aquellos humanos, eran seres formidables, estandartes de pureza y elegancia. Descendieron al centro del valle, donde yacía mi sombrío compañero, y lo rodearon. Algunos de los recién llegados descendieron de los caballos. Rodearon al arrodillado soldado, y comenzaron a mofarse de él. Las carcajadas llenaron el valle. Observé, impotente, desde lo alto de aquella colina, como lo pateaban, lo atacaban con lanzas y lo escupían. Uno de ellos orinó sobre su capa. Le preguntaron si le gustaban sus tierras. Le trajeron un carro, con un caballo muerto, que se pudría sobre las maderas del vehículo, y se lo dejaron caer frente a él. Los caballeros se taparon la boca entre risas. El hedor a gusanos y muerte llegó hasta lo alto de la colina en la que yo me encontraba. Le dijeron que ahora tenía un caballo, como ellos. Que podía montar y cabalgar por sus tierra como los grandes reyes. Llegó otro carro, y dejó caer otra decena de cadáveres en la llanura, aumentando el número de muertos que rodeaban al arrodillado. Le dijeron que aquí le traían más siervos, que los gobernase como lo haría un gran rey. Más risas. Más carcajadas.

De pronto, de entre todos ellos, una figura blanca se acercó al arrodillado. Los caballeros se apartaron, entre risas, extrañados de aquel acto de espontaneidad. La figura era una dama, encapuchada, fantasmal. La misteriosa mujer se acercó al soldado, y posó su mano sobre el casco. Fue tan solo un gesto, una caricia, un detalle, pero a día de hoy juraría que aquella armadura pareció brillar con un leve destello.



Lo que recuerdo entonces fue muy fugaz. Uno de los caballeros apartó de un manotazo a la mujer, que cayó al suelo y se empapó de sangre y tierra, y otro de ellos trató de agarrarla contra la tierra. El caballero arrodillado, entonces, cobró vida. Aquella armadura de muerte se incorporó por primera vez ante mis ojos. Desclavó la enorme espada del suelo, la volteó con ambas manos y desgarró el pecho del caballero de un solo tajo, cuya herida escupió sangre como si de una fuente se tratase. Sin detenerse, se giró hacia el caballero que había intentado agarrar a la dama, e incrustó el filo de su hoja en la cabeza del hombre. Los demás trataron de arremeter contra él, y el espectáculo de horror cobró vida. Las lanzas se incrustaron contra los costados del guerrero. Las flechas cubrieron su pecho y su espalda. Los cuchillos se clavaron incesantemente en su cuerpo. Pero aquel ser no se detuvo. Su mandoble giró hacia un lado y otro, seccionando cuerpos y asesinando enemigos. Como si el Guerrero de Una Mano hubiese guiado su espada, no quedó enemigo en pie de todos cuantos intentaron atacar. Entonces ella se incorporó, con una sonrisa en su angelical rostro. Posó su mano de nuevo en el hombro del soldado, y éste se detuvo. Con la otra mano, ella hizo un leve gesto. Todos los presentes se convirtieron en polvo, en nada.


Maravillado ante aquella magia, me acerqué tanto al borde de la colina para observar aquella escena que resbalé, y caí rodando, hasta detenerme a unos metros de ambos. El ser al que había acompañado hasta en ese momento, día y noche, intentando averiguar su procedencia, levantó entonces la gran espada y se dispuso a destrozarme. Pero la dama detuvo el filo con el mismo gesto que antes. Aterrorizado, me quedé anclado al suelo, temblando de frío y miedo.

Aquella mujer se quitó la capucha, desvelando un cabello rojo como la sangre que cubría la tierra. Sonrió y se acercó a mi. Vi como su mano se acercaba a mi, y cerré los ojos, con pánico a que el guerrero acabase con mi vida. Sentí la cálida palma de la mano de aquella mujer sobre mi cara.

- Tranquilo. Todo ha acabado.

Abrí los ojos lentamente, y observé como el guerrero se arrodillaba lentamente frente a mi. La dama yacía sentada, sonriente, limpiando la sangre de la espada con un trapo empapado, como quien cuida de una estatua. Era cierto: aquel horror había terminado. Me sequé el sudor de la frente con mi mano derecha. Y observé algo que había pasado desapercibido para mí hasta aquel momento: mi mano revelaba un tatuaje extraño. Una marca. Del Norte. La protección del guerrero. Las runas del destino, la brújula de la guerra, la salvación. Atónito, volví a observar a mi compañero de noches y días, a aquel ser atormentado y arrodillado que yacía frente a mí, con decenas de flechas clavadas a su espalda, cubierto de sangre y tierra.

Y unos ojos verdes me devolvieron la mirada desde el interior.



(Mejor luchar y caer, que vivir si esperanza) - Volsung Saga, c.12)

miércoles, 19 de febrero de 2014

Levántate.

Eres un cobarde.
Eres patético y lo sabes.
Eres la vergüenza de una legión de almas que han ido muriendo, una tras otra, para llegar aquí.

Ya ni siquiera sabes dónde dejaste tu espada, o por dónde se rompió tu escudo. No recuerdas de dónde vienes, ni a dónde vas. La armadura te pesa, te pesa demasiado, el sudor hace que el metal se deslice y vas perdiendo piezas por el camino.

Tú no eres un titán, eres un ser ridículo. Eres poco más que una piedra en el camino. ¿No escuchas los gritos aquí dentro? Somos nosotros, clamando sangre. Somos nosotros, pidiendo que nos dejes salir. Pidiendo que sueltes las cadenas, que nos dejes abrir las fauces y comernos el rostro de tu enemigo. Déjanos salir de aquí. Deja de caminar, deja de creer que tienes un propósito. No eres más que la sombra de lo que eras. ¿Lo sientes? Es la sangre, que se vuelve negra y espesa. Es la vida, que se te va. Es el odio, es el hielo, es la muerte que controla tu cuerpo. Porque para eso has nacido: para destruir y ser destruido.

No nos hagas reír... No eres un guerrero, no te has ganado ningún título. Eres una deshonra. Mírate, ahí. Tirado en el suelo, cubierto de mierda y sangre, tropezando en el estiércol mientras tus enemigos te miran. Ni siquiera han tenido la decencia de matarte, solo te miran y se ríen. Y si consigues levantarte, te dan una patada en el pecho y vuelves a caer de espaldas al suelo. Tú no eres un lobo, eres poco más que un perro sarnoso.

Deshonras las marcas de guerra. Deshonras las runas. Todas invertidas, deberían sangrar en tu espalda. Nadie te mira, nadie te necesita. Porque ya no eres nadie. ¿Recuerdas el miedo que infligías en el campo de batalla? ¿Recuerdas las heridas, los trofeos, la sangre? ¿Recuerdas la gloria? No eres más que un soldado caído en ruina, un canino abandonado que vaga por las calles con la cabeza gacha.

Tan solo eres la sombra enferma y masoquista del titán que cargaba el mundo a su espalda.


Así que levántate, imbécil.
Levántate.
Levántate y empuña la vida.

Acaba con el titán.


domingo, 16 de febrero de 2014

Oración del villano.

Somos la noche de invierno.
Somos el mal encarnado.
Somos la bestia y la sirena,
somos demonios,
seres malditos,
malvados.

Somos las espinas de las rosas que nunca os obsequiarán,
somos los besos que nunca recibiréis.
Somos todos los viajes que os saldrán mal;
cuando creáis ver mundo,
os taparemos los ojos y os devolveremos a la sucia dimensión real,
os dejaremos en tierra,
abandonados,
y no habrá forma de que escapéis.
Os seguiréis retorciendo,
como seres heroicos,
escapando de nuestro dictamen,
reclutando a la resistencia,
para combatirnos cual monstruos.

Somos el "no",
la noche solitaria en un piso vacío.
Somos la inocencia que intentáis mantener bajo la cama,
pero que se suicida lentamente,
cogiéndose de la mano con la vida.
Somos vuestra música silenciada,
somos vuestros sueños muertos.

Somos vuestros fracasos,
vuestra virginidad,
vuestra inactividad.
Somos los puñetazos que nunca recibisteis,
las peleas que nunca perdisteis,
que nunca ganasteis,
que nunca tuvisteis.
Somos las relaciones que murieron en vuestras mentes,
sin ni siquiera haber comenzado.
Somos todos vuestros errores.
Somos vuestra demencia,
somos vuestra obsesión.
Somos dos,
somos Dios.
Somos,
y vosotros no.

Y tened por seguro,
que somos crueles,
horribles,
demonios,
putas,
monstruos.
Tened por seguro
que no sentimos ninguna compasión por vuestras vidas,
por vuestras voluntades,
por vosotros.
Y tened por seguro que podéis estar tranquilos,
que si somos abominaciones,
sacrilegios,
villanos,
nos merecemos entre nosotros.



miércoles, 12 de febrero de 2014

The Psycho.

Le arranco el trasto de la jeta a este tipo. 

Trasto, cosa. ¿Cómo coño se llamaba esto? Hasa. Haca. Joder... Cada vez que intento pronunciar ciertas palabras, los sonidos humanos se convierten en gruñidos animales. Cuanto más tiempo llevo sin decir algo, más me cuesta escupirlo. Ha. Hala...

Hacha. Se decía "hacha". Me quedo mirando, jodidamente empanado, viendo como sale la sangre, como un chorro de agua saliendo de un grifo lleno de mierda. Es la hostia. No sé exactamente cuanto tiempo llevo observando esto, pero tengo tanta sed que abriría el puto suelo a cabezazos para buscar un río subterráneo.

Subterráneo... ¿De dónde he sacado esa palabra? Cada día flipo más conmigo mismo. Me miro las manos: enormes manazas llenas de tierra y de sangre. Debería dejar de morderme las uñas, he empezado a hacerme idas. Idas. Oídas. Heridas, joder. Se dice "heridas".

Cojo el hacha y me alejo del notas. He dejado toda la arena llena de sangre y sesos de ese cabrón, no sé si alguien vendrá a recogerlo. A este sitio nunca viene nadie. Camino lejos del trozo de carne muerta que he dejado sobre el pavimento sin dirigirle una última mirada. ¿Para qué? Si algo sé es que los muertos no contestan. Ya no tienen nada que decir.

Escucho la voz en mi cabeza que me pregunta por qué lo he hecho. Intento contestar, pero ni siquiera tengo ganas. Paso. Que le den por el culo, nunca me ha ayudado. Esta ahí porque aún no he podido sacarla de mi cerebro. Esta noche volveré a intentarlo, creo que aún me quedan varillas de metal en la choza.

Vago por el yermo sin rumbo, no tengo a dónde ir. Tampoco quiero ir a ningún sitio. Me duelen los pies de tanto caminar. Que se jodan, a veces se llenan de sangre y de heridas sin que yo se lo diga. Nunca me hacen caso. Mi cuerpo no me hace caso a veces.

Eso es lo último que pensé antes de estrellarme al pavo ese el puto trasto en la cabeza. Claro que intenté no hacerlo, no soy gilipollas. Pero es difícil. Vivo en un puto desierto. Es difícil no ser un monstruo cuando todo lo que te rodea está muerto.

Intenté gritarle y decirle que se largase de aquí, pero antes de que me diese cuenta le estaba incrustando el hacha en la puta cara. Fue divertido. Pero no quería hacerlo. De verdad, puta voz. No quería hacerlo.

Escucho pasos detrás de mi. Tampoco quiero darle mucha importancia, la última vez que escuché pasos fue a solas: me incorporé del sobre y fui a ver quien coño andaba por la casa. Solo encontré un tío sucio, lleno de cicatrices y mirada triste con las manos llenas de sangre. A veces creo que soy tonto porque no entiendo cosas que debería entender. Se supone que las personas entienden las cosas. Yo a veces no. No entiendo cómo aquel tío se metió en mi espejo.

- Eh.

Es la voz de una  fembra. Hembra. Mierda. Me giro y veo a la tía que me ha llamado. Hace siglos que no veo una mujer de verdad.

Es preciosa. No sabría decir lo que me produce. Pero es lo más parecido que recuerdo a estar guay. A estar de puta madre. Cecidad. Fociridad. Joder, no sé cómo se dice.

- Gracias por lo de antes.

¿De qué habla? ¿La conozco?

- ¿Hm? - gruño.

- Me acabas de salvar del tipo ese... ¿Es que no te acuerdas o qué?

Acordarse. No, no me acuerdo de acordarme.

- Hm... Vale - dice.

Le doy la espalda y me piro.

- Espera - dice de repente.

La voz me dice que la escuche. A la voz no, a ella. Que la escuche. Que espere. Me giro. Me siento incómodo si la miro. Puedo sentir como sus ojos miran dentro de mi. ¿Por qué no grita?

- Quédate, por favor.

"Quédate". Nunca he escuchado eso. "Por favor" se utiliza para engañar a la gente y hacerles creer que de verdad necesitas lo que estás pidiendo. Pero no sé lo que es "quédate", no tengo nada de eso. Meto las manos en los bolsillos y saco lo que queda. Un chicle aplastado, un cigarrillo roto y seco, una piedra y una bala. Me acerco y se lo pongo en el suelo. No sé si "quédate" es algo de eso.

Ella me mira, mira las cosas, y se ríe. Vuelve a decir "Por favor, quédate", y se señala a sí misma. Quiere que esté ahí. Con ella.

Quiere que no me vaya.

No sé lo que siento. Ferocidad. Ercidad. Eridad. MIERDA.

 Me acercó al cadáver y le quito la chupa. Le quito la mierda con un par de hostias con la mano y se la paso a ella por encima de los hombros. A veces hace frío en este sitio. Eso dicen algunos. Yo nunca he sentido eso.

Ella curva su boca hacia arriba y entrecierra los ojos. No sé que le pasa. Después pasa sus brazos alrededor de mi y dice "Gracias".

Gracias. Si ella supiera.

- G...gracias-tú - mascullo.

Hace tanto tiempo que no pronuncio una sola palabra, que siento que la lengua se me va a rasgar. Pero no me importa.

Ella está aquí, conmigo. La voz me dice que estoy haciendo "las cosas bien". Ya no escucho gritos, no quiero matar. No quiero sangre, ni ver jetas reventadas, ni animales con las tripas abiertas. No quiero echarme sal en las "heridas" por las noches o buscarme la voz en la cabeza.

Me dice que no me vaya.

Quiero estar aquí, con ella.

"Felicidad". Se decía "felicidad".


Nunca más.

El cielo nunca me ha parecido tan brillante como lo veo ahora en sus ojos.

El fuego nunca dio tanto calor como en su cuerpo.

La vida nunca estuvo tan encendida como en su boca nocturna.

Quédate, aquí, conmigo. Y no habrá nada más.

Nunca más.

martes, 11 de febrero de 2014

Lo demás, ceniza.

El tiempo pasa rápido. Más de lo que creemos, a decir verdad. Todos hemos escuchado eso de que cuando creces, los días pasan tan veloces como los vientos de invierno.Y no es sino entonces, cuando los días pasan rápidos, que su fuerza nos hace girar en mil direcciones y volvemos al centro, mareados y confusos, echando la vista a nuestra espalda y sorprendiéndonos de cuán lejos queda el verano. El tiempo pasa tan rápido que parece que nunca estuvo ahí. Y hoy, mareado y confundido, busco mi espalda entre tantos puñales, busco un solo centímetro de piel limpia para que el sol se refleje y me muestre el camino de vuelta. Un camino de vuelta que no volveré a pisar.

Recuerdo cuando fui abandonado a mi suerte. Supongo que, como todo el mundo, me lo merecía. Dediqué mi existencia de tres veces la Tierra a cuidar de una piedra que nunca me respondió. Una roca cubierta de escarcha que nunca escuchó mis plegarias, que nunca advirtió mi sonrisa, que nunca se estremeció con mis caricias. Y una mañana, la roca no estaba ahí. No había nada en la pradera, y el Caos sometió mi cuerpo. No era la primera vez que perdía un eje. No era la primera vez que me encontraba en ninguna parte, con ningún punto de referencia. Ningún muro contra el que estrellarme, ninguna roca que calentar con mi sangre, ningún árbol en el que ahorcarme. No fue la primera vez, pero desde luego que la sentí como si lo fuera.

No hubo Pandora en aquella historia. La explosión se lo llevó todo y no hubo ningún sabio encarcelado que me guiase a la salida. Solo hubo tropiezos, resbalarse con la lenta baba de los caracoles, clavarse los dardos de calcio a uno mismo en las noches oscuras, mamar de las tetas del diablo. Sólo hubo oscuridad en aquellos días. Y después, tinieblas.

Solo el espejo del cielo sabe, mirándome en aquellos momentos en los que no se estaba observando, reflejada en el agua, las veces que tropecé en las calles y me dejé abrazar por manos frías de sangre negra, por miradas muertas y extremidades retorcidas que me cubrían de mugre y ceniza, metiendo las manos en mis tumbas, haciendo puñados con mi pasado y espolvoreándolos sobre mi cabeza. Repté sobre las baldosas de madera de cada habitación, arqueando mi espalda aquí y allá, buscando el calor de una noche que nunca acababa. Con mis dientes arranqué tantas manos como los dioses me pusieron delante. Con mis ojos me observé reflejado en la mierda, tratando de distinguirme del suelo. Con mis pies, caminé lentamente, hundiéndome en las arenas del tiempo, del olvido, del caos.

Autopatología de mi propia mirada, el mundo estaba estancado en la nada. Porque no quedaba nada. Absolutamente nada. La locotomora de clavos y fuego emergía cada noche de debajo de mi cama, abrasando todo a su alrededor y dejándome desnudo, patético, tirado sobre los azulejos fríos de mi mente. Aún recuerdo el filo de la hoja, brillando a la luz de la luna. Aún recuerdo el final de todo. Y de todos.

Creí que la destrucción solo podía ser resuelta en la salvación. Desarmado, desnudo y primitivo, regresé al principio del mundo para cuidar de las bestias. Tan solo era un monstruo más, una fuerza devastadora, la mano de la muerte, un instrumento de la guerra. Lo único que podía hacer era ayudar. Lo único que podía hacer era reflejarme en los caídos. Pobre y ridículo ser. Pobre y patético destino.

Comprendí que ninguna de mis acciones tendría resultado alguno. Comprendí que todo lo que iba a hacer, debía ser hecho, y debía no haberse hecho nunca. Me entregué a Loki y me engañé a mi mismo. Mentí, de todas las maneras posibles. No, no soy un hombre. No, no soy un esclavo. No, no soy una bestia. Solo soy un fantasma del pasado.

Como Renfield, me alimenté de roedores e insectos en una celda a la que mi amo nunca llegaba. Y creí que Münchhausen tenía las respuestas. Lancé mi mirada al horizonte. Puse un pie en el foso de las serpientes, y después el otro. Y cerré los ojos. Y me hundí, erguido, lentamente, entre las escamas, los fluidos pegajosos de putrefacción. Y el veneno. El interminable y terrorífico veneno. No sé cuanto tiempo pasé sumergido en la muerte. Bucée en el Leteo, deshecho. Mi carne se iba disolviendo en la mentira. Mi cuerpo comenzó a transformarse en un esqueleto viviente, de hueso de roble y corteza triste. De grietas y vacío. Hecho de la vida hendida y atravesada por el puñal.

A través de los cristales, observaba las caras de los que se autoproclamaron reyes de mi confianza. Las caras de aquellos cadáveres que ansiaban arrastrarme al final de todo. Y lo conseguisteis. De verdad, conseguisteis convertirme en el monstruo que siempre fui. En el demonio de vuestras pesadillas. El odio se deslizó, como un líquido viscoso y humeante, por los moldes de vuestras fachadas. Y en los sótanos de mi mente se forjó la armadura, obsidiana de los tiempos, brillante y siniestra. Comprobé que aquella obra de arte me encarcelaba. Lentamente, coloqué sobre mis muñecas los grilletes más resistentes que ningún hombre conoció jamás. Me eché a la espalda todas las cadenas del mundo, y me aplasté a mi mismo. Aquellas voces en mi cabeza se escuchaban lejanas. Todo estaba en paz.

Y ella. Ella surgió de un mundo devastado. Su estrella se había visto en la lejanía, allí donde los hombres no tienen permitido el acceso. La reina de las valkyrias sobrevoló el Yermo, levantando polvo y ceniza. ¿Quién coño me creía yo? Mortal entre la mierda, perro que corre tras la rueda de la Fortuna, sin poder atraparla y sin saber que hacer con ella si la alcanzase. Tiempo atrás observé su débil fuego cruzar el umbral de todas las puertas, dejando una estela cálida y brillante que desaparecía en los pasillos. Nunca pude tocarla. Nunca pude alcanzarla. Parecía un sueño demasiado real, una realidad demasiadas veces soñada como para ser de carne y hueso. Y tal día como hoy, hace justo un día de la Tierra, volvió a aparecer. Con su mirada de mil paraísos y su tacto de ángel. Ella, con su cuerpo incandescente, voló dentro de mi sin darse cuenta. Y fueron sus ojos entre todos los que parpadeaban en aquel patético bar, repleto de imbéciles de letra fácil y pretensiones sin destino, aguerridos luchadores de lo ridículo y bandidos de un arte absurdo. Fueron sus ojos los que se enroscaron con fuerza a mi cuello y me prometieron el mundo, sin que ni siquiera se diese cuenta.

Pero las cadenas. El peso del mundo que aplastaba mi endeble y maltrecho cuerpo. Las miradas de hielo en mi nuca, el aliento reptiliano del que no quiere, los ojos oscuros que observan celosos y la cerda indiferencia del que no conoce la amistad. Todos ellos se revolvían en mi estómago, golpeando sus paredes y generando esa bilis, esa bilis nauseabunda y masoquista que sigue llenando mi garganta y mi boca en las noches frías. No fueron esos fantasmas los que me mantuvieron en el pozo. Yo mismo me interné en el lodo, yo mismo dormí abrazado a Bakasura, mientras devoraba lentamente mi carne y mentía ofreciendo comprensión. Yo mismo fui el monstruo que se comió sus propios pies para no aprender a correr. Y vosotros los demonios que sonrieron y se sentaron, complacidos, a engordaros, a frotaros y a masturbaros los unos a los otros.

Pero fue ella la que no sonrió. Fue ella la que lloró sobre mis heridas, la que selló mis cicatrices con su dolor. Fue ella la que se irguió sobre la inmundicia y la devastación. Fue ella la que levitó sobre el Tártaro. Fue ella quien apartó la roca de Sísifo, la que encerró a Tánatos, la que aplastó la manzana de la discordia y desnudó el corazón del hombre. Fue ella la que probó la sangre del lobo y no murió. Fue ella que mantuvo la cabeza agachada incluso cuando el hacha cortó el aire que la coronaba. Fue ella la que entregó su carne al duende, al lascivo y ególatra ser que todo lo acapara. Fue ella quien cuidó de Odr. Fue ella, entre todos los demás.

"Ayúdala, como hacías en los viejos tiempos", decían las voces. Y abrazó las voces que retumbaban en mi cabeza. Colocó bombillas en sus huecos vacíos, y las echó al mar. Y las luces flotaron a lo largo y ancho de la noche, buscándome, mientras ella esperaba en la orilla, con las lágrimas sobre sus hombros y la soledad en sus manos.

No hicieron falta luces. No hizo falta un sol. No hizo falta ninguna clase de energía para ayudarme a llegar allí. Aparté a Escila, monstruo de los perros y el mar. Aparté a la Hydra y nadé todo lo fuerte que pude. Nadé hasta ese punto en el que el mundo se acaba, nadé hasta el fin. Nadé. ¿Hacía donde? No lo sé. Sólo los cuervos me revelaron el camino. Mi espalda se convirtió en su nido. Huginn y Muninn se aferraron a la poca carne que mi cuerpo mostraba, y me recordaron la vida. "Es por allí", me susurraron. "No dejes que se pierda". Y solo entonces alcancé la orilla.

No más dedos afilados. No más puñales. No más serpientes, culebras, gusanos. No más piedras de sol, no más selvas. No más bicicletas de carne. No más monstruos marinos. No más brujas, no más magos. No más infiernos. No más ejes torcidos, no más ventanas oscuras. No más cristales rotos bajo mis pies. No más gigantes de hielo, no más finales. No más dolor. No más yo. Solo ella.

Pude sentir como la carne se recomponía sobre los huesos, bajo el calor de su abrazo. Y su pelo, su pelo de fuego, de vida, de amor, de sangre. Su cuerpo, su mirada del dragón de los tiempos. Su vida, su calor, su alma, su cariño, su beso, su abrazo, su destino ligado al mío, su propósito, mi ser. Sentí como mi cuerpo volvía a su forma. Sentí como el color de su pelo se dividía en mil rayos de sol que coloreaban mi rostro. Sentí como su vida se entrelazaba a la mía, sentí como el hilo de su meñique se enroscaba a mi cuello, por siempre. Y sentí el hogar. Sentí la vida tan fuerte que solo pude caer de rodillas y someterme. Someterme al aliento que calentó este cadáver hasta hacerlo incorporarse y decir, a gritos, "soy libre". Yo, Fenrir, devastador de universos y esclavo de si mismo, esclavo de una oscuridad que nunca decidió abrazar, me desaté.

Y solo a ella, de entre todas las cosas que pueblan, que vagan, que palpitan, que respiran, que vuelan a lo largo y ancho del universo, es la causante de la salvación de este pequeño trozo de alma que ahora se expande.

Solo a ti te agradezco haberme resucitado de entre los muertos.

Y lo demás, ceniza.


Te quiero, Skjaldmö.