miércoles, 28 de marzo de 2012

Roca.

No me importa el dolor. No me importa la sangre.
No me importa que nadie crea en mí, no me importa nadie.
No me importan las cicatrices, las torturas.
Me ayuda pensar que no tengo duda alguna.
Me ayuda pensar que existe la fortuna.
Que puedo con todo, que sacaré la luna
del lodo en el que se ha enterrado,
de modo que todo vuelva a su cauce,
a su corriente, al río que se ha desbordado,
llevándose consigo todo lo que siempre me ha importado.

No me rendiré jamás.

No me rendiré jamás.

No me rendiré jamás.

No me rendiré ante el sol.
Esquivaré sus rayos en pleno verano
y convertiré la luz en sombra,
para que el frescor inunde tus poros blancos,
los que se abren con las dudas, las cuales nos odian,
por ser tan dulces frente a una herida salada,
por ser tan perfectos, en un mundo amargo.

No me rendiré ante el invierno.
Calentaré tus miradas con mis miradas,
derretiré aquello que paraliza tus sueños.
no dejaré que la soledad cubra tu corazón con hielo.
Sujetaré el frío, seré su dueño.

No me rendiré ante el miedo.
No tendré miedo de rendirme,
porque no es una opción.
Buscaré una solución,
tomaré la elección
de ser libre en mi cárcel,
de vivir encarcelado en tu corazón,
hasta el fin de los tiempos,
sin miedo a la soledad,
sin miedo al dolor,
sin miedo a ser una sombra de lo que solía ser yo.

No me rendiré ante el fuego.
No me rendiré ante la hoguera que ahora ilumina tus ojos
cuando las almas tristes y vacías que carecen de significado,
te acechan en las esquinas en busca de un pedazo
de tu cuerpo, de tu alma,
de tu sonrisa, de tu boca,
de tu vida.

No me rendiré ante el dolor.
No me rendiré ante la perdición.
No me rendiré ante nada, ni nadie.

No.

No es una opción.

lunes, 26 de marzo de 2012

Recuerda.

Recuerda los bufones. Recuerda las princesas.

Recuerda, por favor, las miradas furtivas a la salida de clase.

Recuerda los mensajes con sonrisa inevitable adjunta. Recuerda los poemas por Navidad.

Recuerda nuestro mapa. Recuerda nuestro silencio incómodo en un portal confuso.

Recuerda el tirón del brazo, el beso instintivo en un callejón apartado.

Recuerda los años 30, recuerda el colorido payaso que se refugió en tu falda esa noche.

Recuerda cada imperdible en la chaqueta. Cada bandana en la cabeza, en las manos.

Recuerda cada tarde en el baño. Recuerda cada gota de saliva, cada gota de sudor, cada gota de alma, cada gota de vida. Recuerda cada beso con fuerza. Recuerda cada sonrisa, en la oscuridad.

Recuerda cada "te echo de menos". Recuerda cada tarde en casa sin saber del otro.

Recuerda cada prismático furtivo desde la ventana. Recuerda tu lámpara. Recuerda mi cara.

Recuerda cada "no lo hagas". Recuerda cada carcajada. Recuerda los "me alegro de tenerte".

Recuerda cada sentimiento. Recuerda ese verano. Recuerda esas cariocas danzantes, coloridas, brillantes. Recuerda su vuelo. Recuerda la armonía de esa guitarra. Recuerda sus notas al viento.

Recuerda esa mano que se deslizaba lentamente por mi brazo, descendiendo lentamente. Recuerda esa mano que se apretaba en la mía. Recuerda esa mirada hacia otro lado, ese disimulo fracasado, cargado de ironía.

Recuerda la huida. Recuerda la separación, el frío y abrupto corte que surgió entre los dos por no llegar a entender el corazón.

Recuerda la espera. Recuerda el dolor. Recuerda la soledad. Recuerda aquella devastación.

Recuerda el filo de mi muerte. El escaso aire en mis pulmones, la cicatriz sangrante y doliente que aún es visible, el miedo a la pérdida, el miedo a perderme. Recuerda el miedo a perderme.

Recuerda el arrepentimiento. Recuerda la chispa de luz que se encendió entre la gente, el faro que nos devolvió el rumbo hasta encontrarnos el uno al otro, y poder decir abiertamente: "sé que lo que siento ahora, lo sentiré siempre".

Recuerda los viajes. Los abrazos nocturnos en la cama de un hotel. Recuerda el calor del cuerpo junto al otro entre las sábanas. Recuerda tu alma, que se restregaba con las paredes como un gato ansioso, ansioso de unirse a la mía. Recuerda mi alma, golpeando mi interior, intentando abrirse paso, para aferrarse a tu vida.

Recuerda los miedos, el "no hay nadie más que tú", "solo quiero estar contigo". Recuerda la distancia, el temor a ser olvidado. Recuerda el miedo a ser sustituido. Recuerda... el miedo a ser sustituido.

Recuerda el triunfo. Recuerda la sonrisa. Recuerda el "podremos con todo". Recuerda el "te quiero". Recuerda el "eres todo".

Recuerda cada beso. Recuerda cada sonrisa.

Recuerda la nuestra, recuerda nuestra vida.

Porque ahora soy yo el que sigue "haciendo pie en el océano de tu indiferencia".

Soy el bufón que escala cada noche tu torre a escondidas, para ver si después de cada gran fiesta a la que asistes, logro esquivar a los guardias, y compruebo que estás dormida.

Soy el psicópata que ya no teme tener estos sentimientos.

Soy el tumor de Marla. Soy el cascabel del arlequín.

Soy los guantes de Mrs. Lovett. Soy el whisky de Scherbatsky.

Soy el sombrero de la capitana Stray, soy cada una de las costuras de Sally.

Soy y siempre seré Jack.

Porque nunca has dejado de ser Harley.

domingo, 25 de marzo de 2012

Sigue.

Hice descender el cielo con mis propias manos,
para abrigarte con él en las noches más frías.



Pero ahora que las dudas arrastran tu lago,
serán mis manos,
no tus manos,
las que cojan tu brazo y tiren con fuerza,
para sacarte de ese pozo de soledad de papel,
de esa ciénaga de miedos y ansiedades
que amenaza con desfigurar tu rostro,
de ese barro que mancha tus facciones y
que de un tiempo a esta parte,
solo pretende apagar tu viejo y fantástico brillo.

Créeme,
que nunca he estado enamorado.
Nunca he sido un buen amigo,
nunca fui el mejor de todos.
No sé qué hacer con tus lágrimas,
no sé qué hacer con mis sueños.
Pero si de algo estoy seguro,
cada vez que pienso en las veces que debería haberme rendido,
es de que te quiero,
y siempre te querré.

Porque siempre te he querido.

jueves, 22 de marzo de 2012

Interludio.

Lo cierto es que he abierto esta página sin ningún motivo. Las anteriores veces he entrado con una idea en la cabeza, con una pequeña semilla en el cerebro para escribir un texto que llevaba pensando o que se me acababa de ocurrir. Ahora mismo, no tengo nada en mente.

Me ha sorprendido entrar aquí instintivamente, como si quisiera un refugio. Un lugar en el que resguardarme de la lluvia. Y es que tengo la sensación de estar tras un muro inquebrantable cuando escribo aquí, sobre el fondo blanco de la pantalla de edición. Luego sé que el muro se dará la vuelta y esto queda así expuesto al mundo, como esas pancartas en la manifestaciones en las que la gente tiene poco que hacer y mucho que decir. Pero yo ahora no tengo nada que decir. Y desde luego, absolutamente nada que pueda hacer.

Ni siquiera sé por qué estoy escribiendo esto. Escuchando canciones sobre miedo, lágrimas y fracaso, y bebiendo café como si fuese a morirme si me duermo. Con una miserable lámpara iluminando la habitación. ¿Y de qué sirve? De nada. Cuando las plantas se mueren no se puede hacer nada. Solo lamentarse de no haberlas regado a tiempo.

No hago más que pasear la mirada de un lado a otro de la habitación intentando buscar un por qué a las cosas. O quizá lo que intente es distraerme. Puede que intente agarrarme a los recuerdos que habitan en la habitación.

"Los llantos desgarrados que estrangulan las gargantas". Es irónico escuchar eso en una canción en este momento, la verdad. Pero como ya he dicho, no puedo hacer nada.

No sé la temperatura que hace ahí fuera, la ventana está cerrada. No tengo ni puta idea del frío que hace ahí fuera. Pero aquí dentro... "aquí dentro", todo está helado. Congelado. Y vacío. ¿Qué puedo hacer para llenarlo? Nada. Cuando tu vaso solo aceptaba el agua de un grifo, y ese grifo se atasca y deja de hacer que brote el agua, tu vaso ya no sirve de nada. Mejor tirarlo lejos.

Puede que esté aquí desvariando y triste, hecho una jodida mierda, y tú, quien seas, o quien creo que eres, estés leyendo esto sin saber muy bien qué hacer ni decir. Exactamente igual que yo, en este momento. Y puede que esto no sirva de nada, porque quizá el amanecer traiga una nueva sonrisa una vez más y haga borrar lo malo, y todo esto no haya sido más que una broma pesada del universo, algo que te putea durante un rato y te deja hecho una auténtica basura, para darte cuenta de lo que tienes. Es posible.

Pero también es posible que esta vez no tenga un despertador a mano. También es posible que no abras los ojos y te des cuenta de la realidad, es posible que no te des cuenta de que tus ojos están cubiertos de niebla y que no puedes ver con claridad en tu interior, lo que realmente sientes y quieres. Y de esa forma, mutiles todo lo que ha significado para nosotros en un instante, como yo hice en su día, en el peor día, en el error más grande de mi vida. Y sientas como yo me sentí. Y te des cuenta, tarde, de que el dolor, nunca se marcha si es de verdad. Cuando a un puzzle le falte una pieza, por mucho que intentes sustituirla, es "esa" y no otra, la pieza que te falta. Eso es lo que a veces me gustaría que entendieses en el fragor de tu paranoia. Pero como te he dicho muchas veces, no puedo pensar por ti.

Y ahora leo el párrafo que acabo de escribir y pienso... ¿qué cojones haces? El tonto, escribiendo algo sin ningún sentido para alguien a quien no le interesa lo que tengas que decirle. No sé. Quizá solo necesitaba escupir mierda. Quizá solo necesitaba encontrar otra forma de llorar.

Quizás, no puedo ser tan especial como tú quisieses que fuese.
Quizás, la luz que brillaba en mí se ha apagado para ti.
Quizás, no puedo ser todo lo que tú quieres que sea.

Quizás, no te has dado cuenta de que sigo siendo el mismo.

Y créeme, no te has dado cuenta.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Same old story back again.

¿Conoces esa sensación que se tiene cuando estás en un sitio muy alto?
Ese vértigo inexplicable, esa altura infinita que te hace pensar inevitablemente en tu muerte si tienes el mínimo desliz, esa caída. Ese golpe.

¿Conoces esa sensación que se tiene cuando te haces una herida grave?
Esa herida abierta, que parece reírse de ti, ese miedo a perder demasiada sangre, que te hace pensar en toda tu vida durante un segundo.

¿Conoces esa sensación que se tiene al quemarse?
Miedo a la ampolla, a la quemadura que escuece. Al dolor.

¿Conoces esa sensación cuando intentas mantener un puñado de agua entre las manos?
Se escurre entre los dedos, te empapa y te deja en la niebla, con las manos congeladas, pero sin agua.

¿Conoces el miedo a la pérdida?

viernes, 16 de marzo de 2012

Incomprensión.

¿Sabes cómo es el sabor de la pólvora
tras un disparo en la boca? Si no lo sabes,
no puedes comprender el por qué los ángeles
nacen de la sangre seca de las vías del tren,
cuando no queda emoción ni sorpresa en cada nuevo amanecer.

¿Sabes cómo se siente el calor de la soga
en el cuello que baila bajo la viga de madera? Si no lo sabes,
no puedes entender a los demonios
que acechan al fondo de cada vaso de whisky,
que sonríen a través del hielo invitándote a bañarte en él.

¿Sabes cómo es el tacto de la sangre en el rostro
tras el frágil chasquido de los nudillos contra la nariz? Si no lo sabes,
no puedes comprender cómo se siente un hombre convertido en Dios a golpes,
una deidad sangrante que ordena a sus músculos tensarse
y disfrutar de la lenta, tortuosa y placentera destrucción de su cuerpo, de su piel.

No puedes comprender al ser invencible.
No puedes entender a los muertos en vida.
No puedes comprender a la sombra que aguarda detrás de la luz.
No puedes entender al suicida.

Okami.

El lobo vaga sobre la nieve. Las huellas se hunden en la blanca y húmeda superficie que cubre la llanura, como si la mano de Dios acariciase su creación mientras duerme. El animal camina sin rumbo entre los altos árboles. A veces se detiene a hacer muescas en las cortezas con sus garras, dejando una profunda marca en la madera para no perderse. Porque en eso consiste viajar solo. Dejar marcas para asumir de antemano que caminarás en círculos y te perderás en el bosque, deshaciéndote así de toda esperanza antes de iniciar el viaje para que la ilusión no nuble la auténtica supervivencia. Vivir.

El lobo se adentra aún más en el bosque. La oscuridad comienza a cernirse sobre él, como un líquido oscuro y confuso que se derrama sobre un mantel blanco, que mancha, perturba y atemoriza como una oscura mano que amenaza con asfixiar la sorpresa. Como el adictivo veneno que penetra en los poros de la falsa inocencia, la oscuridad lo cubre todo. Y el animal vaga a tientas, chocando contra los árboles a su paso, hiriéndose el rostro, goteando sangre sobre la pálida nieve. A cada huella, a cada zarpazo desesperado sin objetivo alguno con la única intención de defenderse de un enemigo invisible, a cada cabezazo a ciegas que pretende abrirse paso entre los árboles, las gotas carmesí dibujan su destino sobre el blanco suelo del bosque, como hilos rojos que se entrelazan descendiendo de sus maltratadas fauces, de sus cansadas garras, de su destrozado rostro.

Entre las tinieblas, un diminuto y brillante ser aparece suspendido en el aire, como un demonio recién llegado al paraíso, sonriente y distanciado del suelo, observando su alrededor con desprecio. La araña, negra y maldita como un puñal en el alma, desciende por una transparente hebra de telaraña sobre la cabeza del lobo, del bobo iluso que confía en su fuerza, que no llega a pensar que un ser tan pequeño e insignificante pueda vencerlo. El venenoso manipulador de ocho patas y ocho ojos sujeta con fuerza su hilo, tensándolo y sujetando con fuerza la gigantesca tela de araña que cubre el bosque, creando un infierno en el que el lobo vaga congelado, perdido, solo, abandonado. Así se crea esa oscuridad enferma y retorcida que sume al animal en la más absoluta ceguera desesperada. Así la luz del sol no puede pasar a través de las hojas de los árboles, así la nieve no se derrite. Así el frío es atroz, la soledad es eterna. Así el lobo, agoniza en su propio trayecto.

El lobo divisa una negra silueta entre los árboles, algo peludo y derribado sobre la nieve. Un perro. Un perro triste y perdido, agonizando, cubierto de tela de araña, con un diminuto mordisco de dos puntos en su peludo y cansado cuello, a través del cual se extiende el veneno. El maldito veneno.

El lobo comprende que la naturaleza es sabia. Pero no es justa. Ni tampoco bondadosa. Y la araña desciende aún más.

El lobo se recuesta junto a su compañero agonizante. Pero este ladra. Ruge. No quiere que se acerque. El lobo se marcha, lejos, aún sangrante. Aún casi ciego. Aún débil. Solo. Agotado. Y lanza una última mirada al perro, tras un árbol, antes de desaparecer.

Y la araña desciende aún más.

Aún más.

No puede verla en la oscuridad, la noche es eterna bajo su tela de araña. El frío es atroz. Las patas se cubren de escarcha sobre la nieve. La araña ronda su cuello para dar el golpe de gracia, mientras el pobre infeliz no sabe de su destino. La sangre continúa manando de sus heridas. El dolor, intenso, recorre todo su cuerpo. El fin es inminente.

Y de pronto la luz del sol vuelve a aparecer. Inunda el valle, atraviesa todas las hojas de todos los árboles de todo el bosque. La nieve desaparece lentamente, se derrite. La araña vuelve a lo oscuro, a las tinieblas, a lo más profundo de las ramas, a la maldad. A su nido de huevas, putrefacción y muerte, de larvas infectas que se alimentan de la debilidad del corazón. A su fétido hogar de gangrena y manipulación. Se retira. Huye.

El lobo alza la cabeza, al sol. La luz seca su sangre, que sigue descendiendo lentamente por su hocico, cuarteándose. El destructor de la telaraña, el salvador, el rescatador de la luz del sol, se revela.

La larga serpiente blanca se muestra, descendiendo de su rama, con restos de hebra en sus colmillos. Desciende del árbol lentamente, se enrosca en el cuello del moribundo lobo. Susurra, clava con fuerza sus dientes en su cuello. El veneno penetra. Las venas reciben la gracia violácea y mortal que se extiende a gran velocidad por todo su cuerpo.

El lobo cae sobre el césped, su cuerpo se queda rígido en pocos segundos. El animal muere lentamente. Da una última bocanada de aire fresco. Siente por última vez la brisa del viento.

Muere. Pero no le preocupa.

Porque ha vuelto a ver el sol, por última vez.

jueves, 15 de marzo de 2012

Imágenes.

La televisión encendida, comprometida, realista e informativa. Pero ignorada.

El sofá deshilachado con marcas de un amor que se ha vaciado. El móvil sin saldo durante la guerra.

La mentira del que quiere ser escuchado, la verdad del que calla para no sangrar.

La colilla flotando en el café frío. El olor a orina de los baños. El triste pero necesario bar.

El óxido de los columpios abandonados. El mar.

La guitarra de cuerdas rotas que agoniza. La gris memoria de una vejez pasada de moda.

Las nubes que rodean al sol para darle una paliza. Las campanas de luto durante una boda.

La muerte de toda ilusión fabricada a partir de vivos colores.

Los múltiples dolores. Las grandes pretensiones, los fríos sabores. Los olores que nos ignoran.

Las farolas que titilan, las bombillas rotas. Los ojos que asesinan los espejos que deforman.

Las gordas. Los finas hebras del destino, en el paro. El libre albedrío. Los villanos.

El humo de los tubos de escape averiados, los dados. El azar. Tu odio. El mío.

La muerte. La vida. Los tubos de ensayo. El frío.

La sangre que pinta tu retrato. Mi retrato que hierve tu sangre.

La civilización perdida en el fondo del vaso. Los sueños asesinados en el calor de la bebida.

La herida. Las cicatrices que decoran mi vida.

El presente, el pasado de una vela encendida.

El futuro. Esa gran mentira.

lunes, 12 de marzo de 2012

El hombre de plástico.

Érase una vez un hombre de plástico.

No tenía una forma definida en su cuerpo. Así que estaba solo. Un día tropezó, cayó al suelo, y se deformó. Adoptó una forma distinta, triste y melancólica. Y la gente se le acercó. Comenzó a tener amigos.

Al principio estuvo contento. Luego, poco a poco, la gente se aburrió de él. Solo estaban con él porque tenía una forma diferente. Pero acabaron aburriéndose. Así que se alejaron de él. Lo abandonaron.

Cuando volvió a estar solo, las lágrimas resbalaron por el plástico y este fue deformándose lentamente, hasta adquirir una forma aún más triste. Y la gente volvió a acercarse. "Qué seres más simples", pensó. "Qué seres más básicos, siempre con la misma forma, siempre enamorados de lo diferente". Pero su amistad duró poco. Tarde o temprano, sabía que volverían a abandonarle.

Su enfado le hizo golpearse, mutilarse a sí mismo. Se quemó, se golpeó, se deformó. Y adquirió una forma agresiva, puntiaguda, violenta. La gente estaba fascinada. Y se acercaban a él, aún más gente, admiraban el hombre de plástico. Incluso los que se asustaban de él, estaban fascinados. Pero, como siempre, terminaron acostumbrándose, y lo abandonaron de nuevo.






Entonces, cierto día, el hombre de plástico se enfrentó a la gente. Una persona lo golpeó, y lo deformó. Y entonces descubrió una forma de nunca ser abandonado. La gente lo golpeaba cada cierto tiempo, de forma que el hombre se deformaba y adquiría nuevas y diferentes siluetas. Así no era abandonado, se reinventaba a sí mismo. Era lo que la gente quería ver.

Pero la gente también se aburre de su propia visión. Y se alejaron. Lo abandonaron.

Y llegó a la conclusión de que hiciese lo que hiciese, sería abandonado. ¿No era más fácil no esforzarse por mantener esa gente a su lado? ¿No era más fácil quedarse quieto, y esperar a que lo que tuviese que pasar, pasase?

Y desde entonces, el hombre de plástico no tiene forma. No tiene color, no tiene silueta. Simplemente sigue ahí, de pie, en solitario. Sin expresión en su cara, sin forma definida. Sin ilusión mantenida. Sin vida.

Solo y frío.

sábado, 10 de marzo de 2012

Rabia.

Hoy he intentado arrancarme la rabia. Porque tu vida está acabando conmigo.

Eres un virus. Eres un veneno negro y ponzoñoso que se introduce lentamente en las heridas más profundas, que se come todo cuanto he conseguido crear, que derrumba todo lo que he conseguido construir. Eres una araña diminuta y maníaca, enfermiza, que trepa por mis piernas y por mi pecho, que se introduce en mi boca con fuerza y se desliza por mi garganta. Una araña que planta sus huevas de odio en mi estómago, para que se expandan, para que echen raíces en mi interior y se agarren con fuerza a mis órganos. Para que se abran y expulsen un centenar de larvas infecciosas, pequeños monstruos blancos que se reproduzcan en mi interior, escalando por mis entrañas y alojándose en mis vísceras. Pudriéndolo todo. Inundándome de odio y rencor.

Eres soledad. Eres una sombra oscura y discreta que se desliza por las baldosas de una fría calle gris. Una noche que se escapa al día, que aparece de improvisto cuando entras al laberinto y no recuerdas la salida. Eres la niebla que envuelve al puente cuando los extremos se caen y yo quedo en el centro, impotente y sin saber qué hacer, perdido.

Eres la nada. Eres ese vacío helado que se queda en mi interior cuando todo lo bueno que he tenido empieza a temblar y amenaza con quebrarse. Eres el petróleo que invade mis pulmones cuando intento escapar del fondo del lago en el que me has hundido, eres el bloque de hormigón y cristales al que están atados mis pies, que mantiene mi cuerpo bajo el peso del hielo, el agua, el mundo.

Eres dolor. Eres una aguja de plata que se incrusta en mi retina, que pretende cegarme frente a la ruina y la masacre que tu presencia causa a mi alrededor. Eres la varilla de plomo con púas que se introduce en mis oídos, ensordeciéndome día tras día para evitar que escuche los gritos de mi corazón, que echan de menos tus falsas sonrisas y tus mentiras en forma de promesa. Eres el cuchillo que abre lentamente mi cuello, para no escuchar mis aullidos, para no escuchar como mi mente te llama desesperadamente y te pide perdón por no haber sentido como tú querías que hubiese sentido, por no haberte hecho parte de mi vida, por no haber sentido por ti lo suficiente. Por no haber sido lo que tú querías que fuese.

Eres recuerdo. Eres una triste memoria azulada que me asalta por las noches en las que el mundo gira su cabeza hacia mí y me señala con su dedo afilado, culpándome de no saber sentido. Eres un retrato pintado con sangre en las paredes de mi conciencia, que me observa mientras duermo, que controla mi respiración, que me vigila para ver si ya me he muerto.

Eres añoranza. Porque te echo de menos, aunque la sangre se me vuelva alquitrán cada vez que te veo. Aunque el odio cada vez sea más grande y mis venas cada vez asomen más a la superficie. Aunque mis brazos muestren mis dudas y mis dolores internos, aunque mis lágrimas sean de rabia, y no de duelo. Echo de menos tus sueños. Aunque hayas ahorcado los míos, aunque hayas intentando asfixiarme. Como el hijo que coloca con delicadeza la almohada en el rostro del anciano. Como la soga de seda que se aferra con fuerza al cuello sangrante de un fracasado infeliz. ¿He sido un perro indeseado del que la niña de la casa se ha cansado? ¿Era necesario abandonarme en un páramo a merced de los chacales, para que sus fauces me críen hasta que consiga olvidarte? Nunca hasta ahora había sabido como se sentía alguien, al ser asesinado por un amigo.

Hoy he intentando arrancarme la vida. Porque tu rabia ha acabado conmigo.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Neverland.

"La puerta del centro comercial se abrió de golpe. Peter Pan entró en el edificio. Iba armado con un par de revólveres y una escopeta a la espalda, con cinturones de munición cruzados sobre el pecho y un bidón de gasolina oscilando desde su mano. Arrastró un par de bancos contra la puerta de cristal y cerró la salida. Extrajo un revólver de su cinturón. Un anciano salió a su paso, la bala salió despedida desde la punta del cañón y se incrustó en el pecho del hombre. El viejo cayó contra el suelo de azulejo con un golpe seco.

Peter deslizó la mano por las estanterías de libros. Todos los grandes clásicos cayeron al suelo. Quitó el tapón del bidón, roció el montón de libros. Lanzó una cerilla. El humo de las páginas de Machado y de Shakespeare, mezclado con las letras de Neruda y Homero, los poemas de Quevedo, de Baudelaire y de Lorca, ascendió hacia el techo, manchando las paredes. Los grandes clásicos ardieron en un fuego infernal de gasoil.

La gente salió corriendo de los pasillos, horrorizada. Peter vació los revólveres contra todo lo que se puso en su camino. Alguno, armado y amenazante, le gritó: "¡Ya es hora de crecer!", a lo que él respondió "Nunca", y adornó su respuesta con una ensalada de plomo. Pero no tocó a los niños. Se acercó a ellos, los abrazó, los sonrió. Le preguntaron "¿Por qué?", y él respondió "¿Por qué no?".

Peter continuó su masacre. Los moralistas, los religiosos, los comprometidos con la sociedad, los fanáticos medioambientales, todos se agolpaban contra los cristales del centro comercial, gritando horrorizados y señalándolo con dedos acusadores. Peter cubrió de tinta las ventanas, obstruyó su visión. Aisló ese mundo del mundo exterior. Quemó los periódicos, los billetes, las carteras, los documentos de identificación, los manifiestos políticos, reventó a tiros cada uno de los televisores en los que las noticias inundaban con imágenes los ojos del espectador. Lleno los pasillos de flores, de cuentos, de cómics infantiles, de películas de aventura. Dejo en el suelo miles de hojas en blanco con lápices y pinturas, invitando a crear. Vistió a los niños de colores vivos, con las prendas que ellos mismos habían elegido. Les hizo sonreír. Les hizo felices.

Peter se subió a una silla y alzó al voz sobre los niños, a través de los megáfonos del centro comercial:

- Bienvenidos a Neverland. Vivid. Sed libres, sed felices. Gritad, cantad, que nadie os calle. No hay nada en lo que fijarse, nada viejo de lo que aprender. Cread, sin miedo a fracasar. Destruid sin miedo a perder. Vivid sin miedo a morir. Sed libres, sed felices. Y no dejéis que nadie, nunca os quite eso.

Se llevó el revólver a la boca y disparó.

Murió el último adulto. Y el mundo fue mejor".


- ¿Qué lees, papá? - preguntó el niño, sentado en el sofá, frente al televisor.

El hombre se secó la lágrima que se deslizaba por su mejilla. Lanzó el libro a la papelera. Y sonrió al niño.

- Nada, hijo - contestó -. Cosas de críos.

lunes, 5 de marzo de 2012

Vosipán

El Vosipán ha vuelto a despertar.
Me he limitado a observarlo, divertido.
Me he limitado a disfrutar de cada paso
que ese monstruo enfurecido ha dado
al salir de su propia tumba.

Primero ha sacado los brazos,
esos tentáculos gigantes que han dado vueltas cual molino
buscando un culpable a quien matar,
alguien a quien reprochar su suerte,
alguien a quien echarle la culpa.

Después ha sacudido su horrible cabeza,
llena de trozos de espejo,
que refleja lo que en realidad no quieres ver,
que deforma la realidad para hacerte feo
frente a esos ojos que crecen en tu cara,
cuando ya no te queda nada en lo que creer.

Por último, ha asomado todo su cuerpo.
Ese cuerpo deforme y mal cosido,
lleno de heridas autoinfligidas,
que despide ese hedor tan nauseabundo
que delata su presencia incluso cuando ya no debería estar ahí.
Incluso cuando nunca lo has olido,
y sin embargo sabes que está podrido.
Incluso cuando nunca has visto al Vosipán,
pero sabes que es un monstruo herido.
Incluso cuando ya lo has matado,
y sin embargo él regresa entre los vivos.

Qué triste eres, Vosipán.
Qué repugnante y solitario.
Estás hecho de cuerpos fétidos que supuran agua sucia,
mal unidos con hilos débiles hechos todos del mismo material.
Ese material que cubre el corazón,
cuando el amor se alimenta del petróleo del fondo de un mar de odio,
cuando las cosas se confunden y el sentido irracional se funde,
pero queremos seguir sintiendo,
queremos ver como el calor se apaga,
como el corcho sehunde,
como el hielo se hace grande e inmenso,
más fuerte frente a la lumbre.

Qué triste eres, Vosipán.
Qué repugnante y solitario.
Siete engranajes siempre oxidados,
caminarás siempre lento y torpe, intentando atrapar tu locura.
Le echarás la culpa a la culpa,
para no enfrentarte a tus errores.
Pero no te enfrentes, no perdones,
quiero que me borres, pero que no olvides.
No necesito subirme más a tus espaldas para surcar este mar de soledad,
no necesito que nades por mí, que cargues conmigo.
No quiero tu falsa ayuda desinteresada.

No quiero recibir otro mordisco,
ni otra embestida descontrolada.
No quiero absolutamente nada,
tan solo quedarme aquí sentado.
A tus espaldas.

Observarte con atención, y reírme de tus desgracias.
Ser cruel como tú lo fuiste conmigo,
y desear que algún día te pudras, como yo me he podrido.
Que caiga una fuerte lluvia
que emborrone todos tus espejos.
Que caigas a lo más profundo,
que te destroces contra las rocas.

Porque no te tenderé más mi mano.
No recibirás mi ayuda, no verás mi saludo.
Pasaré junto a tu cuerpo destrozado y desmembrado,
y escupiré sobre tus costuras.

Y me iré lejos cuando me necesites,
cuando tus brazos salgan del pozo y me llamen,
cuando tu cabeza me llame a gritos,
cuando tus garras me necesiten.
Cuando tu cuerpo entero y tus pedacitos,
se retuerza bajo la lluvia de Enero.
Cuando la última campana suene,
anunciado otro año nuevo,
con su timbre oscuro y de mal fario.

Qué triste eres, Vosipán.
Qué repugnante y solitario.

Nothing can be explained.

El agua corre sobre mi espalda. Caliente, despacio. Noto una mano sobre mi hombro, y me giro. Ella también está conmigo. En la ducha. Me sonríe. Cierro el grifo, y salgo de la ducha. Le acerco una toalla. Sus labios se mueven, pero no puedo entenderla con claridad. Hay una música de fondo que no me deja escucharla, está muy alta. De pronto la música cesa repentinamente, abro la puerta del baño y salgo con ella.

Estamos en clase. En la fila de detrás, al fondo. Nos vestimos tranquilamente y nos sentamos en el pupitre. El profesor sigue hablando, dice algo sobre traer unas canciones compuestas a clase. Tenemos que componer una canción en casa y traerla, se trata de un examen. Me fijo bien en el profesor y, aunque a primera vista me parece algo rutinario y corriente, después me sorprendo: se trata de un famoso presentador de la tele, el del concurso que mis abuelos ven habitualmente. Dejo ese tema al margen, y la miro a ella. Parece concentrada en la clase. Cuando la lección termina, nos acercamos al profesor/presentador y nos disculpamos por llegar tarde. No le preocupa. Nos da un sobre con unas partituras. Lo pongo al trasluz, y veo unos cuantos billetes. No sé para qué son, ni siquiera para qué nos lo ha dado. Pero no hago preguntas. No me interesa, simplemente me quedo el dinero.

Salimos de clase y nos dirigimos hacia el coche que nos está esperando. Entro dentro, ella entra detrás de mí. El asiento de atrás es un poco más ancho de lo normal. Ella y yo estamos sentados en el centro, y a en los extremos se sientan dos hombres trajeados. El coche se pone en marcha solo: nadie está conduciendo, y sin embargo el volante se mueve a la perfección, como si un hombre invisible estuviese conduciendo. Pero no me asombro. Es lo normal. Echo una mirada a un lado y a otro, a nuestros acompañantes. Y encuentro algo curioso: son la misma persona. Ambos tipos, son la misma persona. Solo tienen tres diferencias. Tres. El tipo de la izquierda no tiene barba, su pelo es negro, y va trajeado de oscuro, con un traje negro y una camisa granate. El tipo de la derecha es el mismo tipo de la izquierda, pero tiene barba y pelo canoso, y lleva un traje gris, con camisa amarilla y corbata naranja. ¿Corbata naranja y camisa amarilla? ¿Quién llevaría algo así?

El coche se detiene en un polígono industrial. Las furgonetas y los camiones de carga van hacia un lado y a otro, hay que esquivarlos y caminar con cuidado por la carretera. Los almacenes se levantan a un lado y a otro del camino. Estoy rodeado de amigos. Falsos amigos. Viejos amigos. Compañeros. Farsantes. Veo a un antiguo amigo detrás de mí, uno de esos personas que consideraste demasiado simple y transparente como para hacerte ningún daño, y sin embargo se volvió un arma tóxica y mortífera cuando se relacionó con tus peores enemigos. Y sin embargo todo es normal. Es como si de un plumazo, todo hubiese vuelto atrás en el tiempo. Bromeo con él, charlo. Me siento extraño, pero de cualquier forma sigo hablando con él. ¿Por qué no iba a hacerlo? Uno de mis mejores amigos viene corriendo. Trae consigo un montón de hojas. Me las acerca y me pide ayuda desesperadamente. Mientras sigo caminando, las echo un vistazo. Son ejercicios, problemas y actividades en una lengua que no puedo entender. La conozco, pero no puedo entenderla. ¿Por qué no puedo? Antes podía perfectamente, la entendía a la perfección. ¿Es que llevo tanto tiempo sin hablarla? ¿Por qué no entiendo ni una sola palabra? Mi amigo se desespera y me grita, me pide ayuda. No puedo ayudarle. Me dice que debería saberlo, que yo lo sé todo. No aguanto la presión. Me estoy agobiando. Tengo a muchos compañeros a mi alrededor, me siento estúpido. No tengo ni idea de lo que me habla, no tengo ni idea de cómo contestarle. ¿Cómo puedes contestar a algo que no entiendes? ¿Cómo puedes ayudar en algo que no sabes? ¿Cómo recordar algo que se te ha olvidado?

Pero de pronto me paro a pensar. No tengo por qué aguantar esto. Como si se tratase del mando a distancia de un DVD, me concentro con fuerza y hago que todo avance hasta unas horas más tarde. Y allí estoy, con ella. Es un bosque. Se trata de algo así como un acueducto romano, lleno de musgo y raíces. Nosotros estamos caminando junto a él, viéndolo desde abajo. El autobús está arriba. Mi novia y yo nos abrimos paso por el agua, que nos llega hasta el tobillo. Estamos hablando de algo. Vuelvo a escuchar la maldita música de fondo. Cuando la música cesa, ella ya se ha callado. Y de pronto me dice que ella de menos a alguien. Es un hombre. Tengo una extraña sensación: creo que no sé de quien está hablando, y sin embargo me siento terriblemente mal. ¿A ese? ¿Por qué echa de menos a ese gilipollas? ¿Es que ya no me quiere? ¿Le gusta ese tío? ¿Le echa de menos porque ya ha tenido algo con él? ¿Que tiene ese tío que no tenga yo, para que tenga que echarle de menos? Pero... ¿Qué coño estoy diciendo? Si ni siquiera sé de quien está hablando.

Llegamos al autobús. Todo está lleno de gente que grita y se divierte, así que nos sentamos atrás del todo. Discutimos. ¿Por qué discutimos? ¿Qué está pasando? No quiero discutir, no digo nada. Tengo la boca cerrada, pero ella se comporta como si estuviese diciendo barbaridades. Se enfada, se marcha de mi lado. Se sienta una decena de filas más adelante. Me quedo solo, atrás del todo en el autobús. ¿Por qué se ha enfadado? Da igual. No la necesito. Si se enfada, que se enfade. No es mi problema. Puedo estar solo perfectamente, sé cuidar de mí mismo. Ya he estado solo antes.

Pero me paro a pensar. No puedo estar sin ella. Me siento solo. Me siento mal. Se ha enfadado por algo que he dicho o ha hecho, pero ella echa de menos a alguien que no soy yo. Y además está conmigo. ¿Cómo se supone que debo sentirme? No me importa si está enfadada. Iré a buscarla. Me levanto de mi asiento y comienzo a caminar por el pasillo del autobús. Puedo ver su pelo claro, puedo ver la parte de detrás de su cabeza. Camino sujetándome en los asientos. Y de cuando lo hago me doy cuenta de que estamos solos en el autobús. ¿Dónde está toda la gente? ¿A dónde han ido, y cuando?

Sigo yendo hacia ella, el pasillo es más largo de lo que parece. Y entonces se gira. Como si supiese que voy a buscarla. Se gira y me mira a los ojos. Y me sonríe. Una sonrisa franca, blanca, perfecta.

Todo empieza a temblar, mis pies se levantan del suelo. El autobús se ha salido del acueducto, y caemos dando vueltas por el aire. Pero ella no despega su mirada y su sonrisa de mí. Está pegada al asiento. Y sigue sonriendo. Yo doy vueltas por el autobús, estrellándome contra el techo, volviendo al suelo, cayendo contra los asientos a cámara lenta. Todo se mueve tan despacio...pero ella no se mueve.

Dibuja un "te quiero" con sus labios, y es lo último que veo justo antes de que el autobús se estrelle con fuerza contra el fondo del valle.


Y me despierto, envuelto en sudor frío. Miro al techo. Siento una mano que roza mi cuello. Me giro y allí está ella. Aprieto su frente con fuerza contra mi barbilla. Y no retengo la lágrima que cae despacio por mi cara, lenta y cristalina. Esta vez no.

Cierro el grifo, y salgo de la ducha. Y la música vuelve a sonar.

viernes, 2 de marzo de 2012

La fábula del infierno.

Esta es la fábula del infierno. Todos los hombres se han enfrentado a ella cuando ha llegado su hora. Unos se han comportado de una forma, otros de otra. Unos lloraron y suplicaron, otros rieron y cantaron. Cuando la leas, deberás responder a una única pregunta, que deberás contestarte en silencio, en tu propia cabeza. Y asumir tu respuesta.

"Un anciano de unos 70 años se encontraba en una sala circular. La sala era de color gris. Completamente gris. El techo, las paredes, el suelo. Todo era gris. No había ninguna puerta.
El hombre comenzó a caminar despacio, a tantear las paredes. Asumiendo que no había ninguna forma de salir de allí. Se lo tomó con calma, se sentó en el suelo. Pasó horas observando la sala, sin hacer ningún otro movimiento. Comenzó a pensar que nunca saldría de allí. Ya no vería a su mujer, a sus hijos, ya no vería a su perro, no volvería a sentarse con sus nietos a contarles historias. No volvería a ver a sus amigos.

El anciano comenzó a desesperarse, y a golpear las paredes. Comenzó a gritar. Quería salir de allí, no podía quedarse allí. La atmósfera se hizo cada vez más opresiva. Más asfixiante, más agobiante. El anciano arañó las paredes con las uñas. Los gritos solo se oían dentro del receptáculo. De pronto se abrió una grieta en la pared. El anciano comenzó a escarbar con desesperación, haciéndose sangrar en los dedos. Quitó la capa de pintura gris y descubrió una puerta de hierro negra, oxidada. Cuando apartó todos los pedazos de pared que le molestaban, el anciano abrió la puerta rápidamente y al entrar, tropezó y cayó en el interior de la siguiente sala.

Echó una mirada alrededor. Aquella sala era idéntica a la anterior. La diferencia residía en algunos aspectos. Ya no era gris, sino rojiza. Como una mezcla de óxido y sangre. Frente a él había otra puerta, con un cartel que rezaba "FIN". Y sobre la puerta, un ser repugnante cuya cabeza daba cientos de vueltas. Segregaba un líquido viscoso y pegajoso de color negro, que salía de un agujero de su cara que simulaba una grotesca y desagradable boca. El ser salía directamente de la pared, como si fuese parte de ella, y tenía la mano sobre el pomo de la puerta. Rugía y hacía ruidos extraños, como guturales, y escupía ese líquido en todas direcciones. Su mano libre se debatía por la sala, buscando algo, como tanteando a ciegas.


El anciano cerró los ojos con fuerza. Se tapó los oídos. Solo escuchaba el burbujeante sonido de su propio latir. Estaba asustado, aterrado. No se movió ni un centímetro, sentado en el suelo, apoyado contra la pared, y acurrucado como una bola. Lentamente, abrió los ojos. El monstruo seguía allí. La sala parecía cada vez más pequeña. ¿Qué podía hacer? No se atrevía a acercarse a aquel monstruo. Le daba pánico. Así que decidió relajarse.

Cerró los ojos y empezó a pensar en cosas buenas. Cosas bonitas. Cosas dulces. Sus padres. Las tardes en el jardín. Los pasteles de su abuela, cuando era un crío. Su pequeño perro, correteando por el jardín. Su esposa, joven, bella. Sus hijos, casándose. Sus nietos, sentados en su regazo. Pensando en eso, podía decir que había tenido una vida plena. Y en paz. Una vida perfecta.
Ahora había comprendido que su vida había sido plena. Y que no importaba si no podía salir de aquella sala. Porque se llevaría con él todos los recuerdos que merecían la pena. Era hora de partir.

Los rugidos del monstruo cesaron lentamente, y poco a poco fueron sustituidos por un cántico celestial, un cántico femenino, dulce y cristalino. Abrió los ojos. La sala era ahora blanca, como hecha del material de las nubes. Blanca y delicada, fina, perfecta, brillante como el más perfecto mármol jamás visto por el hombre. El ser viscoso que rugía y sujetaba la puerta, había sido sustituido por una bella mujer de cabellos dorados, sentada sobre un pedestal junto a la puerta. Su mano reposaba sobre el pomo, y sonreía. Y la sala ya no estaba manchada de sangre y óxido, sino cubierta de enredaderas. De flores. De aromas de todas las clases, de tranquilidad, de calma, de libertad. De paz.

Y la puerta que sujetaba aquella bella mujer, era sin embargo la misma. "FIN", rezaba.

El anciano caminó lentamente hacia ella. La mujer le tomó de la mano sonriente, y giró el pomo hasta abrir la puerta. El hombre entró en su interior. Respiró por última vez.

Y murió en paz".