miércoles, 12 de febrero de 2014

The Psycho.

Le arranco el trasto de la jeta a este tipo. 

Trasto, cosa. ¿Cómo coño se llamaba esto? Hasa. Haca. Joder... Cada vez que intento pronunciar ciertas palabras, los sonidos humanos se convierten en gruñidos animales. Cuanto más tiempo llevo sin decir algo, más me cuesta escupirlo. Ha. Hala...

Hacha. Se decía "hacha". Me quedo mirando, jodidamente empanado, viendo como sale la sangre, como un chorro de agua saliendo de un grifo lleno de mierda. Es la hostia. No sé exactamente cuanto tiempo llevo observando esto, pero tengo tanta sed que abriría el puto suelo a cabezazos para buscar un río subterráneo.

Subterráneo... ¿De dónde he sacado esa palabra? Cada día flipo más conmigo mismo. Me miro las manos: enormes manazas llenas de tierra y de sangre. Debería dejar de morderme las uñas, he empezado a hacerme idas. Idas. Oídas. Heridas, joder. Se dice "heridas".

Cojo el hacha y me alejo del notas. He dejado toda la arena llena de sangre y sesos de ese cabrón, no sé si alguien vendrá a recogerlo. A este sitio nunca viene nadie. Camino lejos del trozo de carne muerta que he dejado sobre el pavimento sin dirigirle una última mirada. ¿Para qué? Si algo sé es que los muertos no contestan. Ya no tienen nada que decir.

Escucho la voz en mi cabeza que me pregunta por qué lo he hecho. Intento contestar, pero ni siquiera tengo ganas. Paso. Que le den por el culo, nunca me ha ayudado. Esta ahí porque aún no he podido sacarla de mi cerebro. Esta noche volveré a intentarlo, creo que aún me quedan varillas de metal en la choza.

Vago por el yermo sin rumbo, no tengo a dónde ir. Tampoco quiero ir a ningún sitio. Me duelen los pies de tanto caminar. Que se jodan, a veces se llenan de sangre y de heridas sin que yo se lo diga. Nunca me hacen caso. Mi cuerpo no me hace caso a veces.

Eso es lo último que pensé antes de estrellarme al pavo ese el puto trasto en la cabeza. Claro que intenté no hacerlo, no soy gilipollas. Pero es difícil. Vivo en un puto desierto. Es difícil no ser un monstruo cuando todo lo que te rodea está muerto.

Intenté gritarle y decirle que se largase de aquí, pero antes de que me diese cuenta le estaba incrustando el hacha en la puta cara. Fue divertido. Pero no quería hacerlo. De verdad, puta voz. No quería hacerlo.

Escucho pasos detrás de mi. Tampoco quiero darle mucha importancia, la última vez que escuché pasos fue a solas: me incorporé del sobre y fui a ver quien coño andaba por la casa. Solo encontré un tío sucio, lleno de cicatrices y mirada triste con las manos llenas de sangre. A veces creo que soy tonto porque no entiendo cosas que debería entender. Se supone que las personas entienden las cosas. Yo a veces no. No entiendo cómo aquel tío se metió en mi espejo.

- Eh.

Es la voz de una  fembra. Hembra. Mierda. Me giro y veo a la tía que me ha llamado. Hace siglos que no veo una mujer de verdad.

Es preciosa. No sabría decir lo que me produce. Pero es lo más parecido que recuerdo a estar guay. A estar de puta madre. Cecidad. Fociridad. Joder, no sé cómo se dice.

- Gracias por lo de antes.

¿De qué habla? ¿La conozco?

- ¿Hm? - gruño.

- Me acabas de salvar del tipo ese... ¿Es que no te acuerdas o qué?

Acordarse. No, no me acuerdo de acordarme.

- Hm... Vale - dice.

Le doy la espalda y me piro.

- Espera - dice de repente.

La voz me dice que la escuche. A la voz no, a ella. Que la escuche. Que espere. Me giro. Me siento incómodo si la miro. Puedo sentir como sus ojos miran dentro de mi. ¿Por qué no grita?

- Quédate, por favor.

"Quédate". Nunca he escuchado eso. "Por favor" se utiliza para engañar a la gente y hacerles creer que de verdad necesitas lo que estás pidiendo. Pero no sé lo que es "quédate", no tengo nada de eso. Meto las manos en los bolsillos y saco lo que queda. Un chicle aplastado, un cigarrillo roto y seco, una piedra y una bala. Me acerco y se lo pongo en el suelo. No sé si "quédate" es algo de eso.

Ella me mira, mira las cosas, y se ríe. Vuelve a decir "Por favor, quédate", y se señala a sí misma. Quiere que esté ahí. Con ella.

Quiere que no me vaya.

No sé lo que siento. Ferocidad. Ercidad. Eridad. MIERDA.

 Me acercó al cadáver y le quito la chupa. Le quito la mierda con un par de hostias con la mano y se la paso a ella por encima de los hombros. A veces hace frío en este sitio. Eso dicen algunos. Yo nunca he sentido eso.

Ella curva su boca hacia arriba y entrecierra los ojos. No sé que le pasa. Después pasa sus brazos alrededor de mi y dice "Gracias".

Gracias. Si ella supiera.

- G...gracias-tú - mascullo.

Hace tanto tiempo que no pronuncio una sola palabra, que siento que la lengua se me va a rasgar. Pero no me importa.

Ella está aquí, conmigo. La voz me dice que estoy haciendo "las cosas bien". Ya no escucho gritos, no quiero matar. No quiero sangre, ni ver jetas reventadas, ni animales con las tripas abiertas. No quiero echarme sal en las "heridas" por las noches o buscarme la voz en la cabeza.

Me dice que no me vaya.

Quiero estar aquí, con ella.

"Felicidad". Se decía "felicidad".


Nunca más.

El cielo nunca me ha parecido tan brillante como lo veo ahora en sus ojos.

El fuego nunca dio tanto calor como en su cuerpo.

La vida nunca estuvo tan encendida como en su boca nocturna.

Quédate, aquí, conmigo. Y no habrá nada más.

Nunca más.

martes, 28 de enero de 2014

Sin nombre.

Raíces negras que se extienden
más allá de lo que comprende el alma.
Bosques, tinieblas,
nieve y hielo del color de la sombra
Sangre.
Esa sangre espesa y helada que cubre las venganzas del invierno.
Espadas quebradas,
escudos agrietados,
valkyrias sangrantes,
heridas,
rotas,
perro sin amo.



Brutalizar los cielos con gritos hacia ninguna parte,

heridas en lo más profundo,
cicatrices en lo más externo.
Llantos.
Perder.
Una y otra vez, perder.




El desconocimiento del Sin Nombre,
que no necesita brújula, ni maestro, ni sendero,
porque no conoce ningún rumbo.
Bestia nocturna que se alimenta,
que sobrevive,
aúlla y llora,
a medio camino entre la penitencia y el masoquismo.

Odio autoinfligido de los ángeles de la muerte.
Colores, miles de colores,
diferentes tonos de negro.
Diferentes vacíos.
Diferentes vida,
diferentes errores.



Una habitación cerrada herméticamente,
iluminada,
periódicamente,
con un destello:
en su interior
se miran,
fijamente,
un niño
y el Diablo.




Eso es todo lo que soy.



Espero que sepas qué hacer con ello.


domingo, 26 de enero de 2014

"Todo empezó con unos ojos abiertos".

Todo lo que mi vista abarcaba era un páramo. Un páramo inmenso que llegaba hasta más allá de donde se acostaban las nubes, exhaustas de observar la vida. Una nada colosal que abrumaba, que se abría ante como vi un folio en blanco. El cielo gris ocultaba todo vestigio de luz, dejando que delgados y raquíticos rayos de sol penetrasen a través de su opaca apariencia y llegasen a tocar el suelo con miedo. Aquel valle de cenizas, aquel gigantesco y desolado yermo, era mi hogar. Mi Tártaro personal, que avanzaba hacia el fin de los tiempos como si las horas hubiesen emigrado, como si todos los segundos, los minutos, las horas, los días y la propia vida no hubiesen encontrado su sitio en aquel limbo. No había sitio para raíces, no había lugar para el verde.

No sé cuanto caminé. Lo cierto es que intento recordarlo todos los días, intento echar la vista atrás y saciar mi curiosidad pensando en cuanto tiempo estuve andando, en cuantas aventuras pasé, en cuantas historias entré y de cuantas salí. Porque aunque vacío, aquel lugar era tan hostil como trepidante. Y bien sabe el hombre que no es hombre sin estar al borde de la muerte, al menos, dos veces en su vida. Intento recordarlo, de verdad que lo intento. Pero mi memoria solo está habitada por esa terrible y tranquilizante imagen: un páramo gris, cubierto de ceniza, con un sendero desdibujado y retorcido que no lleva a ningún lugar. No tardé en comprender que nunca necesitaría montura. No necesitaría ayuda, compañía, amistad o mano alguna. Estaba solo, y no había sitio para la caridad en aquel sitio. Cerrar los ojos me parecía lo más útil en aquel momento. Cerrar los ojos, y no asimilar que no era más que una sombra en un mundo gris. Solo. Y abandonado.

"Antes no era así", me digo a mi mismo. Si me paro a pensarlo, la verdad es que no todos los páramos son un paisaje. Me gustaría poder contar esta historia como si tuviese un principio. Me gustaría empezar con un "Todo empezó con". Pero no es el caso. No hubo un principio, no hubo un final. No hubo nunca un motivo como tampoco una solución. No hay héroes en esta historia, no hay villanos, no hay transformaciones, redenciones, salvaciones o pasiones desatadas. Solo hay terror, muerte y frío. Mucho frío.

No sé cuantas veces he llegado a acurrucarme bajo el árbol más bajo del bosque para dormir tranquilo. Pero sí que recuerdo las veces que he deseado poder hacerlo. Durante mucho tiempo vagué en la oscuridad, donde los depredadores no podían dar conmigo. Tenía miedo incluso cuando no había bestias alrededor, cuando había motivos para tenerlo. Caminé y temblé, eso es más de lo que se puede decir de mi existencia antes del dolor. Aunque si te quedas más tranquilo, te diré que todo empezó porque, como un bebé reconoce a su madre, reconocí la soledad en cuanto me abrazó la primera noche. Lo demás, es historia.

Encontré ciudades, pueblos, aldeas al pie del camino. He encontrado gentes de todo tipo, y puedo asegurar que deseé nunca haberlo hecho. Nunca comprendí esas caras planas con los ojos abiertos, enormes, acusadores. Tenebrosas manos llenas de dedos afilados, como ramas de árbol, que me señalaban al pasar. Gritos de horror y golpes, heridas. Recuerdo los latigazos. Creedme, cadenas. Los recuerdo bien.

Aullé lo alto, al cielo, a Xbalanque, rogando que diese caza a mis pesadillas. Pero nunca hubo respuesta. Recé a cada rincón de la naturaleza para que me salvase de esta condición de bestia, de monstruo sin cadenas, de perro sin bozal y de demonio de la nieve y la noche. No hubo respuesta. Reconocí a la soledad a una edad temprana. Y lo demás fue historia.

Experimenté uno de los peores sentimientos que puede sufrir un ser vivo: el de no querer existir en si mismo. El de observar su reflejo en el agua y dejar que Edipo le arrancase los ojos. El de sentir esa savia negra, espesa y caliente, que da vueltas en tu estómago cuando te das cuenta de que nunca podrás escapar de ti mismo. Esas mil espinas que crecen alrededor de tu corazón cuando comprendes que solo te verás reflejado en los ojos de Damballah. En los ojos de la suerte. De la muerte. Del monstruo de ojos verdes. De nadie.

El Dolor comenzó a extenderse y no hubo piedad para mis piernas. No recuerdo las veces que caí al suelo, pero sí las que deseé poder levantarme. Todo se convirtió en una guerra, una guerra inevitable que se repetía cíclicamente y tortuosamente. Una guerra que nunca pude ganar.  Me lamí las zarpas una y otra vez intentando limpiar mi sangre. Borrar mis huellas. Dejar mi pasado lejos, donde nadie pudiese alcanzarlo. Y los muertos, y el dolor, y los aullidos, y las mentiras, y los errores, y los puñales. Y abrí los ojos.

Hoy, puedo decirte que "Todo empezó con unos ojos abiertos". Supongo que fue eso. Abrir los ojos. Volver a contemplar aquel páramo gris en el que la luz no quería alojarse. Y dar media vuelta.

Allí estabas tú, pisándome los talones.
Y lo demás, es nuestra historia.




domingo, 19 de enero de 2014

Arriba.

El tiempo nunca es escaso.

Siempre sobran minutos para volver a levantarse.

Siempre, y digo siempre, es el momento perfecto para no rendirse.