La noche cayó sobre el yermo.
Apenas unas pocas farolas aisladas, en la oscuridad, se erigían como seres de ultratumba hacia el cielo, alumbrando el suelo resquebrajado, seco y pedregoso. La alfombra de piedras y escombros que presentaba el lugar era un panorama desolador.
Bajo las estrellas y las escasas nubes que atravesaban el cielo como cicatrices, una figura caminaba lentamente entre las ruinas. El humo de un cigarro arrugado y su luz anaranjada rodeaban un cansado rostro, de mirada fría y fija en el horizonte. Las cenizas que caían lentamente el cielo se posaban en su pelo enmarañado y su barba. Las cicatrices brillaban con la luz de la luna, y la sucia y rota cazadora de cuero resplandecía a cada movimiento. Caminaba golpeando las piedras a cada paso, distraído.
Se escuchó una fuerte explosión a lo lejos, y una ola de aire caliente levantó el polvo en la noche.
Lobo se giró, y observó el enorme hongo nuclear que se alzaba tras él, en el horizonte.
Dio una calada, sin inmutarse.
Y siguió caminando.
viernes, 26 de abril de 2013
lunes, 22 de abril de 2013
Tregua.
No quedan granos en el reloj de arena.
No hay vuelta atrás,
no hay juicio, nunca hubo sentencia.
No hay pena.
Es triste ver cómo funciona el mundo cuando lo ves desde fuera.
Es triste ver cómo funciona el mundo cuando sabes demasiado,
cuando te vencen las ideas.
Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.
Todas las armaduras tienen algo en común:
los ojos tienen que estar al descubierto.
Para ver, para percibir al enemigo.
Para saber si están detrás de ti, o si están conmigo.
Y en las noches de oscuridad y melodías
a veces me digo a mi mismo que debo quitarme el yelmo,
que debo entregar las armas y dejar que las tropas
me lleven de vuelta
al útero,
que me lleven de vuelta al vacío.
Que me alejen.
Que alivien este frío.
Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.
Es triste comprender las cosas, pierden la magia.
Pero es más triste comprenderse a si mismo,
pierdes la cabeza.
Y aquí yazco,
con mi escudo como lápida,
comprendiendo que los soldados sobreviven para vivir otra batalla.
Que nadie puede ganar una guerra salvando a todos los heridos,
que nadie puede cargar con todos los muertos,
que el héroe también falla.
Que las armaduras protegen, pero también paralizan.
Que las flechas silban,
pero los labios callan.
Que es difícil seguir adelante cuando comprendes que recomponer pedazos rotos de otros,
todos los otros,
no te servirá para sobrevivir a la batalla.
Morirás una y mil veces, pero no renacerás nunca.
Perderás el cuello,
perderás todo cuanto alguna vez tuviste,
solo por arreglar un par de caras tristes
y colgarte medallas inútiles por ello.
Noches como esta son las que te hacen pensar
por qué no todo es más fácil,
por qué cada uno no libra su guerra y hace lo que quiere.
Noches como esta son las que te hacen pensar
si de verdad sientes.
Y si lo haces,
si te lo mereces.
Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.
Pero ya son demasiadas noches en vela ocultando armas tras las trincheras.
Son pocos momentos de alivio y contacto humano,
pocos momentos de pensar en lo que quieres y no en lo que debes,
por demasiadas noches de mierda.
Y vuelves al frente con la cabeza bien alta y dispuesto a alcanzar la fortaleza y llevarte el botín.
Armado, preparado y concienciado de tu propio triunfo.
Pero entonces vuelves a comprenderlo.
Los soldados nacen para morir, no para vivir y grabar su estela.
Los soldados nacen para morir.
No importa si valía la pena.
No hay vuelta atrás,
no hay juicio, nunca hubo sentencia.
No hay pena.
Es triste ver cómo funciona el mundo cuando lo ves desde fuera.
Es triste ver cómo funciona el mundo cuando sabes demasiado,
cuando te vencen las ideas.
Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.
Todas las armaduras tienen algo en común:
los ojos tienen que estar al descubierto.
Para ver, para percibir al enemigo.
Para saber si están detrás de ti, o si están conmigo.
Y en las noches de oscuridad y melodías
a veces me digo a mi mismo que debo quitarme el yelmo,
que debo entregar las armas y dejar que las tropas
me lleven de vuelta
al útero,
que me lleven de vuelta al vacío.
Que me alejen.
Que alivien este frío.
Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.
Es triste comprender las cosas, pierden la magia.
Pero es más triste comprenderse a si mismo,
pierdes la cabeza.
Y aquí yazco,
con mi escudo como lápida,
comprendiendo que los soldados sobreviven para vivir otra batalla.
Que nadie puede ganar una guerra salvando a todos los heridos,
que nadie puede cargar con todos los muertos,
que el héroe también falla.
Que las armaduras protegen, pero también paralizan.
Que las flechas silban,
pero los labios callan.
Que es difícil seguir adelante cuando comprendes que recomponer pedazos rotos de otros,
todos los otros,
no te servirá para sobrevivir a la batalla.
Morirás una y mil veces, pero no renacerás nunca.
Perderás el cuello,
perderás todo cuanto alguna vez tuviste,
solo por arreglar un par de caras tristes
y colgarte medallas inútiles por ello.
Noches como esta son las que te hacen pensar
por qué no todo es más fácil,
por qué cada uno no libra su guerra y hace lo que quiere.
Noches como esta son las que te hacen pensar
si de verdad sientes.
Y si lo haces,
si te lo mereces.
Supongo que sabes de lo que hablo,
sobra decir lo que no se dice nunca.
Pero ya son demasiadas noches en vela ocultando armas tras las trincheras.
Son pocos momentos de alivio y contacto humano,
pocos momentos de pensar en lo que quieres y no en lo que debes,
por demasiadas noches de mierda.
Y vuelves al frente con la cabeza bien alta y dispuesto a alcanzar la fortaleza y llevarte el botín.
Armado, preparado y concienciado de tu propio triunfo.
Pero entonces vuelves a comprenderlo.
Los soldados nacen para morir, no para vivir y grabar su estela.
Los soldados nacen para morir.
No importa si valía la pena.
viernes, 12 de abril de 2013
Sol negro.
Hoy bajaré a mi infierno otra vez.
Bajaré para ver todos los miedos que
se intentan comer mis ilusiones.
Y sé
que no los podré detener.
¿Qué puedo hacer,
si ya me he cortado los pies
para no correr lejos de un mundo que
comenzaba a entender?
No.
Ya no siento hambre, ni sed.
Me alimento del papel sobre el que me desangro
al caer el anochecer.
Y trago las cenizas que caen sobre mi lengua,
al querer beber de tu piel.
Cuando nada va bien,
los ángeles se suicidan,
tirándose de los sueños que nunca quisieron tener,
por miedo a perder.
Cierro los ojos para ver que mi universo sigue en pie.
Y sé que todo irá bien, si no olvido sonreír.
Arrancándome los ojos, intento no ver este sol negro sobre mí.
Crees que las flores que riego con lágrimas negras
no crecen dentro de mí,
para salir de mi boca arrastrando poemas
que no puedo concluir.
Y me hago sufrir,
para ver si puedo sentir.
Para ver si es propio de mí querer perderlo todo
excepto a ti.
Hundiéndome en el lodo,
solo he aprendido a vivir para después morir.
Y ahora que he aprendido a respirar,
el agua me llega a los colmillos.
Y ni garras ni mordiscos,
me salvarán de mi mismo.
Porque cuanto más me alejo,
más cerca estás de mi.
Porque cuanto más te acercas,
mi dolor se apiada de ti.
Porque cuanto más me acerco,
más te asfixias entre mis rosas.
Porque cuanto más te alejas,
más enferma mi vivir.
Así que dime si podemos seguir viviendo
el uno dentro del otro,
sin matarnos,
sin odiarnos.
Porque llevamos demasiado tiempo
siendo la misma persona.
Cada día, cada segundo, cada minuto.
Me miro al espejo y observo
al asesino de todo cuanto ha creído.
Miro por la ventana y observo,
todos los cadáveres que forman mi camino.
¿A dónde me dirijo?
Si lo supiera,
no estaría asesinando ahora al barquero.
No intentaría siempre, para llegar, beberme todo el río.
No me hubiese convertido,
de esta horrible manera,
en un monstruo escondido.
En una sombra de lo que era,
en un esqueleto mal vestido.
En un animal encadenado que sueña con ser vencido.
En una bestia indomable,
en un salvador de niños perdidos.
En un Peter Pan sin ilusiones,
en un cazador de destinos.
Hoy bajaré a mi infierno otra vez.
No para meterme los dedos en las llagas,
no para dejarme arrastrar por los muertos y el olvido.
Bajaré para contemplar ese enorme sol negro
ante el cual mi alma,
desde hace tiempo,
se ha rendido.
miércoles, 3 de abril de 2013
Blues cósmico.
No me dejes sola en la oscuridad,
dijo la Destructora de Estrellas.
La Asesina de Astros se levantó sobre el horizonte y me observó fijamente,
culpándome de la noche con su mirada.

Qué podía hacer yo, un miserable Vagabundo Cósmico.
Un triste Mendigo Astral.
Un Nómada de la Muerte.
Huir. Lo único que sé hacer.
Los planetas a veces se alinean,
con el único objetivo de aplastar a los humanos.
Aún dedicando todo mi tiempo a limpiar el universo,
a abrillantar y a pulir el cielo nocturno cada día,
aún recibiendo los impactos de los meteoritos a cada segundo,
impidiendo que la Reina fuese dañada.
Aún siendo la Luna de Día y el Sol de Noche,
los rayos atravesaron mi cuerpo.
No hubo piedad de un defensor.
Y mientras mi cuerpo cae inexorablemente hacia el vacío,
retorciéndose, girando, girando, girando y precipitándose hacia ninguna parte,
la Destructora me mira de reojo,
y por un segundo cree que puede reconstruir el universo.
Pero el universo ha sido asesinado.
dijo la Destructora de Estrellas.
La Asesina de Astros se levantó sobre el horizonte y me observó fijamente,
culpándome de la noche con su mirada.

Qué podía hacer yo, un miserable Vagabundo Cósmico.
Un triste Mendigo Astral.
Un Nómada de la Muerte.
Huir. Lo único que sé hacer.
Los planetas a veces se alinean,
con el único objetivo de aplastar a los humanos.
Aún dedicando todo mi tiempo a limpiar el universo,
a abrillantar y a pulir el cielo nocturno cada día,
aún recibiendo los impactos de los meteoritos a cada segundo,
impidiendo que la Reina fuese dañada.
Aún siendo la Luna de Día y el Sol de Noche,
los rayos atravesaron mi cuerpo.
No hubo piedad de un defensor.
Y mientras mi cuerpo cae inexorablemente hacia el vacío,
retorciéndose, girando, girando, girando y precipitándose hacia ninguna parte,
la Destructora me mira de reojo,
y por un segundo cree que puede reconstruir el universo.
Pero el universo ha sido asesinado.
sábado, 30 de marzo de 2013
La bomba.
Yo estaba allí.
Pude ver aquella masa viva y caliente incorporarse lentamente. El brillo me cegaba los ojos. Pude sentir el viento rodeando cada centímetro de mi piel, un aire tan denso que tapaba cada uno de mis poros.
El fuego abrasador inundó mi cuerpo por completo. Pude sentir cada una de las partículas radioactivas que circulaban por la zona, clavándose en mis órganos vitales. Pude notar la sacudida y el estremecimiento de la incomprensión ante lo que estaba pasando en ese momento.
Pude notar como todos los hombres que estaban a mi alrededor en ese momento y contemplaban lo mismo que yo, sentían lo mismo y pensaban lo mismo con tanta fuerza que casi podíamos escucharnos los unos a los otros.
Pude sentir la radiación que aquel fenómeno emanaba de manera repentina y letal, arrasando con las miradas de todos los asistentes al espectáculo.
Aquello era incontrolable, se me escapa de las manos. Apenas podría describir lo que sentí aquel día. Ni siquiera entiendo por qué sigo vivo. Por qué puedo escribir esto y hablar sobre ello, por qué sobreviví a aquel momento.
Y sí. Lo recuerdo con claridad y aún tiemblo al decirlo.
Yo sobreviví a aquel infierno.
Yo vi como ella me besaba, me sonreía, y abandonaba la sala para nunca volver.
Me pregunto cuántas civilizaciones habrá destruido hasta la fecha.
Pude ver aquella masa viva y caliente incorporarse lentamente. El brillo me cegaba los ojos. Pude sentir el viento rodeando cada centímetro de mi piel, un aire tan denso que tapaba cada uno de mis poros.
El fuego abrasador inundó mi cuerpo por completo. Pude sentir cada una de las partículas radioactivas que circulaban por la zona, clavándose en mis órganos vitales. Pude notar la sacudida y el estremecimiento de la incomprensión ante lo que estaba pasando en ese momento.
Pude notar como todos los hombres que estaban a mi alrededor en ese momento y contemplaban lo mismo que yo, sentían lo mismo y pensaban lo mismo con tanta fuerza que casi podíamos escucharnos los unos a los otros.
Pude sentir la radiación que aquel fenómeno emanaba de manera repentina y letal, arrasando con las miradas de todos los asistentes al espectáculo.
Aquello era incontrolable, se me escapa de las manos. Apenas podría describir lo que sentí aquel día. Ni siquiera entiendo por qué sigo vivo. Por qué puedo escribir esto y hablar sobre ello, por qué sobreviví a aquel momento.
Y sí. Lo recuerdo con claridad y aún tiemblo al decirlo.
Yo sobreviví a aquel infierno.
Yo vi como ella me besaba, me sonreía, y abandonaba la sala para nunca volver.
Me pregunto cuántas civilizaciones habrá destruido hasta la fecha.
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