jueves, 16 de mayo de 2013

"Pills won't help you know".

Vida.
Fuego.
Humo.
Luz.
Sombras.
Colores.
Viento.

Dolor.
Cansancio.
Duérmete.
Duérmete.

Pared.
Sangre.
Risa.
Soy yo.
Nadie más.
Yo.

Imágenes.
Sol.
Luna.
Sol.
Luna.
Ciclo.

Dolor.
Cansancio.
Duérmete.
Duérmete.

Viento.
Colores.
Sombras.
Luz.
Humo.
Fuego.
Muerte.

martes, 14 de mayo de 2013

La sala.

El chico abrió los ojos lentamente. Su vista tardó un buen rato en acostumbrarse a la luz: todo era brillante, tanto que apenas era capaz de distinguir su propia mano protegiendo sus ojos del poderoso haz de luz. Poco a poco, las siluetas cobraron forma.

Se encontraba en una sala, una gran sala de paredes claras. Vislumbró entonces estatuas, cuadros, vasijas. Observó fascinado aquellas obras de arte. De variados y vivos colores, aquellas obras poblaban la sala como si de un museo se tratase. Se incorporó y caminó entre ellas, despacio, observándolas. Miró a los ojos a las estatuas, que lo observaban con ternura, perfectas y robustas. Miró los cuadros, situados tras vitrinas infranqueables que mantenían intactos sus hipnóticos y atractivos colore. Y por último, miró las vasijas, las únicas obras de arte que podía observar de cerca, siendo de su misma altura. Pasó su mano por encima, y eran cálidas y agradables. Y con esta sensación, se acurrucó en el centro de la sala y durmió.


Al despertar, la luz de la sala era mucho menos intensa. Para su asombro, apenas podía moverse con libertad: estaba rodeado por las vasijas. Lejos de parecer bellas y perfectas, las miró fijamente y se le antojaron simples y hoscas, todas con la tapa abierta. Algunas presentaban sustancias pegajosas en su superficie, otras estaban sucias y agrietadas, otras llenas de polvo y telarañas. Y solo unas pocas se mostraban tan bellas y brillantes como el día anterior.

Alzó la vista por encima de aquel corro de vasijas que lo avasallaba y vio como las estatuas estaban giradas,  dándole la espalda en aquella incómoda escena. Trató de atravesar el corro de vasijas entre ellas, pero era imposible. Demasiadas. Comenzó a sentirse amenazado ante aquella situación tan bizarra. Se agobiaba. Estaba nervioso, sudaba. Y en un arrebato de liberación, empujó una de ellas.

La luz parpadeó un instante, el tiempo justo para que el chico cayese hacia atrás con el impulso y la vasija se le viniese encima. El objeto cayó sobre él con fuerza, que trataba de sujetarlo desde el suelo. La vibración y el pataleo del crío provocó que el suelo temblase con fuerza, y las vasijas comenzaron a caer sobre él. Al verlas más de cerca, observó sus colores oscuros y agresivos, que lo arrinconaban contra el suelo y lo aplastaban. El miedo se apoderó de él. El miedo, el agobio, el pánico, la ansiedad. Cerró fuerte los ojos y trató de sujetarlas en vano. Los recipientes caían sobre él, uno tras otro, aplastándolo y magullándolo. Sintió así por primera vez el sabor de la sangre en su boca. Sintió el dolor. El cansancio. Las vasijas lo asfixiaban, sus brazos no podían con el peso y sus piernas estaban inmovilizadas. Ni siquiera gritando, golpeando y pataleando logró librarse.Su cuerpo cedió al brutal cansancio y se rindió al dolor. Y durmió de nuevo.


Al despertar, la boca seguía sabiendo a sangre, pero sus heridas estaban secas y cuarteadas. Sentía los moratones en la cara y el cuerpo. A duras penas abrió los ojos y se incorporó lentamente, y comprobó que las vasijas estaban agrupadas lejos de él. Diferentes grupos. Apartadas. Y ante él se erigía una estatua altiva, que ya no lo observaba con ternura, sino con autoridad. Altiva. Amenazadora.

"Solo es una estatua", se dijo. "No puede hacerme nada. Nadie puede hacerme nada", se dijo. Así que caminó por la sala, entre las obras de arte. Ya no las miraba fascinado, ya no le interesaban. Las miraba con desdén y de reojo. Dejó las vasijas y las estatuas atrás y observó todos aquellos cuadros que no podía alcanzar, tras aquellas vitrinas: estaban volteados. Ya no podía ver ninguno. Asqueado de aquel lugar, se rebeló. Comenzó a lanzarse contras las vasijas, y cuando alguna se le caía encima, la apartaba a golpes. Ni siquiera se preguntaba por qué. Solo cuando se giró y comprobó que uno, solo uno de todos los cuadros, no solo no tenía ninguna vitrina sino que además estaba girado hacia él, solo entonces se detuvo. Cesó la locura y se sentó junto al cuadro. Y desde entonces, noche tras noche, cuidó del cuadro. Retocó sus colores, lo acarició,durmió sentado contra la pared, protegería aquel cuadro con su vida.

Una mañana, el cuadro no estaba. Todos los demás cuadros se encontraban fuera de sus vitrinas, volteados hacia él. Ahora podía verlos, tocarlos, acercarse a ellos. Pero no. Él quería de vuelta su cuadro, su único y maldito cuadro. Y ya no estaba. Ya no estaba el cuadro que le había esperanzas, que lo había salvado de si mismo. Ya no estaba el único cuadro que le importaba.

La oscuridad reinó en la sala. La locura, la soledad, la rebeldía, el dolor. Todo comenzó a rotar con fuerza dentro de su estómago. Y enloqueció. Insultó a las vasijas, insultó a las estatuas, a los cuadros. A todas aquellas mierdas de obras de arte que lo habían jodido, que lo habían apartado y dejado solo. 

Destrozó a golpes las vasijas, que le habían hecho daño, lo habían acorralado, lo habían asfixiado y le habían decepcionado al verlas de cerca.
Destrozó a golpes las estatuas, que le habían dado la espalda cuando no tenía nada más.
Destrozó la estatua, aquella estatua que le había hecho creer que era insignificante, que no era nada más que una mierda que lloriqueaba y se retorcía en el suelo, ensangrentado.
Destrozó los cuadros que no lo habían siquiera mirado cuando no tenía nada ni nadie y más lo necesitaba, los que habían aparecido cuando no necesitaba a nadie más que a sí mismo.
Destrozó todas y cada una de las obras de arte que poblaban la sala.
Y disfrutó haciéndolo.



Extenuado, ensangrentado y sudado, cayó en el centro de la sala. Jadeaba, y solo le respondía su propio eco asfixiado y roto. Estaba solo.
Echando un vistazo alrededor, comprobó por primera vez que la sala tenía una puerta. Lentamente se incorporó y, a duras penas y cojeando, la alcanzó. Se armó de valor, y la abrió con los nudillos apretados. Y entonces lo entendió.

La sala contigua, era idéntica a la anterior.

sábado, 27 de abril de 2013

Horizonte.

Se levantó despacio, a pesar de que le parecía extraño no sentir el peso de las armas. Se miró al espejo y se vio desnudo, liviano. Lleno de cicatrices, lleno de golpes, de heridas. Sin ninguna armadura, sin ningún escudo que le cubriese. Le parecía gracioso haber llegado a ese punto en el que un soldado se siente raro al no estar manchado de sangre, al no estar cubierto de las entrañas y la mierda de sus enemigos, al no llevar encima los instrumentos de muerte con los que sobreviviría un día más.

Lentamente se puso la ropa.
Se puso la armadura despacio, saboreando mentalmente cada instante en el que las hebillas se cerraban, cada tintineo metálico entre placas.

Se observó en el espejo de nuevo, cubierto de metal y cuero.
Cogió sus armas, una a una. Las besó y apoyó la frente sobre ellas con los ojos entornados. Sonriente.

Se dirigió al río, a aquella alargada y torcida bestia de agua y hierba que cruzaba el territorio fortificado, a través del frío de la noche y la nieve que comenzaba a caer a su alrededor. Tomó una barca y se introdujo en el agua con ella, encapuchado y con el arco a la espalda.

El mango de la espada junto a su nuca centelleó por un instante, ávida de sangre. Sus ojos se entrecerraron bajo la negra capucha, y descansó la frente sobre sus manos enguantadas.

La barca cruzó lentamente las oscuras aguas. La nieve se posaba sobre la superficie del río como flores de loto, de forma pausada y delicada. Se escuchaban gritos desgarradores en la lejanía. Y las llamas decoraban la línea del horizonte.


La barca llegó a la orilla. Bajó de ella, y arrancó tres tablones. El agua comenzó a entrar, y la barca se hundió en las profundidades. Preparando sus armas, se dirigió a ese horizonte infernal. A un horizonte de sangre, de fuego, de dolor, de ira, de rabia. Cientos de ojos rojos y bocas ensangrentadas clamaban su nombre a lo lejos. Manos cubiertas de las vísceras del enemigo. Demonios. Ratas. Bestias. Humanos. Monstruos. Las pesadillas de todo ser conocido reinaban en aquel mundo. Un mundo que amenazaba con alcanzar a los que habían llegado hasta allí y con él, y que ahora dormían plácidamente. Así que extrajo su espada de la funda y descansó la punta sobre el suelo, caminando y deslizando el arma entre la nieve a su paso, dirigiéndose al infierno.

Todos dormían.

No había vuelta atrás.

El sitio del guerrero está en la guerra.

viernes, 26 de abril de 2013

On the road.

La noche cayó sobre el yermo.

Apenas unas pocas farolas aisladas, en la oscuridad, se erigían como seres de ultratumba hacia el cielo, alumbrando el suelo resquebrajado, seco y pedregoso. La alfombra de piedras y escombros que presentaba el lugar era un panorama desolador.

Bajo las estrellas y las escasas nubes que atravesaban el cielo como cicatrices, una figura caminaba lentamente entre las ruinas. El humo de un cigarro arrugado y su luz anaranjada rodeaban un cansado rostro, de mirada fría y fija en el horizonte. Las cenizas que caían lentamente el cielo se posaban en su pelo enmarañado y su barba. Las cicatrices brillaban con la luz de la luna, y la sucia y rota cazadora de cuero resplandecía a cada movimiento. Caminaba golpeando las piedras a cada paso, distraído.

Se escuchó una fuerte explosión a lo lejos, y una ola de aire caliente levantó el polvo en la noche.

Lobo se giró, y observó el enorme hongo nuclear que se alzaba tras él, en el horizonte.

Dio una calada, sin inmutarse.

Y siguió caminando.

lunes, 22 de abril de 2013

Tregua.

No quedan granos en el reloj de arena.
No hay vuelta atrás,
no hay juicio, nunca hubo sentencia.
No hay pena.

Es triste ver cómo funciona el mundo cuando lo ves desde fuera.
Es triste ver cómo funciona el mundo cuando sabes demasiado,
cuando te vencen las ideas.

Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.

Todas las armaduras tienen algo en común:
los ojos tienen que estar al descubierto.
Para ver, para percibir al enemigo.
Para saber si están detrás de ti, o si están conmigo.
Y en las noches de oscuridad y melodías
a veces me digo a mi mismo que debo quitarme el yelmo,
que debo entregar las armas y dejar que las tropas
me lleven de vuelta
al útero,
que me lleven de vuelta al vacío.
Que me alejen.
Que alivien este frío.


Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.

Es triste comprender las cosas, pierden la magia.
Pero es más triste comprenderse a si mismo,
pierdes la cabeza.

Y aquí yazco,
con mi escudo como lápida,
comprendiendo que los soldados sobreviven para vivir otra batalla.
Que nadie puede ganar una guerra salvando a todos los heridos,
que nadie puede cargar con todos los muertos,
que el héroe también falla.
Que las armaduras protegen, pero también paralizan.
Que las flechas silban,
pero los labios callan.
Que es difícil seguir adelante cuando comprendes que recomponer pedazos rotos de otros,
todos los otros,
no te servirá para sobrevivir a la batalla.

Morirás una y mil veces, pero no renacerás nunca.
Perderás el cuello,
perderás todo cuanto alguna vez tuviste,
solo por arreglar un par de caras tristes
y colgarte medallas inútiles por ello.

Noches como esta son las que te hacen pensar
por qué no todo es más fácil,
por qué cada uno no libra su guerra y hace lo que quiere.
Noches como esta son las que te hacen pensar
si de verdad sientes.
Y si lo haces,
si te lo mereces.


Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.

Pero ya son demasiadas noches en vela ocultando armas tras las trincheras.
Son pocos momentos de alivio y contacto humano,
pocos momentos de pensar en lo que quieres y no en lo que debes,
por demasiadas noches de mierda.

Y vuelves al frente con la cabeza bien alta y dispuesto a alcanzar la fortaleza y llevarte el botín.
Armado, preparado y concienciado de tu propio triunfo.
Pero entonces vuelves a comprenderlo.

Los soldados nacen para morir, no para vivir y grabar su estela.
Los soldados nacen para morir.
No importa si valía la pena.