domingo, 23 de diciembre de 2012

Despropósito de Año Nuevo.

Ríe, y el mundo entero reirá contigo. Llora, y llorarás solo.

Podría resumir gran parte de mi vida con esta única frase. Y sé que vosotros también. Pero podría también resumirla con otras muchas frases. Solo que esa es una faceta de mí que no os interesa en absoluto.

El motivo de esta entrada no es diferente al que vosotros tenéis en mente cuando lleváis a cabo esos "propósitos de Año Nuevo". Esa excusa que os ponéis para empezar o dejar de hacer algo solo porque empieza el año, una promesa que hacéis para sentiros bien con vosotros mismos sabiendo que al cabo de una semana, cuando la fiebre navideña haya desaparecido de vuestros consumistas cerebros, no tendréis que cumplir. Es ridículo, pero así funciona nuestra querida y elaborada sociedad.

Como iba diciendo, el motivo de esta entrada se asemeja bastante a esos propósitos vuestros, con una leve diferencia. Yo pienso cumplirlo.

Cuando alguien se hace un propósito de Año Nuevo, generalmente es porque hay aspectos de sí mismo o de su vida que le gustaría cambiar. Si tan importante es y si realmente quisiéramos cumplirlo, empezaríamos a hacerlo desde el momento en que nos damos cuenta. El hecho de que sea en Año Nuevo por lo general es una excusa barata para seguir siendo los cabrones que somos durante un poco más de tiempo. Pero tranquilo, yo no he venido aquí a echarte en cara si eres o no una persona coherente. Más bien, me importa una mierda.

El caso es que para llegar a proponerte tal reto, primero has de hacer una reflexión interna, un repaso mental de cómo han ido las cosas durante ese año. ¿Lo habéis hecho? Si lo habéis hecho o no, es cosa vuestra. Yo no soy vuestra almohada.

Yo sí lo he hecho. Y el resultado, créeme, no ha sido bueno.

Te sorprenderías de lo bajo que puede caer un hombre en un corto período de tiempo. Te sorprenderías de la cantidad de basura que puede soportar sobre sus hombros alguien sin quejarse. Te sorprenderías de hasta qué punto, puede una persona deformarse a golpes como un trozo de arcilla húmeda apaleada por niños de primaria.

365 días en los que he aprendido muchas cosas.

He aprendido que nada es para siempre, pero que hay cosas que nunca se marchan del todo. Las cosas se marchitan, se apagan, se marchan, se mueren. Pero si esa cosa ha significado lo suficiente y te ha marcado de una forma u otra, siempre lo llevas contigo. Las cosas, los recuerdos, los sentimientos, no desaparecen. Solo se van enterrando lentamente en nuestras capas, poco a poco. Se hunden, y solo en algunos momentos algo tira de ellas y salen momentáneamente en la superficie. Tú decides si dejarlas del todo enterradas, o ayudar a sacarlas.

He aprendido que las armaduras, las corazas y los caparazones son más fáciles de levantar de lo que nos hacemos creer a nosotros mismos, solo hay que saber cuándo hacerlo. Ahora sé quien se merece una armadura y quién un cómplice guiño de ojo. Quien se merece un completo vacío y quién una palmada en la espalda. Ahora sé quien merece una patada, y quién un abrazo. Supongo que he tardado en darme cuenta de que no se trataba de caparazones, sino de espadas. Que no se trataba de declararle la guerra al mundo: se trataba de declararle la guerra al mundo, pero no luchar solo. Incorporar a mis filas a todo aquel que me ha demostrado merecer la pena lo suficiente como para morir a su lado.

He aprendido que nadie sabe cuando quiere a alguien. Simplemente un día, caes en la cuenta de que no serías nada sin esa persona. Que no sería todo tan fácil, que todo sería un caos. Que todo se iría al infierno si esa persona no te sonriese o no significases nada para ella. He aprendido que a veces, las mejores sonrisas son las que se guarda en el fondo del alma. Y no hay necesidad de publicitarlas.

He aprendido que el dolor es inevitable, y que el sufrimiento es opcional. Que si te caes setenta veces, levántate setenta millones. Que la resistencia de una persona a las decepciones, a las heridas, a las cicatrices, a los golpes y a los naufragios, reside única y exclusivamente dentro él. Puedes desangrarte, deshidratarte, decepcionarte, pudrirte... Pero si no quieres morir, no busques formas de evitarlo. Simplemente, no lo hagas. He aprendido que no se debe intentar nunca nada. Se debe hacer.

He aprendido el lado salvaje y oscuro de mí mismo. He aprendido a dominarlo, he aprendido a guardar ese guerrero infernal que yace entre mis huesos, expectante, en guardia, para cuando sea necesario librar batalla. He aprendido a tomar las riendas de mi propio odio, de mi propio pensamiento. He aprendido a apartar el rencor, a apartar los recuerdos afilados. He aprendido a soportarme algo mejor.

He aprendido que solo es ofendido el que quiere serlo. Que el orgullo y la dignidad deben reservarse a uno mismo y a las personas que te forman al rodearte. Que no se necesita demostrar nada a nadie. Que es más sabio el que calla y sonríe, aunque el infierno de mil mundos se desate contra las paredes de su estómago. Ríe y el mundo entero reirá contigo. Llora, y llorarás solo.

He descubierto quién merece mis miradas. Y debo agradecer a todos y cada uno su simple existencia.

Gracias al que siempre está ahí. Al que me aguarda en aquel infierno de agua y nubes con los brazos abiertos, el que se mantiene firme con una sonrisa porque sabe que cuando piso ese frío suelo todas mis cicatrices se abren de golpe.

Gracias a la que siempre me devolvió a la realidad de una bofetada. La que nunca me dejó subir a ningún lugar de donde no pudiera bajar, que nuca me dejó creer que era del todo inmortal y que las cosas no tenían por qué ser solo como yo las veía. Gracias por despertarme tantas veces que no recuerdo.

Gracias al que se acerca con timidez. Al que sabe que por dentro no estoy hecho de púas y fuego, y se acerca cada vez más para comprobar de qué material estoy hecho. Para el que mi imagen se forja a partir de mil personajes, mil largometrajes, y sabe que mi nacimiento debería haberse concebido entre las páginas de un cómic, katana a la espalda, cicatrices de pies a cabeza, mirada distante y revólver en la cintura. Porque sabe que ningún personaje cuya piel me ponga encima es más penetrante que el interior que guardo.

Gracias al que comparte mis dolores. El que sabe lo que es ahogarse al fondo del vaso, el que sabe lo que es mirar de reojo al resto de habitantes de la microcivilización de un bar con indiferencia porque sabes que ninguno de ellos va a entenderte. Al que entiende lo que significa el hecho de que ciertas cicatrices, nunca terminan por cerrar. Tanto si se curan con ron, como si curan con whisky.

Gracias al que sabe lo que significa vivir en el pozo. El que entiende como se siente alguien al salir de la caja de zapatos y conocer el mundo, y volver solo para charlar con bolas de papel sucias y mal impresas sin hilo de conversación. Aquel que sabe lo que es quedarse en silencio sin saber qué decir porque hablas otro idioma al del resto del mundo. Que sabe lo que es contar historias de la selva a los habitantes del desierto, hablarles de la nieve a hombres trajeados de ciudad. A hablar en latín a los ciudadanos de las cavernas.

Gracias a la que me abandonó para encontrar otro mundo. Supongo que incluso gracias a ti soy lo que soy a día de hoy. Gracias por hacerme ese daño que necesito recordar hoy en día para seleccionar mi confianza y reunir fuerzas para no hundirme del todo. Espero de verdad que hayas encontrado lo que buscabas, y que compense todos los errores que cometiste entonces. Que mi barco se cruce con el tuyo algún día, y pueda perdonarte por las heridas. Porque a día de hoy, mi mente es incapaz de hacerlo.

Gracias a la que no supo levantar su coraza. A la que intentó lanzar el telón y terminar la obra, solo porque no quería identificarse con el personaje. A la que encontró un perro en la calle y le pareció bonito tener compañía, pero al primer aullido lo pateó con fuerza y lo abandonó en la lluvia. Espero que algún día comprendas que el dolor  es algo que el resto del mundo también siente. No solo la mujer congelada bajo el océano de hielo que pide a gritos que alguien la derrita.

Y gracias a ella. Por estar ahí. Por curar mis heridas. Por alimentarme cuando vuelvo del combate. Por saber lo que necesito sin pedirlo. Por darme esperanza y demostrarme que no soy el único que nunca rompe sus promesas. Que el alma es algo tan pequeño como un trozo de metal colgado al cuello, pero con tanto poder como para detener el mundo. Que no hay universo más grande que el micromundo que una sonrisa puede llegar a formar con un Big-Bang en forma de música. Que no hay mar lo suficientemente grande que un capitán no pueda recorrer con una timonel perfecta.

Supongo que no necesito decir nada más.

Feliz 2013.
No nos hará falta mucho para hacer de él un año mejor que el que dejamos atrás.

martes, 18 de diciembre de 2012

El perro.

Lamió su mano. Olisqueó su tristeza. Pero su dueña le apartó de un manotazo, y se fue de la sala.
El perro ladró, enfadado. Enseñó los dientes. Y abandonó la casa.

Harto, salió a la calle y se dirigió al puente. Allí se sentó, con la luna en lo alto.
Ella sabría encontrarlo. No pensaba volver a casa solo.
Esta vez, sería ella la que debía ir hacia él. Como tantas veces él se acercaba sigilosamente a su cama, solo para ver si estaba bien tapada.

El perro aulló a la luna, y esperó. Su mirada se perdía a lo largo y ancho del puente, y la luz de la luna dibujaba   formas sobre su cada vez más delgado y flacucho cuerpo. Sus ojos dejaron de reflejar la luz y e mostraban cansados, caídos.

Esperó.

Pero ella no aparecía.

Porque tan solo era un perro. Quizá podía hacerse con cualquier otro, al fin y al cabo solo debía volver a la perrera. ¿Quién necesitaba al mismo perro siempre?

Y aún así, el perro esperó.

Llovió, y su pelaje se empapó y se encrespó.
Nevó, y su cuerpo crujía de frío bajo la luz de la luna.
Salió el sol, y el calor insoportable abrasó su lomo lentamente.

No se movió de aquel puente.

Así pasaron las estaciones, y el perro siguió esperando.
Pero su dueña nunca apareció.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Nightmare.

Todo sucede muy rápido. Reconozco este pasillo, es el viejo pasillo de la casa de mis abuelos. Lo sé porque puedo palpar las paredes y las estanterías levemente, con la escasa luz que viene del salón.

Frente a mí hay un tipo de espaldas, un tipo de pelo largo y ataviado con un largo abrigo negro. Se gira y le veo el rostro. Y un escalofrío recorre mi cuerpo.

Barba, gafas de sol de cristal rojo.
Una sonrisa de medio lado.
Es Chain.

Hacía siglos que no soñaba con él. ¿Por qué otra vez? ¿Por qué este hijo de puta? ¿Mi cerebro no tiene nada mejor que hacer que obligarme a soñar con este tipo?

Chain ríe. Como si acabaran de contarle un chiste. Se descojona.

- Ven - me dice.

- No - contesto.

- Ven conmigo, verás lo que te vas a reír.

- No voy a ninguna parte, me voy. ¿Qué haces tú aquí? Vete.

Apenas acierto a utilizar las palabras. Intento largarme de allí, pero Chain sujeta mi brazo. Y se descojona.

- Ven, vamos a ver que hay detrás de las puertas...

- Déjame en paz.

Pero no lo hace. Me sujeta con más fuerza, me hace daño. Tira de mi y abre la primera puerta a toda velocidad. Apenas puedo ver lo que hay en el interior, pasamos muy rápido junto a ella. Pero Chain se ríe cada vez más.

- Todos los que se han ido, todos los que se han marchado... - y ríe. Ríe con una fuerza terrorífica.

Ahora comprendo el juego. Y no quiero seguir jugando. Pero no importa con cuanta fuerza intente zafarme de Chain, él me controla con una sola mano. Y cada vez me siento más débil, más flojo. Apenas tengo fuerzas en las piernas para seguir caminando sin que me tiemblen.

Abre la siguiente puerta. Es un aula. Toda la clase está vacía, los pupitres están vacíos. Pero en el centro, una chica de pelo oscuro gira su cara hacia mí con una mirada de intenso odio. Ella no. ¿Por qué ella?

Chain se muere de risa. Abre otra puerta, pero tan rápido que apenas veo lo que hay dentro. Pasa lo mismo con la siguiente puerta. Pero la tercera, la abre de una patada y se retuerce de risa apoyándose contra la pared.

No quiero asomarme a ver lo que hay, solo escucho gemidos y sollozos de placer. Miro el interior de la habitación y la sangre se me baja a los pies. Siento como si mi estómago cayese al suelo.

Es Ella. Y dos tíos que no conozco de nada, se la están follando sin piedad. Cada uno por lado de la cama. Ella solo se detiene para sonreírme con malicia.

Aparto la mirada, demasiados recuerdos. No quiero volver a sentirme así. Pero parece que a Chain eso le importa poco, porque me sujeta de la nuca y aún riéndose, abre la siguiente puerta.

Algo dentro de mí se esperaba el interior de esa habitación. Es un hospital. Blanco como un útero. Y la cama que hay en su interior alberga un cuerpo que más allá de las mantas,  deja ver una cabeza de pelo largo negro, facciones finas y con los ojos cerrados. Está en coma y la máquina emite un pitido intermitente. Pero en el momento de mirar y querer acercarme, el pitido de la máquina se vuelve continuo e intenso. Como si acabase de llegar el fin de algo.

No siento el dolor como debería. El alma se me cae a los pies, pero apenas puedo reaccionar. Siento como si no pudiese sentir. Chain se muere de risa. Así que me dirijo a seguirle a la última puerta.

Se abre y la veo.
La veo ahorcada. Mirándome con una infinita cara de tristeza. Con sus ojos verdes bañados en lágrimas.

Solo puedo quedarme mirándola, en aquel pasillo infinito. Con este hijo de puta de gafas rojas riéndose junto a mi.

¿Por qué el sueño no acaba? ¿Por qué no despierto?
Me siento como una película mala de humor, cuando pasan los créditos del final y salta una escena demasiado larga. La misma sensación que un fotograma porno en una película infantil, la misma sensación que una escena de mal gusto que se repite a lo largo de un largometraje.
¿Por qué esto no se acaba?

Chain se deja de reír y me da un abrazo, de pronto.

Y lo último que escucho en un vacío infinito, antes de despertarme envuelto en sudor frío, es:

- Te toca.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Humanos.

Es curiosa esa sensación.

Creemos que somos misántropos cuando nos hacen alguna putada, y somos capaces de mirar a los demás por encima del hombro porque creemos tener el control y la seguridad de saber que, si damos por hecho que todo el mundo miente, seremos más inteligentes que ellos. Pero, ¿cuántas veces has asumido realmente que eso es así.

Yo no hablo de desconfiar, yo no hablo de saber que los demás solo funcionan por su propio beneficio. No hablo de que te repugne el hecho de que alguien sea egoísta y además se enorgullezca de ello. No hablo, ni mucho menos, del hecho de que nos guste sentirnos en soledad porque creemos que los demás nos complican la vida.

Hablo de asco, hablo de verdadero odio.

Hablo de esa sensación que un día cualquiera, después de una gran puñalada, brota de la herida como una flor negra con espinas que va rodeando nuestro cuerpo, que va incrustándose en la carne y trepando lentamente hasta asentarse en nuestros cerebros. De esa hostilidad innata que va desarrollándose lenta y serena, y poco a poco se abre paso por nuestra piel para hospedarse en lo más profundo de nuestras entrañas, ennegreciendo nuestros propios órganos.

Hablo de asco, hablo de verdadero odio.

El día que sales a la calle y no puedes evitar apartarte de la gente porque te repugna pertenecer a su misma raza. La misma raza que deja que sus hermanos mueran y se pudran en las calles sin comida ni dinero. La misma raza que se mata y mata a los que no tienen ninguna culpa solo por tener un puñado de papeles de colores más grande que el del vecino. La misma raza capaz de pisotear a sus propios hijos para llegar a tocar el cielo. La misma raza que promete e incumple, la misma raza que miente y traiciona a cualquier precio. La misma raza cobarde que se rinde, que claudica, que abandona y que huye.

Hablo de asco, hablo de verdadero odio.

Hablo de misantropía.

Y quizá tenga que agradeceros a todos, a todos y cada uno sin excepción, en un momento o en otro, por haberme demostrado los motivos y las justificaciones que me llevan a odiaros sin explicación ni perdones.

Agradeceros mi odio.
Agradeceros mi más completa y sincera indiferencia.

Hacia vosotros, por ser escoria.
Hacia mí, por pertenecer a vuestro mundo y a vuestra comunidad.

Hacia el universo, por haber permitido que semejante pedazo de mierda en la infinidad del cosmos, haya llegado a existir.

Hacia mi diminuta parte bondadosa e infantil que ha llegado a confiar en quien no debía, a creer que hay agujas en el pajar.

Desde lo más profundo de mis negras y afiladas entrañas, gracias.
De todo corazón.

Nada que traducir.

Algún día entenderás que aunque estuvieses muerta, seguiría enamorado de tu cadáver. Y seguiría visitándolo cada noche, aunque nunca me respondieses.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Parallel universes.

.Neverland.
(···············)

- ¿Por qué lo hiciste?
- ¿Por qué me lo preguntas?
- Porque desde hace años que solamente pienso en ello.
- Estás hablando contigo mismo. Eres tú el que se está contestando. No olvides que yo ya no existo.
- Nunca llegaré a entenderte.
- No te hace falta. Necesitas entenderte a ti mismo.
- ¿Qué quiere decir eso?
- Que no sé trata de "por qué lo hice". Se trata de "por qué tú sigues intentándolo a pesar de que yo lo hice".
- Yo no soy como tú.
- Claro que no. Tú sigues ahí, ¿verdad?
- ¿Era la única salida?
- ¿Destruirte es la única salida ahora?
- La única que conozco para seguir caminando.
- ¿Y qué te impide caminar?
- Todo lo que se me ponga por delante. Por tu culpa soy incapaz de sentarme a esperar a que el muro se caiga. Solo sé atravesarlo a puñetazos para ver qué hay al otro lado.
- Siempre fuiste así. La diferencia es que yo te he dado un motivo por el que serlo siempre.
- ¿Y tengo que darte las gracias?
- No. Pero tampoco puedes culparme.
- No puedo quedarme aquí pero tampoco puedo irme, ¿es eso?
- El dolor es una sensación fantástica. Te recuerda que estás vivo. Y te recuerda la causa por la que estuviste un paso más cerca de no estarlo.
- ¿Y qué tiene que ver eso con todo esto?
- Que tu dolor te mantiene vivo de alguna forma. No puedes olvidarme. No quieres ser como yo. No quieres asumir que ya eres mejor que yo, porque eso supondría perder tu punto de referencia. Necesitas superarme, necesitas superarte, necesitas superar todo lo que se te ponga delante. Necesitas superar al mundo para poder coger aire. Sé que hay personas que necesitan una atmósfera entera para ellos solos, para poder respirar, y todo un océano para sentirse libres. Tú eres una de esas personas. Pero tu dolor te hace comprender que las personas que se mantienen a tu lado, merecen mucho más de ti. Y aunque te cueste la misma vida y tengas que abrirte las entrañas para dar calor a esa persona, lo harías. Porque no dejarías que nadie se fuese como me fui yo. Porque no dejarías que el mundo hiciese con NADIE, lo que ha hecho contigo. Es tu única virtud y lo sabes.
- Una gran parte de mí te odia. Como a nadie. ¿Lo sabes?
- ¿Cómo no iba a saberlo? No soy el recuerdo de alguien que no está. Soy lo que tú crees que diría. Estás hablando contigo mismo.
- Lo sé. Y te sigo odiando.

(·····················)

.2010.
(··············)


" - ¿Qué puedo hacer?
- Disfruta. Tómate las cosas con calma. Contrólate. Y haz lo que creas correcto en cada momento. "

sábado, 1 de diciembre de 2012

"That's life".

Y como los trenes a los que subes sin saber a dónde irás, con el único objetivo de perderte y volver a empezar de cero, la última burbuja de mi cerveza subió hasta perderse en la espuma.

Y volví a llenar el vaso de nuevo.

Una vez más.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Outro.

Hoy me han sacado de aquí. De estas paredes mugrientas y de ese olor artificial a encarcelamiento. Dicen que nunca terminas de acostumbrarte, pero no es cierto. Un lugar en el que solo puedes sentir la lluvia de la calle en sueños, termina convirtiéndose en tu único hogar a la fuerza.

He recogido todas mis cosas con calma. No tenía prisa por largarme. Los guardias me han observado hasta llegar a la puerta. Incluso cuando todo ha pasado, siguen temerosos de que haga un movimiento impredecible.

Es increíble cómo, hagas lo que hagas, basta con intentar llevarte todo por delante una sola vez para que los humanos te miren con recelo y desconfíen de todo lo que hagas.
Como si ellos fuesen mejores que tú.
Como si ellos tuviesen el Nobel de la Paz.
Como si ellos te comprendiesen.

He recogido mis cosas en silencio. Lo único que ocupa mi cabeza ahora es que la salvación ha concluido.
Es hora de salir ahí fuera y volver a verla. Y sentir que no estoy muerto.
Vivir por vivir. Sin más preocupaciones.
Sentir.

Los guardias ni siquiera me han dejado hablar con mi compañero de celda. Creen que juntos tramábamos algo. Las personas solo desconfían de aquellos que hacen lo que ellos no harían, por miedo a no saber cómo reaccionar. Aunque estén de acuerdo contigo.

De cualquier forma no necesitaba hablar con él. Ha bastado una sonrisa y una mano en el hombro, para comprender que he hecho las cosas bien. Detrás de su larga y descuidada barba, me ha sonreído. Me ha dado su aprobación con una mirada radiante y llena de vida.

He caminado con tranquilidad hasta la puerta mientras los guardias caminaban tras de mí.

He salido fuera.

Ahora veo la luz de la calle.
Veo los coches moverse de un lado a otro.
Siento el sol sobre mi nuca.
Y ella está ahí delante.
Esperándome.
Sonriendo.

Es curioso.

Hacía años que no veía a Pandora sonreír.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

¿Por qué?

Porque ella siempre estuvo ahí, cuando las cosas se hundían. No de palabra, como el resto de seres que deambulaban por mis habitaciones. No para obtener una recompensa moral o mi sonrisa de alivio al poner su mano sobre el hombro.
Ella ni siquiera estaba cerca.
Ella ni siquiera estaba.
Pero estaba ahí, siempre.
Ella volvería a la Torre Negra y mientras todos buscasen el Anillo, ella buscaría a su portador. Buscaría al tullido del campo de batalla, buscaría al polizón en un barco de corsarios. Buscaría la aguja del pajar, sería capaz de arrasar un poblado solo para encontrar a quien busca.
Firme, dispuesta a matar por mi. Aunque yo ni siquiera lo supiese. Aunque ella nunca me diese ninguna pista.

Porque ella ve luz al fondo de toda la oscuridad que brota de mis entrañas. No importa cuantos muros, cuantas alambradas, cuantas trincheras albergue en mi interior. No importa cuantas jaurías de perros hambrientos de sangre salgan de mi garganta dispuestos a comerse a todo aquel que osase hacerme daño, no importaba cuantas bombas nucleares estallen día y noche dentro de mi cráneo intentando desintegrar recuerdos y heridas.
Ella pasea entre todos ellos, tranquilamente y descalza, sin hacer ruido y sin despertarme.
Y con una sola mano es capaz de silenciar todos los anillos del infierno de Dante para, con una sonrisa, perdonarme.

Porque ella también sabe lo que es ser marginada. También sabe lo que es recibir la patada que la indiferencia incrusta en tus costillas para echarte del local nocturno, para echarte del lado de los demás. Sabe lo que es el vacío inmenso que siente el que se cambia de acera para no cruzar miradas con sus viejas alegrías. Ella también se enfrentó a todos los dioses, ella se enfrentó también a todos los titanes. Sabe lo que es ser quien no es, ser un personaje que no existe y que ha sido pintado únicamente por las lenguas negras y podridas de un lugar demasiado enamorado de si mismo y tan aburrido como para divertirse destrozando las vidas de los demás. Con ella tampoco funcionó el proyecto Ludovico, porque ella nunca mató a la mujer del escritor.
Ella sabe lo que es ser odiada por el mundo.

Porque ella también esquiva por las noches los mil monstruos que acechan bajo su cama, ella también agoniza en un baile de somníferos, en un ritual de párpados caídos que no quieren cerrare.
Las mil bestias que emanan de sus ojos, de su boca, de sus oídos, de sus manos, esas pesadillas de medianoche que traen en sus dientes los jirones de recuerdos y los dolores de tiempo atrás.
Infiernos de corta duración que se hacen eternos, que te provocan tener miedo a descansar, pánico al dormir. Repeticiones de la misma puñalada una y otra vez, frente a tus ojos, mientras la tristeza te obliga a mirar.
Esa puta, te hace volverlo a ver una y otra vez.

Porque ella también camina sin rumbo. Ella también ha sido Leonard, ella también marcó en su cuerpo las pistas del asesinato. Ella también sabe lo que es encontrarse en mitad de la nada, sin nada alrededor, completamente sola, y no tener otra opción que caminar hacia delante. Ella también sabe lo que es estar rodeada de gente, y estar completamente sola. Ella también sabe lo que es tener que avanzar a toda velocidad, sin pensar, sin control, sin mirar atrás. Dejando el maletero del coche robado abierto, dejando caer todos los cadáveres que no quisieron unirse a su viaje. Con la melena despeinada, las gafas de sol reflejando un sol negro, la pistola sobre el asiento del copiloto y el cigarro consumiéndose lentamente. Ella también sabe lo que es sentir miedo y asco en Las Vegas. Ella también sabe lo que es vivir sin destino. Saber que perteneces a algún lugar, pero que ese lugar no existe.
No en este mundo.
No en este año.
No en esta vida.

Porque ella también ha estado al borde del fin. En el fin del mundo, en el remolino definitivo que se traga el barco. En la puerta negra, en el horizonte final. Ella también ha visto rayos C brillar en la oscuridad ceca de la puerta de Tannhäuser. Ella también llegó al fin del universo y se asomó al abismo, pero el abismo tampoco tuvo el valor de devolverle la mirada. Ha sentido el placer de suicidarte varias veces al día, para alegrarte por estar vivo muchas más. Ella también le ha dado una bofetada a la muerte.

Porque ella también calla, también diagnostica en silencio a través de sus ojos verdes. Ella también analiza el mundo, anota cada detalle, describe en su mente cada momento que no pasa desapercibido para ella. Ella también pinta el mundo entero en sus vísceras, y siente el hervir de las mil y un ideas en el caldero de su cerebro sin poder evitarlo.

Porque ella también sabe lo que es sentir su hogar en un par de notas, la perdición de la guitara en llamas. Ella siempre ha soñado con alcanzar la escalera hacia el cielo, ella ha sentido el miedo a la oscuridad. Consiguió ser la niña Voodoo, entre tanto caos y desconcierto.
Ella también llegó a ser el pasajero, el refugio que Jagger pedía a gritos. Ella también apesta a espíritu adolescente. Ella, también camina por el lado salvaje.
Porque ella también sabe que esta época no es la correcta, y se dice a sí misma que todo irá bien, aunque sea demasiado tarde y ya haya pisado el infierno. Ella también ha recibido los 200 golpes. Sintió la vieja aguja familiar, se hizo daño a si misma para sentirse viva.
Ella también piensa que ella y yo, somos hasta el fin de los tiempos.


Porque ella también sabe lo que es la pérdida. Sabe lo que es el vacío intenso de lo que nunca va a volver. La culpabilidad inexistente que solo sirve para aferrarte a un "por qué" convincente. La destrucción de uno mismo por no asumir la responsabilidad de un "adiós".
Sabe que lo que el amor da a luz, se lo lleva la muerte.
Y sabe lo alto que puede volar un águila de plata.

Porque ella también agrandó su armadura demasiado. Ella también buscó apartarse del mundo, crear un Outer Heaven interior en el que nadie pudiese controlarla. En el que nadie pudiese hacerle daño. Ella también se sintió sola allí dentro, en una armadura demasiado grande para uno solo. Ella también se ha observado en el espejo y ha odiado su reflejo, también se ha despertado en otro lugar y en otro tiempo, y ha dejado de ser la misma persona. Ella también ha saboreado los límites de la locura. La pérdida de la cordura, la pérdida de todo control. Se ha sumergido en el caos, porque sabe que solo tras el desastre podemos renacer. Ella también ha buceado en el Napalm. Ella también se convirtió en el Prometheus.

Porque ella siempre ha sido Pandora.

Porque ella siempre ha sido.

Solo por eso.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cadáveres.

La soledad de un individuo encerrado en una armadura tan grande que le cuesta mantenerla erguida, no se puede comprar con cumplidos. 

Paso los días intentando aparentar que todo sigue su cauce. Que todo es genial.
No lo es.
En absoluto.

Cada vez que pongo un pie en este lugar me siento más enfermo. 
Más podrido. 
Más muerto.

No me gustan los mártires, en contra de lo que podáis pensar. De hecho, no los soporto. Gente que se deja hacer daño por una buena causa. Gente que cree que aunque muera de una forma terrible, o se le tache de algo que no es y viva con ello, es mejor persona. Simplemente son idiotas.

Rendirse nunca  es una opción. Seguir adelante y dejar en el camino los cadáveres que sean necesarios para no detenerte nunca a escuchar lo que no te hace ningún bien. Y quien no quiera seguirte, que se quede atrás, contando piedras.

Pero a veces es difícil, ¿verdad?

A veces simplemente no sabes qué hacer, qué decir. A veces estás tan cansado que te sientas en el camino y no puedes evitar mirar por encima de tu hombro y observar la cantidad de muertos que hay tras de ti.

Están los que nunca quisiste escuchar.
Están los que perdiste cuando las cosas no iban bien y no sabías cómo actuar.
Están los que se fueron por su propio pie, fruto de la desolación y la desesperación del momento antes de la muerte auto-infligida.
Están los que, simplemente, se apagaron.
Están aquellos a los que jodiste, aquellos a los que hiciste daño y lo sabes.
Están aquellos a los que el cansancio terminó por volver locos, y comenzaron a culparte de la dureza del camino, los que te odiaban sin motivo, los que te querrían ver muerto.
Están los que te envidian.
Están también todos aquellos de los que te aburriste.
Están aquellos que se aburrieron de ti.

Tantos cadáveres que se te cansa la vista de contarlos.

El mundo es un lugar cruel, ciertamente. No existe nadie totalmente bueno, ni nadie totalmente malo. 

¿Esos hijos de puta que veis en las películas disfrutando de una forma casi obscena el sufrimiento de otros? Realmente creo que incluso esa persona tiene sus momentos de utilizar la cabeza y pensar "¿por qué hago esto?", aunque luego vuelva a las andadas. Personas no equilibradas, personas que no están en su sano y completo juicio.

¿Esos santos que veis en las novelas, capaces de cualquier cosa por salvar a un inocente y no tener que matar a un culpable? Ponle dos habitaciones con una bomba cada una, con un ser querido en una de ellas y 2000 personas en la otra, y veamos a quién escoge. Escoja a quien escoja, le miraremos mal. Nos parecerá mal. ¿Por qué? Porque nosotros tampoco tendríamos bien claro si lo que eligiríamos, sería lo correcto. Porque todos, estamos locos.

Y es que efectivamente, a veces no hay ninguna solución.
A veces no hay salida, las cosas son así y no puedes hacer nada contra ellas. Pero asumir eso sería rendirse al azar. Sería rendirse al mundo.

Y ese no es mi estilo.

Si te ponen la pistola en la mano y al cadáver frente a ti, en una habitación completamente cerrada, nunca podrías demostrar que no mataste a ese tipo, ¿verdad?

No soy un santo. No soy un villano. Nadie lo es. Ni una cosa, ni otra.

No soy lo que os gustaría que fuese, pero no soy como vosotros. Todos hacemos cosas mal, todos metemos la pata, y todos pagamos por nuestros errores.

Pero solo algunos cargamos con la culpa de lo que nunca sucedió porque, simplemente, no hay salida.

sábado, 17 de noviembre de 2012

"Perdón por el desorden".

Él y ella se querían,
más que nunca cada día,
cada segundo que pasaba.
Tanto se amaban,
que compartían su alma.
Compartían cama, sentimientos,
caricias, heridas
y un arma.

Su vida era un juego,
en el que nadie perdía,
pero siempre uno de los dos ganaba.

Se mataban,
no había caos que estuviese a su altura,
no había azar que no estuviese bajo su control,
no había nada más allá de su sangre corriendo por el suelo,
no había nada.

Cada día escondían un revólver,
en un lugar distinto de la casa.
Uno de los dos debía buscarlo,
por todas las habitaciones, por todas las salas.

Ella solía revolverlo todo, histérica, sin control.
Y cuando los cajones, la ropa y los papeles por el suelo tiraba,
siempre dejaba una nota.

"Perdón por el desorden", rezaba,
y bajo ella un beso con pintalabios,
así es como ella firmaba.

Él se lo tomaba con más calma, revolviendo y volviendo a colocar,
tragándose su mala sangre,
espiándola a través de la ventana.

Ella disfrutaba haciéndole rabiar,
él cada día más se enamoraba,
más la odiaba,
más la deseaba matar.

Cuando uno de los dos encontraba el revólver,
el uno disparaba al otro,
en señal de que había ganado.
Muchos eran ya los agujeros,
que los cuerpos desnudos de ambos reflejaban en privado.

Ella quizá fuese más dura, quizá más de hielo,
quizá tenía menos celo, quizá fuese estúpida.
Él quizá fuese tonto, quizá demasiado enamorado,
quizá sería capaz de asesinar un ángel para regresar junto a ella, alado.

De cualquier forma, el cuerpo de él no aguantó más cicatrices,
no más balazos injustificados.
El juego ya no le divertía,
de ella solo quería un abrazo.
Quería una caricia en la oscuridad nocturna,
quería sexo desenfrenado.
Quizá un mordisco en los labios,
quizá una lengua sobre la otra lengua, en un ritual desentrenado.
Quizá quería tan solo quererla sin importar las fachadas ni quién ha ganado.
Quizá simplemente, el muy imbécil, estaba enamorado.

Por lo que un día llega ella a la casa,
dispuesta a buscar el revólver,
dispuesta a causar desastre
para ver donde él lo esconde.

Y al llegar a la habitación,
encuentra un triste cadáver,
envuelto en sangre, tirado en el suelo,
empuñando en la mano un revólver.

Y en la otra, entre los dedos
arruga una nota firmada:
"Perdón por el desorden".

lunes, 12 de noviembre de 2012

Ambivalencia.

Destrúyeme.

No, no lo hagas como con esas canciones de las que te aburres mientras las creas. No me dejes como a ellas, agonizando en mitad de las líneas, sangrando tinta e intentando arrastrarme por el papel para conseguir tener un final digno.

No me arrugues, no me aplastes, no me lances contra la papelera con furia como haces con tus cuentos de medianoche, esos que no puedes terminar porque una extraña fuerza nubla tus sentidos como el humo de los coches se agolpa en las calles metropolitanas.

Destrúyeme como me merezco.

Destrózame, desángrame.

Liga mis muñecas con un alambre tierno. Clava esas espinas de cariño en mis manos para que no pueda moverlas, déjalas inmóviles, que solo rodeen tu cintura. Que mis ojos solo observen los tuyos, que mis pupilas se desgasten con el paso del tiempo, por el esfuerzo de tan solo observar las tuyas.

Sonríe como nunca lo has hecho. Ódiame.

Hazme sufrir para que comprenda la naturaleza del sentimiento.

Abre mis costillas, rebusca intensamente como si se tratase de un motor averiado. Experimenta en mi, investiga. Mira a través de mi. Busca mi corazón e introdúcelo en un bote de formol. Analízalo como se analiza a las ratas infectadas de SIDA.

Hazme pedazos, y después reconstrúyeme con pegamento barato, como a un juguete inservible.

No me des comida, haz que muera de hambre. Haz que me pudra, que me desintegre para siempre en un eterno vacío. Lánzame huesos para tenerme entretenido, buscaré su rastro con deleite.

Pon esa correa en mi cuello, paseáme por los sitios más oscuros. Atérrame, hazme perder la fe en la luz.

Apaléame como a un perro indomable, golpéame como a un animal salvaje.

Hazme bailar en el filo de las cuchillas, déjame colgado sobre el abismo.

Destrúyeme como me merezco.

Haz todo esto. No porque quieras hacerlo: hazlo porque si tú no lo haces conmigo, yo lo haré contigo. Y así nunca terminará el inevitable juego de heridas y caricias en el que consiste esto.

Que uno mate al otro para que el otro no mate al uno. Matarnos constantemente. Querernos.

Destruirme o destruirte.

Pero nunca amarnos.

Nunca nada demasiado hermoso para ser aplicado a dos seres como nosotros.
Humanos.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Poema nocturno.

Solo necesitó acostarse, esconderse bajo las mantas, dejar que la oscuridad rodease su cuerpo y su mente, sentir como el calor impregnaba su cama lentamente y cerrar los ojos con una sonrisa, para darse cuenta de lo mucho que la echaba de menos.

martes, 30 de octubre de 2012

Tormenta.

Se levantó, cogió la sudadera, la cazadora de cuero, y se calzó las botas.

Cogió una manzana de la encimera, como siempre. Mordisco a mordisco, sin prisa, caminó hacia el baño y se echó agua en la cara para espabilarse. Se observó en el espejo y se puso la capucha.

Tenía esa habitual sensación de que aquel iba a ser un gran día, pero sabía que no iba a ser así.

Salió a la calle. Apenas puso los dos pies en el rígido cemento, echó una mirada al cielo. Estaba completamente encapotado. Era uno de esos días grises a medio camino entre el otoño y el invierno, que parecen amenazar con una terrible tormenta en cualquier momento, pero que nunca termina de descargar su furia de agua y viento sobre los transeúntes. La tormenta que nunca llega, pero está ahí, acechando sobre las baldosas sucias y húmedas de la calle.

En eso se basaban sus días. En algo terrible que parecía poder llegar en cualquier momento, pero nunca llegaba. Ni siquiera sabía el qué, ni siquiera quería saberlo. Pero únicamente se trataba del miedo, el miedo a que algo horrible llegase y se llevase todo lo que tenía. El miedo a la tormenta. El miedo a una tormenta de la que no poder refugiarse.

Caminó sin prisa por las calles de aquella ciudad que parecía desolada. Ni un alma en las aceras, solo él y una débil sombra en el suelo de la calle, proyectada por las luces anaranjadas de las farolas. Cruzó la carretera. Ningún coche en ella. Apenas había coches aparcados. Apenas había vida en aquel sitio.

A cada paso que daba, observaba de reojo las paredes. Solo veía pintadas, graffitis con su nombre que le acusaban de cosas que jamás había hecho. Grabados que le culpaban de hechos que nunca habían tenido lugar. Se limitó a mirarlos de reojo y escupió en el suelo con asco.

Cruzó los parques, salpicando con sus botas  en todas direcciones. Cada vez más rápido, cada vez más intensamente.

Más pintadas, más grabados, más graffitis.

Estatuas de sí mismo, sujetando cruces de marionetas con cientos de hilos, adornaban los parques, llenos de árboles marchitos, podridos, muertos, que observaban con tristeza las pocas hojas que habían sobrevivido, empapadas y pisoteadas en el suelo bajo ellos.

Caminó más deprisa para no verlo. Solo quería huir, buscar un resquicio de tranquilidad entre tanto caos y tanta soledad maldita.

Llegó a la playa. Allí no había paredes, ni estatuas, ni pintadas. Se sentó en la oscuridad, abrazado únicamente por el frío reinante en todo el lugar. Aquel lugar estaba lleno de paz, entre tanto sin sentido y tanta mentira.

Bajó la cabeza dentro la capucha y exhaló una bocanada de aire caliente. El vaho rodeó su cara y calentó sus facciones. Y de pronto comenzó a llover. Cada vez más fuerte.

Sintió el nudo en la garganta. Esas ganas de destrozarlo todo, ese "por qué" acuchillando cada rincón de su cerebro. Por qué no podía estar solo, por qué no podía estar en paz, por qué todos los elementos se ponían en su contra cuando todo parecía estar calmado.

Salió de la playa, corriendo en busca de refugio. Pero no encontró ningún techo bajo el que cobijarse. Todas las puertas y las ventanas se cerraban a su paso, como si los fantasmas que vivían en aquellas casas no quisieran darle asilo. Esos hijos de puta que no querían otra cosa mas que verle retorcerse como un perro bajo la lluvia, con las tripas tiradas sobre el pavimento.

Corrió por las calles, sin pensar.

Corrió.

Intentaba huir de sí mismo, intentaba perderse de vista.

Y llegó a la montaña, a aquel mirador desde el que se podía observar el infierno. Un infierno de casas y farolas.

Un infierno hecho de cemento, alquitrán, agua, frío, carne, huesos, mentiras y miradas cargadas de rencor.

Lo observó a lo lejos, y se acercó a la barandilla. Un cartel con una cara sonriente le incitaba, con una flecha, a saltar del acantilado.

"Adelante", rezaba.

Volvió la vista a aquel infierno de inmuebles y luces naranjas y se preguntó por qué todo había llegado a ese punto. Por qué aquel sitio que había sido su hogar por tanto tiempo, era ahora un monstruo inmóvil, gélido y grisáceo situado al borde de un mar tormentoso, que lo torturaba. Que lo torturaba no para que se fuese, sino para que muriese en sus aceros sepultado bajo un océano de dolor.

Se subió a la barandilla, sumergido en la desesperación. Observó el mar embravecido a cientos de metros bajo él. Las rocas, afiladas, que lo señalaban con burla, dirigiendo sus erizados picos hacia arriba, invitándolo a morir despedazado.

Cerró los ojos y apretó los puños. Y se dejó caer.

El viento helado cortó su rostro durante la caída. Apretó los párpados como un niño asustado esperando el brutal golpe contra las piedras. El impacto tremendo en el que destrozaría todos sus miembros. El choque con su destino.

Y cayó en una superficie blanda, lisa, limpia, suave. Abrió los ojos y acarició la superficie.

Era su cama.

Miró a su alrededor, y vio su habitación, tal y como la había dejado el día anterior.


Se levantó, cogió la sudadera, la cazadora de cuero, y se calzó las botas.

Cogió una manzana de la encimera, como siempre. Mordisco a mordisco, sin prisa, caminó hacia el baño y se echó agua en la cara para espabilarse. Se observó en el espejo y se puso la capucha.

Tenía esa habitual sensación de que aquel iba a ser un gran día, pero sabía que no iba a ser así.

viernes, 19 de octubre de 2012

...and roll.

Los cuatro tic-tac de la madera sobre el metal.

El redoble de la baqueta sobre la membrana, la atronadora metralleta de golpes que da inicio al Edén.

La calma que precede a la tempestad.

El alcohol que ruge en los vasos, derramando su espuma sobre las cabezas de sus víctimas.

La oscuridad, y los fogonazos de luz intermitente que dan lugar al caos.

Música.

El bramido en el micrófono, el león de carne, hueso y metal comienza a rugir.

El rasgueo. El terrible rasgueo distorsionado, cargado de frustración y rabia que sale de las cuerdas de la guitarra.

El repetitivo bombardeo de las cuerdas gruesas, el ritmo del diablo, que mantiene en pie la melodía.

Los golpes, la sangre brotando de los labios rotos. La adrenalina brotando de cada poro. La tensión sexual cargada en cada nota, cada silencio, cada voz. El orgasmo que recorre las espinas dorsales de cada asistente al paraíso de cuerdas y rugidos.

Música.

Muros de la muerte. Círculos, fosas. Rebelión, guerra, lucha. 

Los gritos. Las guitarras. El interminable infierno de golpes de madera y hierro que resuenan a lo largo y ancho del espacio tiempo, la locura transformada en melodía.

Aunque quisiera, nunca podría explicarte lo que significa.

Vívelo.

sábado, 13 de octubre de 2012

Azar.

Buscas, buscas, buscas y vuelves a buscar. Buscas creyendo que vas a encontrarlo. Pero nunca lo encuentras. Si existe alguien para ti, aparecerá. Pero quizá aún no.

Y de pronto un día te das con ello de bruces. Y comprendes que el azar es lo que determina cuando encontrarás a esa persona con la que puedes ser lo que quieres ser.

Hay cosas más importantes en la vida que el amor, cierto.

Pero el amor es la que más importa.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sin sentido.

A veces las cosas, simplemente, no tienen sentido.

Las personas tenemos una visión distorsionada de lo que supone el mundo. Arreglamos nuestras necesidades básicas y nos subyugamos a nuestras necesidades secundarias y/o estúpidas. El suelo nos parece incómodo, hacemos asfalto. El asfalto nos parece molesto, diseñamos baldosas. Las baldosas nos parecen frías, diseñamos zapatos. Los zapatos acaban pareciéndonos incómodos, diseñamos plantillas. Y poco a poco, tejido a tejido, nos alejamos de ese suelo de tierra y hierba que conforma nuestro mundo real.

Nos matamos a  cuchilladas por acumular montones de papeles de colores. Papeles que dicen cuánto vales, y cuánto puedes conseguir en este absurdo mundo que hemos creado. Papeles con los que compramos agua embotellada, como si la vida tuviese un precio. Papeles con los que nos abanicamos para secar las lágrimas de cocodrilo que saltan de nuestros ojos cuando vemos documentales sobre esos pobres negritos del África tropical, cuando vemos como mueren de hambre. Y cuando ya hemos recibido nuestra dosis de tristeza semanal para desahogarnos de nuestras insulsas vidas, cambiamos de canal.

Todo es una gran estupidez. ¿Qué prefieres, cortinas azules que simulen un estilo mediterráneo, marítimo? ¿O quizá prefieras el rojo burdeos, que te recuerde al París de los burdeles y las calles bohemias? ¿Parqué o baldosa? ¿Persianas exteriores, al estilo de la vieja casa de tus padres, o cortinas de bambú que se recogen con una fina y estilosa cuerda, para reivindicar tu espíritu libre y exótico?

Pregúntale al león. Pregúntale al mono si prefiere especias para darle un sabor más gustoso a su comida, o un árbol donde resguardarse de la lluvia.

Joder, somos patéticos.

Buscamos un sentido a las cosas, buscamos un por qué. Buscamos quién somos. Nos buscamos a nosotros mismos para sentirnos mejor con nuestra ridícula existencia.

¿Por qué me dejó? ¿Quién soy? ¿Por qué no estoy a gusto conmigo misma? ¿Por qué no estoy satisfecho con mi vida? ¿Por qué nunca llegué a entenderle? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

A veces no hay "por qué". Ese pequeño resquicio de luz al final de túnel, esa pequeña luz que ilumine todo este pasillo de bombillas rotas, a veces no existe. Y eso nos vuelve locos. Nos desquicia.

El ser humano es un animal. No deja de ser un animal. Llevar traje, maletín, zapatos y 600€ en la cartera no nos hace diferentes de un jodido chimpancé.

¿Has visto alguna vez un león dando de comer a una cría que no sea la suya? Somos seres egoístas, pero la ética y la moral que nosotros mismos hemos fabricado nos protegen de sentirnos como una puta mierda si le pisamos la cabeza a otro para conseguir lo que queremos. Solo a veces, a veces, aspiramos a algo más que no sea pura y puta crueldad. Repito, solo a veces.

Y son esas veces, las que nos hacen volvernos locos de verdad. Esas veces nos desquician solo porque no sabemos el "por qué". Todo se basa en procesos químicos, ¿no? Pero por mucho que nos lo expliquen científicamente, no existe un "por qué".

Por qué sería capaz de matar por esa persona. Por qué me cortaría las manos si ella me lo pidiese. Por qué lo dejaría todo si él me dijese que escapase con él. Por qué sacrificaría todo lo que quiero en este momento, a cambio de que esa persona sea feliz.

No entendemos nada de eso, somos incapaces de comprenderlo. Y eso es lo único que nos hace especiales. Que nos lo seguimos preguntando día tras día, aun sabiendo que nunca lo llegaremos a comprender.

¿Y cual es la clave, entonces? ¿Cual es la verdad, cual es "eso" que hace que sigamos vivos? Si todo es una puta mierda, si estamos perdidos en el azar completamente, si todo va y viene como un mar en la tormenta... ¿Qué nos queda?

Seguir.

A veces las cosas, simplemente, no tienen sentido.

Pero rendirse no es una opción. Seguir adelante, buscar lo que quieres, intentar conseguirlo.

¿Te cuento un secreto?

Nunca lo conseguirás.

Pero la búsqueda, el camino, el trayecto, el intento de lo imposible, es la clave para no perderse en este puto sótano de incertidumbre al que llamamos vida.


sábado, 25 de agosto de 2012

Avanza.

- Vamos. Un poco más... ya queda poco. Aguanta, por favor... aguanta...
- No puedo... de verdad... no puedo...
- Vamos, confía en mí... joder, venga. Tú puedes, un poco más...

Las explosiones lejanas, las columnas de humo negro, la tierra quemada y gris, los disparos aislados y las costras de sangre seca decoraban una inmensa pradera muerta y petrificada que poco antes había sido un campo de batalla.

Un hombre y una mujer se arrastran entre los muertos. Entre los casquillos de bala. Entre los trozos de metralla. Entre los fusiles rotos, los cadáveres descompuestos. Entre la muerte y la miseria, se arrastran.

- No puedo más...
- Aguanta. Por favor, aguanta...

Ella está ciega. Sus ojos están intactos, pero la sangre de las heridas de su cuerpo ha cubierto su rostro, y la sangre seca y la hinchazón de sus párpados, de tanto llorar, no la dejan ver. La sangre coagulada enturbia su mirada y no la permite ver por dónde camina. Pero él está a su lado.

- Vamos, da un paso más. Tú puedes, tú puedes... venga...

Lentamente se arrastran hacia un charco. Un charco de agua sucia y llena de mierda, situado a los pies de un muro. Y tras ese muro, un enorme lago de agua cristalina, clara, limpia, perfecta.

Se arrastran juntos, con sus últimas fuerzas. Ella no ve por dónde va. Él la guía, tirando de ella, hacia ese charco de agua, con el que limpiarse la sangre de la cara y poder ver lo que hay a su alrededor. Así podrán escalar juntos el muro y bucear en el agua perfecta.

Pero el dolor es intenso.

- Vamos... un poco más... ya casi estamos...
- Estoy cansada... no puedo más...
- Confía en mí... venga... un poco más...

El charco está mucho más cerca de lo que parece. Pero ese tramo a ellos les parece eterno. Solo es cuestión de paciencia.

Paciencia.
Fuerzas.
Perseverancia.
Ganas.
Sacrificio.
Amor.

Y esas palabras se van dibujando lentamente sobre la tierra gris y muerta. Se van dibujando en el reguero de sangre que él deja tras de sí, mientras se arrastra y tira de ella.
Mientras se arrastra sin piernas.

sábado, 18 de agosto de 2012

Luz.

Entro en la habitación. Hace tiempo que no entro. He tenido que romper a golpes las tablas de madera con las que tapié la sala, y aún así, apenas he podido entrar por un pequeño hueco a la altura del suelo. Me siento como un sucio perro entrando en casa tras la tormenta.

Doy un par de pasos a ciegas. No hay absolutamente nada de luz, pero puedo notar la atmósfera del lugar en el fondo de mis fosas nasales. Aún huele a sudor, a lágrimas, a sangre, a sexo. Enciendo un mechero y dejo que la llama inunde poco a poco la sala con su color anaranjado. Y observo el suelo detenidamente. Con un pie, esparzo la ruina a mi alrededor.

Jeringuillas rotas y vacías.
Cucharillas quemadas.
Pastillas sucias y casi pulverizadas.
Pequeñas bolsas transparentes sin contenido alguno.
Colillas, decenas de colillas.
Un cuchillo con la punta ensangrentada.
Comida rápida, tirada por doquier.
Un revólver, con marcas de pintalabios en el cañón.
Una guitarra destrozada y apartada en una esquina.
Papeles, papeles por todas partes. Notas, cartas, mensajes, dibujos, poemas, canciones, declaraciones, despedidas.

Intento recordar. Ya he estado aquí antes, pero las cosas no eran así. Levanto la mirada y contemplo la habitación.

El humo ha manchado las paredes tanto, que las fotografías que yacían en ellas están casi ocultas bajo una capa de color negro. Como si hubiese habido un incendio. Un enorme y devastador incendio.

El suelo está cubierto de toda esa basura, de montículos de pintura desconchada de la pared y del techo, lleno de polvo y soledad.

Los muebles, roídos por el abandono, siguen siendo el soporte de múltiples marcos de fotos, de cristales rotos y rostros deformados y sucios.

Doy un par de pasos más, y observo la pared donde solía haber una ventana. No te confundas: no distingo la ventana. Es solo que puedo ver la cama, y recuerdo como la luz del sol entraba lentamente por ella para despertarme por las mañanas. Junto a ella.

Sí, ahí solía haber una ventana. Vuelvo sobre mis pasos y recojo el hacha con el que he abierto la puerta. Tendré que hacerlo a ciegas. Guardo el mechero, palpó la pared con la mano, y levanto el arma.

Uno.

Dos.

Tres.

¿Tres?

¿Qué pasa? El hacha está inmovilizada. Alguien la sujeta por detrás. Intento buscar el mechero, pero escucho el "click" del martillo del revólver, y el frío cañón apretándose contra mi coronilla. Noto la respiración de mi asaltante, acariciando mi nuca. Debí imaginarlo.

Me giro lentamente. No tengo nada que perder. Enciendo el mechero, lo dejo sobre la mesa, y a la luz del fuego veo su rostro. Veo sus ojos temblorosos. Y ante mí, veo el cañón de revólver, manchado de pintalabios. Recuerdo cuando fue eso. Miro también el cuchillo ensangrentado del suelo, y miro mi pecho. La cicatriz con su nombre sigue presente. Ya hace mucho tiempo. Pero no importa, en esta habitación no pasa el tiempo. Solo las oportunidades.

Abro la boca y muerdo el cañón del revólver. Puedo saborear su pintalabios. Intento concentrar mi cerebro lo suficiente para que mi mirada diga un claro "Hazlo". Pero ella no mueve ni un músculo. Es incapaz de hacerlo. Vuelvo a sujetar el hacha, la levantó con fuerza y la mantengo así, por encima de ella y de mi. Ambos dispuestos a hacer un mínimo movimiento para matar al otro.

Su pistola en mi boca, apuntando directamente al fondo de mi garganta. Mi hacha sobre su cabeza, preparada para caer sobre ella.
Pasan los minutos.
Pero ninguno se atreve a dar el primer movimiento.

Entonces las miradas se cruzan intensamente y se recuerda todo.
Y todo vuelve a su lugar.

Y alrededor de ambos, las jeringuillas giran como en un torbellino. Y las colillas, y las cucharillas, las pastillas, las bolsas, y el cuchillo, la basura. Todo gira sin tocarnos. Y lentamente comienza a desaparecer.

Otra mirada, y los músculos flaquean. Las armas caen al suelo.

La primera lágrima comienza a brillar en los dos rostros.

La segunda cae al suelo y limpia la ruina de polvo, ceniza y escoria que lo cubre.

La tercera se seca con el contacto de los rostros, ya cercanos. Desarmados. Calientes. Juntos.

La cuarta cae sobre la almohada que ella muerde al gritar de placer, manchando la blanca sábana de pintalabios. El mismo que yacía en el cañón.

La quinta limpia las paredes, y las fotografías vuelven a brillar con una luz muy tenue.

La sexta cae sobre mi pecho y borra la cicatriz con su nombre. Ahora puedo respirar.

La séptima es la señal de avanzar sin mirar atrás.

Cojo el hacha y lo clavo contra la ventana sin pensar. Un rayo de luz entra y se clava directamente en el suelo.

Lo sé, parece una estupidez. Pero ahora hay luz.
Hay luz en el recuerdo.

sábado, 4 de agosto de 2012

Francotirador.

"Maquillaje blanco, ojos muy negros, iris rojos. Pelo largo, negro y revuelto. Va maquillado como un payaso. Su ropa es extraña: tonos dorados y rojos... me recuerda a la indumentaria de George Harrison en la contraportada del Sgt. Pepper's Lonely Heart Club Band de los Beatles. Algo así.


El tipo va por la calle con dos pistolas semiautomáticas Beretta 92, una en cada mano, una sonrisa de desequilibrio mental y las carcajadas más dignas de un psicópata. La gente grita y corre despavorida. Los coches apenas pasan debido al atasco. Sirenas de policía, llantos, carcajadas.


¿Qué hacer? Comienzo a caminar hacia atrás. Vamos, este tío está como una puta cabra. No es buena idea encararse a él. Estamos todos frente a él. Mis amigos, mis amigas. Ella. No puedo permitirme el lujo de que me vean morir acribillado solo por hacerme el héroe.


Aunque pensándolo mejor, ¿qué más da? No tengo nada que perder a estas alturas. Quizá lo último bueno que pueda hacer simplemente es salvarle la vida a ellos. A ella.


Me dispongo a encarar al tipo. No tengo un plan muy brillante, pero estar desarmado contra un payaso psicópata que camina por la calle con una semiautomática en cada mano no te da mucho tiempo para pensar. Así que decido correr de frente, cubriéndome con lo que pueda, y lanzarle una patada con los dos pies al pecho. Y no, no me preguntes qué haré luego. Tengo la misma idea que tú: ninguna.


Comienzo a correr. Mis amigos quedan detrás. Escucho sus voces llamándome. Escucho la voz de ella. Da igual. Corro. El tipo empieza a reír y a disparar sin control: a veces al aire, a veces en mi dirección. Me lanzo debajo de una mesa de terraza cubriéndome la cabeza, sigo corriendo y me cubro con un banco.

Vamos.

Ya queda poco, joder.


Me quedan unos pocos metros para llegar a ese loco, y aún no estoy herido.
Vamos, vamos, vamos.


Justo cuando tengo al tío a menos de dos metros para saltar y embestirle como nunca, escucho un disparo más fuerte y lejano que los otros, y un dolor punzante en el antebrazo izquierdo.

Caigo de rodillas y miro a mi objetivo.



Su sonrisa de psicópata no se ha borrado, pero tiene un disparo en la garganta. La bala le ha penetrado por la nuca, provocando un agujero de 7,62 mm de diámetro. Los mismos 7,62 mm que han perforado mi brazo al pasar de parte a parte. Los mismos 7,62 mm metálicos que yacen en el suelo de la acera, ensangrentados e incrustados en la baldosa.


Grito de dolor y me sujeto el antebrazo. El dolor es punzante, el ardor es inaguantable. El puto payaso loco de las pistolas cae al suelo de bruces, aún con esa puta sonrisa en su cara. Y entonces comprendo el verdadero peligro.


En el balcón de enfrente puedo ver a alguien. No tengo la más mínima idea de quien es, solo puedo ver su indumentaria de negro y la cabeza rapada en forma de cresta21q, mientras apunta con un fusil de francotirador SVD, un Dragunov.


Ahora sí que la hemos jodido.


Otro disparo acierta en un vaso de la mesa de al lado, como una advertencia. El tío quiere divertirse. Comienzo a correr y a gritar a mis amigos. Que huyan, que no se queden quietos. No la encuentro, no veo a ella.


Corro a toda velocidad hacia otro lado de la calle, aguantando el dolor del brazo. Salto un muro de piedra y paso al otro lado, rodando por un césped hasta detrás de un árbol, y me quedo allí, tumbado en el suelo, quieto. Escucho un disparo y un grito de mujer. Ese cabrón ha dado a alguien, ¿podría ser ella? No. No es ella. No ha sido ella.


Me quedo en mi sitio, quieto, sin moverme. Ese cabrón está apostado en un sitio perfecto para tenernos a todos controlados.


Escucho pasos cercanos.
Voces.


La veo a ella, y veo a dos de mis amigos. Este hueco es muy reducido para escondernos más de dos sin que el francotirador nos vea. Así que la dejo pasar a ella pero freno a los otros dos.


"Eh, tío, no nos jodas, déjanos pasar" me dicen.
"No entramos todos, buscaos otro sitio" les digo.
"Serás hijo de puta, déjamos cubrirnos aquí" me dicen.
No les digo nada. Le doy un puñetazo a uno de ellos y miro al otro intensamente, para que interprete de forma sutil que quiero que se larguen. No pienso arriesgar la vida de ella por la de nadie.


Ella se cubre tumbándose sobre el césped. Está asustada, pero me evita la mirada. Me tumbo a su lado. Le digo que no pasará nada. Que todo va a ir bien. Se escucha un disparo. Alguien más ha caído. Tenemos que movernos de aquí.


La sujeto de la muñeca e intento correr, pero ella se resiste. Dice que no va a ir conmigo a ninguna parte. Le digo que no se trata de lo que quiera o no, se trata de huir de allí. Se queda callada, no dice nada. Ella nunca dice nada. Así que me arriesgo. La sujeto de la muñeca y corro tirando de ella, mientras se agarra a mi antebrazo.


Cruzamos parques, calles, aparcamientos. Nos alejamos de allí lo más rápido posible. De pronto me doy cuenta de que ella está agarrada a mi antebrazo, y no me duele. ¿Dónde está el disparo de antes?


Seguimos corriendo. Llegamos a una plaza, están todos los demás, mis amigos. Y entonces sucede.


Un disparo.
Ardor en el pecho.
Ese hijo de puta estaba cerca.


Siento como si me hubiese volado el corazón de parte a parte. Me caigo al suelo y siento los rayos de sol abrasándome la vista. Deben de ser las 15:00 de la tarde. Apenas veo nada con tanta luz.


Mis amigos se acercan en círculo. La miro a ella. No parece asustada, ni apenada. Mientras todos prestan atención a cómo me muero, ella charla con ellos de otras cosas. De su vida. De sí misma.


El francotirador está entre ellos. Ha bajado y está en el círculo, como si en todo momento hubiese sido colega nuestro.


Tiene gracia.


El francotirador soy yo".

martes, 31 de julio de 2012

Nadie.

Yo soy tu antiguo bastón.
Yo soy aquel sobre el que te apoyabas, con el que caminabas sin miedo a caerte.
Yo soy el idiota que sigue mirando de reojo, a ver si consigo que me veas, y finjo que no me importas.
Yo soy el que muere por verte.
Yo soy el gilipollas que día tras día se levanta pensando en ti y recordando tu cara sobre su almohada.
Yo soy la mañana, soy la madrugada que empapa tu cara.
Yo soy la muerte.
Yo soy el olvido que acuna tus malos momentos, la paz que sumerge tus guerrras.
Yo soy el que no para de pensar lo mucho que te odia y lo mucho que te quiere al mismo tiempo y se destruye a sí mismo día sí, y día también, porque solo quiere tenerte.
Yo soy el que no puede vivir sin ti.
Yo soy el que te divierte.
Yo soy el que cuando te desconectas, deja la ventana de la conversación abierta, como si en cualquier momento pudieras entrar en mi habitación a través de ella.
Yo soy todas tus estrellas.
Yo soy tu suerte.
Yo soy el que sabe que eres la más bella.
Yo soy el que cuando pasa bajo tu portal no puede evitar mirar de reojo, para ver si en ese momento sales a la calle.
Yo soy el que mella las espadas de tus guerras.
Yo soy el que traga las bombas antes de que estallen.
Yo soy el que guarda tus cosas con mimo, porque deshacerme de ellas significaría que así puedo olvidarte, y no quiero hacerlo.
Yo soy el café que se te ha quedado frío.
Yo soy el ron que no puedes permitirte por la noche.
Yo soy el absenta que tanto temes.
Yo soy el arte.
Yo soy el arma cargada de caricias y esmaltes.
Yo soy la bala que penetra en tu interior.
Yo soy todo lo que tú cantes.
Yo soy el que no quiere que el mundo le vea llorando o sufriendo porque tú ya no le quieres.
Yo soy el que vive por y para que tú tengas aire.
Yo soy el que sujeta tu mundo en la sombra, sin que tú sepas nada.
Yo soy el que regalaría sus brazos para que tú tuvieses algo para comer.
Yo soy la majada de tu cama.
Yo soy el que se moriría para alimentarte.
Yo soy el que mataría para liberarte.
Yo soy el que te busca entre los ojos de otra gente, cuando el humo y el alcohol invaden el ambiente.
Yo soy el presente.
Yo fui el pasado.
Yo soy el único que quiere un futuro coherente.
Yo soy el que te necesita.
Yo soy el que te quiere.

¿Y quién son ellos?
Nadie.
Pero es nadie a quien prefieres.

domingo, 8 de julio de 2012

Por favor.

Destrózame.
Acaba conmigo.

Hazme real.

miércoles, 4 de julio de 2012

Control.

Se revolvió lentamente en la silla, intentando adoptar una postura más cómoda. Sintió el ardor de los clavos del respaldo, en su espalda desnuda y destrozada. Tosió un par de veces: el dolor del pecho era insoportable. Vomitó la sangre que se le amontonaba en la garganta. El líquido carmesí se derramó por su barbilla y su pecho.

La mano, enfundada en cuero, le levantó el rostro.

- Ríndete, y haré que todos se vayan.

El chico asintió con la cabeza, aguantando las lágrimas. El hombre del guante de cuero soltó los grilletes, ayudó gentilmente al muchacho a levantarse, y después de un fuerte rodillazo en el estómago, lo lanzó contra la pared, donde cayó inconsciente, semimuerto, con un brazo colgando de una forma grotesca y la cara destrozada a golpes.

El hombre se sentó en el trono, se colocó a si mismo los grilletes, y sonrió.

Chain tenía el control.

viernes, 22 de junio de 2012

Jack Shady.

Te contaré esta historia.

La historia de un crío bobalicón e inocente, demasiado curioso, con una autoestima tan baja como los párpados de los muertos. Un niño imaginativo, sonriente y "feliz". Un chaval que quería, deseaba, anhelaba tener amigos, un grupo de amigos en el que integrarse y hacerse invisible, ser invencible. Lo cual le hacía confiar a ciegas en toda persona que se cruzase en su camino.

Entonces llegaron las decepciones, los golpes, las mentiras, las traiciones, la sucia verdad.

El crío bobalicón e inocente se volvió un chico serio. A veces sarcástico, a veces frío. Marginado y solitario, no confiaba demasiado en las personas, no de buenas a primeras. Por las noches, se fabricó una coraza. Un esqueleto externo, una forma de resistir los golpes de la gente. Los juegos de lógica y la música se convirtieron en sus extremidades. Ellas no pedían explicaciones, ellas no pedían ayuda, ellas no pedían pruebas de confianza ni de amistad. Ellas no hacían daño.

Entonces llegó la confianza, el amor, la pasión, la sonrisa, el querer, la cama deshecha, las manos entrelazadas.

El chico serio comprendió la naturaleza de los sentimientos. Encontró a la persona con la que quería compartir el resto de su vida. Y sonrió al horizonte.

Entonces llegaron las dudas, los miedos, las inseguridades. Pero supo afrontarlas. Luchó, y venció.

El chico serio cada vez era más fuerte, más lleno de vida, más feliz. Trepó con su compañera a lo alto de la gran colina, se hizo grande, alto y brillante como el Sol, conquistó el mundo. Y una vez arriba, se dejó llevar.

Cuando se dio cuenta, rodaba colina abajo mientras su compañera se reía a carcajadas desde la cresta, como una Luna partida en dos por un rayo de tormenta. El chico rodó, perdió su coraza. Se destrozó. Aulló hacia el infierno.

Allí, entre las sombras, la ceniza y las llamas, surgió un monstruo. La vieja coraza destruida, ardía en el fuego negro. Las viejas piezas se multiplicaron, se amontonaron, se reforzaron y adquirieron viva propia. La nueva maquinaria alrededor del chico cobró vida y trepó entre las llamas. La máquina misántropa,  autodestructiva, misógina, calculadora, fría, y vengativa, resurgió de entre las cenizas del infierno.

Así nació la bestia. Y la historia comienza aquí.

Como todos los antihéroes, su pasado es triste, su futuro es trágico.

Así que no lo dudes. Cuando el tiempo pase, cuando la sangre ya haya corrido lo suficiente y la carne se haya secado, cuando estés lista, cuando estés preparada...

...te contaré esta historia.

domingo, 17 de junio de 2012

Pesadilla.

"Estoy en una sala extraña. Completamente blanca, con mesas y ordenadores dispuestos en círculo alrededor de otra mesa con otro ordenador, que hace de núcleo de la estructura. Estoy sentado junto a Nana. La pantalla del ordenador muestra dos ventanas: una sesión de Powerpoint a medias y una búsqueda de google que dice "Hascaraft". He visto esa palabra antes. Ya he soñado con eso antes. Pero no logro entender qué es.


Nana busca a toda velocidad en el ordenador y no para de trabajar. El "profesor" o " jefe" o quien sea que está en el centro de la sala, de pie, dando explicaciones, empieza a hacer ciertas preguntas que yo no alcanzo a comprender. No le oigo, por mucho que se esfuerce no oigo nada. Solo oigo a Nana hablar de lo ilusionada que está de tenerme en clase. Pero nada más.


Me levanto y me voy de la sala, se supone que ya es la hora. Y sin embargo todos se quedan callados y quietos como tumbas cuando me levanto, y me siguen con una mirada inquisitoria cuando salgo por la puerta. Nana también me mira así.


Sigo por el pasillo hasta llegar a la puerta de salida. Es curioso, este pasillo es el de mi viejo instituto.


Abro la puerta y aparezco en un bosque. ¿Qué demonios hace un  bosque aquí? Da igual, no tengo tiempo para esto. Llego tarde, no voy a llegar al bus de vuelta a casa. Lo consigo por los pelos y me siento al fondo. No quiero hablar ni ver a nadie. Es posible, a pesar de que el bus está lleno de gente. Chavales, adolescentes, adultos. Todos están hablando entre ellos o jugando a consolas, escuchando música, etc. 
De pronto se va la luz del autobús durante unos segundos, y vuelve. 
Curioso. 
Todos los pasajeros ahora son ancianos. 
Pero se han quedado completamente estáticos en sus sitios, no hacen nada. Empiezo a ponerme nervioso con todo esto. De pronto vuelve a irse la luz. Y deseo con fuerza que nunca vuelva. 
Pero vuelve.


Los pasajeros, ancianos, se erigen sombríos hacia mí. Sus ojos solo son cuencas vacías, sus extremidades largas y delgadas, extendidas hacia mí. Sus mandíbulas inferiores bajan mucho más de lo normal mientras revelan una lengua negra y pútrida. Y lentamente se van acercando a mi por encima de los asientos. Trato de mantener la calma, y en cuanto el autobús se detiene me bajo.


Estoy en mi casa. Un momento, ¿estoy en mi casa? Esto es la casa de mis abuelos. Reconozco el portal.

Subo las escaleras y una mano me agarra y me mete de lleno en un baño. Es Targ. Apenas hablamos nada, ella no dice absolutamente nada porque sus dos ojos verdes me lo están diciendo todo lentamente para que lo saboree. 

Se acerca y me besa sin dejar de mirarme a los ojos. 
La agarro con fuerza por detrás y me dejo llevar. 
Me dejo llevar por ella.
Noto su mano entrando en mi pantalón, noto su lengua dibujando con saliva sobre mi cuello.
Noto su pelo, su olor.
Se arrodilla. Pero de pronto, desaparece.


A los pocos segundos estoy en el salón de la casa de mis abuelos, con mi tío Jean. 
Me pregunta qué tal va todo, qué tal me va en la Universidad. 
Le digo que bien.
Me dice que Nil, Hec y los demás ya han empezado. ¿De qué coño me está hablando?
Me dice que vaya por el desván. 
"¿Desde cuando hay un desván en esta casa?", le digo.
Se ríe. Pero no me contesta.


Va al pasillo y tira de una madera que hay en el techo. Una viga sale hacia el suelo y sirve de pequeña rampa para acceder al desván. No me lo pienso dos veces y entro.


El desván es un largo pasillo oscuro, sin luz, con puertas abiertas a los lados. ¿Se supone que esto está sobre el pasillo de la casa de mis abuelos?


Camino a oscuras. Mi tío Jean cierra la tapa detrás de mí y me dice que me dé prisa, que la clase ya ha empezado. No sé de qué coño habla, solo sé que tengo que llegar a tiempo. Que si no, Ella me cogerá. 


Camino a oscuras.
Echo un vistazo a la puerta de la derecha. Solo es una sala vacía, completamente vacía.


Echo un vistazo a la puerta de la izquierda. Parece la trastienda de una carnicería, con todos esos trozos de carne colgados y la sangre por las paredes.


Echo un vistazo a la siguiente puerta. Hay una persona de pie. Me fijo bien y hay otra arrodillada. ¿Qué hacen dos personas haciéndose una felación en mi desván? Mejor no preguntar.


Echo un vistazo a la siguiente puerta. Un perro colgado de un gancho.


Echo un vistazo a la siguiente puerta. Shea. ¿Qué hace Shea aquí?


Me dice que nos tenemos que dar prisa. Que vaya delante, que ella no sabe dónde es el sitio. Vuelvo a ir delante. Tengo prisa. Si no llego a tiempo, Ella me cogerá. De nuevo.


Echo un vistazo a la siguiente puerta. Un chico, de pie, que me señala. Es Remtor. Tiene los ojos en blanco, el dedo huesudo y alargado. Pero es Remtor. Y me señala.


Echo un vistazo a la siguiente puerta. Una cortina de ducha cae desde el techo, y puedo advertir una sombra en su interior, al trasluz. Me acerco para comprobar quién es. Pero Shea no me lo permite. Me grita, me dice que nos vayamos, que no se me ocurra quitar la cortina. Me alejo. Nunca sabré quién yacía bajo la cortina.


Llegamos a una habitación con una sola estantería llena de libros. Shea la aparta lentamente y descubre una trampilla en la pared por la que entrar a una habitación iluminada. Entramos.


Se trata de la misma sala blanca en la que me encontraba con Nana. Nil, Hec y Luke están atentos a la lección que está dando el tipo en el centro. La clase ha comenzado. He llegado a tiempo. Ella ya no podrá cogerme.


Sigo a Shea, en dirección a una mesa junto a la pared, para sentarnos. Por fin. Respiro hondo. Estoy relajado. He llegado a tiempo.


O no.


Siento frío. Mucho frío en la sala. Escucho un ruido por la derecha. No, no puede ser.
No puede ser.
He llegado a tiempo.
Ella no tiene que estar aquí.


Arrastrándose por el suelo, con un vestido blanco ensangrentado, aparece Ella por debajo de una estantería. Se arrastra de forma grotesca. Los brazos doblado, empujándose con la palma de las manos sobre el suelo, y las piernas muertas, como un lastre. Se arrastra hacia mí con la melena clara barriendo el suelo. Ella sigue arrastrándose, con el rostro vuelto hacia el suelo.


Me levanto y grito. Solo Nil me escucha, me pregunta qué pasa. Le digo que está ahí, que Ella está ahí. Y me horrorizo. Él no puede verla. No hay nadie ahí, excepto para mí.


Ella, la Dama Ensangrentada, sigue arrastrándose. Pasa entre las piernas de Nil, sigue arrastrándose hacia mi. Me acorrala contra una pared.


La gente no entiende nada, ellos no pueden verla. Pero yo si.

Ella se levanta, como levitando, y me muestra el rostro.



La sangre brota de sus ojos y perfila su cara, difuminando el rímel negro. Su pálida piel ensangrentada brilla con la luz. Me mira fijamente, con esa expresión melancólica que tanto le caracteriza ahora.


Y comienza a caminar hacia mí. Lentamente.


No tengo escapatoria.


Ella me ha atrapado de nuevo".

martes, 5 de junio de 2012

A lo mejor.

No me juzgues.

A lo mejor no soy quien quieres que sea. 
A lo mejor no soy quien debería ser. 
A lo mejor no soy nadie ni nada para ti.

Lo único que cuando sales del pozo, el cielo se vuelve más azul que nunca. Y yo nunca he sabido asumir la belleza del mundo. Llevo demasiado tiempo aislado. Llevo demasiado tiempo asfixiándome. Atragantándome con mis propias palabras. He llegado a notar como trepan por las paredes de mi garganta. Cómo las más fuertes, armadas con odio y asco, envían al estómago el silencio y matan a las más débiles. 
A las más blandas. 
A las más profundas. 
A las más sinceras.

He salido del pozo. He vuelto a observar el cielo. Y es azul. 

¿Sabes cuál ha sido mi primera decisión? 
Apuñalarlo.
Sentir como el cielo se desangra sobre mí.
Beber de esa sangre que cae desde la cicatriz de la bóveda.
Si yo sufro, que sufra el mundo.
Apuñalé el cielo hasta matarlo, y sumergí mi universo en la noche.
Ninguna otra luz. Ninguna otra esperanza.

¿Sabes cuál ha sido mi segunda decisión?
Contaminar los mares.
Pudrir los océanos, transformarlos en gasolina.
Extinguir el agua.
Si yo sufro, que sufra el mundo.
Drené los mares hasta que el mundo muriese de sed, e hice hervir los océanos.
Ninguna otra gota. Ninguna otra esperanza.

¿Y sabes cuál ha sido mi última decisión?
Pedirte ayuda.
Ayuda para reconstruir todo esto.
Devolver luz a mi interior.
Humedecer mis huesos.
Si el mundo sufre, yo sonrío.

Puede que siga notando como esas palabras se atrapan en mi interior y luchan por salir. Puede que odie la sensación que me provoca observar en tus ojos el color de los míos. Puede que no soporte volver al principio. Puede que no soporte tu universo, aplastando el mío.

Pero sigo observando, a través de la herida de mi cielo, una oportunidad para perder el miedo.
Y no sé si algún día lo conseguiré.

No me juzgues.

A lo mejor no soy quien quieres que sea. 
A lo mejor no soy quien debería ser. 
A lo mejor no soy nadie ni nada para ti.

jueves, 24 de mayo de 2012

Cerrad la boca.


La gente nace, vive y muere.

Y mientras tanto, vosotros creéis que Occidente es el centro del mundo.
Decís que todo va mal solo porque os bajan un sueldo que parte del mundo no tiene.
Os quejáis del precio de una comida que mucha gente desconoce.
Repartís panfletos carentes de vida.
Lleváis banderas de partidos que no significan nada.
Defendéis la igualdad en asambleas privadas.
Acampáis en plena calle y os mantenéis ahí, hasta que ellos digan lo contrario.
Celebráis fiestas acerca de revoluciones que no llegaron a nada.
Os quejáis de su juego, pero no salís nunca de él.
Coméis de su mano pero negáis haberlo hecho.
Decís ir en contra del viento, pero le seguís la corriente al río.
Llamáis a la tolerancia, pero no comprendéis un pensamiento opuesto al vuestro.
Nombráis radicales a los que necesitan actuar de verdad.
Os disfrazáis de lobos siendo dóciles corderos.
Bailáis al son del poder, pero lo hacéis de forma diferente al resto y eso os hace sentir mejor que ellos.
Promovéis la fe pero desconfiáis del religioso.
Os preocupáis de los vuestros pero os reís del comunista.
Mantenéis vuestra cartera llena pero criticáis al capitalista.
Vivís anclados a un pasado que no habéis sufrido.
Pensáis en un nuevo futuro, sin cambiar el presente.
Creéis cambiar el mundo, cuando no sabríais ni mover los muebles de vuestra casa.

Cuando haya razones para actuar, actuaremos.
Pero mientras tanto, cerrad la boca.
Hay quien intenta dormir entre tanto ruido.

martes, 22 de mayo de 2012

Pedazos.


Vengo de dar a los lobos
los pedazos de mi ser,
que colgados de mi ventana
lloraban ayer,
quitándome el sueño.

Y yo ya no quiero volver
a retorcerme las entrañas,
en busca de un por qué,
para el vacío que está
convirtiéndose en mi dueño.

jueves, 17 de mayo de 2012

Dudas.

Una vez más aquí. Como tantas otras veces, sin saber que escribir. Vuelve a ser uno de esos días de horas perdidas en los que el sol entra por la ventana, tímido y sin saber si entrar o no. Mirándome de reojo, sin saber cómo voy a reaccionar. Y es uno de esos días en los que lo miro de reojo, y le sonrío de medio lado, esbozando un "Pasa, anda, pasa".

El mundo se me hace pequeño. Los acordes de blues deprimido, las notas altas que resbalan por mi vello de punta como lenguas de perro y las noches mal dormidas se agolpan todas contra la ventana, intentando ver el exterior. Pero yo sigo sentado a la mesa, con el mantel puesto. Esperando a que llegue algo que ya ni siquiera sé lo que es. Les digo: "Tranquilos, esperad. Vamos a pensar un poco y luego ya veremos lo que hacemos". Pero no les importa, son como críos. Cuando quieren algo, lo quieren ya. Quieren salir.

"Solo podemos resucitar después del desastre". Pienso grabarme a fuego en la piel esa frase. No me sirven de nada las madrugadas despierto, no tienen ningún valor las horas perdidas buscando su reflejo. Los días sentado frente a la puerta, como un perro esperando a su amo. Las noches sentado junto a la ventana, como un pájaro esperando ser liberado. ¿Qué sentido tiene esta jaula? ¿Qué sentido tiene saber que no estoy muerto? ¿Qué sentido tiene sentir y ser humano, si ni siquiera lo comprendo?

Sentir que no estamos muertos. ¿Querrá? ¿Qué pensará? ¿Qué sentirá? Qué más da...

Si al final todo se marcha. Todo se rompe. Todo se ensucia.

Pero...¿y si...?

No. No tiene sentido. Simplemente me levanto y voy al baño, me echo agua en la cara, sujeto en lavabo con las manos y me inclino para respirar. Me he convertido en un monstruo, porque quien hace de sí mismo una bestia se libera del dolor de ser un hombre. Y sin embargo, siento...

Entonces es cuando levanto la cabeza hacia el espejo del baño, y mi reflejo me contesta a esa pregunta que tanto miedo me da hacer, a esa pregunta que aunque no sea pronunciada sigue colgando en el aire desde el marzo del caos, con la única respuesta posible en un mundo de dolor y cansancio.

"Deslízate".

miércoles, 16 de mayo de 2012

Droga.

Otro trago. Me pregunto cuántos tragos hacen falta para convertirse en un adicto. Y mientras me lo pregunto, doy otro trago.

A veces me da por pensar cuán satisfactorio sería ser un alcohólico. O un drogadicto. Adicto, de cualquier tipo. Tu vida pasa de la misma forma que la letra pequeña de un anuncio de teletienda. Rápida, fugaz, en la parte de abajo de la pantalla. Sin problemas, sin decisiones, sin motivos, sin dudas. Veloz, alienado. No existir. Sonreír de forma vacía y seguir caminando. Sabes lo que te espera al final, sabes cual será la causa de tu muerte, de una forma u otra. Esa clase de tipos escogen el final para su película, ni siquiera se sientan a ver los créditos. Nadie les preguntó si querían nacer, o dónde y cuándo. Así que escogen cómo morir. Y lo hacen bien, no creas.

Doy otro trago. Me pregunto cuántos hacen falta para convertirse en un jodido adicto.

Porque mientras tú estás ahí, leyendo esto, yo veo como los minutos pasan lentos. A veces tengo la puta tentación de ponerme a analizar todos y cada uno de los rincones de mi apartamento, buscando restos de la presencia de esa persona que me pisó la cara hasta enviarme al fondo. Olisquear cada centímetro cuadrado del piso como un sabueso, sin dejar ni una sola baldosa sin rastrear. Revolver los cajones, las estanterías, mi maleta. Palpar mi cama, las sábanas. Buscar el olor de su pelo en mi almohada, para ver si decidió quedarse y hacerme compañía durante este mes. Inspirar profundamente en mi armario, para comprobar si queda alguna partícula solitaria de su esencia, impregnando mi ropa. Pero no lo hago. En lugar de eso, le doy otro trago al vaso, como si ahí fuese a encontrar su esencia. Y me lo vuelvo a preguntar. ¿Cuántos putos tragos hacen falta para convertirse en un jodido adicto?

Conseguir esa sensación de fugacidad, de que todo pasa tan rápido que no te das cuenta, ver como tu vida avanza como una vagoneta en una montaña rusa. Sé lo que mis amigos dirían: "Joder, tienes que dejarlo ya", dirían. "Mira cómo estás, déjalo ya", dirían. "¿No ves que esto te hace daño?¿Sabes cual sería mi respuesta? Exacto. Un guiño, una sonrisa. Y otro trago.

Otro trago. Que la vida pase rápido, sin mucho sentido. Que todo pase como un fotograma viejo, a toda velocidad y difuminado. Que me subtitulen la vida para no tener que escuchar gilipolleces. Doy otro trago.

Y poco a poco, noto como voy consiguiéndolo. Enganchado a esta mierda de droga, tan enganchado que se me olvida mi propio nombre. He conseguido esa sonrisa vacía, el final de mi película, su esencia en cada trago, el sentimiento de fugacidad, el fotograma, los subtítulos. Noto como lo voy consiguiendo.

Han hecho falta muchos tragos para ser adicto, la verdad. Pero la botella nunca se vacía. La droga sigue ahí. Ella nunca desaparece.

No.
Ella nunca desaparece.

martes, 15 de mayo de 2012

Conversaciones de madrugada.

- Sé que todo lo que te estoy diciendo te la suda, porque vas de duro. Pero sabes que en el fondo tienes corazón, ahí dentro hay un corazón. Que por fuera será duro. Pero por dentro no lo es.


- Aquí dentro ya no hay nada. Mi corazón lo tiene ella en un cajón, en Valladolid. Y si vuelve a crecer algo aquí dentro, me lo arrancaré a ostias.


- Crecerá, y sabes que no vas a hacer eso.


- Claro que no. Primero lo pegaré fuego.


- No seas imbécil. ¿Qué quieres? ¿Estar solo toda tu vida? ¿Morir solo? ¿No te gustaría tener una familia, hijos?


- Todo lo que quería era no llegar a viejo, no ser una carga. Morir cuando mi vida hubiese sido plenamente satisfactoria, y ser alguien. Dejar una huella en el recuerdo. Después llegó ella. Y me hizo pensar en toda esa mierda que acabas de nombrar. Ella se ha ido. Así que ahora puedo permitirme no tener sueños. No los necesito, y a ella tampoco.


- No sabes lo triste que me estoy poniendo al leer esto.


- Pues acostúmbrate: así es la vida. Cuando nacemos, a todos nos deberían dar un papelito a la puerta del útero en el que ponga "Si de verdad crees que esto va a acabar bien, vuelve ahí dentro".


- Para disfrutar de las cosas buenas a veces hay que vivir las malas...y deberíamos disfrutar más de las buenas, por haber superado las malas que nos ha tocado vivir. Ahora está bien que pases de todo eso, pero sabes que no es así...sabes que volverás a enamorarte, que volverás a sentir esa ilusión, volverás a sentir todo ese hormigueo, esas ganas de ver a esa persona. Las cosas que sentimos todos, las cosas que sienten los humanos.


- Yo no siento esas cosas.


- No eres como dices o quieres hacer creer que eres. Una persona que es como supuestamente tú quieres hacer a todos creer que eres, no habría hecho todas las cosas que tú has hecho por la persona a la que quieres...


- Todos cometemos errores. Incluso los malos.

lunes, 14 de mayo de 2012

Aviso de muerte.

Corre.

No mires atrás. ¿Qué coño haces leyendo esto? Vamos... no me digas que aún no te has dado cuenta. ¿Puedes escucharlos? ¿No puedes sentirlos, detrás de ti? HUYE. No pierdas tu miserable tiempo leyendo esta mierda. Vas a morir.

Seguramente estarás pensando: "¿Qué cojones me está contando este tío?" . Y eso es porque ellos quieren que lo hagas, quieren que pierdas el tiempo, quieren retrasarte. Te dieron demasiada ventaja, ahora es hora de atraparte. Y a ti no se te ocurre otra genial idea que entrar aquí a leer este texto. Fantástico. 5 puntos a tu inteligencia.

Ellos van a por ti, y no tendrán piedad contigo. Y cuando lleguen, da igual que les digas: "Oh, disculpadme. Me detuve a leer este texto y no tuve tiempo de huir. ¿Lo dejamos para otro día?". Así que, por favor, deja de leer esto. Limítate a correr. Apaga tu ordenador, coge todo el dinero que tengas en casa, ponte ropa cómoda, sal. Vive, disfruta, respira. Pero no vuelvas aquí, no dejes que ellos te atrapen. Están detrás de tí, amigo. Echan su aliento en tu puta nuca, y tu no tienes una idea mejor que pararte a leer...

Me cuesta creer que después de tanto tiempo no lo hayas sentido. Que no lo hayas notado, que te hayas dado cuenta de que eres una simple presa. Huele a tu alrededor, palpa el ambiente. ¿No los notas? ¿No los sientes, avanzando hacia ti como una enorme manada de lobos sarnosos que arañan y llenan de babas tus ventanas, como una marabunta de hormigas asesinas que se deslizan por las cerraduras de tu casa, como un ejército de mil leprosos que avanzan hacia ti con sus brazos extendidos y su carne infecta y destrozada.

Solo te lo diré una vez más.

Corre.

Deja de leer esta mierda. Huye. Sal de ahí.

Corren detrás de ti. Te dieron toda una vida de ventaja. Te es más fácil pararte a pensar si le gustarás al tío de la esquina, si la tía del fondo del bar se ha fijado en tu nuevo peinado. Te resulta más satisfactorio llevar ropa de marca, preocuparte por transpirar la camisa en el trabajo. Te parece que tu única meta futura es realizarte y llegar a ser algo en la vida, esa jodida y patética necesidad de ser algo útil. Y sin embargo ahora puedes abrir los ojos y darte cuenta de que los granos de arena de ese reloj, los segundos que siempre creíste tan diminutos e insignificantes, la muerte, tan lejana y arcaica, vienen a por ti. ¿Y qué has conseguido? ¿Qué has conseguido en tu vida? Estás a tiempo de querer, estás a tiempo de respirar, estás a tiempo de sentir, estás a tiempo de disfrutar. Cierra esta pantalla, basura inmunda.

Son los segundos.
Los años.
La muerte.

No te dejarán escapar. El tiempo se te acaba. Pensaste que siempre vivirías, que serías inmortal. Gilipollas.
Corren detrás de ti. Pero tú estás demasiado ocupado leyendo esto, como para darte cuenta.

Corre. Se te acaba el tiempo.
¿No lo notas?

martes, 8 de mayo de 2012

Un día perfecto (3º parte)

Pero... ¿por qué iba a conformarme con 3 personas? Nada de eso. La destrucción sabe demasiado bien como para lamerla a medias. Así que saqué la Makarov PM.

Cuando el grupo de colegiales que escuchaba atentamente a su profesor escuchó los disparos y comenzaron a correr en todas direcciones, mi mente se transformó en el visor de un videojuego violento. Podía imaginar en mi cabeza un objetivo y un cartel de "Acaba con ellos", podía ver sus barras de vida y mi contador de puntos ascendiendo sobre mi cabeza cada vez que acertaba un disparo en sus nucas.

Terminé el tambor del primer revólver con tres críos, y la primera bala del segundo arma voló sobre la carnicería que yacía en el suelo y se estrelló en el cuello del profesor, que cayó de rodillas, farfullando y sujetándose la tráquea con las manos. Que bello es el mundo, me dije.

Un tipo corrió hacia mí, intentando enfrentándose a la masacre y arrebatarme las armas. Dejé caer la pistola vacía, y propiné un puñetazo en marcha en la cara del asaltante. El golpe sonó como un chasquido: le había roto la nariz. El hombre se sujetó la cara e intentó golpear a ciegas, así que le sujeté por el cuello y de una patada le obligué a caer de rodillas. Introduje el cañón en su boca y los que intentaban acercarse a mí, se detuvieron al instante. Qué bello, qué hermoso es el mundo, me dije, observando a mi alrededor.

Comprobé aquella situación. Hacía unos minutos, aquellas personas caminaban separadas. Aisladas. Por su cuenta, preocupándose de sus problemas. Drogados y colocados de rutina. Ha bastado con que un hombre, un solo hombre, deforme esa rutina y ponga sus vidas en peligro, para que valoren su existencia y la del vecino. En esos momentos, corrían hacia mí, tanteando la posibilidad de que le volase la cabeza a aquel desgraciado que había inaugurado el contraataque.

Me había convertido en un particular Jesucristo. Evidentemente, no sabría qué hacer con sus almas. En primer lugar porque, hasta la 3º bala, no tenían. Eran máquinas perfectas de monotonía que no se preocupaban por sus semejantes. Sus trajes, sus corbatas, sus cámaras, sus helados, sus gafas de sol, sus bragas, sus paquetes de tabaco y de condones, sus chicles y sus calcetines, conformaban únicamente su existencia. Un poco después veían a un hijo de puta loco que disparaba contra la gente de la calle sin compasión, y habían unido fuerzas para acabar con él. Había desarrollado sentimientos a través de la sangre, del dolor, de la muerte. Habían comenzado a vivir. Su alma había crecido en su odio.

¿Y qué tenemos ahora? Un montón de gente gritando, armada con palos, piedras, cuchillos, cañerías, llaves inglesas, tubos de escape arrancados, petardos, bidones de gasolina, sierras de pizza, agujas de punto y todo tipo de herramientas, esperándome en la plaza de la ciudad. He logrado trepar al balcón de un piso cercano y vacío, por el poste de la luz, y después lo he derribado disparando a la base con toda la munición que me quedaba. Ahora me encuentro sentado en el suelo, dando un trago a una botella de vodka que he encontrado en el armario de la habitación y terminándome un cigarrillo. Me levanto lentamente y echo una mirada a través de la persiana. Míralos. Colaborando. Subiéndose a hombros del vecino, fabricando una escalera, compartiendo armas, preparándose para acabar conmigo. Mi muerte es inminente, pero no puedo evitar sonreír, escuchando de nuevo esos acordes flamencos en mi mp3. Veo como las tablas con las que he tapiado la ventana, se rompen a golpes, embestidas intermitentes. Doy una última calada y tiro la colilla al suelo, meto las manos en los bolsillos y sonrío. Solo sonrío, mientras observo a la manada de hombres y mujeres enloquecidos que ahoran lanzan destellos de humanidad por sus ojos, con sus armas en alto, corriendo hacia mí con sed de sangre.

Hoy he conseguido que el ser humano vuelva a ser humano, es un día perfecto.
Qué bello es el mundo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Un día perfecto (2º parte)

Muy bien, vale, de acuerdo. Pongamos que no saco el revólver. ¿Qué cojones quieres que haga?

¿Me quedo mirando a la gente, con esa cara de estúpido que ponéis todos cuando sois felices, que parece sacada del jeto de un puto virgen de 28 años que trabaja de monaguillo y retira a los vagabundos de la puerta de la iglesia con una amable mano en el hombro, la cual después se lava al entrar en la sacristía? ¿Queréis que sea esa clase de hipócrita?

Vamos. Seamos realistas. Todos queréis hacerlo, todos hemos querido alguna vez hacerlo. Así que volvamos al trato original. Yo escribo, y tú te jodes leyendo lo que sabes, pero no quieres leer. ¿Capisci?

Extraje el revólver e introduje las balas una a una. 6. El tambor estaba completo. Los acordes de guitarra clásica seguían retumbando en mis oídos. Pero la canción pasó a otra, electrónica, densa, oscura. El ritmo era marcado por aplastantes golpes, como si una puerta metálica de dos toneladas rebotase repetidas veces contra el suelo. Las notas agudas se entrelazaban y creaban formas chirriantes, como si de gritos se tratase. La canción avanzaba a un ritmo lento y pesado, como un enorme robot negro y metálico que se abre paso a golpes por la ciudad, destruyendo los edificios poco a poco, saboreando el momento.

Decidí hacer lo mismo. Saborear la destrucción. Sin quitarme los cascos o las gafas de sol, levanté el revólver de lado y disparé la primera bala contra la espalda de un transeúnte. Me reí al comprobar que había disparado al mismo ritmo que la canción. La camisa ensangrentada del hombre comenzó a empaparse, y el individuo cayó contra el suelo de bruces, ante los gritos de sus acompañantes.

La gente comenzó a correr o a alejarse de mí en la plaza. ¿Por qué? Pensé. En realidad todos habéis soñado con esto. Pero entendí la naturaleza egoísta del hombre: nadie más que uno mismo puede cumplir sus sueños.

Disparé en la frente a una monja que iba en cabeza de una compañía. La mujer cayó hacia atrás con un gran punto rojo entre ceja y ceja, y la cara surcada con rayos de sangre. Todas gritaron e intentaron levantarla.

Llevaba dos balas. Disparé la tercera contra un policía que corría hacia mí con la pistola en alto. Y decidí extraer otra de las pistolas. ¿Adivinas cuál? Claro que sí... una Makarov PM.

Yo no me había movido ni por un momento de mi sitio, simplemente me limitaba a girarme y a disparar cuando veía algo interesante. No corría el viento, pero a cada vez que giraba bruscamente la americana ondeaba tras de mi, como si se tratase de la cola del diablo. Si algo estaba pensando en ese momento, es que por el bien de esa gente, ojalá yo fuese el diablo.

Por mucho que les matase, no sabría que cojones hacer con su alma.