domingo, 23 de marzo de 2014

El Valle.

Lo observé durante mucho tiempo. Me acerqué lentamente, con temor y con la esperanza de que estuviese muerto. La luna se escondió entre las nubes, lentamente, como si acabase de presenciar un asesinato. El valle se sumó en tinieblas. Una brisa mortecina levantó las hojas marchitas del suelo, que formaron un remolino ascendente, para volver a apagarse contra la tierra gris y yerma: no había vida en aquel lugar. Todo, gris o negro, se mecía despacio, como un cuadro al que no terminaron de darle vida, y lucha por moverse.



La gota de sangre resbaló por el filo frontal de su casco. Descendió como los suicidas descienden por la montaña, directa, sin freno. Se deslizó por el metal sucio y desnudo, y se estrelló contra la tierra, empapando de rojo cada grano. Se escuchó una respiración a través de la pieza de armadura: un denso vaho de color negro salió de ella, como si el mismísimo diablo respirase ahí dentro. El hombre, arrodillado ante la nada, se sujetaba, apoyando la cabeza y las manos, a la empuñadura de una gran espada incrustada en el suelo del valle. La hoja del arma mostraba innumerables grietas. Filo mellado, metal teñido de sangre negra y seca, empuñadura sucia. Si aquel mandoble había sido noble en el pasado, ahora no era más que un instrumento de muerte asesinado. Alrededor del hombre, yacían decenas de cadáveres. Aquel lugar parecía un campo de batalla. El desalmado había acabado en combate con todas aquellas personas. Y se había arrodillado a descansar. Maldecí su presencia, pero no pude evitar observarlo detenidamente.

El arrodillado tenía un porte sombrío, sin esperanza. Creo que aquella escena podría resumirse en eso: no había esperanza alguna en aquel lugar, en aquellas armas, en aquel hombre. A duras penas podía ver mis ojos verdes reflejados en aquella indumentaria: no había pieza de su armadura que no estuviese manchada de sangre, roja y negra. De ceniza. De tierra. La capa, coronada de pelo blanco, era una pieza de tela roida y húmeda, cuyo pelo estaba empapado y sucio hasta el punto de gotear sobre sus hombros. Aquel hombre no olía a caballero, olía a perro. A perro callejero, empapado, y sucio. Las preguntas asaltaban mi mente. ¿A quién podría haberle robado aquella armadura? ¿Quien fue el ingrato que perdió tan nobles vestimentas para acabar en manos de un sucio can humano que las maltrataba de esta manera? Y sobre todo, ¿en qué mil líos había acabado este desalmado, para que sus ropajes estuviesen tan horriblemente destrozados?


Observé que la mano derecha del hombre no la cubría guante alguno. Presentaba decenas de heridas y contusiones, y mostraba un lejano símbolo del Norte. La protección del guerrero, las runas del destino, la brújula de la guerra, la salvación. Y seguía aferrada, hasta la blancura, al pomo de la gran espada. Me acerqué hasta observarlo de cerca, como quien observa una estatua. Me fascinaba aquel vaho negro que salía bajo su casco. Posé la mano sobre la suya, y la descubrí fría. Helada. Aquella era la mano de un muerto. Era como si Hel en persona estuviese abrazada a su alma, decidida a llevarse lo que es suyo. En el momento en que toqué su mano, la negra respiración se agitó y los vientos se tornaron fuertes y fríos. Ya no estaba seguro de si estaba ante una bestia o un hombre. Volví a mirar los cadáveres que lo rodeaban. La naturaleza mortífera que desprendía aquel ser confirmaba que no habría necesitado de ninguna ayuda para acabar con todas aquellas personas.

Lo rodeé despacio, observé cada detalle a su alrededor. A juzgar por aquel tatuaje de su mano, única parte visible de carne humana, aquel ser había venido de muy lejos, y lo único que hacía era yacer de rodillas en el suelo de un valle de ceniza y muerte, respirando lentamente y sufriendo dentro de una armadura inexpugnable. ¿Quién querría ser un instrumento de muerte a costa de su propia vida? Observé detenidamente su casco, y contemplé que no disponía de ninguna correa, de ninguna sujeción. Su cuello no estaba al desnudo, la malla cubierta de sangre seca bajo la armadura tapaba la carne. Todo era una única pieza de metal, que cubría un cuerpo que en mi cabeza cobraba mil formas monstruosas. Pero durante mis divagaciones, contemplé horrorizado la sombría naturaleza del casco: cabezas de clavos asomaban a lo largo y ancho del mismo, en hileras. No eran adornos, no eran simples ornamentaciones. Aquel ser tenía el casco clavado a su cabeza. Inspeccioné su armadura y corroboré mi teoría: aquella armadura estaba clavada a su cuerpo. Metal y carne eran solo uno. Incluso aquella capa estaba atada con alambre al conjunto. No eran vestimentas robadas. No era un intento de porte, de elegancia, no era la imitación barata de un caballero. Era un instrumento de tortura anclado a un hombre. O a una bestia. ¿Qué o quien podría haberle hecho? ¿O qué mal terrible había llevado a cabo aquel ser para recibir tamaño castigo?


Sin duda, su aspecto era terrorífico. No había color en su indumentaria, y no había color alguno en aquel valle. Solo la sangre roja que goteaba por su indumentaria y mis ojos verdes, temblorosos, reflejados en la armadura, aportaban notas de color a aquel infierno sobre la tierra. Volví a dirigir mi mirada a los cadáveres del suelo. No cabía duda de que fuese lo que fuese lo que había hecho para recibir aquel trato, aquel ser lo merecía. La pregunta era: ¿por qué? Y así pasé días y noches junto aquel hombre-estatua, intentando averiguar el misterio que lo rodeaba. Ninguna palabra salió de su boca. Solo aquella respiración lenta, pesada, que dejaba tras de sí un halo negro y frío. Una de las veces acerqué mi mano a aquella bocanada, para no volver a hacerlo: el frío era insoportable. Intenté mirar dentro del casco innumerables veces, buscando unos ojos en aquelal inmensidad. Solo encontré vacío. Aquella armadura parecía una inmensa e inexpugnable fortaleza, y sea lo que fuese lo que había dentro, solo era dolor y soledad. 

Una noche desperté, con las sacudidas de lo que parecía un terremoto. Los ruidos y los gruñidos que retumbaban en el valle me hicieron darme cuenta de que no estaba en el lugar adecuado. Recogí mis cosas y me dispuse a correr a lo alto del valle.

Las tropas que llegaban de la lejanía eran humanas. Altos paladines de armaduras relucientes, martillos y espadas impecables y rocines blancos. Aquellos sí que eran caballeros. Aquellos humanos, eran seres formidables, estandartes de pureza y elegancia. Descendieron al centro del valle, donde yacía mi sombrío compañero, y lo rodearon. Algunos de los recién llegados descendieron de los caballos. Rodearon al arrodillado soldado, y comenzaron a mofarse de él. Las carcajadas llenaron el valle. Observé, impotente, desde lo alto de aquella colina, como lo pateaban, lo atacaban con lanzas y lo escupían. Uno de ellos orinó sobre su capa. Le preguntaron si le gustaban sus tierras. Le trajeron un carro, con un caballo muerto, que se pudría sobre las maderas del vehículo, y se lo dejaron caer frente a él. Los caballeros se taparon la boca entre risas. El hedor a gusanos y muerte llegó hasta lo alto de la colina en la que yo me encontraba. Le dijeron que ahora tenía un caballo, como ellos. Que podía montar y cabalgar por sus tierra como los grandes reyes. Llegó otro carro, y dejó caer otra decena de cadáveres en la llanura, aumentando el número de muertos que rodeaban al arrodillado. Le dijeron que aquí le traían más siervos, que los gobernase como lo haría un gran rey. Más risas. Más carcajadas.

De pronto, de entre todos ellos, una figura blanca se acercó al arrodillado. Los caballeros se apartaron, entre risas, extrañados de aquel acto de espontaneidad. La figura era una dama, encapuchada, fantasmal. La misteriosa mujer se acercó al soldado, y posó su mano sobre el casco. Fue tan solo un gesto, una caricia, un detalle, pero a día de hoy juraría que aquella armadura pareció brillar con un leve destello.



Lo que recuerdo entonces fue muy fugaz. Uno de los caballeros apartó de un manotazo a la mujer, que cayó al suelo y se empapó de sangre y tierra, y otro de ellos trató de agarrarla contra la tierra. El caballero arrodillado, entonces, cobró vida. Aquella armadura de muerte se incorporó por primera vez ante mis ojos. Desclavó la enorme espada del suelo, la volteó con ambas manos y desgarró el pecho del caballero de un solo tajo, cuya herida escupió sangre como si de una fuente se tratase. Sin detenerse, se giró hacia el caballero que había intentado agarrar a la dama, e incrustó el filo de su hoja en la cabeza del hombre. Los demás trataron de arremeter contra él, y el espectáculo de horror cobró vida. Las lanzas se incrustaron contra los costados del guerrero. Las flechas cubrieron su pecho y su espalda. Los cuchillos se clavaron incesantemente en su cuerpo. Pero aquel ser no se detuvo. Su mandoble giró hacia un lado y otro, seccionando cuerpos y asesinando enemigos. Como si el Guerrero de Una Mano hubiese guiado su espada, no quedó enemigo en pie de todos cuantos intentaron atacar. Entonces ella se incorporó, con una sonrisa en su angelical rostro. Posó su mano de nuevo en el hombro del soldado, y éste se detuvo. Con la otra mano, ella hizo un leve gesto. Todos los presentes se convirtieron en polvo, en nada.


Maravillado ante aquella magia, me acerqué tanto al borde de la colina para observar aquella escena que resbalé, y caí rodando, hasta detenerme a unos metros de ambos. El ser al que había acompañado hasta en ese momento, día y noche, intentando averiguar su procedencia, levantó entonces la gran espada y se dispuso a destrozarme. Pero la dama detuvo el filo con el mismo gesto que antes. Aterrorizado, me quedé anclado al suelo, temblando de frío y miedo.

Aquella mujer se quitó la capucha, desvelando un cabello rojo como la sangre que cubría la tierra. Sonrió y se acercó a mi. Vi como su mano se acercaba a mi, y cerré los ojos, con pánico a que el guerrero acabase con mi vida. Sentí la cálida palma de la mano de aquella mujer sobre mi cara.

- Tranquilo. Todo ha acabado.

Abrí los ojos lentamente, y observé como el guerrero se arrodillaba lentamente frente a mi. La dama yacía sentada, sonriente, limpiando la sangre de la espada con un trapo empapado, como quien cuida de una estatua. Era cierto: aquel horror había terminado. Me sequé el sudor de la frente con mi mano derecha. Y observé algo que había pasado desapercibido para mí hasta aquel momento: mi mano revelaba un tatuaje extraño. Una marca. Del Norte. La protección del guerrero. Las runas del destino, la brújula de la guerra, la salvación. Atónito, volví a observar a mi compañero de noches y días, a aquel ser atormentado y arrodillado que yacía frente a mí, con decenas de flechas clavadas a su espalda, cubierto de sangre y tierra.

Y unos ojos verdes me devolvieron la mirada desde el interior.



(Mejor luchar y caer, que vivir si esperanza) - Volsung Saga, c.12)