lunes, 1 de julio de 2013

Oración del maldito.

Soy hijo del Sol,
el herrero de canciones.
No podrías tocarme
Abrasaría todos tus miedos,
abrasaría todos tus cuerpos,
abrasaría el límite de tu aliento.
¿Y qué es un mortal que no puede morir?
¿Qué sentido tiene quemar la impureza de los mortales,
dejar que vivan para siempre?
Ya no sería vivir.
Ni siquiera sería soñar.
Ya estarían todos muertos.
Por eso la gente no quiere tocarme.
Porque soy hijo del fuego del cielo,
el hermano de la luna.
La gente no quiere tocarme por miedo a no tener su propia historia.



Soy hijo de la sangre,
la cerveza de los cuervos.
No podrías beberme.
Te daría vida,
te daría fuerza,
te daría valor para afrontar tus batallas.
¿Y qué es un guerrero que depende de algo o alguien para afrontar sus batallas?
¿Qué sentido tiene depender de alguien para vencer?
Ya no sería un combate.
Ni siquiera sería ordenar.
Ya estaría todo vencido, no habría lugar para su propia gloria.
Por eso la gente se aleja de mi.
Porque soy hijo del sudor de la guerra,
del rocío de los muertos.
La gente se aleja de mi por miedo a no tener su propia historia.



Soy hijo del escudo,
la manta de la vida
No podrías sostenerme.
Te daría protección,
te daría cobertura,
te daría tu propia vida a cambio de la ira de tus enemigos.
¿Y qué es un guerrero que no puede sentir las heridas en el campo de batalla?
¿Qué sentido tiene el no poseer cicatrices ni heridas de las que alardear tras la guerra?
Ya no sería un soldado.
Ni siquiera sería descansar.
Ya habrían acabado las guerras, no habría lugar para la sangre ni las flechas.
Por eso la gente se aleja de mi.
Porque soy hijo de la tierra de la espada,
de la Luna del guerrero.
La gente se aleja de mi por miedo a no tener su propia historia.


No me queda sino gritar en el abismo.
No me queda sino enfrentarme a mis demonios.
No me queda sino domesticar a las bestias.
No me queda sino aullar a la luna.
No me queda sino sangrar sobre los campos.
No me queda sino resistir hasta el fin de los tiempos de todos,
para traerlos de vuelta al comienzo.

Tregua (II)

Su mano, enfundada en un guantelete de anillas y cuero, acarició con suavidad la corteza del árbol más cercano. El contraste era escalofriante y hermoso al mismo tiempo: una mano hecha para la guerra, un guantelete ensangrentado y polvoriento, acariciando aquella corteza como si fuese el rostro de una niña.

Lentamente se internó en el bosque. Se abrió el broche que portaba al cuello, y el negro y peludo manto que cubría sus hombros cayó tras él, como cae la noche sobre los tejados, abrigando al miedo y ahogando la esperanza.

Sus manos fueron palpando cada corteza con cariño, con respeto. Ni una sola astilla, ni un solo pedacito de madera cayó del tronco. Los guantes pasaban por encima con tanta delicadeza que era imposible demostrar si realmente estaban tocando el árbol.

Soltó las hebillas de los guanteletes, y sus manos desnudas fueron arropadas por el gélido viento que se deslizaba entre los árboles. La niebla cubría absolutamente todo, de forma que era imposible ver más allá de 5 o 6 árboles por delante. El guerrero se internaba en la espesura, en la sombra, en la niebla, en la nada. No tenía miedo, pero tampoco sentía valor ni arrojo. Sentía indiferencia, apatía. Añoraba la muerte. Caminaba con la esperanza de observar a las valkyrias de frente y besarlas entre los ojos, acariciar sus rostros y pedir con los ojos cerrados que le llevasen lejos de aquel lugar. Que le otorgasen su merecido descanso. Que le dejasen ser partícipe de la eternidad.

Una a una, soltó las ataduras de su coraza de cuero y metal. Abriéndola por el frente, sacó los brazos de las mangas y dejó que la prenda cayese con fuerza contra el suelo. Su torso desnudo sintió la agonía helada que sacudía el bosque en silencio, como si un millar de serpientes de hielo acariciasen los troncos y congelasen la zona a su paso lentamente, sin que nadie se percatase.

El guerrero llegó a un claro y extrajo su espada por encima del hombro. Con firmeza, clavó el arma en la húmeda tierra. Se arrodilló, y recitó en voz alta:

"A ti me encomiendo, hermana del sueño. 
A ti encomiendo mi cuerpo, que se convierta en carne para los lobos. 
Que se convierta en árbol para los cuervos. 
Que se convierta en avena para las águilas. 
A ti me encomiendo para no volver".

Frente a la espada, una enorme grieta se abrió desde el filo clavado en la tierra hasta el árbol que presidía el claro. Y con la fuerza de un dragón, una mujer alada salió despedida del interior, dejando tras de sí una estela de luz del color de la aurora boreal. Aquel ser dio una lenta vuelta en lo más alto del cielo y descendió al claro con suavidad. Era una mujer hermosa, de ojos claros y pelo del color de la sangre. Sus alas grisáceas poseían un brillo indescriptible, y al batirlas levantaba remolinos de hojas secas recubiertas de escarcha, dándole a la escena una belleza inexplicable. Su piel era pálida como la nieve de las montañas, y su cuerpo desnudo estaba cubierto de pinturas de guerra, pinturas de águilas, lobos, serpientes, osos, cuervos...pero ningún humano. Solo vestía con harapos sangrientos, manchados con la vida de los caídos en combate. Todos aquellos muertos yacían en el interior de la fosa. El guerrero se asomó, y observó los cadáveres que yacían en la tierra, con sus cuencas vacías, sus ojos fríos y muertos, que lo observaban. Lo llamaban.

La valkyria se inclinó lentamente sobre él. Posó las manos en su cabeza y besó su frente con infinita ternura, susurrando:

"Es la hora. Pero no la tuya".

Aquel mágico ser se dejó caer hacia atrás, hacia la grieta donde yacían los muertos. En su vuelo, cogió con fuerza la espada que el guerrero había clavado en el suelo. La espada que siempre lo había acompañado, la espada que había hecho de él lo que era. Con una mano la sujetó en horizontal, la otra mano acarició la hoja de un lado a otro. El arma emitió un fuerte brillo, y el hierro comenzó a derretirse entre destellos.

Las gotas de hierro derretido cayeron al suelo, frente al guerrero. Una a una, y manteniendo su calor, comenzaron a unirse velozmente en cuanto tocaron el suelo. Se fueron encadenando las gotas hasta que en la mano de la valkyria solo quedó la empuñadura, la cual la mujer colocó en la corteza del árbol que presidía la grieta, como si se tratase del pomo de una puerta infernal. Después se acercó al guerrero, y mirándole a los ojos, habló:

"Esta es tu oportunidad de combatir hacia dentro, no hacia fuera. Ya no estás solo. Cuando comprendas el significado de tu mundo, volverás. Y deberás decidir si vuelves para traerlos del otro lado, o para unirte a ellos. La espada es la llave".

Y una vez dicho esto, la valkyria remontó el vuelo hacia lo alto y penetró en picado en la grieta, cerrándola tras de sí.

Allí quedo el guerrero: desnudo, desarmado, en la soledad del invierno. Y entonces comprendió que no estaba solo: una serpiente de hierro, creada a partir de las gotas candentes de su espada, había ascendido por sus piernas y ahora se enroscaba con delicadeza alrededor de sus hombros. Aquella oscura serpiente lo miró a los ojos, y volvió a enroscarse sobre él lentamente, como si la hubiera domesticado sin ni siquiera conocerla.

Y con el hierro de aquella serpiente al hombro, que lo mantenía más caliente que ninguna otra hoguera, se internó en la niebla.

martes, 28 de mayo de 2013

Sacra.

El guerrero abandonó el hogar. No miró hacia atrás, ni apreció los rostros brillantes de su familia, que lloraba por su marcha. Porque allí no había familia alguna que lo hiciese. Simplemente, tomó el último trozo de pan, sus ropas, su manto, sus armas, y partió hacia la Gran Montaña.

Cuando llegó al bosque, encontró una ardilla atrapada en un zarzal. Escuálida y hambrienta, la ardilla era incapaz de liberarse. El guerrero se quitó los guantes y separó las ramas con sus manos. Las espinas se hundieron en su carne y la sangre empapó la tierra. Una vez liberado el animal, le dio su último trozo de pan. La ardilla lo tomó con avidez, y corrió hacia el espesor del bosque, hasta que el guerrero la perdió de vista. No poseía más comida, pero no importaba.

En su camino se introdujo en la espesura, y la noche cayó sobre la región. Hizo un fuego improvisado en el que calentarse y apenas tuvo tiempo de sentarse junto a las llamas. Escuchó a un niño asustado y lloroso, a los pies de un árbol. Las sombras los rodeaban, y el niño temblaba de pánico. Lejos de detenerse a descansar, el guerrero tomó una rama y envolvió su camisa en ella, prendiéndola fuego. Cogió al niño, y caminó con él a través del bosque, tranquilizándolo. Una vez en los últimos árboles, la figura de una mujer corrió a su encuentro y abrazó con fuerza al niño. Observando con recelo al guerrero, reparó en que su camisa ardía en la improvisada antorcha.

MADRE: ¿Por qué te has desprendido de tu camisa para ayudar a mi hijo, si a partir de ahora solo podrás cubrirte con tu manto?
GUERRERO: Porque podía.


Y se alejó.

Encontró en el camino a un hombre atado a un árbol, herido y solo. El guerrero se acercó y soltó sus ataduras con las manos, que ardían por las heridas causadas con el zarzal. El hombre estaba desnudo y cubierto de sangre, por lo que le tendió su manto y  lo arropó en él. El hombre levantó la mirada, feliz.

HOMBRE: ¿Por qué te has desprendido de tu manto, si a partir de ahora deberás viajar con el torso desnudo?
GUERRERO: Porque podía.

Y dejó al hombre atrás.

Una vez salió del camino, el guerrero comenzó a ascender la Gran Montaña. El cruel sol abrasaba su espalda desnuda, el hambre le mermaba las fuerzas y sus manos apenas podían agarrarse a la colina. Cuando había logrado escalar unos metros, encontró a una mujer que no podía subir por sí sola. El guerrero soltó todas sus armas, y cargó al hombro a la mujer. A cada paso, las rodillas crujían. Los muslos dolían. La espalda, que cargaba con el peso de la mujer, se tensaba como la cuerda de un arco. Al llegar a la cima, extenuado y con el cuerpo destrozado, dejó a la mujer donde lo pidió.

MUJER: ¿Por qué has cargado conmigo, si a partir de ahora viajarás desarmado y el cansancio no te permitirá llegar antes a tu destino?
GUERRERO: Porque podía.


Y siguió ascendiendo.

Cuando llegó a la cima, el guerrero penetró en la cueva. Sabía que allí se hallaba un sabio, el Sabio de la Verdad. Estaba vestido con coloridos y extraños ropajes y su rostro se hallaba cubierto de una máscara, una extraña máscara con forma de cráneo humano. Solo se le veía la boca, una boca sin felicidad ni tristeza en ella. El guerrero se acercó al Sabio, y se hincó de rodillas frente a él.

SABIO: ¿Por qué has subido hasta aquí arriba para hincarte de rodillas, tú que nunca cedes ante nada ni nadie?
GUERRERO: Porque necesito una respuesta que solo tú puedes darme.
SABIO: Pregunta entonces.
GUERRERO: ¿Por qué hago que los demás sigan viviendo a costa de mi propia vida, solo porque puedo?
SABIO: La pregunta es si realmente quieres o debes hacerlo, hijo. ¿Qué te dicta tu corazón?

El guerrero se incorporó y agarró con fuerza el cuello del Sabio. Lo arrastró fuera de la montaña, y arrancó la máscara cadavérica que cubría su rostro. Al hacerlo, comprobó que el Sabio de la Verdad no tenía rostro. Solo una gran boca que respondía a las preguntas de los viajeros.

GUERRERO: ¿Cómo alguien sin rostro puede hablar de la verdad que todos quieren ver, si nunca la ha visto?
SABIO: ¿Cómo es que tú ayudas a todo el mundo porque puedes, si ellos nunca han podido?

El guerrero no dijo una sola palabra. Arrojó al Sabio desde lo alto de la Gran Montaña y escuchó su desgarrador grito, estrellándose contra las afiladas rocas que encontraba en su camino hacia la muerte. Se sentó, y dejó que una enorme manada de lobos lo rodease. Los animales se acercaron lentamente, y se sentaron junto a él. Lo lamieron, lo acariciaron, se apoyaron sobre sus piernas. Y el guerrero cerró los ojos.


GUERRERO: Sea el Caos.


jueves, 16 de mayo de 2013

"Pills won't help you know".

Vida.
Fuego.
Humo.
Luz.
Sombras.
Colores.
Viento.

Dolor.
Cansancio.
Duérmete.
Duérmete.

Pared.
Sangre.
Risa.
Soy yo.
Nadie más.
Yo.

Imágenes.
Sol.
Luna.
Sol.
Luna.
Ciclo.

Dolor.
Cansancio.
Duérmete.
Duérmete.

Viento.
Colores.
Sombras.
Luz.
Humo.
Fuego.
Muerte.

martes, 14 de mayo de 2013

La sala.

El chico abrió los ojos lentamente. Su vista tardó un buen rato en acostumbrarse a la luz: todo era brillante, tanto que apenas era capaz de distinguir su propia mano protegiendo sus ojos del poderoso haz de luz. Poco a poco, las siluetas cobraron forma.

Se encontraba en una sala, una gran sala de paredes claras. Vislumbró entonces estatuas, cuadros, vasijas. Observó fascinado aquellas obras de arte. De variados y vivos colores, aquellas obras poblaban la sala como si de un museo se tratase. Se incorporó y caminó entre ellas, despacio, observándolas. Miró a los ojos a las estatuas, que lo observaban con ternura, perfectas y robustas. Miró los cuadros, situados tras vitrinas infranqueables que mantenían intactos sus hipnóticos y atractivos colore. Y por último, miró las vasijas, las únicas obras de arte que podía observar de cerca, siendo de su misma altura. Pasó su mano por encima, y eran cálidas y agradables. Y con esta sensación, se acurrucó en el centro de la sala y durmió.


Al despertar, la luz de la sala era mucho menos intensa. Para su asombro, apenas podía moverse con libertad: estaba rodeado por las vasijas. Lejos de parecer bellas y perfectas, las miró fijamente y se le antojaron simples y hoscas, todas con la tapa abierta. Algunas presentaban sustancias pegajosas en su superficie, otras estaban sucias y agrietadas, otras llenas de polvo y telarañas. Y solo unas pocas se mostraban tan bellas y brillantes como el día anterior.

Alzó la vista por encima de aquel corro de vasijas que lo avasallaba y vio como las estatuas estaban giradas,  dándole la espalda en aquella incómoda escena. Trató de atravesar el corro de vasijas entre ellas, pero era imposible. Demasiadas. Comenzó a sentirse amenazado ante aquella situación tan bizarra. Se agobiaba. Estaba nervioso, sudaba. Y en un arrebato de liberación, empujó una de ellas.

La luz parpadeó un instante, el tiempo justo para que el chico cayese hacia atrás con el impulso y la vasija se le viniese encima. El objeto cayó sobre él con fuerza, que trataba de sujetarlo desde el suelo. La vibración y el pataleo del crío provocó que el suelo temblase con fuerza, y las vasijas comenzaron a caer sobre él. Al verlas más de cerca, observó sus colores oscuros y agresivos, que lo arrinconaban contra el suelo y lo aplastaban. El miedo se apoderó de él. El miedo, el agobio, el pánico, la ansiedad. Cerró fuerte los ojos y trató de sujetarlas en vano. Los recipientes caían sobre él, uno tras otro, aplastándolo y magullándolo. Sintió así por primera vez el sabor de la sangre en su boca. Sintió el dolor. El cansancio. Las vasijas lo asfixiaban, sus brazos no podían con el peso y sus piernas estaban inmovilizadas. Ni siquiera gritando, golpeando y pataleando logró librarse.Su cuerpo cedió al brutal cansancio y se rindió al dolor. Y durmió de nuevo.


Al despertar, la boca seguía sabiendo a sangre, pero sus heridas estaban secas y cuarteadas. Sentía los moratones en la cara y el cuerpo. A duras penas abrió los ojos y se incorporó lentamente, y comprobó que las vasijas estaban agrupadas lejos de él. Diferentes grupos. Apartadas. Y ante él se erigía una estatua altiva, que ya no lo observaba con ternura, sino con autoridad. Altiva. Amenazadora.

"Solo es una estatua", se dijo. "No puede hacerme nada. Nadie puede hacerme nada", se dijo. Así que caminó por la sala, entre las obras de arte. Ya no las miraba fascinado, ya no le interesaban. Las miraba con desdén y de reojo. Dejó las vasijas y las estatuas atrás y observó todos aquellos cuadros que no podía alcanzar, tras aquellas vitrinas: estaban volteados. Ya no podía ver ninguno. Asqueado de aquel lugar, se rebeló. Comenzó a lanzarse contras las vasijas, y cuando alguna se le caía encima, la apartaba a golpes. Ni siquiera se preguntaba por qué. Solo cuando se giró y comprobó que uno, solo uno de todos los cuadros, no solo no tenía ninguna vitrina sino que además estaba girado hacia él, solo entonces se detuvo. Cesó la locura y se sentó junto al cuadro. Y desde entonces, noche tras noche, cuidó del cuadro. Retocó sus colores, lo acarició,durmió sentado contra la pared, protegería aquel cuadro con su vida.

Una mañana, el cuadro no estaba. Todos los demás cuadros se encontraban fuera de sus vitrinas, volteados hacia él. Ahora podía verlos, tocarlos, acercarse a ellos. Pero no. Él quería de vuelta su cuadro, su único y maldito cuadro. Y ya no estaba. Ya no estaba el cuadro que le había esperanzas, que lo había salvado de si mismo. Ya no estaba el único cuadro que le importaba.

La oscuridad reinó en la sala. La locura, la soledad, la rebeldía, el dolor. Todo comenzó a rotar con fuerza dentro de su estómago. Y enloqueció. Insultó a las vasijas, insultó a las estatuas, a los cuadros. A todas aquellas mierdas de obras de arte que lo habían jodido, que lo habían apartado y dejado solo. 

Destrozó a golpes las vasijas, que le habían hecho daño, lo habían acorralado, lo habían asfixiado y le habían decepcionado al verlas de cerca.
Destrozó a golpes las estatuas, que le habían dado la espalda cuando no tenía nada más.
Destrozó la estatua, aquella estatua que le había hecho creer que era insignificante, que no era nada más que una mierda que lloriqueaba y se retorcía en el suelo, ensangrentado.
Destrozó los cuadros que no lo habían siquiera mirado cuando no tenía nada ni nadie y más lo necesitaba, los que habían aparecido cuando no necesitaba a nadie más que a sí mismo.
Destrozó todas y cada una de las obras de arte que poblaban la sala.
Y disfrutó haciéndolo.



Extenuado, ensangrentado y sudado, cayó en el centro de la sala. Jadeaba, y solo le respondía su propio eco asfixiado y roto. Estaba solo.
Echando un vistazo alrededor, comprobó por primera vez que la sala tenía una puerta. Lentamente se incorporó y, a duras penas y cojeando, la alcanzó. Se armó de valor, y la abrió con los nudillos apretados. Y entonces lo entendió.

La sala contigua, era idéntica a la anterior.