domingo, 2 de mayo de 2021

La Hora de la Serpiente.

Dejé mis cosas en algún punto de la carretera,

más allá del Pálido.


Todas las tardes vuelvo a pasar por allí,

pisando sobre mis propias huellas

y girando las manecillas del reloj,

pintando el camino de vuelta 

con sangre

sobre el asfalto.

Y cuando cae la noche sobre el desierto,

me hago un ovillo bajo las estrellas

y espero a que llegue la Hora de la Serpiente.


Humeantes,

las siluetas de fósforo

emergen entre las rocas

como fantasmas de otro mundo,

susurrando historias en un idioma antiguo,

cubriendo la arena de una luz fría,

narrando extraños mitos

sobre alcohol 

y galaxias muertas

y meteoritos de anfetamina.


Y al despertar, bostezo

con la boca llena de polvo y traumas,

cansado de este cuerpo que ya no es mío,

y de esta mente quebradiza

en la que no me encuentro.

Emprendo el camino de vuelta

sobre la sangre que se ha borrado,

sobre las huellas que se han borrado,

sobre el pasado que he olvidado.


Dejé mis huesos en algún punto de la carretera

más allá del Pálido.



miércoles, 31 de marzo de 2021

Manos.

Ojalá deshacerme de estas manos de adicto,

rígidas, frías y temblorosas,

incapaces de soltar nada.

Manos que duelen de sujetar papeles entre los dedos,

esperando ser el protagonista de la obra al menos una vez,

que el piano suene cuando abandone el escenario,

y no cuando rompa el decorado.

lunes, 8 de febrero de 2021

Flores.

Cuento los minutos con los párpados
mientras me hago un hueco entre la basura.
La casa está cada vez más inclinada,
y mis dedos ya no tienen uñas con las que agarrarse.
Esta noche me deslizo
en silencio.

Los recuerdos pasan sin despedirse,
como las luces de la ciudad en los cristales del coche.
Pero nunca he tenido coche,
ni ciudad,
ni luces.
¿De quién son todos estos recuerdos?

Mi cuerpo es un vertedero de ideas inacabadas,
cicatrices sin sentido,
carne triste,
abandonada como un hotel viejo
en el que ya no duerme nadie,
en el que ya no existe nada
ni nadie,
solo el polvo
y la crueldad que queda
cuando ya no queda nada,
cuando ya no queda nadie.

A oscuras,
hago inventario de cosas rotas en mi mente.
He pasado toda una vida agarrado a un montón de chatarra
y lo he usado de armadura.
He pasado toda una vida con la cara envuelta en alambre
y he fingido tener coraje.
He pasado toda una vida con los bolsillos llenos de ideas tontas
y ahora no sé qué hacer con ellas.
He pasado toda una vida rechazando mi vida.
Ahora me toca pagar el precio,
pero nunca he tenido un puto duro.

Los ruidos de la carretera ya están demasiado lejos
y no quedan semáforos para mí.
Y nadie me enseñó a cruzar.
Porque nadie quería a cruzar.

Noto el olor de las flores podridas en el fondo de mi mente
y me pregunto desde cuando están ahí.

jueves, 27 de abril de 2017

Cero.

No siento nada.

No siento el asqueroso calor en mi estómago
que se incrusta en sus paredes como clavos fundidos,
que se derriten lentamente y cauterizan todas las heridas
creando otras,
hasta que las náuseas me despiertan.

No siento las miradas en mi nuca,
las de ahora y las de entonces,
intentando penetrar en mi carne,
intentando apuñalar mi espalda.
Tampoco las voces que intentan susurrarme
historias sobre mi,
haciendo preguntas,
golpeando,
salivando,
jadeando y gritando,
intentando averiguar cuál es cierta.

No siento nada.

No siento mi rostro por las mañanas.
Las ganas de respirar bajo el agua,
el latido de mi corazón contra la cama,
contra tu cama.

No siento el dolor que habita en mis costillas
cada vez que intento recuperar la vida
con una bocanada de aire.
Cada vez que intento recuperar el rumbo
con esta brújula rota que encontré en aquel aparcamiento.
Cada vez que intento sujetar la cordura
amarrándola con mis sábanas.

La angustia de saber que aquí dentro no hay una mañana,
que esta eterna noche que me acompaña llegó un día para quedarse.
Saber que entre la carne y los recuerdos,
entre cicatrices de botellas rotas y malas palabras,
entre la tinta, la sangre,
la sonrisa colgando del cinturón
y las manos vendadas,
no queda nada.

No siento las malas caras,
las miradas perdidas,
los silencios,
los falsos relatos,
los recuerdos de fuego,
los olvidos de invierno,
los murmullos de la masa.

No siento los errores que me persiguen en sueños,
los ojos de miles de colores que observan mis pasos,
los monstruos que trepan lentamente a los pies de la cama.
Las manos frías que acarician mi mundo
cuando se apagan las luces aquí dentro
y solo quedamos yo y la memoria.
Cuando solo quedamos yo y el vaho en las ventanas.

No siento el viento en la noche,
el aire que me congela
cuando miro hacia el techo desde la cama.
No siento nada,
nada cuando paso las horas en las sombras
diciéndome "¿Y si?",
"Quizá",
"Ojalá".
Cuando me contesto:
"Mañana".

Pero el sol sale,
y la mañana no llega.

Vivo encerrado en un laberinto de recuerdos rotos,
palabras ardientes e intenciones heladas,
de fracasos y cuerpos doloridos,
de sangre seca y venas rotas,
de campos de nieve manchados
y vidas enjauladas,
de nudillos abiertos
y veranos llenos de rabia.

No siento el tacto de la arena en mis recuerdos.
El sabor de la sangre.
La noche en la plaza.
No siento este dolor
de ser un error
ni el calor del día
entre las sábanas
o el recuerdo de un tiempo mejor
que nunca fue
o el olor de una noche
que nunca ha sido
o la luz de la vela
que nunca será
apagada.

No siento mi dolor ni el tuyo.
No llores, tranquila.
No siento todo esto.

No pasa nada.

jueves, 5 de enero de 2017

Elegía.

Una noche que no es noche
cubre esta ciudad que nunca será una ciudad.
El mundo sigue girando sin mí,
pero no dejo de sentirme atrapado 
en este reloj digital sin pilas que me oprime la muñeca
y que me recuerda las botellas que no he vaciado.

Estoy despierto, sentado en un aula de instituto
a oscuras.
Luces de neón entran por la ventana,
iluminan los pupitres cubiertos de sangre y coca
que hace mucho tiempo olvidaron a sus dueños.
Pero no hay nadie aquí dentro.
La música sigue sonando ahí fuera.
¿Por qué sigo aquí,
con este olor a quemado,
mientras el humo me rodea lentamente y lame mis tobillos?
Sigo encerrado en un aula en llamas,
incapaz de comprender quién empezó este fuego.
Incapaz de comprender por qué no lo apagué a tiempo.

Vuelvo a contar las tiritas que cubren mi piel,
una a una.
Las que cubren mi cara y mis manos.
Es más fácil que averiguar cuántos años tengo
porque ya no queda nadie a quien preguntar.
Sigo mirando a través de la ventana trasera de un coche
como un perro en vacaciones,
en esta realidad con olor a despedida
en la que se quedaron atrapados todos ellos.

Y no sé si estos minutos serán los últimos de un largo viaje.
No tengo ni la menor idea de qué color es el exterior,
porque siempre salí de la piscina dejando un pie dentro del agua.
Agarrado a la barandilla,
con la cazadora abrochada.
No sé si estoy preparado para caminar a oscuras
con la polla fuera y la cartera vacía,
pero las grandes historias siempre comienzan
con un círculo, un sabio,
un compañero,
una ruptura,
y un viaje lejano.
Tengo todo dentro de mi maleta,
incluso el dragón.
Especialmente, el dragón.

¿Y si estoy equivocado?
Lo peor que puede pasar es que me hunda en el oscuro mar.
Pero he vivido durante mucho tiempo en el fondo del mar
como para acobardarme ahora.

Y aquí sigo,
empapado de luces de navidad,
recordando nombres que saben a pastillas y a alcohol.
Reviviendo momentos que provocan moratones,
barajando realidades que me aplastan el pecho.
Hago malabares con los pocos hilos que me han dado,
con mis marionetas y las suyas,
porque el show debe continuar,
y esto es la vida real,
no una fantasía.
Y la historia que sujeto en mis manos es tan
frágil
como una mirada en un bar.
Si pudieses ponerte en mis zapatos,
conducir mi coche durante un día,
sentarte en la sala de cine de mi cabeza
y ver las películas de terror que yo veo a diario.
Si pudieses comprender lo que yo me veo obligado
a comprender aunque no lo comprenda.
Si pudieses entenderlo...

Si pudieses, trataría de no permitírtelo.
Porque mejor yo que tú,
y yo estoy más acostumbrado a la sangre y el frío.

Hoy he soltado los cordones de mis zapatillas
y he dejado que el mundo se hundiese en el mar.
He subido a lo alto de la torre
y he escupido sobre los coches.
Una vez más.
Pero no he sentido que nada haya cambiado,
y eso me ha entristecido.

Supongo que esa es la razón por la que me gustaría
tener una maleta enorme en la que meterlos a todos
y alejarlos de esta hora muerta.
Llevarlos allí donde sonreír no sea un delito.
Pero esta es la baraja que nos han dado.
Y aunque se me da muy bien hacer trampas,
no puedo ganar la partida por los demás.

Hay una parte de mí que permanecerá entre estas cuatro paredes
el resto de mi vida.
Y eso es bueno,
porque significa que estas cuatro paredes me dieron la fuerza
de encontrar otros faros.

Cuando la historia empezó,
no me dieron nada más que un bidón de gasolina,
una cerilla
y un cigarro.
Y sigo buscando la manera de escribir con ello.