martes, 30 de octubre de 2012

Tormenta.

Se levantó, cogió la sudadera, la cazadora de cuero, y se calzó las botas.

Cogió una manzana de la encimera, como siempre. Mordisco a mordisco, sin prisa, caminó hacia el baño y se echó agua en la cara para espabilarse. Se observó en el espejo y se puso la capucha.

Tenía esa habitual sensación de que aquel iba a ser un gran día, pero sabía que no iba a ser así.

Salió a la calle. Apenas puso los dos pies en el rígido cemento, echó una mirada al cielo. Estaba completamente encapotado. Era uno de esos días grises a medio camino entre el otoño y el invierno, que parecen amenazar con una terrible tormenta en cualquier momento, pero que nunca termina de descargar su furia de agua y viento sobre los transeúntes. La tormenta que nunca llega, pero está ahí, acechando sobre las baldosas sucias y húmedas de la calle.

En eso se basaban sus días. En algo terrible que parecía poder llegar en cualquier momento, pero nunca llegaba. Ni siquiera sabía el qué, ni siquiera quería saberlo. Pero únicamente se trataba del miedo, el miedo a que algo horrible llegase y se llevase todo lo que tenía. El miedo a la tormenta. El miedo a una tormenta de la que no poder refugiarse.

Caminó sin prisa por las calles de aquella ciudad que parecía desolada. Ni un alma en las aceras, solo él y una débil sombra en el suelo de la calle, proyectada por las luces anaranjadas de las farolas. Cruzó la carretera. Ningún coche en ella. Apenas había coches aparcados. Apenas había vida en aquel sitio.

A cada paso que daba, observaba de reojo las paredes. Solo veía pintadas, graffitis con su nombre que le acusaban de cosas que jamás había hecho. Grabados que le culpaban de hechos que nunca habían tenido lugar. Se limitó a mirarlos de reojo y escupió en el suelo con asco.

Cruzó los parques, salpicando con sus botas  en todas direcciones. Cada vez más rápido, cada vez más intensamente.

Más pintadas, más grabados, más graffitis.

Estatuas de sí mismo, sujetando cruces de marionetas con cientos de hilos, adornaban los parques, llenos de árboles marchitos, podridos, muertos, que observaban con tristeza las pocas hojas que habían sobrevivido, empapadas y pisoteadas en el suelo bajo ellos.

Caminó más deprisa para no verlo. Solo quería huir, buscar un resquicio de tranquilidad entre tanto caos y tanta soledad maldita.

Llegó a la playa. Allí no había paredes, ni estatuas, ni pintadas. Se sentó en la oscuridad, abrazado únicamente por el frío reinante en todo el lugar. Aquel lugar estaba lleno de paz, entre tanto sin sentido y tanta mentira.

Bajó la cabeza dentro la capucha y exhaló una bocanada de aire caliente. El vaho rodeó su cara y calentó sus facciones. Y de pronto comenzó a llover. Cada vez más fuerte.

Sintió el nudo en la garganta. Esas ganas de destrozarlo todo, ese "por qué" acuchillando cada rincón de su cerebro. Por qué no podía estar solo, por qué no podía estar en paz, por qué todos los elementos se ponían en su contra cuando todo parecía estar calmado.

Salió de la playa, corriendo en busca de refugio. Pero no encontró ningún techo bajo el que cobijarse. Todas las puertas y las ventanas se cerraban a su paso, como si los fantasmas que vivían en aquellas casas no quisieran darle asilo. Esos hijos de puta que no querían otra cosa mas que verle retorcerse como un perro bajo la lluvia, con las tripas tiradas sobre el pavimento.

Corrió por las calles, sin pensar.

Corrió.

Intentaba huir de sí mismo, intentaba perderse de vista.

Y llegó a la montaña, a aquel mirador desde el que se podía observar el infierno. Un infierno de casas y farolas.

Un infierno hecho de cemento, alquitrán, agua, frío, carne, huesos, mentiras y miradas cargadas de rencor.

Lo observó a lo lejos, y se acercó a la barandilla. Un cartel con una cara sonriente le incitaba, con una flecha, a saltar del acantilado.

"Adelante", rezaba.

Volvió la vista a aquel infierno de inmuebles y luces naranjas y se preguntó por qué todo había llegado a ese punto. Por qué aquel sitio que había sido su hogar por tanto tiempo, era ahora un monstruo inmóvil, gélido y grisáceo situado al borde de un mar tormentoso, que lo torturaba. Que lo torturaba no para que se fuese, sino para que muriese en sus aceros sepultado bajo un océano de dolor.

Se subió a la barandilla, sumergido en la desesperación. Observó el mar embravecido a cientos de metros bajo él. Las rocas, afiladas, que lo señalaban con burla, dirigiendo sus erizados picos hacia arriba, invitándolo a morir despedazado.

Cerró los ojos y apretó los puños. Y se dejó caer.

El viento helado cortó su rostro durante la caída. Apretó los párpados como un niño asustado esperando el brutal golpe contra las piedras. El impacto tremendo en el que destrozaría todos sus miembros. El choque con su destino.

Y cayó en una superficie blanda, lisa, limpia, suave. Abrió los ojos y acarició la superficie.

Era su cama.

Miró a su alrededor, y vio su habitación, tal y como la había dejado el día anterior.


Se levantó, cogió la sudadera, la cazadora de cuero, y se calzó las botas.

Cogió una manzana de la encimera, como siempre. Mordisco a mordisco, sin prisa, caminó hacia el baño y se echó agua en la cara para espabilarse. Se observó en el espejo y se puso la capucha.

Tenía esa habitual sensación de que aquel iba a ser un gran día, pero sabía que no iba a ser así.

viernes, 19 de octubre de 2012

...and roll.

Los cuatro tic-tac de la madera sobre el metal.

El redoble de la baqueta sobre la membrana, la atronadora metralleta de golpes que da inicio al Edén.

La calma que precede a la tempestad.

El alcohol que ruge en los vasos, derramando su espuma sobre las cabezas de sus víctimas.

La oscuridad, y los fogonazos de luz intermitente que dan lugar al caos.

Música.

El bramido en el micrófono, el león de carne, hueso y metal comienza a rugir.

El rasgueo. El terrible rasgueo distorsionado, cargado de frustración y rabia que sale de las cuerdas de la guitarra.

El repetitivo bombardeo de las cuerdas gruesas, el ritmo del diablo, que mantiene en pie la melodía.

Los golpes, la sangre brotando de los labios rotos. La adrenalina brotando de cada poro. La tensión sexual cargada en cada nota, cada silencio, cada voz. El orgasmo que recorre las espinas dorsales de cada asistente al paraíso de cuerdas y rugidos.

Música.

Muros de la muerte. Círculos, fosas. Rebelión, guerra, lucha. 

Los gritos. Las guitarras. El interminable infierno de golpes de madera y hierro que resuenan a lo largo y ancho del espacio tiempo, la locura transformada en melodía.

Aunque quisiera, nunca podría explicarte lo que significa.

Vívelo.

sábado, 13 de octubre de 2012

Azar.

Buscas, buscas, buscas y vuelves a buscar. Buscas creyendo que vas a encontrarlo. Pero nunca lo encuentras. Si existe alguien para ti, aparecerá. Pero quizá aún no.

Y de pronto un día te das con ello de bruces. Y comprendes que el azar es lo que determina cuando encontrarás a esa persona con la que puedes ser lo que quieres ser.

Hay cosas más importantes en la vida que el amor, cierto.

Pero el amor es la que más importa.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Sin sentido.

A veces las cosas, simplemente, no tienen sentido.

Las personas tenemos una visión distorsionada de lo que supone el mundo. Arreglamos nuestras necesidades básicas y nos subyugamos a nuestras necesidades secundarias y/o estúpidas. El suelo nos parece incómodo, hacemos asfalto. El asfalto nos parece molesto, diseñamos baldosas. Las baldosas nos parecen frías, diseñamos zapatos. Los zapatos acaban pareciéndonos incómodos, diseñamos plantillas. Y poco a poco, tejido a tejido, nos alejamos de ese suelo de tierra y hierba que conforma nuestro mundo real.

Nos matamos a  cuchilladas por acumular montones de papeles de colores. Papeles que dicen cuánto vales, y cuánto puedes conseguir en este absurdo mundo que hemos creado. Papeles con los que compramos agua embotellada, como si la vida tuviese un precio. Papeles con los que nos abanicamos para secar las lágrimas de cocodrilo que saltan de nuestros ojos cuando vemos documentales sobre esos pobres negritos del África tropical, cuando vemos como mueren de hambre. Y cuando ya hemos recibido nuestra dosis de tristeza semanal para desahogarnos de nuestras insulsas vidas, cambiamos de canal.

Todo es una gran estupidez. ¿Qué prefieres, cortinas azules que simulen un estilo mediterráneo, marítimo? ¿O quizá prefieras el rojo burdeos, que te recuerde al París de los burdeles y las calles bohemias? ¿Parqué o baldosa? ¿Persianas exteriores, al estilo de la vieja casa de tus padres, o cortinas de bambú que se recogen con una fina y estilosa cuerda, para reivindicar tu espíritu libre y exótico?

Pregúntale al león. Pregúntale al mono si prefiere especias para darle un sabor más gustoso a su comida, o un árbol donde resguardarse de la lluvia.

Joder, somos patéticos.

Buscamos un sentido a las cosas, buscamos un por qué. Buscamos quién somos. Nos buscamos a nosotros mismos para sentirnos mejor con nuestra ridícula existencia.

¿Por qué me dejó? ¿Quién soy? ¿Por qué no estoy a gusto conmigo misma? ¿Por qué no estoy satisfecho con mi vida? ¿Por qué nunca llegué a entenderle? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

A veces no hay "por qué". Ese pequeño resquicio de luz al final de túnel, esa pequeña luz que ilumine todo este pasillo de bombillas rotas, a veces no existe. Y eso nos vuelve locos. Nos desquicia.

El ser humano es un animal. No deja de ser un animal. Llevar traje, maletín, zapatos y 600€ en la cartera no nos hace diferentes de un jodido chimpancé.

¿Has visto alguna vez un león dando de comer a una cría que no sea la suya? Somos seres egoístas, pero la ética y la moral que nosotros mismos hemos fabricado nos protegen de sentirnos como una puta mierda si le pisamos la cabeza a otro para conseguir lo que queremos. Solo a veces, a veces, aspiramos a algo más que no sea pura y puta crueldad. Repito, solo a veces.

Y son esas veces, las que nos hacen volvernos locos de verdad. Esas veces nos desquician solo porque no sabemos el "por qué". Todo se basa en procesos químicos, ¿no? Pero por mucho que nos lo expliquen científicamente, no existe un "por qué".

Por qué sería capaz de matar por esa persona. Por qué me cortaría las manos si ella me lo pidiese. Por qué lo dejaría todo si él me dijese que escapase con él. Por qué sacrificaría todo lo que quiero en este momento, a cambio de que esa persona sea feliz.

No entendemos nada de eso, somos incapaces de comprenderlo. Y eso es lo único que nos hace especiales. Que nos lo seguimos preguntando día tras día, aun sabiendo que nunca lo llegaremos a comprender.

¿Y cual es la clave, entonces? ¿Cual es la verdad, cual es "eso" que hace que sigamos vivos? Si todo es una puta mierda, si estamos perdidos en el azar completamente, si todo va y viene como un mar en la tormenta... ¿Qué nos queda?

Seguir.

A veces las cosas, simplemente, no tienen sentido.

Pero rendirse no es una opción. Seguir adelante, buscar lo que quieres, intentar conseguirlo.

¿Te cuento un secreto?

Nunca lo conseguirás.

Pero la búsqueda, el camino, el trayecto, el intento de lo imposible, es la clave para no perderse en este puto sótano de incertidumbre al que llamamos vida.