domingo, 29 de mayo de 2022

Vivo

Busco parques 
en los que encontrarme muerto al alba

calles en las que dormir
el sueño de los olvidados 

y solo y abandonado
cantar
para nunca caer en la noche

la muerte de los niños perdidos.


He amanecido
bajo el niebla y las luces de gas

soy parte del laberinto

y mi casa
es tan solo otra casa
de tantas otras
que han conservado los restos
de mis sueños.


Vivo ocupando huecos

como el agua


destruyendo la siembra

como el fuego


 caminando

sin más música

que la que hacen mis botas

al acercarse

a la madrugada

de tus besos.

martes, 17 de mayo de 2022

El hambre y la llaga

Estoy cansado
de este mundo
y su delirio.

En lo alto de las frías dunas
ríen los profetas del hambre y la llaga,
señalando mi cuerpo tendido
en el fondo del valle,
cantando canciones vacías,
dando forma a las nubes
en un cielo despejado.

Mi carne tiembla y se agita
con cada trago,
y las palabras no significan nada,
y los recuerdos no significan nada,
y la lluvia no significa nada.

Las sombras bailan sobre la ladera,
la luz se quiebra con un gemido,
los sueños desprenden humo,
los locos corren hacia los acantilados.

Solo soy otro sol muerto
enterrado en el desierto,
esperando un amanecer
que no existe.

Estoy cansado
de este mundo
 y su delirio.

lunes, 2 de mayo de 2022

Skarl

tengo una súplica grabada en el pecho

no es una orden
ni un recordatorio
es un lamento.

pide lo imposible cuando menos puedo
pide lo insoportable cuando menos quiero

es una oración de carbono incrustada en la clavícula
un himno sin sentido
que retumba con violencia
sobre mis células
como el tambor de un Dios idiota

hace eco en este pecho hueco
en estas frías membranas 
que recubren mis mentiras
cada vez que el alma duele
echando de menos
el yunque

y su ruido

¿y si desobedecí demasiado pronto?

si la súplica perdió su sentido
desde el primer momento,
mientras sujetaba las cuerdas
y los papeles arrugados
de sueños pasados
que murieron
por capítulos
en la autobiografía de un suicida

primero una caja y un cerrojo
en el fondo de un desván
después una habitación al otro lado de la casa
después un tumor 
en el fondo de un cráneo
después mirarse las manos

Siempre mirarse las manos

¿y si desobedecí demasiado pronto?

¿y si no es mi suerte
sino la venganza de mi reflejo
la crueldad de dedos limpios
que ya no sangran
como sangraban
y ahora retuercen las heridas que quedan
al final de cada melodía inacabada?

Y si no es mi muerte
sino la sangre estancada de mis sueños
que se aplasta contra cavidades mudas
que nunca he visto
añorando luces
en lugares oscuros
en los que tropezarse
a propósito
era un grito
de auxilio

ya no sé si grito a estos lápices
que ya no escriben
o a tus manos
que ya no me siguen

es más fácil quedarse dentro
en la cara oculta de esta luna
que no cambia de fase
donde nadie me escucha
donde nada me alumbra

pero estos compases se hacen extraños
sin un ritmo que marque cada paso

he escuchado cada canción
y ninguna nota
me ha susurrado
dónde duermes

Ni siquiera sé dónde está tu tumba.

jueves, 28 de abril de 2022

Kumantsi

Hay una flor de loto 
aquí dentro.
No importa cuánto la busque, 
no la encuentro.
Dices que la has visto en las mañanas de perla fría
en las que la luz dibuja ríos sobre las sábanas,
en las noches de fuego y lágrima,
de venas curvas y palabras calladas.
No importa cuánto la busque, no la encuentro.

No sé cuánto queda de mí,
no sé lo que quieren,
no sé lo que ofrezco.
No sé si voy,
si vengo,
si estoy vivo
o camino
a través de los huertos
donde otros
han quemado
mis sueños
para ahumar su carne
en lo más profundo del invierno.

Solo sé que puedo,
contra mí,
contra ti,
contra todos,
contra todo aquello que me busca cada noche,
contra todo aquello que siento.
Enemigo del Corazón que Late,
Perro Negro,
Sangre Negra,
una canción de guerra
en la garganta de un niño.

Pero hay una flor de loto aquí dentro.
Tú la ves.
Yo no la encuentro.

La busco en la superficie de los charcos,
en las huellas de mis pasos,
en el humo de la hoguera,
en las piedras y en los túmulos,
en las estaciones que han pasado.
Solo encuentro una mortaja de oro
y un ajuar hecho de huesos
y romances maniatados,
una cicatriz que duda
de si sangrar hasta matar
o encostrar mis pensamientos.
Solo encuentro un hacha enterrada,
un cuchillo ensangrentado,
cinco latidos,
ocho cuentos,
un salmo retorcido,
una oración para los muertos.

Desde el otro lado del valle,
llegan los gritos de mi sombra,
que me busca desde hace años
vagando por la orilla del río,
abandonada en pleno viaje
junto al pan duro
y la leche agria
que dan forma a mis recuerdos.
Me despierto cada noche
rodeado por las voces y las manos heladas
que me persiguen cuando duermo.

Y tus ojos me guían lejos de la guerra,
y tus dedos recorren mi cuerpo cada vez que muero.
Grabas historias en mi pecho,
dejas notas en las páginas de este libro.
Pones a secar mis dudas
cuando florecen las cartas en tus manos.
Cobra sentido el camino.

Dices que mi carne sigue caliente.
Dices que sigo vivo.

Es extraño.
No lo entiendo.
Enemigo del Corazón que Late,
y toda canción es un latido.
Perro Negro,
y no hay correas
de mi cuello a tu vestido.

Hay una flor de loto aquí dentro.
No importa cuanto la busque, no la encuentro.
Supongo que la he perdido.
Pero si mantengo los ojos cerrados,
te veo.

Te veo,

y no siento
frío.

lunes, 11 de abril de 2022

Amanecer

El paso del tiempo había perdido el sentido. Unas veces, era una humedad que latía despacio, reptando sobre las paredes, recubriendo lentamente la casa con una fina película de escarcha donde las voces de la calle palpitaban contra el yeso. Otras, las horas eran parpadeos, y la realidad era un negativo mal pegado, saltando entre fotogramas de carreteras, gritos, copas y vómitos. Los días eran libros empezados por la mitad, donde la narrativa se agolpaba entre puntos y apartes, diálogos inconexos, espacios mal descritos. Nuevo, extraño, e incómodo, el tiempo avanzaba. Tic: ciudades que quedan atrás. Tac: cuerdas mal afinadas. Tic: un funeral lejano. Tac: otra grieta en la pared.

Reproducía el comportamiento de las manecillas del reloj, sin hacerse preguntas. Era fácil. Subía a la cumbre en un constante estado anfetamínico, donde los delirios dibujaban formas lógicas en el techo y la realidad se condensaba contra la mampara de la ducha. Cuando la melodía terminaba, se precipitaba al vacío, sin aliento ni pensamiento, cayendo con los ojos cerrados para volver a ascender. No había lógica ni propósito. Como las manecillas del reloj, corría creyendo que en algún momento llegaría a algún lugar. Pero tarde o temprano, siempre llegaba la medianoche.

Siempre terminaba en el mismo punto del relato: la nube de humo que se derramaba contra el techo, la luciérnaga de fuego bailando alrededor de sus dedos, la luz del televisor muerto coloreando las paredes de un salón viejo y torcido, el aire frío serpenteando contra la ventana. La historia se repetía en distintos lugares, distintas partes del cuerpo, distintas horas, y el resultado era el mismo. Una mentira. Un sueño. Un veneno. Una explosión. Un final. Una carretera vacía. Un coche sin gasolina.

En aquella habitación de sombras de madera, la soledad lo enfrentó a sus pedazos. De manera automática, recogía cada noche los trozos de sí mismo que caían de las maletas, desbordadas de recuerdos. Hacía inventario de sentimientos, perdido entre las notas roncas de una guitarra vieja mientras contemplaba todo lo que había olvidado frente al espejo. Noche tras noche, los libros servían de alfombra. Las imágenes borrosas de la película se proyectaban contra las paredes, como vídeos de verano de una infancia lejana. Garabatos en cuaderno, notas entre las páginas, púas mordisqueadas, vendas usadas, botes de pastillas vacíos. El blues del drogadicto. Cuentos de una vida inacabada. La entelequia del niño roto. Amnesia y regreso: historia de un viaje.

Esperaba la muerte sentado en el sofá. Anhelaba el final de todas las cosas, la carretera cortada. El golpe y los besos de sangre seca. El relámpago muerto en el fondo del cajón, la mirada clavada en el cristal del coche. No dolía el abandono, ni la mentira, ni la crueldad propia de las mezclas imposibles. El dolor dormía en lo que había hecho consigo mismo, no en lo que los demás habían hecho de él. Y las bolsas se desbordaban de recuerdos extraños, de personas que no eran él pero que daban forma a su silueta, de retazos de tinta grabados en carnes frías que seguían ahí al cerrar los ojos. Todo lo que le hacía ser, sin ser, le había empujado contra el espejo. Y como el viajero que vuelve a ver el mar por primera vez en años, se asomaba a su abismo. No había corales ni estrellas, no había vida. Solo sal y heridas, millas de viaje en silencio. Un horizonte sangrante. Y ni rastro de su isla.

Pasaron los días y las fotografías ardieron bajo la luz del sol de invierno. Llamas lamiendo la nitrocelulosa, intentando saborear una memoria ausente. Los poemas y las promesas se deslizaron entre las grietas de la calle, quemándose despacio con un fulgor púrpura en plena noche. Todo aquello que llegó de la nada, se marchó a la nada, sin preguntas ni respuestas. Nunca había existido. Era libre para seguir corriendo, sin maletas ni palabras en sus manos. Libre de morir despierto, de dormir de nuevo.

Hizo una brújula con sus huesos, para volver a la isla. Para recordar el sabor del viento. Un último viaje a ningún lugar. El ruido de las olas en el fondo de sus oídos, el tacto de la arena enfriándose despacio, de camino a la madrugada. La plegaria del loco tratando de coser su mente, manteniendo los pedazos unidos. Se repitió mil veces que no era una sombra, mientras el sol moría al final de la canción. Con la brújula en la mano, retrocedió a una infancia difuminada y mal dibujada en la pared. Encontrar la X, encontrar el tesoro. 98 pasos al noroeste, se perdió entre los cascarones vacíos, alejándose calle abajo. No volvió a saberse nada de él. Desapareció al llegar la primavera.

· · · · ·

Han pasado las horas y los días, y la ceniza de las fotografías ha volado al amanecer. No hay televisores muertos en la habitación, ni techos torcidos, ni luciérnagas de fuego deshaciéndose frente a sus ojos. No hay maletas ni bolsas, ni coches cubiertos de rocío. Se sienta en un trono de piedra, prometiéndose que no hace frío. Se pone una corona de plástico y un manto de gaviotas muertas, y gira el tambor del revólver con las fases de la luna. 

Solo hay una oscuridad fría y hueca, que hace retumbar sus tambores en las entrañas de la montaña, de manera silenciosa. Hace vibrar las paredes de las cuevas, dibujando ondas en los charcos, despertando aquello que mora en lo profundo. Y cada vez que desciende los peldaños de ese abismo, buscando el último trozo de su propio ser, recorre las galerías rezando en voz baja, suplicando su fin.

Pero en su mano, la brújula palpita. Y cada día, sigue el rumbo marcado sin hacerse preguntas. El trono de piedra se derrumba. La corona de plástico cae sobre el asfalto. El manto de gaviotas se hace mil pedazos. Siente que su piel brilla, que la tinta cuenta historias. Siente la guerra en los huesos, el temblor del mundo que lo persigue. Camina con paso firme, 98 pasos firmes al noroeste, la ruta para escapar de Dios y sus dedos oscuros. Sigue el ritmo de las cuerdas, vibra al son de las canciones, vuelve a la orilla de la isla, siente que puede volar de nuevo. Deja atrás el humo, la noche, la elegía, el sueño, la vida. Se adentra en algo que no entiende, como nunca antes lo ha hecho, se deja llevar por las olas. Siente la furia en el suelo, la tristeza que se evapora con el calor de la hoguera. Siente una brasa que nace, y no muere, entre las costillas y sus muescas.

Deja a la espalda todos sus enigmas y se desnuda frente a las piedras. Cree que puede ser, aunque no lo entienda.

En las noches, dos luceros verdes le susurran al oído. Contemplan su caída en la oscuridad, y le dicen que ya no hace frío. Extienden sus manos y le devuelven un calor que nunca ha tenido. 

Las palabras no saben salir de su boca. Cada caricia nubla todos sus sentidos, y su mente dibuja el mismo rostro minuto a minuto. Sabe lo que siente, no lo dice. No lo quiere. No lo acepta. Es todo aquello que, sin saberlo, ha perseguido. Vivir al día. Morir de noche.

Amanece en algún lugar de la isla. Suena una melodía a lo lejos. La rueda se libera, el sol atraviesa el techo de la cabaña, los labios le saben a viento. Una piel pálida se apoya contra un hombro entumecido.

Se pregunta si, por fin, el mundo se ha rendido.