jueves, 26 de septiembre de 2013

Roma.

Tras un período de tiempo tan indefinido como la cantidad de estrellas del cielo, llegué a aquel lugar. Y un escalofrío recorrió mi espalda.

Hacía mucho tiempo que no visitaba aquella ciudad. Caminé por sus calles, o al menos lo que quedaba de ellas. Todo derruido, destruido, devastado. Las antiguas estatuas apenas asomaban cuatro palmos sobre la arena, sus pedazos decoraban el lugar como las migas de pan en la mesa de un pobre. El cielo amarillento apenas derramaba luz sobre los trozos de metal carbonizado que yacían incrustados en las paredes o en el suelo, que algún día fueron coches, motos, tanques.


La ciudad de Atreum Ef yacía en mitad de páramo inmenso de polvo y arena radioactivos. La inmensa explosión nuclear que había tenido lugar allí no mucho tiempo antes de mi llegada había devastado todo signo de la antigua hegemonía de ese lugar. Caminando entre sus ruinas, podía recordar la negra roca que antes se erigía por encima del horizonte, las imponentes y oscuras estatuas que adornaban cada esquina.
Los tanques apostados a las entradas de la ciudad, los soldados charlando con rostro severo a la entrada de los bares.
El toque de queda, la cuarentena.
La sangre que se podía oler desde las alcantarillas.

Intentando alejar esos pensamientos sobre la ciudad que un día fue mi hogar, me ceñí el sombrero y me subí el pañuelo para cubrirme el rostro. Caminando, llegué al palacio del tirano que solia gobernar la ciudad. O por lo menos lo que quedaba de él.


En lugar de un edificio, había allí un círculo perfecto en el suelo, enorme, de metros y metros de diámetro en el que sólo había ceniza, polvo y arena. Daba la sensación de que un dios había bajado su dedo índice y había aplastado esa parte de la ciudad. No quedaba allí nada excepto muerte, vacío, soledad, rodeado por todas partes de altos edificios ruinosos y despedazados. Y en el centro, una multitud que se agolpaba. Parecía como si en el centro de aquel sitio, hubiese algo importante. Algo que las gentes de allí no hacían más que repetir como si se tratase de un salmo, como si el motivo de aquella devastación estuviese allí, en el centro de esa desolación de tierra sobre la que nos encontrábamos, y en cualquier momento pudiese estallar de nuevo. Así que me propuse averiguar de qué se trataba.



A medida que caminaba hacia ellos, comprobé como el clima de aquel lugar era extraño. El sol caía con la fuerza de un yunque sobre mi cabeza, pero el viento era intenso, un viento afilado que penetraba entre las trabillas de mi gabardina y me helaba los huesos. Al caminar, mis botas levantaron una nube de polvo tan denso que podía cortarse con cuchillo y repartirse en pedazos a todos los desgraciados que se amontonaban intentando llegar al núcleo de aquella circunferencia terrestre.
Harapientos.
Sucios.
Demacrados.
Y sorprendentemente, sonrientes. Yo esperaba ver rostros de angustia, de pánico, rezando a ese dios de la destrucción que no repitiese su crueldad sobre ellos. Pero encontré sonrisas y lágrimas de emoción, durante aquella monótona oración que salía de sus bocas: "Roma". La palabra "Roma", una y otra vez. Sin parar.

Me abrí paso apartando a la gente y llegue al centro, esperando encontrarme un pedazo de la bomba que debía haber caído en aquella zona.
Busqué un destructor de mundos que aún no había detonado, un monstruo infernal que echase llamas nucleares por la boca.
Busqué un dios.
Busqué al diablo.
Pero no había ningún artefacto explosivo, o animal mitológico, o ser divino allí, entero o por piezas, que explicase la devastación de aquel lugar.

Lo único que había allí, que al parecer era símbolo de adoración para las gentes del lugar, era una mujer arrodillada, desnuda, con la cabeza agachada, una cabeza que en lugar de pelo poseía llamas, llamas rojizas que ondeaban con el viento radioactivo del lugar.



Uno de los hombres que repetían aquella oración me agarró con fuerza de los brazos y con los ojos empapados de emoción, me gritó palabras sueltas, que no parecían tener conexión alguna para mi embotada y cansada mente: Chain. Muerto. Ella. Roma.

Y antes de que pudiese decir nada o siquiera comprender lo que me estaban diciendo, la diosa me miró a los ojos. Y me sonrió.

martes, 24 de septiembre de 2013

Camina.

Naciste entre la espada y la pared.
No te preguntes por los humanos, apenas los conoces.
Tú creciste con las bestias,
te criaste entre los monstruos.
Te amamantaste de las heridas que encontraste a tu paso,
tu leche es la sangre de los que murieron enfermos,
sin ver el campo de batalla ni a través de una ventana de coraje.
Desinfectaste sus llagas con la poca saliva que te quedaba para no morir de sed en el desierto,
pobre imbécil.

Ese cielo que miras fijamente,
buscando tu sitio en este puto infierno,
se ríe de ti.
Se burla de tu boca,
que mastica la tierra que otros lanzaron contra tus sonrisas.
Se burla de tus ojos,
que brillan ilusos ante la puñalada.
Se burla de tus manos,
que sostienen las vidas que envenenarán tus venas.
Se burla de tus piernas,
que corren para huir de ti mismo.
Se burla de tu vida,
que no es más que un chiste mal contado.

El hueco de tu pecho palpita,
ahora sabes que no estás muerto.
Haz honor al pacto que luce tu pecho.
Levántate y escupe al espejo.
Estás vivo.
Eres cierto.

Has elegido no sangrar en esta batalla,
has elegido no caer de rodillas,
desarmado,
ante una avalancha de flechas y lanzas.
Mantente erguido,
mantente firme.

Camina.

lunes, 26 de agosto de 2013

Deyja.

Están todos cubriendo el horizonte.
Sus armaduras, cubiertas de huesos y plumas negras, tiemblan con el viento.
Sus sonrisas están cubiertas de sangre. De odio.
Los dioses juegan a los dados con mi mente.

De rodillas, espero el golpe final.
Espero el momento en el que todos ellos corran hacia mí, con sus armas levantadas, y despedacen mi cuerpo con brutalidad. Con amor.
Espero mi muerte.

Los lobos lloran.
La lluvia cae con fuerza.
Suelto la espada, suelto el escudo.
El dragón cierra los ojos y se relame, afilando las uñas.
Me abro la armadura y me pongo en pie una vez más.

Es todo lo que puedo hacer, en la noche del cuervo.

sábado, 24 de agosto de 2013

Una vez más.

Esta noche no habrá luna.

Esta noche será eterna, será el infierno de lo oscuro.
No dejaré que las estrellas me observen, me internaré en la oscuridad.
No quiero carne humana, no quiero ojos.
Esta noche no habrá sangre, no habrá sonrisas.
Esta noche corro con los lobos como si nunca hubiese dejado de ser uno de ellos.

Esta noche daré la espalda a los dioses.
Daré la espalda a Cloto, y reprimiré mis ganas de apuñalarla.
Esta noche, Fenrir aullará lo más fuerte que pueda.
El Ragnarok comenzará en mi estómago,
esta noche es el principio del fin de los tiempos.

Esta noche dejaré el dinero sobre la mesita de noche.
Me follaré a Fortuna y me largaré del lugar, antes de que despierte.
Esta noche descarrilaré.

Esta noche no habrá luna.
Solo habrá una enorme explosión,
una terrible llamarada de partículas radioactivas que abrasará mi interior.
Esta noche habrá caos.

Pero cuando la noche acabe,
despertaré junto a mí otra vez.
E incrustaré el filo contra el colchón,
contra el espejo,
contra mi pecho.
Libraré otra encarnizada batalla contra mis ojos.
Pero no habrá victoria.

Las valkyrias golpean mi ventana, confundidas, sin saber si llevarme o no.
Guinaré un ojo para ellas,
pues no habrá Valhalla hoy.
Aún queda mucho que hacer.

lunes, 12 de agosto de 2013

Oración de la caja de Pandora.

Parece que no teníamos ni idea.
Creíamos saberlo todo,
todo sobre las personas,
el mundo,
mis noches,
tus gritos,
tus llantos,
mis grietas.
Creíamos saberlo todo,
todo sobre la muerte,
sobre la vida,
sobre las heridas,
sobre la mierda.
Pero no.
Parece que no teníamos ni idea.

No se trataba de salvar al de enfrente,
no se trataba de entrar en su mente,
de recibirlo en tu interior,
alquilarle la habitación,
al precio del dolor,
para siempre.

No se trataba de rescatar al mundo,
de salvarlo de las fauces de la muerte.
No se trataba ni siquiera de ser héroes,
ni villanos,
ni secundarios con suerte.

Tú creías que la clave era vivir con el pecho abierto.
Creías que esa era la manera de evitar todas las mentiras.

Yo creía que la clave era vivir huyendo, escapando del mundo.
Creía que esa era la manera de sobrevivir a una vida.

Pero se trataba de vivir con el pecho abierto,
pegados, abrazados,
cubriendo cada uno con su cuerpo
del otro la herida.

Se trataba de vivir huyendo,
de la mano,
sin mirar atrás.
Alimentándonos de una sonrisa.