viernes, 18 de febrero de 2022

Pálida

cuento los días

en pastillas

y manos vacías.



vivo

(muero)

en el asiento de un coche,

de camino a la cruz.



abro los ojos

cada mañana,

 sigue siendo de noche.




Pálida,


echo de menos

la luz 

que desprende
tu cuerpo.

jueves, 17 de febrero de 2022

I

cerrar los ojos


cruzar el oceáno

en silencio


morir

entre las flores que se abren


dormir

(soñar)



no quiero

de ti



quiero

contigo.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Niño de Ryukyu

duermo en un lecho de juncos
en la ribera del río

no necesito mucho para vivir

tengo un puñado de raíces y recuerdos
para llenar el estómago

echo mis sueños al fuego
para calentarme por las noches

tiro piedras al agua
para romper mi reflejo

escribo versos en pétalos
los suelto al viento

cierro los dedos en la oscuridad


nada.




creo que he perdido mi sombra
en algún rincón de estas islas


.

lunes, 14 de febrero de 2022

La canción que encontré en el fin del mundo

Cuando era niño, descubrí que mi brújula no marcaba el Norte.

El Norte lo tengo grabado en los huesos: está en el aire frío que se cuela entre mis costillas después de cada batalla, en la nieve que va entrando en mi cabeza para apagar el fuego y las historias, en las marcas funerarias de mi espalda. 

Cuando era niño, entre cristales rotos, casas vacías y campos quemados, descubrí que mi brújula marcaba el fin del mundo.

Así aprendí a correr. Huyendo en la dirección contraria.

· · ·

Al otro lado del mar, duermo sobre la carne de un corazón muerto. 

Finjo que sueño, y escucho cómo el vacío llena la habitación poco a poco. Le oigo entrar por los agujeros del papel, deslizarse por la rendija de la puerta, filtrarse a través de la luz azul de esta mañana sin fin. Como la niebla estancada de enero, cubre mis sábanas y mi piel, empapa hasta los huesos, trae el invierno a bailar sobre mi cuerpo, a pisotearme en silencio, a hundirme sobre la nieve de mi cama. Enterrado en esta soledad, grito sin voz en la garganta.

Asustado, me levanto de este lecho y comienzo a caminar, con la brújula entre las manos. Creo que conozco el sendero.

En el fin del mundo, se alza una montaña. 

En la montaña, un bosque. 

En el bosque, 

entre la vieja raíz y la fría roca, 

el Dios Ahorcado. 

Herrero de Guerreros. Pastor de Lobos. Duerme bajo un lecho de hojas muertas, con su ojo siempre abierto, su boca siempre cerrada. Vigila el cielo de los que se han perdido y planta estrellas que florecen cuando cae la noche, para marcar su camino. Guarda silencio ante la duda y el tiempo, porque conoce todos los secretos y ninguno de ellos puede resolver el misterio. Su ojo llora por aquellos que lo visitan, pues conocen los secretos y ninguno de ellos ha podido resolver el misterio. De sus lágrimas brota una cascada, y en el fondo del estanque, donde duermen las piedras y los muertos, se escucha el rumor de una canción.

La vida termina allí, en el lugar en el que muere la melodía y empieza el silencio. 

El fin del mundo está en el espacio que ocupa un corazón que no late.

En la ribera del río, lavo mi cuerpo y limpio el barro, y la sangre de mil batallas. Mi piel queda pálida y desnuda al pie de las montañas, sin pinturas de guerra, sin canciones, sin palabras. Y como el sol de la mañana, la luz de mis heridas se derrama. Y mis cicatrices brillan en lo más profundo de este bosque, como las estrellas que florecen en el cielo para aquellos que se han perdido, como pequeñas hogueras en la noche, como viejas almenaras.

En la superficie del agua, esa luz devuelve mi reflejo. Y en los huecos que dejaron otras manos, ahora veo los golpes azulados en mi cuerpo, la carne anudada en las huellas de otras guerras, el paso del tiempo y las marcas de los colmillos. Miro mi reflejo desnudo y carente de sentido.

Todo esto soy. Y bajo este sol de hueso que ilumina el invierno en la montaña, me entiendo.

Hago un barco de papel con mis miedos, para que viajen río abajo. Navegan entre las piedras verdes, siguiendo la ribera hasta el océano. Y allí dormirán para siempre en las profundidades, junto a los huesos de mil historias. Allá donde voy, no los necesito.

Porque mi camino está río arriba, contra las leyes de esta tierra, contra cualquier rumbo o destino, como siempre ha sido. El Herrero lo sabe. Me forjó para luchar contra corriente, para trepar cualquier montaña. Y despacio, sin palabras, sin camino, sin ropa y sin abrazo, subo el risco hasta la cascada. Me siento entre las rocas. Respiro.

Entre las raíces de la ladera, las piedras afiladas y el nacimiento del río, en pleno ascenso, me comprendo. 

Que lo que siento, no entiende de estaciones. No sabe de inviernos ni primaveras. No necesito tocar, no necesito ver. En las profundidades de la tierra, en la cumbre de cualquier montaña, en el fondo del océano, en el vibrar del viento, en el trueno, en las entrañas del volcán, en la ceniza del yermo. No necesito ver, no necesito tocar. No llevo nada conmigo, nada tengo, nada ofrezco. Solo siento. Escalo la montaña hasta lo más alto, en busca del destino de esta brújula, despojado de techos, de lechos y de cuentos, busco una muerte de luz que me consuma, que me haga entender este camino. ¿Cuál es mi propósito? ¿Para qué he muerto? ¿Para qué he nacido?

Más allá del fin del mundo, en lo más alto de la montaña, tras la tumba del Dios Ahorcado, donde mueren los dioses, he dormido. Y allí no hay pesadillas, sombras, escarcha, niebla, soledad, ruido. 

Hay una canción suspendida en el vacío,

compuesta por dos sonidos.

Su voz.

Mi latido.



No era el fin del mundo,

sino el principio.


Dejo la brújula

en el fondo del estanque,

y me acuesto entre los muertos.


Duermo entre las hojas,

sobre el ojo cerrado de Grimnir,

soñando con campos de batalla,

bosques de lobos,

lechos y ríos.


Y en este corazón muerto

sobre el que duermo,

he encontrado todo

lo que había perdido.


No era el final,

sino el principio.


Porque soy el que soy.

En el agua, en la tierra,

en el aire, en el frío.

Soy el que soy.


El que siempre he sido.

sábado, 12 de febrero de 2022

Lo que no puede expresarse

He reescrito estas líneas
tantas veces
que he roto el papel.

Estoy sentado junto a los agujeros,
reuniendo el poco valor que me queda
para hablar 
a través de ellos.
Y no sé qué decir.

No había espacio para mis palabras
y tus recuerdos
en estas maletas.
He tenido que elegir,

y ahora,
como la luz de invierno
sobre las olas,
muero

al caer la tarde.

Sin más latidos
que estas teclas,
sin más abrazo
que este aire frío
que llena la habitación,
muero

al pensarte.


No puedo decirte
lo que no puede expresarse.


Si pudiese,

te diría
que perder el miedo
fue mi primer deseo

que me vieras,
fue el segundo.

que al tocar tus manos
me siento
como el viaje que se acaba,
como si
por fin
llegase a casa.

que cuando sonríes,
hasta la sombra más oscura,
pasa.

que cuando me miras
me siento
como debe sentirse el cielo
cuando lo contempla Dios,
yo
que nunca he tenido nada
salvo mi voz
y los trozos
de una estúpida espada.

Pero al final,
todo es pasajero.
Ya solo me queda un sueño
para pasar la noche,
el fantasma de un beso en el cuello,
un aleluya frío y roto
temblando en la oscuridad.

Ya solo quedan unas horas
para que se acabe el día,

qué importa ya.


Es
por tu risa
por tus truenos
por tus ojos
por tus alas extendidas

por esta canción

por este desván
en el que han pasado los años
como si fuesen días,



te amo

en esta
y en todas
las demás
vidas.


Y mañana
solo quedaremos
yo
y esta promesa:



voy a correr
hasta prenderme fuego

y a dejar que la ceniza
sea mi despedida.