viernes, 20 de mayo de 2016

Mañana

Si este cielo negro consigue alcanzarte,
nunca verás un nuevo mañana.
Grita,
sangra,
llora,
lucha.
Pero espera un nuevo mañana.
Siempre hay otro mañana.

Alguien gritó en ninguna parte:
"No pierdas la cabeza".
Puedes luchar sin manos y sin piernas,
pero nunca verás un nuevo día
si pierdes la cabeza.
No estás loco,
repítelo.
No puedes estar loco.
No aún.

Los demonios que gobiernan tus noches
se alimentan de tu sangre
a cucharadas espesas.
Se relamen y sonríen desde las sombras,
con esos ojos amarillos que te persiguen
desde el fondo del pasillo.
Tú también los has visto.
Ellos también te han visto a ti.

Abraza la hoja con fuerza.
No importa la herida.
Debes seguir blandiendo esa hoja rota,
nadie te dará nada mejor.
Llegaste al infierno sin ropa,
empuñando un trozo de hierro mal afilado
y un alma vacía.
"No pierdas la cabeza".
Debes ver un nuevo mañana.

No recuerdas el color de tu piel debajo de tantas cicatrices.
El peso del remordimiento se clava como una espina entre los ojos:
"te mereces todas y cada una de ellas".
Tu infierno está construido con errores,
con fallos a los que los dioses se agarraron para trepar desde las profundidades.
Diste vida a criaturas que surgieron de un abismo tan antiguo como el hombre.
Y escalan lentamente, pacientes, los muros que vas levantando a tu alrededor.
Cuando lleguen a lo más alto,
estarás solo junto a ellos.
Una eternidad en la parte más alta
de una torre tan elevada
que ni siquiera la esperanza puede escucharte gritar.
Acompañado de los dioses de la Nada.
Encadenado a Todo.

Hijo del fracaso,
sigue blandiendo tu espada.
Enfurécete como se enfurecen los monstruos.
Mantente firme,
aliméntate de esa ira que detiene el mundo.
Rostros de tez cálida, pieles pálidas,
miradas áridas,
saliva que se seca en la comisura de esas sonrisas falsas que decoran tu escenario.
No mires.
Sigue blandiendo tu espada.
Aun arrojado al Abismo,
aun despojado de tus sentidos,
abraza tu espada.
"No pierdas la cabeza",
dijeron.
¿Qué sabían ellos de tristeza?

Si este cielo negro consigue alcanzarte,
nunca verás los cerezos de su espalda.
Grita,
sangra,
llora,
lucha.
Pero espera un nuevo mañana.

Siempre hay otro mañana.

domingo, 27 de marzo de 2016

Poemas escritos con las manos rotas.

En el mismo momento en el que desapareció escaleras abajo, lo comprendí. Soy sombra.

Sus tacones hicieron eco estrellándose contra el mármol, desvaneciéndose lentamente. El silencio me abrazó por la espalda lentamente, como un susurro helado. Y me quedé quieto, en aquel pequeño invierno en el que solo quedábamos yo y mis pensamientos.

Soy sombra. Porque solo soy cuando ella es. Si fuese luz, me valdría con iluminar la sala para ver su rostro con claridad cuando llega la noche. Pero no soy luz, soy sombra. Y me arrastro por el suelo, siguiendo el sonido de sus tacones mientras quede un último rayo de sol. Cuando llega la noche, no soy. La oscuridad se traga todo, y las sombras se funden con la negrura de la habitación sin luz. No soy más que una parte del todo que llena el espacio. Cuando llega la noche, me retuerzo entre las sábanas y dejo que los pensamientos mastiquen mi cerebro lentamente, como un millón de gusanos que entran en mi cabeza y ríen en voz baja en mis oídos. La oscuridad se traga todo lo que eres, lo que soy, lo que pude haber sido. La oscuridad se traga la potencia y lo conocido.

La sombra no es más que un pedazo de la asfixia. La noche es la reina. No llega cuando hay luz. Mientras que nunca hay luz y oscuridad en la misma sala, la sombra solo existe como opuesto de la luz. Y aquí me encuentro, como una silueta negra recortada en una pared de papel, encorvada y maltrecha. Una silueta grotesca que mira al horizonte, llevándose lentamente las manos a la cabeza.

Si ella es luz, ¿qué he sido hasta ahora? Esclavo de mi propia inercia. Caigo cuesta abajo por una depresión sin red de seguridad, tropezando entre medicamentos y toxinas. Llevo tanto tiempo cayendo que no recuerdo en qué raíz tropecé por primera vez. Piedad. También Sísifo puede ser feliz.

Pero cuando me retuerzo sobre las sábanas, cuando cae el manto de oscuridad, cuando la noche llega y se muere toda esperanza, un festival de imágenes se posa sobre mis párpados, como lienzos de sangre que me recuerdan quién soy y qué he sido. ¿Por qué estamos aquí?

Un dios borracho, moldeando un pedazo de barro a puñetazos, con los ojos inyectados y los gritos abrazados a la garganta. Colocaste tus dedos en los huecos y rellenaste los agujeros.

Un cepo ensangrentado y entreabierto. Tuviste el valor de meter las manos y desatascar los engranajes.

Un reloj de sol sin aguja. Sigues de pie en su centro, con el sol quemando tu espalda, para proyectar sombra y dar un sentido.

Qué soy sin tus dedos en mis huecos.
Qué soy sin tus manos sujetando mis engranajes. 
Qué soy sin tu cuerpo marcando mis horas.

Soy sombra.
No soy si tú no eres.
Y cuando dejas de ser, yo nunca he sido.

Si tú no eres, solo soy nada en un mar de oscuridad. Una masa homogénea de ausencia en la que no me recuerdo y no puedo encontrarme.

Soy sombra.
No soy si tú no eres.
Y cuando dejas de ser,
yo


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miércoles, 23 de marzo de 2016

Donde duermen los monstruos.

Entonces comprendi, al bucear en sus ojos, que un pensamiento nadaba allí abajo. Me odiaba por haberme enamorado de ella.

martes, 22 de marzo de 2016

Prometheus

El hombre creó una jaula llamada "sistema". Un bello palacio de porcelana y lodo en el que la seguridad es moneda de cambio, y los ideales se compran baratos. Incluso estas palabras están condicionadas por el sistema. Porque todas y cada una de las frases que repites en las redes sociales, predicando la autenticidad, no son más que mantras impuestos por la cultura del bienestar. Al leerlas, piensas "otro revolucionario idealista con ganas de polémica y demagogia". El mundo es un zoológico de robots sin conciencia rodeados de barrotes, que protegen y aislan, que defienden y matan. Pero si realmente prestas atención a mis palabras, sabrás por qué vuelo cerca del sol. Tan cerca que ardí y descendí para contarlo.

Lilynette se convirtió en Satán

A veces sueño que nos encontramos en un bar y charlamos. No hablamos de nada en concreto, hablamos como si nunca nos hubiésemos conocido. Como si nada hubiese sucedido, ni lo bueno ni lo malo. Sueño que el bar está vacío y no tenemos esa tensión de la mirada ajena incrustada en los huesos. Sueño que la justicia poética está tirada en el almacén, borracha y completamente ajena a su puesto de trabajo. Que la venganza se ha tomado un descanso, que las mentiras se quedan en la cama todo el día y que el odio decide dormir en el fondo del vaso. Sueño que hablamos de todo y de nada, que simplemente llenamos el aire de palabras para evitar mirarnos a la cara.

A veces sueño que tenemos la oportunidad de tenernos delante el uno al otro para hablar. Y no se me ocurre nada que decirte, ni tengo ganas de escucharte. Sueño que nos quedamos así, en la inmensidad de un jardín gris, con una cámara de fotos en la mano y un cigarro en la otra, sin saber cuál de los dos mata más.

A veces sueño que volvemos a encontrarnos en la otra vida, y que nada de esto ha pasado.

Odio esos sueños porque no duelen.

Odio esos sueños porque tengo que obligarme a recordar por qué apareciste en mi vida. Y siempre termino recordando por qué te fuiste.