martes, 29 de octubre de 2013

...

"All in all, you're just another brick in the wall".


domingo, 27 de octubre de 2013

Fromheretonowhere.

Se detuvo.

Echó la vista atrás, y vio la larga carretera, vacía, polvorienta, como si el tiempo hubiese decidido nunca volver a pisar ese lugar.

Respiró profundamente y sonrió, observando el cartel más cercano y viendo la distancia recorrida.

Echó un último vistazo al camino que dejaba tras él, en el que lo único visible era el sol, la distorsionada línea del horizonte que parecía arder, el polvo y la arena que la brisa levantaba, y el inmenso azul del cielo.

Se acomodó en el asiento de la moto.

Se quitó el casco y lo tiró contra el asfalto.
Se quitó la cazadora y la dejó caer al suelo.
Se quitó la camiseta y la lanzó al aire.

Cerró los ojos. 
Agachó la cabeza.
Sonrió.

Y aceleró hacia ninguna parte.


martes, 22 de octubre de 2013

B. & C.

No necesitamos nada de esto.
No necesitamos nada de nadie.
Las balas más brillantes llevarán nuestros nombres,
el mío en la tuya,
el tuyo en la mía.

El resto llenarán los cargadores,
y los puntos de mira se dirigirán al horizonte.
Aqui parados,
firmes,
temblando,
en medio de un sendero polvoriento,
esperando ver a lo lejos algún enemigo,
alguna luz roja o azul,
alguna cara desgraciadamente conocida.

Pero no más angustia.
Ponte el cinturón.
Nos vamos de aquí.

La carrera y el mundo.

Unos metros más.
Levanto el brazo, cansado, y alcanzo otro saliente.
Levanto el otro, tenso las piernas, me impulso con uno de los pies mientras levanto el otro, y asciendo unos metros más.
Unos metros más.

Puedo escucharlo todo.
Es como si pudiese escuchar la voz del mundo bajo mis pies.
Las voces de todos, atronando en el interior de mis oídos.

Puedo escuchar las voces de todos y puedo distinguir las voces que se dirigen a mí.
Reproches, burlas, risotadas, insultos.
Pego la frente a la roca que escalo, y no quiero mirar abajo.
Siento las miradas de todos clavadas en mi espalda,
sus afiladas ansias de verme caer.
Puedo sentir su mirada incluso cuando llevo tanto tiempo escalando,
intentando escapar de ellos y de esa sensación,
que ya casi he alcanzado las nubes.

Aprieto los párpados durante un segundo,
en un vano intento de borrar esos pensamientos de mi cabeza,
y vuelvo a ascender unos metros más.
No quiero saber cuánto me queda para llegar a la cima:
no quiero llegar a ella, porque eso significaría dejar de escalar.
Sigo trepando por la escarpada pared de la montaña de roca,
sin mirar abajo.
Cada vez que levanto una mano para subir,
veo una mancha de sangre en el saliente anterior.
Noto el espeso y caliente flujo de la vida deslizándose y derramándose entre mis dedos,
empapando las inútiles vendas de mis manos, complicándome el ascenso.
Pero tengo que seguir.
Unos metros más.

Paso a través de las nubes,
siento el frío y el agua calándome hasta los huesos.
Noto el alivio de la humedad en mis mejillas,
y aunque la roca está más resbaladiza que de costumbre,
el agua despierta mis sentidos,
y me anima.
Dejo a un lado en mi mente el dolor de las heridas de mis manos,
el dolor que recorre todo mi cuerpo,
el cansancio,
las constantes ganas de vomitar,
la tensión que amenaza con romper una cuerda invisible dentro de mi cerebro,
mi destrozo,
y asciendo.
Unos metros más.



Y cuando paso a través de las nubes, puedo echar un vistazo alrededor.
Puedo ver todo el cielo desde ahí arriba.
Puedo mirar abajo y ver el tremendo mar de nubes que he dejado atrás,
el inmenso océano blanco que se extiende bajo mis pies y mi montaña,
un falso colchón que parece invitarme a saltar.
Y cuando alzo la vista, lo veo.

Cientos de montañas, separadas entre ellas,
aquí y allá.
Y en todas ellas,
un hombre que escala.
Un hombre que soy yo.
O era.
O sería.
Un hombre que me mira fijamente,
tan fijamente como yo a él.
Y entonces comprendo lo que me cuenta el mundo.

En algunas montañas, el hombre carga con un cadáver a su espalda.
En otras, con dos.
En otras, con tres.
En algunas, incluso, cuelga con toda una legión de cadáveres que subir con él en su ascenso,
colgando de su cintura.
Distintas cargas.
Pero siempre una montaña,
siempre un hombre.

Yo, en mi montaña, subo solo.
Sin peso, sin lastre.

Y sonrío sabiendo
que ganaré la carrera.


Adiós.

- Adelante - dijo el tipo de la puerta.

Echó un vistazo a través de la pequeña ventana de cristal de la puerta, y giró el picaporte.

Entró en el bar y se detuvo sobre la sucia y empapada madera. Una guitarra vieja y de cuerdas oxidadas se lamentaba como un perro callejero, mientras una voz negra entonaba un himno de esclavos. Echó un vistazo a su alrededor y no vio a nadie. El local estaba vacío. Sólo una chica con la mirada perdida y embobada por el humo de su propio cigarro seguía allí.

Caminó hasta la mesa y se sentó frente a ella. La miró fijamente a los ojos. Ella le devolvió la mirada.

Nada. Ni una palabra, ni un gesto. Él no sacó nada en claro.

Miró a su alrededor. Seguía sin haber ni un alma en la sala. Ella miraba nerviosamente a su alrededor de vez en cuando, como si buscase a alguien. A cualquier persona. Algo.

Él suspiró, dejó un par de monedas encima de la mesa, para que la chica pagase lo que había bebido, y salió por la puerta del bar.

- ¿Y bien? - dijo el tipo de la puerta.
- Es inútil.
- Lo siento. Creíamos que respondería a algún estímulo pero...
- No importa. Tarde o temprano ocurriría.
- Si mejora, ¿debo decirle algo?

Él fue a decir algo, pero inmediatamente se calló. Echó un último vistazo a través de la ventana de la puerta.
Dio media vuelta, y se fue del hospital.