domingo, 5 de enero de 2014

Despropósito de año nuevo (II)

Lo sé, hacía tiempo que no escribía algo natural, hablando directamente contigo, con quien sea que lea esto. Entre tantos gritos, golpes, heridas, cicatrices, arañazos y lágrimas que han llenado este año, no he tenido mucho tiempo de sentarme a reflexionar y a charlar contigo, con quien sea que lea esto. Y es que es lo gracioso de estos textos, que nunca sé quien los recibe, quien los lee o quien no los lee, quien critica, quien se molesta si quiera en acercarse por aquí. Escribir en un blog es como lanzar una piedra a un pozo y no escuchar ningún ruido, nunca sabes cuán profundo has llegado.

No quería que la primera entrada del año fuese nada triste, ni alegre, ni romántico o poético. No quería arte al empezar el año, quería ser sincero. Así que aquí estoy, sentado en el salón de mi casa a la luz de un árbol de Navidad. Y me da por echar la vista atrás, y adelante, y dentro, y fuera, y en todas direcciones. Supongo que debería hacer esto más a menudo. No quiero decir que no lo haga: solo Freya sabe las noches que he pasado sin dormir, pensando en lo que hice mal o lo que no hice, y solo ella sabe cuanto me he torturado y sigo haciéndolo inconscientemente a veces. Cuando digo "esto" me refiero a dar vueltas a todos los temas que echan raíces en mi mente, y publicar mi parecer al respecto. Creo que el último escrito de ese tipo (dejando de lado arranques de ira tan propios de mi persona, que por suerte o por desgracia siguen plasmados en las páginas de este pequeño rincón que empecé ya en 2009, y aquí siguen debido a mi idea de no borrar ningún escrito que aquí se publique) fue justo cuando este 2013 comenzaba, en diciembre del año anterior. Mis "despropósitos de año nuevo" plasmaron más o menos lo que necesitaba decir en ese momento, de la misma manera que ahora intentaré ser totalmente sincero y conciso en lo que voy a decir. Esta vez toca hacer cuentas de nuevo: decir que el año ha sido perfecto sería mentir, pero decir que el año ha sido nefasto sería mentir de la manera más canalla. Y es que realmente, el año impar de la mala suerte me ha dejado sabores de boca que ni siquiera conocía. 

Es cierto que el año empezó con mal pie. Supongo que comenzar con una pelea debería haber sido una metáfora lo suficientemente exacta como para desvelar el carácter de los meses venideros, pero nunca fui un buen vidente. Se sucedió la mierda, se sucedieron los cambios, las traiciones, las mentiras, los abandonos, las peleas, las torturas y los pensamientos oscuros. Nada nuevo para aquel que haya visitado regularmente este pequeño bosque en el que vivo. "El lobo ahuya, nadie llorará por nosotros", dicen al norte del Muro. Y es que el lobo y yo hemos charlando mucho este año. Quizá demasiado.

Cuando pasas mucho tiempo entre bestias solo el Código te distingue de los animales. No hay héroes entre ladrones, quizá olvidé eso demasiado pronto. Me agarré a la Piedra con fuerza y no me desvié del camino en ningún momento. No importaba cuantos muriesen, cuantos gritasen, cuantos luchasen, cuantos mintiesen, cuantos engañasen. No me desvié del sendero. "Ocurra lo que ocurra, no desenvaines tu arma", me dijeron. Y obedecí ciegamente. Quizá fuese esa frase la que no me permitió escuchar los golpes a la puerta de mi cabaña. Los gritos de socorro. La Diosa pidiendo ayuda. Supongo que no fui consciente del poder que tenía, de la responsabilidad que había contraído con el mundo desde el primer momento en que decidí separarme de la manada. El lobo solitario es triste pero conoce todos los caminos. Así que me paré en seco, y me interné en el bosque. Tardé en encontrarla, desde luego. Pero cuando lo conseguí, ya no la solté más. Y es que aquel que viola el código es escoria, pero aquel que abandona a sus seres queridos es peor que la escoria. No hubo Hagakure alguno, el Bushido fue enterrado. Los martillos marcaron el ritmo de la guerra y las espadas brillaron al anochecer, la batalla había comenzado.

Ellos gritaron, me acusaron, me amenazaron y me repudiaron. Ellos se unieron, ellos me condenaron en silencio. Ellos me expulsaron del universo y con una sonrisa falsearon mi amistad. Yo no entablé combate alguno: cargué a Freya en mi lomo y huí del lugar lo más rápido que pude. No sé cuantas flechas tuve que arrancarme en cada hoguera en la que paré a descansar, no sé cuantos cortes en mis patas, cuantos fantasmas me acechan a veces. Sé que escapé y aquí estoy, escribiendo esto.

Y tras mil desventuras, puedo asegurar que no cambiaría absolutamente nada de todo lo que hice para llegar a estar donde estoy, porque si hubo error en mis pasos, fue con otros, no conmigo. Y si hubo, hubo error, no asesinato. No cambiaría ni uno solo de todos los pasos que dí para estar con ella. Y volvería a repetirlo todo, todos los días, hasta el final de los tiempos, como si no hubiese un mañana nunca jamás. Repetiría cada segundo de dolor contigo por toda la eternidad, porque es contigo.

Y ahora acaba el año y es todo cuanto sé. Todo cuanto anhelo, todo cuanto necesito, todo cuanto quiero, ya lo tengo. Todo cuanto sé es que no hay nada en el universo que podría persuadirme para arrepentirme de mis pasos. Conozco los errores que cometí en el pasado, sé de mis fallos en la lucha, sé de mi mal juicio en muchas ocasiones. Pero todo lo que he hecho, y que Hel me encarcele en las raíces del mundo si no es cierto, siempre ha sido porque lo creía correcto.

Si fallé, si dolí, si destruí, espero que, de existir, los dioses tengan perdón para mi alma. Porque yo nunca lo he tenido, no lo tengo y no sé como obtenerlo. Tan solo vago por este mundo con el peso de mis fallos, ahora acompañado.

He aprendido muchas cosas este año. He aprendido a no confiar en las caras sonrientes y compasivas. He aprendido a respirar. He aprendido a aprender a querer. He aprendido a no fiarme de los reptiles. He aprendido a caminar más lejos de lo que nunca llegué antes. Y respecto a los que leéis estos pequeños pedazos de mi que dejo caer en mi bosque, supongo que estas piedras llegarán a diferentes profundidades y cada uno de los que están leyendo esto tendrán diferentes piedras que lanzarme. Algunas más pesadas, algunas más pequeñas.

A todas aquellas personas que una vez ocuparon un lugar en mi interior y ahora habitan Oblivion, quiero decirles, desde lo más sincero de mi oscuro estómago, que hice lo que pude. Y que si les pareció que no fue así, es que a lo mejor esperaban de mi más de lo que yo podía dar. Asumo todas mis culpas, asumo todos mis errores. Pero sobre todo asumo mis límites.

Intento salvar incluso a quien no puedo. No soporto dejar a nadie atrás, y a veces he intentado salvar a costa de mi propia vida, o peor aún, de mi propia cordura. No sé cuantos cadáveres pueblan mi camino, sé que de una forma u otra sigo encontrándomelos. Y sus cuencas vacías me observan mientras paso por su lado, y sus afilados e invisibles dedos acusan mi espalda cuando los dejo atrás de nuevo. Lo juro: hice cuanto pude. Sigo intentándolo, pero no puedo salvar a todo el mundo. Y que los cuervos me arranquen la piel si alguna vez desisto y me rindo, y abandono a alguien a su suerte. Odiadme, consideradme el peor villano, escupidme, maltratadme. Pero que nunca digáis que os abandoné. Nunca os abandoné.

He luchado en mil guerras. He probado el sabor de mi sangre de mil maneras distintas. He hecho muescas en las paredes de mi interior. Me he maltratado de todas formas, he intentado apartarme del mundo y de todas las manadas en las que he estado. He sido el foco de mil odios, he sido un paria, el saco en el que tantas personas han metido piedras para deshacerse de ellas. Me entrenaron para cargarlas, y para ser mercenario en guerras ajenas. Ya no soy el mismo perro guardián que salivaba y sacaba los dientes por sus amos. Ya no soy el monstruo que fui.

Supongo que ahora soy una sombra que busca huesos con los que construirse un cuerpo. Suerte que tengo cuatro manos, que encuentran más que dos, que me acompañan en el camino. A ella, gracias. Y no necesito dedicarle más palabras en este texto, ya que hay y habrá muchos otros para ella, así como todos los días de mi vida para demostrárselo. Por ella acabaría con mil mundos, y me enfrentaría con las manos desnudas a otros mil. Todo lo demás, no es nada.

Pero al final me he extendido más de la cuenta. Aunque supongo que da igual, ya que quien lee esto lo hace porque camina por el bosque, aburrido, sin saber que hacer. O lo hace para buscar más motivos para odiarme. O lo hace solo para decirme que lo ha leído y sonreírme por la calle. Yo que sé. No tengo mucho que decir, solo soy un pringado de mierda que deja sus ideas en una pantalla. He sido un cazador de sueños y de inocencias rotas, un perro maltratado con correa y sin amo, un guerrero urbano de los de nudillos rotos y ojo morado, abogado de mil diablos, pirata sin barco y pólvora mojada, berserker desnudo, ronin sin katana, luz apagada, sombra sin forma ni materia ni pared en la que ser proyectada. Si queréis crucificarme por no entrar en vuestro juego, hacedlo. Morir con una sonrisa siempre fue mi superpoder secreto.

Feliz navidad, y próspero año nuevo. Espero que para vosotros también.


martes, 24 de diciembre de 2013

El Montaraz y La Diosa.

Recuerdo cuando comenzó la travesía.

Me ajusté las correas de los brazaletes y comprobé que la pechera de la armadura estuviese bien colocada.
Cansado, me eché el manto por encima del hombro, cargué a la espalda mi bolsa.
Amarré con fuerza las dos espadas a la espalda.
Una por ti. La otra por mí.
Acomodé el arco en la funda y eché un último vistazo a mi rostro en el agua antes de partir. 

Veía ese mismo reflejo después de dos décadas. Los años habían pasado, los rasgos habían cambiado, pero la mirada era la misma. Vagamente reconocía esos ojos verdes, apagados y cansados tras la batalla. La barba sucia y enredada, y el pelo despeinado. La sangre cruzando mi rostro de lado a lado, cuarteada y seca. Escupí sobre la superficie del agua, y ésta se enturbio repentinamente y se volvió de color rojo, haciendo desaparecer mi cara en un débil remolino de sangre.



Salí de la casa y eché la vista al cielo. Las nubes, negras como el fin, cubrían toda la región. Frente a mí se extendía el desolador espectáculo que había sido mi día a día. Los cráneos de mis enemigos yacían empalados a lo largo y ancho de mi pradera, seca, convertida en ceniza. Dos vigas apuntalaban la puerta de mi cabaña,  vigas en las que los dedos, los amuletos y los dientes de mis rivales en combate oscilaban colgados de cuerdas. Al coger ambos palos y tirar de ellos con fuerza, arranqué los fúnebres muestrarios que sujetaban mi vida y la cabaña emitió un fuerte crujido. Mientras me alejaba, pude escuchar el estruendo de lo que había sido mi hogar, derrumbándose lentamente.

Crucé el bosque nevado, de altos pinos. Me abrí paso dejando tras de mí un reguero de nieve sucia, rojiza y turbia. Llegué al puente y observé las aguas del río, por última vez. Las corrientes entrechocaban, los peces se arremolinaban intentando ascender y la cascada emitía un ruido atronador. Atravesé el puente y corté sus cuerdas, dejando que se precipitara al abismo. Nunca más volvería a aquel lugar. En aquel acantilado dejé caer mi arco, y entregué así toda seguridad. Toda la seguridad de ver venir a mi enemigo, de luchar en la distancia. Dejé de ser Cazador.

Las praderas se tornaban verdes, la nieve se deshacía con los rayos de sol fugitivos que lograban abrirse paso a través de aquellas oscuras nubes, que lentamente, emigraban. Comenzó a llover, empapándome de pies a cabeza. El peso de la armadura, del manto cargado de agua, de las armas, ya no importaba. El viaje había comenzado. Vi restos de hogueras junto a los árboles, todos mis viajes fallidos. Todas las travesías que comencé y que el frío y el agua me había obligado a abandonar, forzándome a calentarme en el fuego y dormir, perdiendo toda esperanza. Pero no esta vez. Dejé caer mi manto sobre uno de los trozos de leña negra y calcinada. Entregué toda comodidad, toda protección contra el frío o la inclemencia del tiempo. Viajaría ligero, llegaría rápido. Allá donde iba no necesitaba calor. Dejé de ser Peregrino.



La lluvia cesó y la nieve desapareció a medida que avanzaba por la región. Continué mi camino apartando helechos y arbustos hasta llegar a la bajada del río. No había peces allí, sino sirenas. Sirenas que daban vueltas alrededor de barcas vacías y cargadas de equipajes abandonados. Todos mis intentos fallidos de cruzar ese maldito río flotaban en la intemperie. Puse un pie en la ropa, y me desaté las correas. No necesitaba armadura, no allí donde iba. Dejé caer las piezas de metal que cubrían mi cuerpo y dejé caer la sucia y ensangrentada camisa que llevaba bajo la pechera. Dejé de ser Guerrero.

Volví a cargar las espadas tras de mi, ajusté las correas sobre la carne desnuda, y me introduje en el agua. Crucé sin mirar a aquellas bestias de ojos fríos que me acechaban desde el fondo del río. Ya no eran animales hermosos, curvilíneos y brillantes. El velo de la realidad se había instalado en mis ojos para siempre y la claridad me mostraba bestias escamosas, de largos dedos acabados en punta, ojos vacíos y tenebrosos y dientes afilados y amarillentos. Los demonios de la posesión, los demonios del querer sin amor. Aquellos que nunca supieron tener. Crucé el río y abandoné aquel lugar.

Continué mi camino hasta llegar a un vasto valle sin nada en él. Sin casas, sin árboles, sin muestras de vida humana. Y en el centro de aquel valle, estabas tú.




Tú, con tu cabeza caída y tu mirada cansada.
Tú, con tu cuerpo desnudo bañado por el débil sol que luchaba por competir contigo.
Tú, con tu pelo rojo de fuego y vida ondeando con la tenue brisa.
Tú, ardiente, sujetando el Libro del Amor, sujetando los secretos, las normas y el índice.
Tú, de pie, parada frente a la vida.



Y llegué ante ti con las espadas como ofrenda. Clavé la mía en el suelo y juré permanecer en aquel valle, por siempre, hasta el fin de los tiempos, protegiendo aquel lugar. Creando, deshaciendo, edificando, construyendo tu mundo y el mío, lejos de prados de ceniza, de enemigos, de monstruos, de sangre, de nieve y de frío. Clavé mi espada en el suelo y juré quedarme contigo. Tendí la segunda espada, tu espada, y la tumbé sobre mis manos, como ofrenda. Dejé de ser Hombre. Me tendiste el libro, y así quedamos por toda la eternidad. Tú con tu mano sobre el pomo de mi espada, yo con mi mano sobre la cubierta de tu libro.

La sangre sobre nuestros cuerpos desapareció, humeante, como si los Dioses hubiesen decidido limpiarnos. Las marcas de guerra relucieron como nunca sobre nuestra piel, como si solo fuesen una en ambos cuerpos. 
Sentí tu mano sobre mi cabeza y comprendí que al fin había llegado.

Había llegado al final del camino y había sobrevivido. 
Por primera vez.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Concrete Walls.

Sentí las vibraciones en los muros de casa. Eran golpes rítmicos, secos, como decenas de martillos, todos al tiempo, golpeando mi hogar. Al principio no le presté mucha atención, y decidí seguir durmiendo. Pero los golpes se incrementaron, cada vez más rápido, más fuerte. Era imposible conciliar el sueño, y aún así me giré en la fría cama, buscando una postura cómoda. Fue inútil.

A los golpes le siguieron gritos. Gritos desgarradores, los gritos de mil personas, lejos y cerca de la casa. Parecía que la guerra había entrado en mi habitación. Solo escuchaba esos golpes rítmicos y endemoniados, y los gritos. Y los llantos, y los arañazos en mi puerta. El ruido no cesaba. Me incorporé y me acerqué a la ventana. El espectáculo revolvía las tripas.

Madres, sujetando por los tobillos a sus hijos o lo que quedaba de ellos, y golpeándolos contra mi ventana. Con los ojos en blanco, y las bocas desdentadas abiertas, golpeaban el cristal de la ventana con fetos malformados y medios fetos, que cimbreaban desde las manos de sus psicóticas madres. Los cuerpos golpeaban y manchaban el cristal de sangre como pollos colgados de una carnicería.

Hombres fornidos, con las cuencas vacías y sangrantes, golpeaban de forma rítmica las paredes de mi casa con enormes hachas de hojas oxidadas. Sus armas no hacían la más mínima muesca en mis paredes, pero golpeaban con la fuerte suficiente como para destrozarme si salia del lugar.

Enormes arañas, viscosas y peludas, tejían mil telarañas en las ventanas de mi casa. Sus húmedos vientres palpitaban contra los cristales. La pegajosa y blanquecina tela deformaba la imagen de fuera, cubriéndolo todo lentamente, hasta dejarme a oscuras en la habitación.

Tumbado en la fría cama, me acurruqué con fuerza y cerré los ojos en la inmensidad de las tinieblas de aquella casa. Pero ni los ruidos, ni los gritos, ni los hachazos, ni el corretear de las arañas en el exterior de las paredes, cesaron. Sentí el corretear de aquellos pequeños monstruos por todo mi cuerpo, vi los brillantes dientes ensangrentados que me sonreían en la oscuridad, los blancos ojos de las mujeres que cargaban con sus hijos. La sangre de los cadáveres salpicó mi rostro, los gritos trillaron mis oídos. Nada cesó. Los observé.

Y comprendí que el infierno estaba en mí.

martes, 17 de diciembre de 2013

"Always".

Tengo recuerdos que se comen mis miradas, miradas que esconden errores y errores para levantar una fortaleza. Tengo vacíos dentro de mí que no lograrías a abarcar con un solo pensamiento, acantilados por los que se despeñan los sentimientos cuando no los coges de la mano. Tengo aquí dentro desiertos de hielo que tardarías días en cruzar.

Dicen que cuando miras dentro de un abismo, el abismo te devuelve la mirada. Me aterroriza mirar dentro de mí, por si en esa oscuridad aparecen unos ojos que me observen. Tiemblo, solo de pensar que esas tinieblas tienen pies para correr detrás de mi y manos para agarrarme el cuello. Solo de imaginar unos dientes que se cierren en torno a mi brazo cuando intente disipar la bruma de mi interior.

Tengo demasiadas cicatrices, por dentro y por fuera, como para mostrarme a la gente. Marco mi cuerpo con mis errores, mis objetivos, mis miedos, mis sueños. Marco mi cuerpo por si algún día no soy capaz de saber o decir quien soy. Y los días pasan, y las nubes se ennegrecen en el horizonte. Y yo no puedo hacer más que devolverle la mirada al abismo.

Sé que a veces me vuelvo de piedra, sé que a veces las espinas hablan por si solas y la armadura se vuelve de hielo. Sé que mis ojos a veces se esconden por miedo a atravesar la carne, sé que no puedo controlar mis mil capas de hierro y sangre. Sé que a veces no soy más que un Jekyll quebradizo que busca refugio en Hyde. Sólo quiero que siento desaparecer entre mi niebla.

Bajaría al fondo de los oceános a buscarte.
Subiría a la más alta de las nubes.
Atravesaría cualquier montaña o cordillera, buscaría en todas las costas, en cualquier ciudad.
Vivo o muerto, civilización o barbarie, convertido en un monstruo o todavía un débil humano, no te dejaría atrás nunca.
Jamás te dejaría atrás.

Desde que existes en esta dimensión y tu línea temporal se unió a la mía, esta realidad es más feliz que nunca. No sé cuántos yo viven solos, no sé cuántos yo siguen endeudados con la muerte, cuántos siguen creyendo que no vivirán un día más, cuántos tiraron la toalla y deshonraron su pecho. No sé cuántos yo siguen vivos o muertos, o sin ti.
Sé que en este plano, tú existes.
Y ahora todo brilla con mucha más intensidad de lo que nunca ha brillado.
Quédate.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Fragmentos.

Recuerdo cada instante en el que pasabas a lo lejos. Recuerdo verte ondear el fuego al mirar detrás de ti. Recuerdo mis pìernas flaquear, recuerdo mis manos no poder cerrarse. Recuerdo sentirme insignificante y estúpido si me preguntabas por algo, recuerdo sonreír si de forma tonta y despreocupada me hablabas de ti. Recuerdo encerrarme en el infierno y echarte a los perros si me preguntabas por mi. Recuerdo el "qué te has creído" que sonaba en mi cabeza cuando te imaginaba conmigo.


Recuerdo el juego de escalada en el que nos trepamos el uno al otro, intentando dejar atrás la muralla para ver que había al otro lado. Recuerdo subir antes, memorizar todo lo que vi tras tu muro, y tirarme de cabeza para llegar a tiempo a mi muralla y levantar un par de metros más. Hacer trampas, lo llaman... hasta entonces no sabía que se podía morir de culpabilidad por tratar de ser un completo extraño. Recuerdo tu sonrisa triste de "no pasa nada", al ver que por mucho que llamases a la puerta, nadie iba a abrirte.

Recuerdo no saber si todo aquello era posible. Recuerdo el deber, el honor, el no poder, el tener que estar lejos, el sentirse viejo, el quedarse aparte para que las hienas tuviesen su festín. Recuerdo verte de lejos herida, arrastrándote y sonriente, con mil cadenas y mil toneladas a la espalda. Recuerdo romperme las manos contra las paredes para despertarme a mí mismo. Recuerdo las batallas nocturnas dentro de mi cabeza, las botellas vacías, la sangre en la pared y el vómito en el sótano, recuerdo mis manos estrangulando sentimientos, arrancando costras y echando sal. Recuerdo la locura, cariño. Eso sí que lo recuerdo perfectamente. Recuerdo el dolor.

Recuerdo los tropiezos. Recuerdo las caídas. Recuerdo el no recordar mi nombre. Recuerdo el olvido. Recuerdo las voces dentro de mi cabeza intentando levantarme, ayudarme. Recuerdo dejarme llevar por el infierno.

Hoy, recuerdo más cosas. Porque abriste la puerta.

Recuerdo tus manos entre las sábanas. Recuerdo tu rostro envuelto en fuego, sonriendo a lo lejos en una estación de despedidas, o de bienvenidas. Recuerdo tu espalda dibujada, reflejando la luz del alba. Recuerdo tus labios cuando llegas a casa. Te recuerdo cada vez que el frío atenaza mi yo interior. Recuerdo cada instante contigo para multiplicarlo por todo. Recuerdo aquella cama estrecha, recuerdo aquella habitación ajena, recuerdo aquel huerto, aquel autobús, aquella lejana habitación de hotel, y la otra, y la otra, y todos los senderos lejanos y extraños, y cada momento de dolor y de pena y de rabia y de cariño y de vida, y recuerdo cada beso, cada beso en la boca, en la frente o allí donde los ojos no llegan. Recuerdo todo lo que me ha dado la vida y me ha enseñado a respirar.
Recuerdo todo porque es la manera de recordarme a mi mismo, cada día, cada segundo, que contigo empecé a ser humano.

Dicen que si crees en algo con la suficiente fuerza, puede llegar a cumplirse.


Un día quise no sentir dolor, y no ocurrió nada.
Otro día quise curarme de mi locura, y todo siguió igual.
Un día deseé no estar solo.

El resto ya lo sabes.