En una costa lejana, más allá de donde alcanza la vista, se extiende una cordillera de huesos inmensos. El cadáver de un gigante yace tirado sobre la hierba, descansa sobre la arena y muere en el mar, y su esqueleto se alza ante la vista del visitante, que cegado por la intensidad del sol a campo abierto, cree ver una ciudad, en lo que en realidad ve un túmulo.
Aquella aldea de tuétano y graznidos de cuervos, aquel altar de la muerte situado en ninguna parte y de nombre incierto, atraía a las malas gentes del lugar. Bajo la promesa de tesoros y riqueza, bandidos de toda clase y condición se acercaron al esqueleto del gigante, a sacar todo cuanto fuera posible para enriquecerse. Tal fue el saqueo, que las historias se extendieron a los vecinos más lejanos. Aquellos que nunca habían visto el mar, llamaron la Costa Negra a aquel túmulo a caballo entre Poseidón y Hades. Aquellos que habitaban la ya llamada Costa de la Muerte, lo llamaron el Relado, por el estado en el que quedaron los huesos tras el saqueo. Aquellos que ya habían estado, no le pusieron ningún nombre. Se limitaron a no regresar.
El bandidaje se asentó poco a poco entre los huesos del gigante. Comercios, restaurantes, hogares, plazas. Una ciudad en toda regla, enmascarada por un paisaje céltico y una sonrisa falsa que no muchos terminaron de creer. Para la desgracia de quienes cayeron en la trampa, la Costa Negra se los tragó lentamente, hasta asfixiarlos. Pero esa es otra historia.
El Gran Esqueleto tenía su propia Corte de dirgentes. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey, dicen. Si entre las gentes del Relado ya había suficientes maleantes para saquear los palacios de 10 reyes, sus dirigentes eran capaces de saquear ellos solos una treintena de palacios, de reyes o emperadores. Tal era su codicia que al llegar al poder, no dudaron en terminar de saquear lo poco que le quedaba al lugar, para después vender el propio hueso del gigante. Organizaban una fiesta en el extremo oriental de la aldea, y mientras los transeúntes miraban hacia esa zona, sus líderes asaltaban el costillar gigante en plena noche y no dejaban nada para los cuervos. La memoria no era nada a respetar cuando se trataba de dinero. Y es que cuando no quedó nada más que comer, cuando ya se hubo saqueado todo lo que se pudo en el Relado, las gentes comenzaron a comerse las monedas. Comenzaron a masticar el cobre con el ansia de quien muere de hambre. Pero no había dinero suficiente en el mundo para calmar el hambre de aquellas gentes.
Las gentes del Relado eran peculiares. Si solo hubiesen sido bandidos, hubiese sido otro pueblo más, como los hunos o los cosacos. Pero si los comparásemos a estos, estaríamos faltando al respeto y al honor del que hacían gala estos pueblos. No, la gente del Relado no sabía de honor. En sus macabros intentos de calmar su sangrienta hambre, las gentes de aquel lugar terminaron comiéndose su honor, masticando y salivando como perros rabiosos en una perrera abandonada. Las gentes que habitaban el Gran Esqueleto se miraban los unos a los otros con desconfianza, con rencor. Todos envidiaban la casa del de al lado, todos miraban con recelo la bolsa de dinero que llevaba el vecino. El hambre y su alma negra hacía que la gente desarrollase un odio intenso hacia todo lo que estuviese fuera de sí mismo. No quedaba comida, bebida, dinero, ni honor que comer. Así que la deshumanización de la Costa Negra comenzó a extenderse poco a poco. La gente se comió los gusanos que aún poblaban el decadente esqueleto. La gente se comió sus principios, acompañándolos de corteza, para que el sabor no los hiciera sentir culpables. La gente masticó la ilusión, escupiendo grandes pedazos, pues la lusión es amarga como un limón podrido. No tuvieron ninguna duda en comerse la felicidad a bocados, como niños desnutridos, y ni siquiera pensaron en lo que estaban haciendo cuando se comieron su libertad. Pero nada de esto sació a las gentes del Relado. Nada.
Cuando uno ha vaciado su bolsa, la más llena y cercana es la del vecino. Pero si el vecino también ha vaciado su bolsa, ¿qué puedes arrebatarle? Las gentes del Relado elaboraron un plan ancestral: todo nuevo habitante traerá consigo una bolsa con ilusión, felicidad y libertad. Jugosos bocados para un pueblo decadente y monstruoso como el del Gran Esqueleto, que no dudaban en despojar a todo niño o viajero de aquellos bienes para que nunca pudiesen marcharse. La Costa Negra se convirtió en un lugar oscuro, gris, donde el Sol dudaba de sí posar sus rayos, por si aquellas gentes decidían masticarlos. El Gran Esqueleto creció en población, y desde los cielos solo era una montaña de huesos y cuervos, donde las gentes del lugar reptaban y vivían como gusanos, comiéndose lentamente los restos y los cadáveres. Por el día, la sonrisa falsa y demacrada estaba a la orden del día: trataban de robar y comer todo lo que podían. Si el rival era fuerte, en pocos días lo desmoralizaban por completo, arrebatándole todo vestigio de humanidad y de felicidad, pues los hombres tristes son presas fáciles. Por la noche, los vicios corruptos y malsanos de aquellas gentes salían a relucir: algunos cortaban el cuello del vecino, para emborracharse con su sangre hasta caer al suelo, ebrios de crueldad; algunos se masturbaban en los cementerios, jubilosos por la desgracia ajena; otros colgaban a niños de los pulgares y los ablandaban a patadas, como el carnicero que golpea la carne en su establecimiento; otros agarraban en callejones oscuros a las mujeres feas o gordas, las metían en un carromato lleno de espejos, y se reían a su alrededor toda la noche; otros escribían falsas historias y mentiras en papeles, hacían aviones de papel, y dejaban que circulasen por el pueblo, para que alguien lo leyese y hacer caer una desgracia sobre los implicados; otros se hacían cortes en las muñecas y culpaban a su vecino, para poder comerse el buen nombre del enemigo y para alimentarse con la atención de quienes les creían. Todo formaba parte del objetivo total del Relado: comer. Alimentarse de todo. Comer del plato ajeno, comer de la cara ajena, comer del estómago ajeno.
Aquel Gran Esqueleto en podredumbre se levanta aún en la lejanía, y los pocos incautos que caen en el lugar tienen la desgracia de comprobar cuantas tragedias aquí he relatado. Aquellos que estuvieron allí el tiempo suficiente, marcharon a la primera ocasión. Aquellos que siguen volviendo, están malditos. Y aún vagan por el mundo, sin rumbo, buscando un rayo de luz, un lago limpio, una sonrisa sincera, un abrazo y un espejo sin imperfecciones, para librarse de la maldición del Relado.
martes, 15 de abril de 2014
domingo, 23 de marzo de 2014
El Valle.
Lo observé durante mucho tiempo. Me acerqué lentamente, con temor y con la esperanza de que estuviese muerto. La luna se escondió entre las nubes, lentamente, como si acabase de presenciar un asesinato. El valle se sumó en tinieblas. Una brisa mortecina levantó las hojas marchitas del suelo, que formaron un remolino ascendente, para volver a apagarse contra la tierra gris y yerma: no había vida en aquel lugar. Todo, gris o negro, se mecía despacio, como un cuadro al que no terminaron de darle vida, y lucha por moverse.
La gota de sangre resbaló por el filo frontal de su casco. Descendió como los suicidas descienden por la montaña, directa, sin freno. Se deslizó por el metal sucio y desnudo, y se estrelló contra la tierra, empapando de rojo cada grano. Se escuchó una respiración a través de la pieza de armadura: un denso vaho de color negro salió de ella, como si el mismísimo diablo respirase ahí dentro. El hombre, arrodillado ante la nada, se sujetaba, apoyando la cabeza y las manos, a la empuñadura de una gran espada incrustada en el suelo del valle. La hoja del arma mostraba innumerables grietas. Filo mellado, metal teñido de sangre negra y seca, empuñadura sucia. Si aquel mandoble había sido noble en el pasado, ahora no era más que un instrumento de muerte asesinado. Alrededor del hombre, yacían decenas de cadáveres. Aquel lugar parecía un campo de batalla. El desalmado había acabado en combate con todas aquellas personas. Y se había arrodillado a descansar. Maldecí su presencia, pero no pude evitar observarlo detenidamente.
El arrodillado tenía un porte sombrío, sin esperanza. Creo que aquella escena podría resumirse en eso: no había esperanza alguna en aquel lugar, en aquellas armas, en aquel hombre. A duras penas podía ver mis ojos verdes reflejados en aquella indumentaria: no había pieza de su armadura que no estuviese manchada de sangre, roja y negra. De ceniza. De tierra. La capa, coronada de pelo blanco, era una pieza de tela roida y húmeda, cuyo pelo estaba empapado y sucio hasta el punto de gotear sobre sus hombros. Aquel hombre no olía a caballero, olía a perro. A perro callejero, empapado, y sucio. Las preguntas asaltaban mi mente. ¿A quién podría haberle robado aquella armadura? ¿Quien fue el ingrato que perdió tan nobles vestimentas para acabar en manos de un sucio can humano que las maltrataba de esta manera? Y sobre todo, ¿en qué mil líos había acabado este desalmado, para que sus ropajes estuviesen tan horriblemente destrozados?
Observé que la mano derecha del hombre no la cubría guante alguno. Presentaba decenas de heridas y contusiones, y mostraba un lejano símbolo del Norte. La protección del guerrero, las runas del destino, la brújula de la guerra, la salvación. Y seguía aferrada, hasta la blancura, al pomo de la gran espada. Me acerqué hasta observarlo de cerca, como quien observa una estatua. Me fascinaba aquel vaho negro que salía bajo su casco. Posé la mano sobre la suya, y la descubrí fría. Helada. Aquella era la mano de un muerto. Era como si Hel en persona estuviese abrazada a su alma, decidida a llevarse lo que es suyo. En el momento en que toqué su mano, la negra respiración se agitó y los vientos se tornaron fuertes y fríos. Ya no estaba seguro de si estaba ante una bestia o un hombre. Volví a mirar los cadáveres que lo rodeaban. La naturaleza mortífera que desprendía aquel ser confirmaba que no habría necesitado de ninguna ayuda para acabar con todas aquellas personas.
Lo rodeé despacio, observé cada detalle a su alrededor. A juzgar por aquel tatuaje de su mano, única parte visible de carne humana, aquel ser había venido de muy lejos, y lo único que hacía era yacer de rodillas en el suelo de un valle de ceniza y muerte, respirando lentamente y sufriendo dentro de una armadura inexpugnable. ¿Quién querría ser un instrumento de muerte a costa de su propia vida? Observé detenidamente su casco, y contemplé que no disponía de ninguna correa, de ninguna sujeción. Su cuello no estaba al desnudo, la malla cubierta de sangre seca bajo la armadura tapaba la carne. Todo era una única pieza de metal, que cubría un cuerpo que en mi cabeza cobraba mil formas monstruosas. Pero durante mis divagaciones, contemplé horrorizado la sombría naturaleza del casco: cabezas de clavos asomaban a lo largo y ancho del mismo, en hileras. No eran adornos, no eran simples ornamentaciones. Aquel ser tenía el casco clavado a su cabeza. Inspeccioné su armadura y corroboré mi teoría: aquella armadura estaba clavada a su cuerpo. Metal y carne eran solo uno. Incluso aquella capa estaba atada con alambre al conjunto. No eran vestimentas robadas. No era un intento de porte, de elegancia, no era la imitación barata de un caballero. Era un instrumento de tortura anclado a un hombre. O a una bestia. ¿Qué o quien podría haberle hecho? ¿O qué mal terrible había llevado a cabo aquel ser para recibir tamaño castigo?
Sin duda, su aspecto era terrorífico. No había color en su indumentaria, y no había color alguno en aquel valle. Solo la sangre roja que goteaba por su indumentaria y mis ojos verdes, temblorosos, reflejados en la armadura, aportaban notas de color a aquel infierno sobre la tierra. Volví a dirigir mi mirada a los cadáveres del suelo. No cabía duda de que fuese lo que fuese lo que había hecho para recibir aquel trato, aquel ser lo merecía. La pregunta era: ¿por qué? Y así pasé días y noches junto aquel hombre-estatua, intentando averiguar el misterio que lo rodeaba. Ninguna palabra salió de su boca. Solo aquella respiración lenta, pesada, que dejaba tras de sí un halo negro y frío. Una de las veces acerqué mi mano a aquella bocanada, para no volver a hacerlo: el frío era insoportable. Intenté mirar dentro del casco innumerables veces, buscando unos ojos en aquelal inmensidad. Solo encontré vacío. Aquella armadura parecía una inmensa e inexpugnable fortaleza, y sea lo que fuese lo que había dentro, solo era dolor y soledad.
Una noche desperté, con las sacudidas de lo que parecía un terremoto. Los ruidos y los gruñidos que retumbaban en el valle me hicieron darme cuenta de que no estaba en el lugar adecuado. Recogí mis cosas y me dispuse a correr a lo alto del valle.
Las tropas que llegaban de la lejanía eran humanas. Altos paladines de armaduras relucientes, martillos y espadas impecables y rocines blancos. Aquellos sí que eran caballeros. Aquellos humanos, eran seres formidables, estandartes de pureza y elegancia. Descendieron al centro del valle, donde yacía mi sombrío compañero, y lo rodearon. Algunos de los recién llegados descendieron de los caballos. Rodearon al arrodillado soldado, y comenzaron a mofarse de él. Las carcajadas llenaron el valle. Observé, impotente, desde lo alto de aquella colina, como lo pateaban, lo atacaban con lanzas y lo escupían. Uno de ellos orinó sobre su capa. Le preguntaron si le gustaban sus tierras. Le trajeron un carro, con un caballo muerto, que se pudría sobre las maderas del vehículo, y se lo dejaron caer frente a él. Los caballeros se taparon la boca entre risas. El hedor a gusanos y muerte llegó hasta lo alto de la colina en la que yo me encontraba. Le dijeron que ahora tenía un caballo, como ellos. Que podía montar y cabalgar por sus tierra como los grandes reyes. Llegó otro carro, y dejó caer otra decena de cadáveres en la llanura, aumentando el número de muertos que rodeaban al arrodillado. Le dijeron que aquí le traían más siervos, que los gobernase como lo haría un gran rey. Más risas. Más carcajadas.
De pronto, de entre todos ellos, una figura blanca se acercó al arrodillado. Los caballeros se apartaron, entre risas, extrañados de aquel acto de espontaneidad. La figura era una dama, encapuchada, fantasmal. La misteriosa mujer se acercó al soldado, y posó su mano sobre el casco. Fue tan solo un gesto, una caricia, un detalle, pero a día de hoy juraría que aquella armadura pareció brillar con un leve destello.
Lo que recuerdo entonces fue muy fugaz. Uno de los caballeros apartó de un manotazo a la mujer, que cayó al suelo y se empapó de sangre y tierra, y otro de ellos trató de agarrarla contra la tierra. El caballero arrodillado, entonces, cobró vida. Aquella armadura de muerte se incorporó por primera vez ante mis ojos. Desclavó la enorme espada del suelo, la volteó con ambas manos y desgarró el pecho del caballero de un solo tajo, cuya herida escupió sangre como si de una fuente se tratase. Sin detenerse, se giró hacia el caballero que había intentado agarrar a la dama, e incrustó el filo de su hoja en la cabeza del hombre. Los demás trataron de arremeter contra él, y el espectáculo de horror cobró vida. Las lanzas se incrustaron contra los costados del guerrero. Las flechas cubrieron su pecho y su espalda. Los cuchillos se clavaron incesantemente en su cuerpo. Pero aquel ser no se detuvo. Su mandoble giró hacia un lado y otro, seccionando cuerpos y asesinando enemigos. Como si el Guerrero de Una Mano hubiese guiado su espada, no quedó enemigo en pie de todos cuantos intentaron atacar. Entonces ella se incorporó, con una sonrisa en su angelical rostro. Posó su mano de nuevo en el hombro del soldado, y éste se detuvo. Con la otra mano, ella hizo un leve gesto. Todos los presentes se convirtieron en polvo, en nada.
Maravillado ante aquella magia, me acerqué tanto al borde de la colina para observar aquella escena que resbalé, y caí rodando, hasta detenerme a unos metros de ambos. El ser al que había acompañado hasta en ese momento, día y noche, intentando averiguar su procedencia, levantó entonces la gran espada y se dispuso a destrozarme. Pero la dama detuvo el filo con el mismo gesto que antes. Aterrorizado, me quedé anclado al suelo, temblando de frío y miedo.
Aquella mujer se quitó la capucha, desvelando un cabello rojo como la sangre que cubría la tierra. Sonrió y se acercó a mi. Vi como su mano se acercaba a mi, y cerré los ojos, con pánico a que el guerrero acabase con mi vida. Sentí la cálida palma de la mano de aquella mujer sobre mi cara.
- Tranquilo. Todo ha acabado.
Abrí los ojos lentamente, y observé como el guerrero se arrodillaba lentamente frente a mi. La dama yacía sentada, sonriente, limpiando la sangre de la espada con un trapo empapado, como quien cuida de una estatua. Era cierto: aquel horror había terminado. Me sequé el sudor de la frente con mi mano derecha. Y observé algo que había pasado desapercibido para mí hasta aquel momento: mi mano revelaba un tatuaje extraño. Una marca. Del Norte. La protección del guerrero. Las runas del destino, la brújula de la guerra, la salvación. Atónito, volví a observar a mi compañero de noches y días, a aquel ser atormentado y arrodillado que yacía frente a mí, con decenas de flechas clavadas a su espalda, cubierto de sangre y tierra.
Y unos ojos vacíos me devolvieron la mirada desde el interior.
(Mejor luchar y caer, que vivir si esperanza) - Volsung Saga, c.12)
miércoles, 19 de febrero de 2014
Levántate.
Eres un cobarde.
Eres patético y lo sabes.
Eres la vergüenza de una legión de almas que han ido muriendo, una tras otra, para llegar aquí.
Ya ni siquiera sabes dónde dejaste tu espada, o por dónde se rompió tu escudo. No recuerdas de dónde vienes, ni a dónde vas. La armadura te pesa, te pesa demasiado, el sudor hace que el metal se deslice y vas perdiendo piezas por el camino.
Tú no eres un titán, eres un ser ridículo. Eres poco más que una piedra en el camino. ¿No escuchas los gritos aquí dentro? Somos nosotros, clamando sangre. Somos nosotros, pidiendo que nos dejes salir. Pidiendo que sueltes las cadenas, que nos dejes abrir las fauces y comernos el rostro de tu enemigo. Déjanos salir de aquí. Deja de caminar, deja de creer que tienes un propósito. No eres más que la sombra de lo que eras. ¿Lo sientes? Es la sangre, que se vuelve negra y espesa. Es la vida, que se te va. Es el odio, es el hielo, es la muerte que controla tu cuerpo. Porque para eso has nacido: para destruir y ser destruido.
No nos hagas reír... No eres un guerrero, no te has ganado ningún título. Eres una deshonra. Mírate, ahí. Tirado en el suelo, cubierto de mierda y sangre, tropezando en el estiércol mientras tus enemigos te miran. Ni siquiera han tenido la decencia de matarte, solo te miran y se ríen. Y si consigues levantarte, te dan una patada en el pecho y vuelves a caer de espaldas al suelo. Tú no eres un lobo, eres poco más que un perro sarnoso.
Deshonras las marcas de guerra. Deshonras las runas. Todas invertidas, deberían sangrar en tu espalda. Nadie te mira, nadie te necesita. Porque ya no eres nadie. ¿Recuerdas el miedo que infligías en el campo de batalla? ¿Recuerdas las heridas, los trofeos, la sangre? ¿Recuerdas la gloria? No eres más que un soldado caído en ruina, un canino abandonado que vaga por las calles con la cabeza gacha.
Tan solo eres la sombra enferma y masoquista del titán que cargaba el mundo a su espalda.
Eres patético y lo sabes.
Eres la vergüenza de una legión de almas que han ido muriendo, una tras otra, para llegar aquí.
Ya ni siquiera sabes dónde dejaste tu espada, o por dónde se rompió tu escudo. No recuerdas de dónde vienes, ni a dónde vas. La armadura te pesa, te pesa demasiado, el sudor hace que el metal se deslice y vas perdiendo piezas por el camino.
Tú no eres un titán, eres un ser ridículo. Eres poco más que una piedra en el camino. ¿No escuchas los gritos aquí dentro? Somos nosotros, clamando sangre. Somos nosotros, pidiendo que nos dejes salir. Pidiendo que sueltes las cadenas, que nos dejes abrir las fauces y comernos el rostro de tu enemigo. Déjanos salir de aquí. Deja de caminar, deja de creer que tienes un propósito. No eres más que la sombra de lo que eras. ¿Lo sientes? Es la sangre, que se vuelve negra y espesa. Es la vida, que se te va. Es el odio, es el hielo, es la muerte que controla tu cuerpo. Porque para eso has nacido: para destruir y ser destruido.
No nos hagas reír... No eres un guerrero, no te has ganado ningún título. Eres una deshonra. Mírate, ahí. Tirado en el suelo, cubierto de mierda y sangre, tropezando en el estiércol mientras tus enemigos te miran. Ni siquiera han tenido la decencia de matarte, solo te miran y se ríen. Y si consigues levantarte, te dan una patada en el pecho y vuelves a caer de espaldas al suelo. Tú no eres un lobo, eres poco más que un perro sarnoso.
Deshonras las marcas de guerra. Deshonras las runas. Todas invertidas, deberían sangrar en tu espalda. Nadie te mira, nadie te necesita. Porque ya no eres nadie. ¿Recuerdas el miedo que infligías en el campo de batalla? ¿Recuerdas las heridas, los trofeos, la sangre? ¿Recuerdas la gloria? No eres más que un soldado caído en ruina, un canino abandonado que vaga por las calles con la cabeza gacha.
Tan solo eres la sombra enferma y masoquista del titán que cargaba el mundo a su espalda.
Así que levántate.
Levántate.
Levántate y empuña la vida.
Acaba con el titán.
domingo, 16 de febrero de 2014
Oración del villano.
Somos la noche de invierno.
Somos el mal encarnado.
Somos la bestia y la sirena,
somos demonios,
seres malditos,
malvados.
Somos las espinas de las rosas que nunca os obsequiarán,
somos los besos que nunca recibiréis.
Somos todos los viajes que os saldrán mal;
cuando creáis ver mundo,
os taparemos los ojos y os devolveremos a la sucia dimensión real,
os dejaremos en tierra,
abandonados,
y no habrá forma de que escapéis.
Os seguiréis retorciendo,
como seres heroicos,
escapando de nuestro dictamen,
reclutando a la resistencia,
para combatirnos cual monstruos.
Somos el "no",
la noche solitaria en un piso vacío.
Somos la inocencia que intentáis mantener bajo la cama,
pero que se suicida lentamente,
cogiéndose de la mano con la vida.
Somos vuestra música silenciada,
somos vuestros sueños muertos.
Somos vuestros fracasos,
vuestra virginidad,
vuestra inactividad.
Somos los puñetazos que nunca recibisteis,
las peleas que nunca perdisteis,
que nunca ganasteis,
que nunca tuvisteis.
Somos las relaciones que murieron en vuestras mentes,
sin ni siquiera haber comenzado.
Somos todos vuestros errores.
Somos vuestra demencia,
somos vuestra obsesión.
Somos dos,
somos Dios.
Somos,
y vosotros no.
Y tened por seguro,
que somos crueles,
horribles,
demonios,
putas,
monstruos.
Tened por seguro
que no sentimos ninguna compasión por vuestras vidas,
por vuestras voluntades,
por vosotros.
Y tened por seguro que podéis estar tranquilos,
que si somos abominaciones,
sacrilegios,
villanos,
nos merecemos entre nosotros.
miércoles, 12 de febrero de 2014
The Psycho.
Le arranco el trasto de la jeta a este tipo.
Trasto, cosa. ¿Cómo coño se llamaba esto?Hasa. Haca. Joder... Cada vez que intento pronunciar ciertas palabras, los sonidos humanos se convierten en gruñidos animales. Cuanto más tiempo llevo sin decir algo, más me cuesta escupirlo. Ha. Hala...
Hacha. Se decía "hacha". Me quedo mirando, jodidamente empanado, viendo como sale la sangre, como un chorro de agua saliendo de un grifo lleno de mierda. Es la hostia. No sé exactamente cuanto tiempo llevo observando esto, pero tengo tanta sed que abriría el puto suelo a cabezazos para buscar un río subterráneo.
Subterráneo... ¿De dónde he sacado esa palabra? Cada día flipo más conmigo mismo. Me miro las manos: enormes manazas llenas de tierra y de sangre. Debería dejar de morderme las uñas, he empezado a hacerme idas.Idas. Oídas. Heridas, joder. Se dice "heridas".
Cojo el hacha y me alejo del notas. He dejado toda la arena llena de sangre y sesos de ese cabrón, no sé si alguien vendrá a recogerlo. A este sitio nunca viene nadie. Camino lejos del trozo de carne muerta que he dejado sobre el pavimento sin dirigirle una última mirada. ¿Para qué? Si algo sé es que los muertos no contestan. Ya no tienen nada que decir.
Escucho la voz en mi cabeza que me pregunta por qué lo he hecho. Intento contestar, pero ni siquiera tengo ganas. Paso. Que le den por el culo, nunca me ha ayudado. Esta ahí porque aún no he podido sacarla de mi cerebro. Esta noche volveré a intentarlo, creo que aún me quedan varillas de metal en la choza.
Vago por el yermo sin rumbo, no tengo a dónde ir. Tampoco quiero ir a ningún sitio. Me duelen los pies de tanto caminar. Que se jodan, a veces se llenan de sangre y de heridas sin que yo se lo diga. Nunca me hacen caso. Mi cuerpo no me hace caso a veces.
Eso es lo último que pensé antes de estrellarme al pavo ese el puto trasto en la cabeza. Claro que intenté no hacerlo, no soy gilipollas. Pero es difícil. Vivo en un puto desierto. Es difícil no ser un monstruo cuando todo lo que te rodea está muerto.
Intenté gritarle y decirle que se largase de aquí, pero antes de que me diese cuenta le estaba incrustando el hacha en la puta cara. Fue divertido. Pero no quería hacerlo. De verdad, puta voz. No quería hacerlo.
Escucho pasos detrás de mi. Tampoco quiero darle mucha importancia, la última vez que escuché pasos fue a solas: me incorporé del sobre y fui a ver quien coño andaba por la casa. Solo encontré un tío sucio, lleno de cicatrices y mirada triste con las manos llenas de sangre. A veces creo que soy tonto porque no entiendo cosas que debería entender. Se supone que las personas entienden las cosas. Yo a veces no. No entiendo cómo aquel tío se metió en mi espejo.
- Eh.
Es la voz de una fembra. Hembra. Mierda. Me giro y veo a la tía que me ha llamado. Hace siglos que no veo una mujer de verdad.
Es preciosa. No sabría decir lo que me produce. Pero es lo más parecido que recuerdo a estar guay. A estar de puta madre.Cecidad. Fociridad. Joder, no sé cómo se dice.
- Gracias por lo de antes.
¿De qué habla? ¿La conozco?
- ¿Hm? - gruño.
- Me acabas de salvar del tipo ese... ¿Es que no te acuerdas o qué?
Acordarse. No, no me acuerdo de acordarme.
- Hm... Vale - dice.
Le doy la espalda y me piro.
- Espera - dice de repente.
La voz me dice que la escuche. A la voz no, a ella. Que la escuche. Que espere. Me giro. Me siento incómodo si la miro. Puedo sentir como sus ojos miran dentro de mi. ¿Por qué no grita?
- Quédate, por favor.
"Quédate". Nunca he escuchado eso. "Por favor" se utiliza para engañar a la gente y hacerles creer que de verdad necesitas lo que estás pidiendo. Pero no sé lo que es "quédate", no tengo nada de eso. Meto las manos en los bolsillos y saco lo que queda. Un chicle aplastado, un cigarrillo roto y seco, una piedra y una bala. Me acerco y se lo pongo en el suelo. No sé si "quédate" es algo de eso.
Ella me mira, mira las cosas, y se ríe. Vuelve a decir "Por favor, quédate", y se señala a sí misma. Quiere que esté ahí. Con ella.
Quiere que no me vaya.
No sé lo que siento.Ferocidad. Ercidad. Eridad. MIERDA.
Me acercó al cadáver y le quito la chupa. Le quito la mierda con un par de hostias con la mano y se la paso a ella por encima de los hombros. A veces hace frío en este sitio. Eso dicen algunos. Yo nunca he sentido eso.
Ella curva su boca hacia arriba y entrecierra los ojos. No sé que le pasa. Después pasa sus brazos alrededor de mi y dice "Gracias".
Gracias. Si ella supiera.
- G...gracias-tú - mascullo.
Hace tanto tiempo que no pronuncio una sola palabra, que siento que la lengua se me va a rasgar. Pero no me importa.
Ella está aquí, conmigo. La voz me dice que estoy haciendo "las cosas bien". Ya no escucho gritos, no quiero matar. No quiero sangre, ni ver jetas reventadas, ni animales con las tripas abiertas. No quiero echarme sal en las "heridas" por las noches o buscarme la voz en la cabeza.
Me dice que no me vaya.
Quiero estar aquí, con ella.
"Felicidad". Se decía "felicidad".
Trasto, cosa. ¿Cómo coño se llamaba esto?
Hacha. Se decía "hacha". Me quedo mirando, jodidamente empanado, viendo como sale la sangre, como un chorro de agua saliendo de un grifo lleno de mierda. Es la hostia. No sé exactamente cuanto tiempo llevo observando esto, pero tengo tanta sed que abriría el puto suelo a cabezazos para buscar un río subterráneo.
Subterráneo... ¿De dónde he sacado esa palabra? Cada día flipo más conmigo mismo. Me miro las manos: enormes manazas llenas de tierra y de sangre. Debería dejar de morderme las uñas, he empezado a hacerme idas.
Cojo el hacha y me alejo del notas. He dejado toda la arena llena de sangre y sesos de ese cabrón, no sé si alguien vendrá a recogerlo. A este sitio nunca viene nadie. Camino lejos del trozo de carne muerta que he dejado sobre el pavimento sin dirigirle una última mirada. ¿Para qué? Si algo sé es que los muertos no contestan. Ya no tienen nada que decir.
Escucho la voz en mi cabeza que me pregunta por qué lo he hecho. Intento contestar, pero ni siquiera tengo ganas. Paso. Que le den por el culo, nunca me ha ayudado. Esta ahí porque aún no he podido sacarla de mi cerebro. Esta noche volveré a intentarlo, creo que aún me quedan varillas de metal en la choza.
Vago por el yermo sin rumbo, no tengo a dónde ir. Tampoco quiero ir a ningún sitio. Me duelen los pies de tanto caminar. Que se jodan, a veces se llenan de sangre y de heridas sin que yo se lo diga. Nunca me hacen caso. Mi cuerpo no me hace caso a veces.
Eso es lo último que pensé antes de estrellarme al pavo ese el puto trasto en la cabeza. Claro que intenté no hacerlo, no soy gilipollas. Pero es difícil. Vivo en un puto desierto. Es difícil no ser un monstruo cuando todo lo que te rodea está muerto.
Intenté gritarle y decirle que se largase de aquí, pero antes de que me diese cuenta le estaba incrustando el hacha en la puta cara. Fue divertido. Pero no quería hacerlo. De verdad, puta voz. No quería hacerlo.
Escucho pasos detrás de mi. Tampoco quiero darle mucha importancia, la última vez que escuché pasos fue a solas: me incorporé del sobre y fui a ver quien coño andaba por la casa. Solo encontré un tío sucio, lleno de cicatrices y mirada triste con las manos llenas de sangre. A veces creo que soy tonto porque no entiendo cosas que debería entender. Se supone que las personas entienden las cosas. Yo a veces no. No entiendo cómo aquel tío se metió en mi espejo.
- Eh.
Es la voz de una
Es preciosa. No sabría decir lo que me produce. Pero es lo más parecido que recuerdo a estar guay. A estar de puta madre.
- Gracias por lo de antes.
¿De qué habla? ¿La conozco?
- ¿Hm? - gruño.
- Me acabas de salvar del tipo ese... ¿Es que no te acuerdas o qué?
Acordarse. No, no me acuerdo de acordarme.
- Hm... Vale - dice.
Le doy la espalda y me piro.
- Espera - dice de repente.
La voz me dice que la escuche. A la voz no, a ella. Que la escuche. Que espere. Me giro. Me siento incómodo si la miro. Puedo sentir como sus ojos miran dentro de mi. ¿Por qué no grita?
- Quédate, por favor.
"Quédate". Nunca he escuchado eso. "Por favor" se utiliza para engañar a la gente y hacerles creer que de verdad necesitas lo que estás pidiendo. Pero no sé lo que es "quédate", no tengo nada de eso. Meto las manos en los bolsillos y saco lo que queda. Un chicle aplastado, un cigarrillo roto y seco, una piedra y una bala. Me acerco y se lo pongo en el suelo. No sé si "quédate" es algo de eso.
Ella me mira, mira las cosas, y se ríe. Vuelve a decir "Por favor, quédate", y se señala a sí misma. Quiere que esté ahí. Con ella.
Quiere que no me vaya.
No sé lo que siento.
Me acercó al cadáver y le quito la chupa. Le quito la mierda con un par de hostias con la mano y se la paso a ella por encima de los hombros. A veces hace frío en este sitio. Eso dicen algunos. Yo nunca he sentido eso.
Ella curva su boca hacia arriba y entrecierra los ojos. No sé que le pasa. Después pasa sus brazos alrededor de mi y dice "Gracias".
Gracias. Si ella supiera.
- G...gracias-tú - mascullo.
Hace tanto tiempo que no pronuncio una sola palabra, que siento que la lengua se me va a rasgar. Pero no me importa.
Ella está aquí, conmigo. La voz me dice que estoy haciendo "las cosas bien". Ya no escucho gritos, no quiero matar. No quiero sangre, ni ver jetas reventadas, ni animales con las tripas abiertas. No quiero echarme sal en las "heridas" por las noches o buscarme la voz en la cabeza.
Me dice que no me vaya.
Quiero estar aquí, con ella.
"Felicidad". Se decía "felicidad".
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